Posteado por: paperdeboat | Noviembre 4, 2009

El “poblema”

En los tiempos que corren se estila mucho decir lo de “tu problema es que siempre eliges al mismo tipo de chico” como motivo principal de que vayamos encadenando catástrofes emocionales. La moda, al menos en el caso de la gente que tengo más a mano, es conocer a un memo tras otro, cada cual más memo que el anterior (lo cual, bien pensado, tiene hasta mérito. Si conocieras a mis exs lo entenderías). A estos memos se les conoce en citas absolutamente surrealistas, con cierto parecido a escenas almodovarianas (ya sea por el vestuario, por los personajes o por los diálogos) y que, al final, desembocan en verdaderos desastres sentimentales. Es la tónica general. Lo raro es que alguien conozca a alguien, se enamoren sin más problemas y todo salga bien sin que Meg Ryan aparezca en alguna escena.

Normalmente, y es posible que a ti, querida lector, te haya pasado esto en algún momento, tras una de esas citas o tras conocer a algún idiota de nivel 9 en la escala de Richar (parecida a la de los terremotos) te hayas acercado a algún amigo y le hayas relatado con pelos y señales y dramatizando un poco (no nos engañemos, que lo del arte dramático nos encanta) lo que te ha ocurrido. “Mira, nene, mi cita fue patética. Me dijo esto, me soltó lo otro, besaba fatal, movía la lengua menos que un gato de escayola”, esas cosas. Se lo cuentas y cuando te quedas callado, esperando algún tipo de comprensión (juas) o unas palabras de aliento, a veces ni siquiera eso porque te basta con que te escuchen y se rían contigo, tu amigo va y te suelta:

-El problema lo tienes tú, que es que siempre eliges al mismo tipo de chico.

Tomaaa… Pues ya la hemos cagado. Coño, que la culpa es tuya… Pero analicemos el asunto pormenorizadamente: resulta que en los últimos años de tu vida has conocido a una serie de tipos; doce, cincuenta, cien, quinientos, da lo mismo. La cosa es que has conocido a varios tipos, en muy diversas circunstancias. Tipos diferentes entre sí (si has conocido al mismo tipo cincuenta veces es que eres un poco tonta). Y a pesar de que tú intentaste que todo fuera normal, como en la tele, tener citas de cena, copa y puro… que diga… cama, no lo lograste porque la inmensa mayoría de ellos se comportaban como auténticos cenutrios unineuronales que la cagaban incluso en la primera frase que soltaban por la boca. Bien. Has tenido que soportar citas imposibles y conversaciones que rayaban lo demente, que critiquen tu físico, que te hablen de sus exs durante hora y media, que te cuenten su vida como si tú fueras su psicólogo particular, que te falten al respeto llamándote cosas como Nicaragua, cactus o kinder sorpresa sin sorpresa, que jueguen con tu interés, que insulten tu inteligencia utilizando excusas rebuscadísimas del palo “jo, tío, es que me da miedo quedar contigo para tomar un café (un triste café, la virgen, ni una cena, ni siquiera un happy meal del Maridonalds) porque me han hecho mucho daño en la vida” (sólo a él, a nadie más le han hecho daño), y justo cuando vas y le relatas a ese tío que dice que es amigo tuyo lo que te pasa y que estás hasta las bolas chinas del mundo de las relaciones, te suelta que el problema lo tienes tú, que es que siempre eliges al mismo tipo de hombre. Tócate los huevos, Manuel. Como si tú los fueras seleccionando en plan casting mediante complicadísimas pruebas psicotécnicas y decidieras quedarte con los más perjudicados.

Yo no digo, querida lector, que no haya personas en el mundo que tengan un problema patológico diagnosticable y que tengan tendencia a elegir parejas que reúnan las mismas características con el fin de superar conflictos no resueltos de la infancia. Hay, incluso, quiénes sabotean sus posibles relaciones de antemano. Pero resulta que no es tu caso. O sí, pero desde luego tu amigo no es descendiente de Freud ni te escucha tanto como para establecer un diagnóstico tan claro y tan inamovible. Joder, que yo sé que la nota de corte para estudiar psicología está bajita, pero dudo mucho yo que todas las personas que dicen algo así hayan ido a la universidad y se hayan sacado esa carrera de cuatro o cinco años. Que vamos por ahí diagnosticando problemas mentales con la misma facilidad con la que nos cambiamos de bragas.

Lo típico es que esto lo diga el amigo ya emparejado, el que tiene una relación de pareja más o menos asentada (de un año o más). Lo dice además con cierta prepotencia, como si él o ella hubiera llegado a la meta de tener pareja antes que tú y sólo por eso fuera más listo o te llevara ventaja. El muy memo / la muy mema ignora que lo de tener pareja es algo circunstancial y efímero: hoy la tienes, mañana no. Y Dior me libre de desear profunda y desaforadamente que la última persona que me dijo el consabido “eliges siempre al mismo tipo de chicos” termine rompiendo su relación y sumergiéndose de nuevo en el maravilloso y fantástico mundo de las relaciones interpersonales, teniendo que conocer gente y más gente hasta dar con alguien que merezca la pena. No, no, yo no soy tan malvado.

La cosa es que la persona que te dice esto, lo hace en tono condescendiente, como si ya tuviera el área emocional y afectiva resuelta de por vida y como si asumiera que la persona que ha elegido es la adecuada y no le va a dar nunca un problema; y en el caso de que lo sea, de que su pareja sea estupenda y maravillosa y, por consiguiente, tenga que darse con un canto en los dientes por haberla encontrado, habla como si olvidara la cantidad de gilipollas e imbéciles que tuvo que pasarse por la piedra antes de que llegara él o ella a llenar su vida de flores, mariposas, arco iris y plastilina (nadie llega y besa al santo). Casualidades de la vida, cuando era tu amigo el que conocía un idiota tras otro, eras tú el que le escuchaba paciente y atentamente, como si no estuvieran poniendo nada bueno en la tele.

Lo que más gracia me hace de este discurso simplista y absolutamente demagogo es que aboga por la culpabilización de la víctima. Es decir, tú que te expones a aguantar a ciento cincuenta subnormales con el objetivo de conocer gente y comprobar si alguno te llena lo suficiente para tener una relación, eres el culpable (pues claro, quédate en tu casa plantando nabos, sin conocer a nadie, y ya verás cómo estas cosas no te pasan). El problema lo tienes tú. No es culpa de que impere un tipo de relación basado en el utilitarismo y en la superficialidad. No es culpa de que la gente, así, en general, tenga menos autoestima que una polla de plástico y proyecte sus inseguridades y miedos en los demás esperando resolver sus muy diversas y variadas pajas mentales. Tampoco es culpa de que en los tiempos que corren, con el panorama económico, social y laboral que hay nadie tenga la menor idea de lo que quiere hacer con su vida y eso afecte a la estabilidad mental y al equilibrio emocional. No, querida lector, la culpa es tuya que con el dedo índice seleccionas a los tipos más desequilibrados de la especie mariquitusa para conocerles y que hagan que tu vida se parezca mucho a un cuadro de Dalí. Tambiés es mala pata. Y qué buen ojo tienes, jodío’, que no te equivocas nunca eligiendo a uno medianamente normal; con problemas mentales sí, como todo el mundo, pero que no los pague contigo ni crea que eres su psicólogo particular.

Parece difícil de creer, pero el personal está fatal de los nervios, el mercado de la carne está malísimo y el hecho de que no llegues a encajar con ninguna persona a tu alrededor y que todos tus amagos de relaciones terminen frustrándose no se debe a que tengas tendencia a elegir al mismo tipo de chicos, no; se debe a que la cosa está muy malita, a que todos estamos desquiciados y a que es muy difícil que las cosas cuajen.

Así que cuando tu amigo te diga que el problema es tuyo, que siempre eliges al mismo tipo de hombres, contéstale que él sí que tiene un problema, que deje de utilizar la gomina más barata del Supersol, que le está llegando al cerebro y le está atrofiando sus dos neuronas.

Leñe.

[HOOVERPHONIC - You Hurt Me]

Posteado por: paperdeboat | Octubre 26, 2009

Oh, happy gay

Uno de los grandes problemas de trabajar de cara al público es que uno tiene que sonreír a toda costa. Como dice el señor Goleman en su bestseller Inteligencia Emocional, tendemos a imitar las reacciones emocionales que expresan las personas que hay a nuestro alrededor. De esta manera, si al entrar en una tienda el dependiente nos sonríe abiertamente y hasta finge que se alegra de vernos (hasta parece que se pone jachondo), estaremos más tranquilos, más cómodos y más proclives a aflojar la guita y comprar. Técnicas de márketing y venta, que se llama.

Al fin y al cabo, nos guste o no, la psicología lo inunda todo.

Así, cuando uno trabaja en una tienda o atendiendo a la gente una de sus obligaciones no escritas en ningún contrato es sonreír todo el tiempo; como si fueras memo, como si te hubieran practicado una lobotomía, como si fueras mi ex cuando le hablaba el cerdo de su amigo al cual se tiró en cuanto lo dejamos… que digaaa, uy, perdón, que se me va el santo al infierno, sin yo estar ni resentido, ni perjudicado mentalmente, ni nada.

No te vayas a pensar que lo de sonreír todo el tiempo es cosa fácil. Parece que no, pero puede ser de lo más complicado. Para empezar, hay días en los que te apetece tanto sonreír como montarte un trío con Julián Muñoz y la Duquesa de Alba. Seamos sinceros: la vida moderna no contribuye a que sonriamos. El estrés, el tráfico, la mala alimentación, la bajada de defensas (te vuelves transparente y todo), la ingente proliferación de seres unineuronales, el paro, la existencia de Paulina Rubio (como siempre, un saludo afectuoso a todos los fans de Paulina. Mua), tu ex, mi ex, el de mi ex, los números rojos de la cuenta corriente, haberte acogido al celibato voluntariamente (ja, que te lo crees tú, mono, lo de voluntariamente es el rollo que cuentas, pero no cuela) y un larguísimo etcétera. Es para volverse loco. Y, encima, si eres mujer te viene la regla. Increíble. Total, que algunas mañanas te levantas de la cama y lo último que le apetece es sonreírle hasta al más subnormal que se te ponga por delante. Vamos, lo más filántropo que se te ocurre es subirte al campanario del pueblo con una escopeta de cañones recortados.

Pero es que, querido lector, aunque tengas un día bueno y te levantes la mar de a gustico, con una sonrisa de oreja a oreja, sintiendo que todo es maravilloso y canturreando el Todo irá bien de la Chenoa (por supuesto, esto sin drojas), hay un ligero inconveniente, un detalle sin importancia, nada, una minucia; por si todavía no te has dado cuenta, vivimos en un mundo de tocapelotas.

Es así; el ser humano es vil y despreciable, un tocapelotas para el hombre y disfruta haciéndole la puñeta a sus semejantes. Hay personas que no soportan que otro esté contento y hacen lo posible y lo imposible para tocarle las pelotas salvajemente. Y si tu trabajo se lleva a cabo en la esquina de una oficina donde nadie te habla y sin contacto humano, estás de enhorabuena: precisamente por eso, te expones menos a que el resto de la humanidad se confabule para crearte una úlcera en el huevo izquierdo.

Pero imagina por un instante que eres dependiente. Pero no dependiente de una tienda de marca, de ropa cara o de ésas en las que lo que cuesta unos pendientes es el producto interior bruto de un país del Tercer Mundo; no. Imagina que eres dependiente de una tienda de barrio y que, por supuesto, tienes que sonreír como el que más. Imagina que todos los días tienes que enfrentarte a dinosaurios y dragones sin perder esa curvatura de imbécil de la cara. Si éste es tu caso, querido lector, te propongo lo más de lo más: un desdoblamiento de la personalidad. Sabemos que los psicólogos no lo recomiendan. Sabemos que algunos me acusarán de estar fomentando las neurosis de mis ya perturbados lectores. Pero también sabemos que estamos en tiempos de crisis (económica y, por supuesto, social) y que hay que sobrevivir. Por eso, para ti y sólo para ti, que estás hasta las narices de aguantar idiotas, imbéciles, tontolculos y personajillos de talante autoritario que pretenden destruir tu autoestima presentamos…

… la estudiada técnica de cagarte en los muertos del que tienes delante mientras le sonríes como si fueras mema.

Veamos en qué consiste con un ejemplo:

Situación: entra una señora en la tienda y empieza a mirar artículos de moda. Entonces toma lo más caro que hay en toda la tienda, te mira y te dice con desdén y desprecio:

Señora tocahuevos: —¿Esto vale lo que marca?

(No, señora, ese numerito de ahí indica la cantidad de subnormales que me han preguntado lo mismo desde que abrí esta mañana. Apuesto mi colección de pornografía a que usted esto no lo hace en el Corte Inglés)

Tu yo sonriente: —Efectivamente. :D

Señora tocahuevos: —Entonces, ¿cuesta lo que pone?

(No, me estaba quedando con usted todo este tiempo. Ya ve, uno que se aburre mucho aquí, todo el día tras el mostrador. Ahora, acláreme una cosa, ¿qué parte de efectivamente no ha entendido?).

Tu yo más sonriente: —Sí, eso es. :D

(Si quiere le hago un croquis).

Señora tocahuevos: —¡Pues qué caro!

(Qué, la educación nos la hemos dejado en casa para salir a comprar, ¿no? No, si caro es. Pero usted es fea de cojones y, mire usted, no voy yo por ahí diciéndoselo. Vamos, oiga, que es que no hay derecho, ya podía venir Brad Pitt a alegrarme el día y no usted a tocarme las bolas chinas porque no tenía nada mejor que hacer).

Tu yo más sonriente: —Ya ve usted. Pero los hay más baratitos. Los de allí son más asequibles. :D

Señora tocahuevos: —Pero es que a mí me gustan estos.

(Claro, nos ha jodido. Como tonta. Y a mí me gusta George Clooney, pero hay que ser realistas, cada uno tiene que ajustarse a sus recursos, señora).

Tu yo más sonriente: —Pues espérese usted a las rebajas a ver… :D

(Hija de Belcebú, maldita, cenutria).

Señora tocahuevos: —¿Y estos son los bolsos azules que tienes, los que se ven?

(No, dentro del culo tengo unos cuantos más. Es que como no tenemos almacén… Hay que hacer un poder. Por otro lado, ¿es que le parecen pocos los 345633455 modelos que hay expuestos? Si usted quiere le monto un Ikea de bolsos azules sólo para que elija uno; bien baratito, claro).

Entonces entra en escena el hijo de la señora, un criajo de unos siete años que estaba hasta el momento en la puerta, pero que entra para llamar la atención de su p… Esto… querida madre porque lo que Eduardito quiere es irse al parque y no estar allí (lógico), de modo que se pone a llamar la atención de su jod… santa madre; evidentemente, para ello el niño se pone a revolver todos esos objetos que tú tan pacientemente has colocado hace un rato. Su madre, aunque sabe que su hijo está haciendo de las suyas, ni se inmuta. Y mientras tanto, lo único que puedes hacer es sonreír como un memo.

Señora tocahuevos: —Eduardito, estate quieto.

Pero, admitámoslo, la señora ni lo mira. Su regañina impone menos respeto que el novio de Falete. Es más, Eduardito ni se ha enterado y sigue tocando y tocando. Hasta que uno de los artículos se le cae al suelo provocando un estruendo.

Señora tocahuevos: —¡Eduardito! ¡Yo te mato!

Tu yo más sonriente: —Qué majo Eduardito…

(Cago en los muertos de Eduardito…).

Y la señora se va y ni te pide disculpas ni te da las gracias ni nada (total, ¿para qué? Si ella piensa que ir detrás de su hijo colocando todo lo que él ha revuelto es tu obligación, que para eso te pagan). En otras circunstancias te habrías dado de cabezazos contra la pared o te habrías enzarzado en una discusión sin sentido para responder a las provocaciones de esa señora que te habría dejado un mal cuerpo de narices para el resto del día, pero gracias a la técnica de “sonrío mientras me cago en tus muertos” hemos frivolizado toda esa agresividad que nos producen las personas tocahuevos.

Y es que al final siempre es mejor reírte interiormente de todos esos matones que te rodean y no permitir que afecten a tu paz mental. Hagamos la postura del loto.

Y, sobre todo, hagamos palmicas a las cosas bonicas. :D

Porque al final, la felicidad no es más que una actitud.

[MICHAEL BUBLE - Haven't Met You Yet]

Posteado por: paperdeboat | Octubre 18, 2009

Donde dije digo, digo diego

Hace mucho, mucho, pero mucho tiempo, unos tipos históricos decidieron poner nombre a las cosas. A una cosa la llamaron mesa, a otra cosa la llamaron silla, a otra doubleheaded dildo… en fin, cosas así. Hasta comenzaron a ponerle nombre a cosas que no podían verse (que sí, de verdad, que hay cosas que existen que no sirven ni para comer, ni para follar) como, por ejemplo, los sentimientos, las emociones y otros conceptos abstractos que viven en el mundo de las ideas.

Pues bien, resulta que un buen día un antepasado mío, un tal “Soy” y de apellidos “Totalmente mema” y “Yenmicasanolosaben”, inventó una palabra la mar de bonica: coherencia. Pero, querida lector, ¿qué es la coherencia realmente? Todo el mundo habla de ella como de la Esteban, pero nadie tiene la menor idea de qué significa ese palabro infernal. Suena muy bonito y algunos se lo adjudican libremente diciendo “pues yo soy taco de coherente, que lo sepas”, pero en realidad no lo son, es sólo que alguien les echó droja en el colacao un día y se quedaron mal…

Llegados a este punto y suponiendo que tenemos algo parecido a un cerebro, se nos ocurrirá buscar la palabra coherencia en el diccionario de los señores epidémicos y encontraremos…

coherencia.
(Del latín, tía, mazo fuerte, taco de antigua)

1. Conexión, relación o unión de unas cosas con otras. No, lo que tú haces con ese chico los sábados por la noche no es coherencia, tiene otro nombre; no confundamos

2. Actitud lógica y consecuente con una posición anterior. Y ponen como frase de ejemplo “Lo hago por coherencia con mis principios”. Evidentemente, el iluso académico que escribió esto todavía pensaba que las personas tenían principios y, que hasta eran coherentes.

La invención de esta palabra supuso un terrible suceso sin precedentes en el País de Nunca Jamás Conseguirás una Pareja Estable, porque muchos, la mayoría a lo mejor, tuvieron que vérselas con la idea de tener que actuar en consecuencia a lo que habían dicho anteriormente. Un drama, tía. Porque los que aseguraban quererte para toda la vida y pretendían follarte e irse sin más, sin darte las buenas tardes siquiera, se las vieron canutas para poder continuar metiéndola en caliente, sin la ayuda de las falsas promesas. Por no hablar de los calientapollas, los desquiciados, los perros del hortelano y, como no, los absolutamente majaretas con un reloj de cuco en lugar de cerebro (a estos el pájaro se les salía -y les entraba- por la boca en las horas punta).

Los tocapelotas del reino, que se dedicaban a utilizar a libre albedrío a las personas de buena fe que pululaban por allí hasta la invención de la palabra, estaban totalmente consternados. Así, todos ellos, se reunieron. Y en lugar de follarse los unos a los otros y dejar a las personas con cerebro relacionarse tranquilicas, se propusieron crear algo con lo que acabar con la coherencia. Porque sí, tía, porque si nos hubieran dejado tranquilos la vida sería demasiado estupenda y uno no tendría que crearse un blog para destripar a todos los impresentables a los que se encuentra; y eso, quieras o no, tiene su gracia, tía, sobre todo cuando no te toca a ti sino al gilipollas de Paper (servidor, presente). Pues bien; entre todos los presentes consiguieron conformar un cerebro normal, con más de dos neuronas y todo, y los muy cabritos se inventaron el “donde dije digo, digo diego”.

Cuidao, que el “donde dije digo, digo diego” parece muy simple, pero en su simpleza radica su peligrosidad. Este ensalmo es duramente utilizado en los tiempos que corren y se conoce que la sonoridad de sus fonemas hipnotiza a los receptores (ergo a los pobres que tienen que aguantar a los incoherentes) dejándoles con la boca más abierta que una muñeca hinchable tras una despedida de soltero y sin saber muy bien qué coño decir. Veamos esto ejemplificado en alguna situación de lo más costumbrista, de ésas que nos pasan a todos:

Desquiciado que demuestra en pocas palabras el bajo rendimiento de su estructura intelectual: —Pues yo quiero quedar contigo porque me gustas, pero es que no sé, no lo tengo claro… Dórame la píldora un rato, a ver si me convences.

Persona normal que únicamente pretendía tomarse un café y echar la tarde (y ya, si acaso y en un poner muy remoto, echar un casquete e ir quitándose la fama de hombre araña; no porque vaya con un pijama rojo y azul por la calle, sino porque está que se sube por las paredes):
—Mira, tío, vete a la mierda. Te va a dorar la píldora Rita Irasema. No me marees más: si quieres quedar conmigo, queda y si no, pues no.

Desquiciado que en un momento de lucidez recurre a la táctica “donde dije digo, digo diego”: —Pues no sé por qué te pones así, porque yo en ningún momento te he dado falsas esperanzas ni te he dicho de quedar. Yo creo que te he dejado muy claro que no quiero quedar contigo y que no me gustas. No me inspiras confianza.

Persona normal que empieza a pensar que está sencillamente tarada o que tiene la capacidad auditiva en el ojete: ¿O_O?

Efectivamente: hay que tener tan poca, tan poquísima vergüenza para negar abiertamente lo que uno ha afirmado hace tres segundos con esa despampanante seguridad que el otro individuo incluso duda. Es que no es normal que se la estén pegando con esa frescura, insultando tantísimo y tan súbitamente a su inteligencia. Sin embargo, querido, así es. El tipo lo hace y se queda más ancho que pancho.

Otro ejemplo es el que se da con las personas calientapollas, que te soban el paquete con fruición y violencia y luego, cuando vas a comerles el hocico pensando que es tu noche de suerte, se indignan y te pegan una bofetada, alegando que qué narices te has pensado, que el hecho de que ellas se hayan arrimado a tu cebolleta hasta quedarse prácticamente encintas no quería decir que quisieran montárselo contigo (pues claro, nena, dónde se ha visto semejante conexión lógica…).

Yo, sinceramente, tía, cuando te encuentres con uno de estos sujetos que jueguen al “donde dije digo, digo diego” (en vez de jugar al Teto, que es mucho más sencillo), correría más que si viera a Farruquito en un semáforo y me quitaría de en medio en menos que canta un gallo. Pero si quieres quedarte a discutir un poco porque eres de esas personas memas de manual que todavía piensan que la gente debería tener conciencia y pensar en los sentimientos de los demás (¡presente!), siempre puedes decirles a esas personas que para montarse películas surrealistas ya está Woody Allen, que si no están seguros de su condición sexual, de querer tener pareja, o de quiénes son, dónde van y similares, que no vayan buscando guerra por ahí, que a ellos también les llegará su hora puesto que a todo cerdo le llega su sanmartín y que, por supuesto, tener quince años está muy bien cuando se tienen quince años, pero cuando se roza la treintena es, sencillamente, patético.

Pero así, sin inquina ni nada, que se note que hemos tenido doce institutrices al año (por lo menos).

Porque si ellos inventaron el “donde dije digo digo diego”, nosotros hemos inventado el “mira, chaval, que la vida es muy corta y mi tiempo muy valioso para malgastarlo con gilipollas de carrera como tú”.

[THE CARDIGANS - Erase/Rewind]

Posteado por: paperdeboat | Octubre 10, 2009

Estoy faltico

El otro día quedé con una amiga para tomar café (porque sí, tía, porque yo tengo vida social, a pesar de que más de uno me dijera en su momento que era un cactus que iba a morir solo en el desierto). Mi amiga y yo, la mar de estupendos, una mañana como otra cualquiera, nos sentamos en una de esas terrazas en las que ahora se está tan a gustico; y entonces vi pasar a un tío que era algo así como un semidios tremendamente buenorro. Claro está que a mí se me saltaron hasta los empastes al presenciar su belleza (y su culo prieto), que por algo soy una marica degenerada, y que mis pupilas se dilataron hasta adquirir el tamaño de una plaza de toros. Entonces mi amiga, muy consideradamente, me soltó así, sin avisarme antes ni nada:

-Paper, te veo muy necesitado.

Y claro, yo me quedé muerto. No porque fuera mentira, sino porque estoy tan acostumbrado a que la gente no me haga ni puñetero caso que cuando me prestan atención me quedo patidifuso, absolutamente. Razón no le faltaba: estoy necesitado.

No me importa reconocerlo porque hace mucho tiempo, un señor demostró que todos estamos necesitados. No, este señor no fue Brad Pitt (tío al que, incluso los heteros cazurros, reconocen como guapo e idolatran), sino un tipo que se llamaba Maslow (pronunciado Mahlou) y que nos presentó un paradigma de necesidades básicas del ser humano*.

*Algunos tocapelotas estarán pensando que sobre esto ya escribí una vez, pero fue hace tres años, ya ha pasado mucho tiempo y a mí me apetece retomar el tema (qué coño).

Las necesidades expuestas por el colgao’ éste, un tío muy tenido en cuenta en Psicología y Sociología (ya ves), son las siguientes:

1. Necesidades fisiológicas. No hay que ser muy listo (o sí, que uno ya nunca sabe) para saber que las necesidades a las que el buen Mahlou se refiere en este apartado son el hambre, la sed, el sueño… Dice que son imperiosas y básicas para los seres humanos (nos ha jodido, ahora va de listo). Se supone, queridos maricones y otros seres derivados, que los humanos (por llamarnos de alguna manera) tenemos estas necesidades cubiertas en este punto de nuestra existencia en nuestra gran mayoría (porque los 800 millones de personas del mundo que pasan hambre nos los pasamos por el forro, son cuatro gatos, no existen). Todos comemos, todos dormimos, todos bebemos (sobre todo yo) y todos follamos.

Lo malo es que algunos, muchos a lo mejor, no tenemos mucho dinero para comer lo que nos gustaría (y nos vemos en la obligación de comer pasta y arroz diecisiete veces por semana); dormimos regular por culpa de nuestros vecinos, que se empeñan en organizar carreras de hipopótamos a las tres de la madrugada y con la línea de meta encima de nuestra habitación; beber sí que bebemos, que para algo tenemos hecho un máster sobre robar copas y tontear con camareros para que nos inviten a toro, toro y toro; y lo de follar, queridos, eso ya es otra historia (ahora mismo me voy a comprar un amuleto contra el mal de ojo, porque lo mío no es normal: me tocan todos los maricones frígidos que hay en el mercado, de esos que sólo quieren hablar y hacer amigos. Si yo tuviera un traje de músculos y fuera con el carné del gimnasio en la boca, ya veríamos el interés por desarrollar la amistad donde quedaba. Esto es como lo de “mi amigo es muy simpático”. Si estuviera bueno, la simpatía pasaría a un decimocuarto plano).

2. Necesidades de seguridad. Mahlou se refiere aquí a los deseos de estabilidad y orden con ausencia de amenazas o peligros. Que estés toda tranquila, vaya; pero, ojo, sin drojas ni nada, como estado natural. Supersencillo, tía. Y para arreglarlo añade unos ejemplos la mar de monos como:

a. Aspiración a un trabajo estable: algo que, evidentemente, sólo conseguirás si eres primo del nieto de la madre de la que trabaja en el ayuntamiento, si eres del Opus o si la chupas muy bien (y ni eso, porque servidor tiene el máster del Calipo y fíjense). Si no, tu vida laboral tendrá la misma estabilidad que una bruja en medio de un tornado. Pero qué más da, la vida es Noche de fiesta, tía.

b. Deseo de tener algún tipo de seguridad en el futuro: pues claro, yo estoy completamente seguro de que cuando pase la crisis se inventarán otra cosa para justificar que seamos unos putos pringados, tengamos unas condiciones laborales pésimas y cobremos una mierda. También estoy seguro de que los jóvenes no tendremos ninguna oportunidad de acceder a una vivienda en condiciones (esto es, de más de diez metros cuadrados) sin meternos en una hipoteca que heredarán nuestros bisnietos y que seguiremos comiendo pasta 17 veces a la semana (y podremos ponerle tomate frito con mucha, pero mucha, suerte).

c. Búsqueda a través de la ciencia o de la religión de una explicación coherente sobre el mundo de los hombres: yo esto lo tengo claro, a los hombres no hay quien coño los entienda. Ni ciencia, ni religión, ni pollas en vinagre: beber wisky es la solución (no, entenderlos no los vas a entender, pero a la cuarta copa vas a estar a gustico y te va a dar igual, eso seguro).

3. Necesidades de pertenencia y amor. Vamos, que no hace falta que os diga mucho, que ésta la tiene todo cristo muy presente. Excepto los chulos de discoteca y las cabronas de manual, que lo que necesitan es que Freud resucite y les haga una terapia especial. Mahlou lo define como el anhelo de establecer relaciones afectivas con la gente en general y el deseo de sentirse integrado en grupos como los amigos o la familia. Yo no sé vosotros, queridos maricones y otros derivados, pero yo cada día que pasa me siento más antisocial y menos ganas tengo de relacionarme con esos seres unineuronales también conocidos como mariquitusos de la especie. Por no hablar de la gente en general, de lo considerada y amigable que es. Me siento superintegrado, tía, cuando todos los tíos me ignoran por ser bajito, delgado y saber hilvanar dos frases seguidas, subordinándolas y todo. Es superguay.

Vamos, que me van a perdonar, pero para mí mantener relaciones afectivas con la gente no es utilizarla para que nos haga los recados, darle de lado a la mínima oportunidad, que nos importen un carajo sus sentimientos, engañarlos, usarlos como un clínex y luego tirarlos a la basura, reírnos de ellos o convencerlos de que tienen que idolatrarnos y seguirnos a todos lados con la lengua fuera para que nos hagan un poco de caso. Eso sí, siempre alegando una incondicional y entregadísima amistad. Que sí, que yo soy tu amigo, pero si me surge un plan mejor te dejo más tirado que una colilla. ¿Valores? ¿Eso qué es? ¿Y para qué sirven?

Aunque, como decía una que yo conocía, yo me invento las cosas y vivo en un mundo paralelo: la gente no es ni rastrera ni miserable ni te utiliza ni nada de nada. Somos todos la mar de buena gente y vivimos en un episodio de La Aldea del Arce. Sí, señor. Y Miliki también.

Mahlou dice que la insatisfacción de esta necesidad se traduce en situaciones de soledad, marginación, desarraigo, enemistad o rechazo. A la mierda to’ el mundo, ea, a chuparla por los pueblos. Qué majo es este Mahlou, qué bien define mi estado anímico actual.

4. Necesidades de estima. Esto ya sí que es el no va más, oigan. Se define como la aspiración al aprecio de uno mismo y de los demás y necesidad de una valoración de la propia personalidad estable, alta y con base firme. Pues mire usted que bien. Apreciarse a uno mismo es difícil cuando uno no sabe qué hacer ya para que le contraten en algún sitio y que sus historias de ligoteo duren más de cinco minutos: no te vamos a llamar ni para trabajar, ni para tomar café, ni para echarte un maldito polvo en un ascensor. Lo cual te deja una autoestima hiperelevada. Y te entran unas ganas inconfesables de apreciar a los demás (por supuesto).

Este señor divide las necesidades de estima en dos grupos:

a. Personal: sensación de competencia y confianza en el mundo y en los demás. Que sí, que yo confío un taco en ti. Que yo sé que mis sentimientos y aspiraciones son tan relevantes para ti como mi opinión sobre la alimentación transgénica y que no te vas a marchar a Australia a cazar canguros cuando te necesite.

b. Social: deseos de prestigio y reconocimiento por parte de los otros. Yo tengo un prestigio estupendo como tonto el pueblo… vamos, que me suelta unas lindezas el personal… Además, como mi ex se ha tirado a tres cuartas partes de la población mundial, todo el mundo me conoce: compartir babas une una barbaridad.

Total, que yo lo admito: estoy necesitado como el que más. Estoy falto, muuuu falto, maricones míos. Pero al menos lo admito, no me siento menos que nadie al hacerlo y no voy por ahí de sobrao’ cuando en realidad pido lo mismo que todo el mundo.

Humildad, esa gran desconocida…

[JAMIROQUAI - Virtual Insanity]

Posteado por: paperdeboat | Octubre 1, 2009

Fenómeno… ¡Fans!

Desde que años atrás apareciera aquel grupo de amigas chachi guay llamado Spice Girls, en el que una era deportista, la otra pija, la otra cañera, la otra más puta que las gallinas y otra iba de niña buena, ese grupo de amigas que no habían sido seleccionadas en un cásting para nada ni habían sido convenientemente caracterizadas, el mundo se ha transformado. Y esto no lo digo sólo porque desde que aquéllas dijeran que era una formación musical a pesar de que cantaban menos que un grillo mojao’ empezaran a salir grupos de cuatro o cinco pseudoadolescentes con los huevos negros por doquier, no. Lo digo porque se hizo patente con una intensidad inaudita el fenómeno fan, con hordas de tipos y tipas rasgándose las vestiduras, sufriendo desmayos y tirando bragas a la cara de sus ídolos. Como todo tiene repercusiones y consecuencias (incluso cuando te tocas), el mundo de las relaciones también ha sufrido su conveniente transformación.

Hoy en día, todo el mundo quiere tener un fan. Tener fans es guay. Y quien dice un fan, dice un club lleno de ellos. Seamos sinceros: a todo el mundo nos gusta sentir que alguien nos idolatra, nos quiere, nos sigue por todo el país, nos quiere llevar la mochila y darnos su bocadillo a la hora del recreo; tener a alguien entregadísimo dispuesto a hacernos la pelota y a morir por nuestros huesitos. Está claro que el humano, ese gran desconocido, se alimenta de la mirada de los demás y si los demás le miran con admiración su poll… que digaaa… su ego, eso es, su ego engorda, se hace grande.

Tontos no somos: a nadie le amarga un dulce.

Operación Triunfo ha hecho mucho daño. Desde que la tele nos dijera que cualquiera de la calle podía ser cantante famoso y tener una ristra de locas histéricas a su alrededor, todo ha cambiado. La democratización de la fama ha conseguido que se establezca una competencia mariconil por obtener un mayor número de fieles seguidores. Cuánto más entregados son tus fans, más gorda la tienes… Lo tienes. El ego. Eso. Así que se trata de ir por la vida acumulando seguidores.

Pero veamos cómo se desarrolla el asunto, que seguro que os va a encantar.

Pongamos por caso que te gusta Pichupichi, que te encanta, vamos: te pone palote. Así que, como es natural, empiezas a tontear con Pichupichi; al principio de forma tímida, en plan putita fina, para comprobar cómo responde. Y resulta que Pichupichi responde adecuadamente a tus insinuaciones y te las devuelve. En el mundo de las personas normales, esto quiere decir que Pichupichi y tú os moláis un taco y que pronto estaréis arrancándoos los calzoncillos a bocaos en cualquier motel de carretera. Lo que pase después nadie lo sabe, excepto Esperanza Gracia y sus astros.

No obstante, en el maravilloso País de Nunca Jamás Conseguirás una Pareja Estable las cosas no son tan sencillas: que Pichupichi responda a tus insinuaciones con la misma moneda no quiere decir que tú le pongas a él del mismo modo que él te pone a ti. Y resulta que tú le propones a Pichupichi quedar (es normal, lo de tirarte a alguien a distancia no mola o mola, pero por un periodo de tiempo corto). Y resulta que Pichupichi no puede esa semana porque tiene que practicarse un estiramiento de ojete (una operación supercomplicada). La semana siguiente le vuelves a proponer quedar, pero tampoco puede. Y a la siguiente tampoco. Y así es como Pichupichi te va dando largas mediante estudiadas excusas (como que tiene un padrastro en el dedo gordo de la mano izquierda que le impide salir a la calle o que tiene que observar cómo germina una semilla de nabo que ha plantado en el balcón de su casa).

Llegados a cierto punto, completamente desconcertado, vas y le dices a Pichupichi muy claramente:

-Oye, Pichu, es que tú a mí me molas. ¿Yo te molo a ti?

Y él contesta más ancho que Pancho:

-En este momento no. Pero quién sabe en el futuro.

Tooooomaaaa… A esto se le llama dejar la puerta abierta. O lo que es lo mismo: creer que el sujeto que sea es tontolculo y mantenerlo como fan. Te has convertido en lo que se denomina un Paluego. Pichupichi te deja ahí, en stand by, y ya si eso otro día te sigue el rollo (haciéndote sentir siempre, clarostá, que tú eres el que está hipernecesitado de su atención y que te puedes dar con un canto en los dientes si te mira sin vomitar). No es que en el futuro Pichupichi se vaya a despertar una mañana pensando en que te va a poner un piso en Sitges porque, de repente, a las cuatro de la mañana, Cupido ha entrado y le ha clavado un dildo en la frente (el dildo del amor por ti). No. Lo que le pasa a Pichupichi es que le encanta gustarte porque se sube la autoestima a tu costa. Eso es, se le engorda la polla cuando habla contigo porque sabe que te mola y dilatas más que una embarazada a punto de dar a luz.

Y es que hoy en día lo de cerrar puertas no se lleva. Por eso, los messengers, los tuentis, los facebooks y las agendas de los móviles se convierten en una especie de nevera de maricones en las que los mariquitusos se amontonan y uno va escogiendo lo que más le apetece según el día. Es decir, no me gustas una mierda pero lo mismo mañana me levanto con la moral por los suelos y te abro ventana solo para que me recuerdes lo estupendo que soy. Y no, mi vida, no es que quiera follar contigo en ningún momento, así que ya puedes dejar de hacerte ilusiones y utilizar el lubricante para engrasar la cadena de tu bici.

Dejar la puerta abierta y sumar fans es todo un arte y hay múltiples manera de llevarlo a cabo. Entre las estrategias más utilizadas, tenemos las siguientes (os expongo las más usadas para que os sirvan para identificar a los triunfitos):

-Estoy en un momento complicado de mi vida. Y, claro, ahora mismo no puedo pensar en nadie. Pero todo el mundo sabe que los momentos complicados pasan, así que lo mismo en unos días se me quita esta cara de gilipollas y entonces te hago caso porque la cuestión es que me encantas. Es una pena que no nos hayamos conocido en otro momento. No, no quiero que me esperes; sólo que estés ahí cada vez que se me encone un pelo del escroto.

-Ahora mismo no me encuentro preparado para una relación. Y, claro, no voy a follar contigo, porque tú me gustas para algo más serio (aquí las bragas se te bajan hasta los tobillos). Follar ya follo con otros: con tu amigo, con el amigo de tu amigo, con el portero, con el charcutero, con tu hermano, con tu padre, con aquel de allí, con el camarero del bar… A ti mejor te dejo para el futuro, para presentarte a mi madre y que tengamos ciento cincuenta y siete hijos en una cabaña junto al lago.

-Tú me gustas mucho y quiero conocerte mejor antes de tener nada contigo para no hacerte daño. Y como quiero conocerte mejor, nunca me decido a quedar contigo, no te pregunto nada de tu vida, no me interesa una mierda lo que me cuentas y dejo que seas tú el que inicie tooooodas las conversaciones que mantenemos. Eso sí, cada conversación girará, necesariamente, en torno a hablar de lo guay que soy. Todo el mundo sabe que lo mejor para conocer más profundamente a una persona es animarla a que te diga todo el tiempo lo mucho que le gustas.

Por eso, mi vida, cuando conozcas a un maricón cuya única pretensión es calentarte la entrepierna para que le hagas la ola cada vez que hablas con él sin intención alguna de hacer realidad tus fantasías más tórridas, dale una patada en el culo y que pase el siguiente. Que otra cosa no, pero cada día hay más maricones fuera del armario.

Y quien quiera un club de fans que, al menos, le ponga empeño y haga algo memorable, como enseñar una teta en televisión a lo Sabrina o sacar un disco de technorancheras.

Ay, señor, cuándo aprenderemos que el mundo no gira alrededor de nuestra polla y que los otros maricones no son genios de la lámpara dispuestos a satisfacer nuestros deseos…

[VANESSA PARADIS - Be My Baby]

Posteado por: paperdeboat | Septiembre 16, 2009

Meritocracia

Una de las características esenciales del mundo moderno es la de creer que lo alto que lleguemos o lo bajo que caigamos depende, única y exclusivamente, de nosotros; se trata del fantástico y maravilloso cuento de la meritocracia. Desde que somos unos mocos que apenas levantan unos palmos del suelo, usted, yo, aquel de más allá e incluso su vecino del quinto (el que le llama maricón en el rellano de la escalera cuando se lo cruza por las mañanas) aprendemos que todo lo que nos ocurre es, en gran parte, culpa nuestra. Dicho de otro modo y parafraseando la cultura popular: cada cual tiene lo que se merece. Esto es, un poco, en lo que se basan los sistemas sociales occidentales. Por ejemplo, el mito de la “igualdad de oportunidades” en Estados Unidos. Es lo que hace que nos partamos el culo por conseguir lo que queremos y que, cuando no lo conseguimos, tendamos a culparnos a nosotros mismos en lugar de al sistema social.

Si tú, querido lector, permíteme que te tutee… si tú, querido lector, eres remotamente parecido a mí, además de ser guapo a rabiar, te habrás pasado media vida preguntándote por qué, por todos los discos de Madonna, no consigues lo que una vez te propusiste hace mucho, pero mucho tiempo. Ya sabes, eso de ser astronauta, de haberte independizado a los veinte (y no en un piso de treinta y dos metros cuadrados y pagando un alquiler astronómico, sino en una vivienda digna y eso, por ser constitucionales y tal), de tener un trabajo maravilloso que te realizara como persona, de tener un novio estupendo que te adore y una vida social muy parecida a la de los personajes de una teleserie; eso de ser rico (multimillonario, si me apuras; por pedir que no quede, oye), atractivo, culto, leído, estupendo e inmensamente feliz.

Pues bien, una vez analizada tu situación actual, es más que probable que estés en paro o que tu trabajo no te guste para nada ni te satisfaga en absoluto; es más, seguramente ni tendrá que ver con lo que estudiaste. Es muy posible que vivas todavía con tus padres a pesar de rozar la cuarentena, que tus novios te duren menos que los cubitos de hielo de un cubata y que tus amigos prefieran bailar la lambada a hacerte caso cuando estás llorando. Así que, ¿cómo es posible que no hayas conseguido todas esas razonables propuestas y sueños nada inalcanzables que una vez te pusiste como meta con todo lo que has luchado?

Pues bien, si atendemos a las normas de la meritocracia, si no has conseguido todo eso que te has propuesto ha sido porque no te has esforzado lo suficiente: no te lo has currado o, peor aún, no tienes la capacidad suficiente para conseguirlo (vamos, que eres tonto y en tu casa no lo saben). Es lo que se propugna. Siguiendo esta regla de tres, las personas que ocupan una alta posición social o que han conseguido grandes cantidades de poder, fama, dinero o sueños cumplidos serían, por tanto, los que más han trabajado para conseguirlo o los más capaces. Por otro lado, los que ocupan las posiciones inferiores serían los menos capaces o los que menos han trabajado para alcanzar sus metas. Es decir, cualquiera puede alcanzar lo que se proponga si trabaja lo suficiente.

Así, cuando alguien llega a lo más alto piensa que su éxito se debe a él mismo y a su esfuerzo y la satisfacción es enorme. No obstante, cuando uno es un tirado lo de pensar que el fracaso es responsabilidad suya ya no es tan chachi piruli.

Por otro lado, esto es lo que hace que en un buen número de ocasiones la gente a tu alrededor te diga que si estás como estás es culpa tuya, que si no encuentras trabajo es porque no te mueves lo suficiente o si no encuentras pareja es porque no buscas en los lugares adecuados, repites pautas de conducta (ésta es de las más recurrentes) o no eliges a los chicos adecuados. En definitiva, que la culpa es tuya.

Pero claro, esto es muy relativo. Y cuando digo relativo, quiero decir mentira.

Tú y yo, querido lector, sabemos que esto no siempre es así. Tú y yo sabemos que tu jefe es un soplapollas que no sabe hacer la o con un canuto y, a pesar de eso, tiene un puesto de mando o que el coordinador de tu departamento es un inepto aunque cobre seis veces más que tú y se vaya, todos los días, dos horas antes a casa. Tú y yo conocemos a más de uno y a más de dos que ha tenido la vida más fácil por llevar rodilleras de serie o por hacer la pelota. O por ser el hijo del primo del tío del sobrino del jefe. O que tu amiga Fulanita tiene una lista enorme de tíos adorándole porque es una facilona que lo hace sin condón (aunque no tengo muy claro si esto cuenta como mérito o habilidad especial). Es decir, alma de cántaro, que en el destino de cada uno, por mucho que digan las películas de caballeros, no influye sólo lo que tú hagas o lo mucho que te esfuerces. Existe también lo que se llama factor suerte (es un hecho, hay personas que nacen con una flor en el culo mientras otros somos unos pringados por y para siempre), las circunstancias de cada cual, el enchufismo, la alineación de los planetas o tener un chalé en La Moraleja. Por tanto, el éxito o el fracaso de lo que emprendas no depende, única y exclusivamente, de ti o de tu esfuerzo. Es más, si me apuras es de lo que menos depende.

Por supuesto, nadie está haciendo aquí apología del suicidio derivado del conformismo (esto es, que te quedes en tu casa, tirado en el sofá, tocándote las bolas chinas a dos manos pensando en que da igual lo que hagas, porque todo saldrá mal y no merece la pena intentarlo). Eso sería catastrofista y digno de película americana tipo Deep Impact, y no es eso lo que yo estoy diciendo aquí (que todo hay que aclararlo, leñe, que después me venís con los comentarios-denuncia y las querellas firmadas por psicólogos que os han diagnosticado un no sé qué y un ya ves tú como consecuencia de leer este blog).

Así que, mi vida, si estás hasta el alma de echar currículums y que no te llaman ni para pasear al perro, si por más cursos y carreras que tengas los títulos no te sirven más que para empapelar las paredes de tu habitación, si por más horas extras que eches, no te suben el sueldo ni te dan una sola palmadita en la espalda, si por más bien que te portes con la gente más patadas en el culo te dan y nadie te agradece que seas tan fantástico, estupendo y muy amigo de tus amigos y si, como añadido, piensas que eres mono, inteligente, divertido y hasta buena persona pero no encuentras más que subnormales en tu camino que no saben valorarte, que te usan y, por descontado, en lo último en lo que piensan es en relacionarse contigo de manera sana (esto es, tomarse unas cañas contigo, echarse unas risas y si encarta un carricoche esta noche), no pienses que es culpa tuya o que se debe a que no te has esforzado lo suficiente. Deja de sentirte culpable y de exigirte un mayor esfuerzo porque no se trata de eso. Todos entendemos aquí tu frustración pero, al margen de los errores claros que hayas podido cometer, es más que probable que tu fracaso se deba a tu mala suerte, a que no le has rezado lo suficiente a San Palomo Cojo o a que éste es un sistema social que no ofrece muchas oportunidades para aquellos que tienen que currárselo todo con el sudor de su frente.

Casi nada de lo que sucede en tu vida depende sólo de ti, de tu esfuerzo o de lo que luches.

Claro que hay que intentarlo, pero hay que ser un poco más autoindulgentes y no flagelarnos cuando las cosas no salen como queremos o como esperamos.

Intentarlo no garantiza el éxito.

Y, sin embargo, yo te animo a que no te rindas jamás.

[WHITNEY HOUSTON - Step by Step]

Posteado por: paperdeboat | Septiembre 11, 2009

Llámame, es gratis.

Imagine usted que un día como otro cualquiera conoce a un tipo. A un tipo que le gusta. A un tipo que le gusta y que es gay. A un tipo que le gusta, es gay y, además, parece estar interesado en usted. Da igual cómo lo conozca o en qué circunstancias; desde este blog no vamos a hacer apología de lo que mucha gente llama “conocer gente de manera normal” o “conocer tíos de manera natural” (lo que viene a ser lo mismo que conocer tíos fuera de Internet y de los bares de ambiente, como si esto, conocer tipos en la sección de congelados del Carrefour, fuera lo más fácil y divertido del mundo). La cosa es que usted conoce a un tipo que le pone palote. Y entonces el tipo le pide el número de teléfono y le dice:

-Te llamo el viernes y nos tomamos una cerveza. Para conocernos mejor y eso.

Y usted se marcha a su casa, dándose con un canto en los dientes y con la entrepierna feliz y contenta porque piensa que le ha pasado algo bueno. Fíjese, hasta ese instante su destino era lineal y monótono y usted pensaba que iba a terminar vieja, sola, loca y rodeada de gatos, pero, gracias a todos los discos de Madonna, un hecho insólito ha venido a truncar su vida. Además lo de tomar algo para conocerse mejor suena muy a maduro y muy a teleserie superchachi. Usted tiene la vaga impresión de que ha dejado, por fin, Al salir de clase, para colarse en Sexo en Nueva York. Muy bien. Las personas adultas tienen citas, se llaman para tomar una copa y conocerse mejor. Y usted piensa que el hecho de que tanto su cita como usted rocen la treintena es un claro indicativo de que son personas adultas que pretenden quedar y conocerse para ver qué pasa, sin jueguecitos ni mayores desencuentros.

No sabe lo equivocado que está.

Porque, muy probablemente, usted se pase la semana entera con esa ilusión de quinceañera con coletas que hace circulitos con el pie en el suelo pensando en que el viernes tendrá usted una cita de mayores. Tendrá risitas preorgásmicas a lo jijiji, barajará opciones sobre lo que se pondrá para el evento e incluso no le importará ir a trabajar (eso en el caso de que tenga trabajo. Si no, no le importará hacer cola para sellar en el INEM). A ver, no es que quedar con el susodicho sea lo más importante del mundo pero resulta que a usted le hace ilusión. Sí, sí. Porque a pesar de lo que digan sus amigos de que “hay que endurecerse, no hay que tener sentimientos, no hay que esperar nada de nadie, bla bla bla”, lo cierto es que las personas tienen sentimientos y se ilusionan un poquito. Francamente, querido, deje de sentirse culpable por ponerse contento cuando tiene una cita: lo preocupante sería que tuviera una cita y le diera igual.

Pues bien, el viernes mirará el móvil un total de 456743 veces por si ha sonado y, casualidades de la vida, no lo ha oído. Sí, siempre lo oye, pero hoy, por ciencia infusa, puede haber perdido el 97 por ciento de la capacidad auditiva. Sin embargo, a pesar de su insistencia en verificar si tiene llamadas perdidas cuyo sonido, ¡oh, sorpresa!, se ha perdido en el microcosmos, el teléfono no sonará en toda la mañana. Pensará para sus adentros y, tal vez, para sus afueras: “tranquilo, no pasa nada, ya llamará por la tarde. Queda mucho día por delante” y se pasará la tarde esperando oír el maldito pitido que anuncia un mensaje de texto o el puñetero politono de los Andy & Lucas (o lo que quiera que tenga usted como sonido del móvil).

Y sonará, sí, porque seguramente se le ocurrirá a todo el elenco amistoso de su guía telefónica más la mitad de la plantilla de los operadores de Vomistar querer contactar con usted. Normalmente nadie le llama, pero ese viernes debe ser el Día Internacional de Tocarle las Pelotas, porque si no es que no es comprensible. Colgará una y otra vez todas estas llamadas, esperando que por fin, en algún momento, aparezca en la pantalla el nombre de Feldesponcio (su ligue) parpadeando (la sola idea le produce una sensación orgásmica); pero lo cierto es que esto nunca sucederá.

Entonces, a medida que la tarde vaya cayendo y se vaya transformando en noche, usted, aunque intente hacer lo que se llama “vida independiente” y quede con sus amigos para irse de cañas hasta las mil al tiempo que se convence a sí mismo de su sensación de poder mientras le repite a quien quiera escuchar “claro que me voy por ahí, no me voy a quedar en casa esperándole, faltaba más”, que sí, que suena estupendamente, pero no es nada creíble ni convincente, empezará a barajar mentalmente las posibles opciones por las que el tipo no le ha llamado.

Un tío puede no llamarle por muchas razones y todas ellas nada válidas porque, en el mundo de las personas normales, cuando alguien dice que va a llamar, llama y si no se disculpa y llama otro día. Puede que haya perdido el número de teléfono. Tal vez se le descuajeringó el móvil y ya no puede recuperar la tarjeta sim, de modo que no tiene forma de contactar con usted (porque, de repente, el email y las 345654 redes de contactos no existen). Quizás se le cayó el móvil a la carretera y trolebús le pasó por encima. A lo peor el trolebús le pasó por encima a él (esta idea le produce cierto gustirrinín, por qué no decirlo) y se ha quedado hecho una calcomanía en cualquier carretera comarcal…

También es posible que la antena de Vodafone de al lado de su casa se haya caído y por eso no le lleguen los mensajes. Aunque, en realidad, le llegan los mensajes de todo el mundo. Menos los de él. También es mala pata. Será un problema de compatibilidad entonces. Porque llamarte, seguro que te ha llamado. Pero puede que la llamada se haya desviado al teléfono de tu prima Sebastiana. No, eso ya lo has mirado. Jatetú, que estás empezando a pensar que nunca tuvo intención de llamarte… No, no, eso no puede ser. Pero si te dijo que te iba a poner un piso en Torremolinos por lo mucho que le gustabas…

Otra opción es que los marcianos pudieron abducirle. O los de la tele. O Falete. Quizás su perro se comió el móvil. O el chucho tuvo un ataque epiléptico y tuvo que meterle el móvil en la boca (lo tenía en la mano justo, en ese momento, para llamarte) para que no se mordiera la lengua.

Puede que haya conocido a otro más buenorro e infinitamente más musculado que tú y se le haya olvidado cómo te llamas a base de polvazos. Puede, incluso, que en ese momento en el que tú piensas en él, esté mirando, concretamente, pa’ Cuenca con un disco de King África de fondo.

Puede que haya vuelto con su ex, que le ha llamado para reiniciar su relación porque se tomaron un tiempo para pensar y, vaya por dios, ha terminado de pensar justo cuando tú te lo ibas a zumbar. Puede que ya tuviera novio cuando te dijo que te llamaba, pero que te lo haya ocultado porque tiene la absurda pero imperiosa necesidad de hacer de su vida un culebrón venezolano.

Puede que no te llame porque piensa que si lo hace te correrás del gusto y empezarás a imprimir las invitaciones de boda. Y es que, chato, vas demasiado rápido, cómo se te ocurre pedirle que te llame para tomar una cerveza, que él no está preparado para una relación tan profunda.

Puede que se haya pillado un huevo con la cremallera del pantalón y ahora esté en urgencias. Tal vez lo hayan cogido para participar en Fama. A lo peor ha tenido un ataque de amnesia porque se comió la comida de su gato que estaba en mal estado. Bueno, vale, de amnesia no, pero tal vez no puede despegar el culo del váter.

Puede que lo hayan secuestrado. O que lo haya amenazado de muerte una mafia rusa y haya entrado en un programa de protección de testigos. Tal vez sigue en la ciudad, pero va siempre con un guardaespaldas buenorro que le protege a la salida de todos los conciertos. Tal vez ese guardaespaldas se llame Kevin Coñe y él se haya vuelto negra y con voz prodigiosa de repente. Cualquiera sabe.

Pero no, mi vida, la verdadera, la principal, la más grande de las razones por la que un tipo no te llama cuando asegura querer llamarte y ni siquiera se disculpa poniéndote una excusa es simple y clara: es un enviado del diablo que quiere hacerte la vida imposible por ser marica.

Porque no puedo creer que la gente sea tan gilipollas como para querer complicar hasta el hecho de tomarse algo con alguien. Con lo fácil que es decir sí o no… ¡Si es lo primero que aprenden los niños, leñe!

[NENA DACONTE - Ay, amor]

Posteado por: paperdeboat | Septiembre 4, 2009

Ellos las prefieren rubias (y tontas)

Querido lector:

Si por algún casual usted tiene cerebro e incluso lo usa de vez en cuando, seguramente habrá pensado alguna vez que eso le iba a servir para que las cosas le fueran bien. Ya sabe, todos hemos tenido a alguien a nuestro lado que nos ha recordado desde pequeñitos que ser inteligente nos serviría para triunfar en la vida, conseguir un buen puesto de trabajo, un mejor novio y ser felices foreve enever.

Pues bien, por si todavía no se ha dado usted cuenta, ser inteligente no sirve para nada en absoluto. Es más, como dijera Lisa Simpson una vez, “conforme aumenta el nivel de inteligencia, disminuye el nivel de felicidad”. Hasta hizo un gráfico y todo. Si es usted uno de esos habitantos de la era moderna, con diez carreras, cultísimo, sensibilísimo, leidísimo y estupendísimo, pero a pesar de ello no tiene trabajo, ni novio, ni amigos, ni vida social, ni vida sexual, éste es su post.

Seamos sinceros: por regla general, las personas no quieren a gente inteligente a su alrededor. Juntarse con gente lista no es sano. Un jefe quiere que su empleado sea tonto; eficiente, sí, pero tontito, que no dé muchos problemas, que sea sumiso. Del mismo modo, yo conozco a muchas personas que definen el grado de amistad que mantienen con los sujetos en función de su grado de estupidez (cuánto más tonto sea el individuo, más pueden aprovecharse de él y, por tanto, lo definirán como un amigo maravillosísimo y estupendísimo).

Y en cuanto al amor… Seguro que se creyó eso de que siendo listo se ligaba mucho y los tíos se pegarían hostias por tener algo con usted. Ay, cariño, le voy a contar un secreto: los tíos se asustan en cuanto conocen a alguien que sabe hilvanar dos frases seguidas. Salen corriendo, más que si hubieran visto a Farruquito en un semáforo. Ellos prefieren, cien mil veces más, que sea usted un niño mono y lleve uno de esos trajes de músculos (que todavía no sé dónde se compran, y mira que he preguntado veces en el H&M, pero nada, no saben de lo que les hablo) para lucirte en fiestas. Lo de que seas listo, culto e ingenioso lo llevan fatal, porque les dejas en mal lugar y les creas inseguridades del tamaño de la Estatua de la Libertad. Que no te engañe eso que suele decir todo quisqui de “quiero una persona inteligente, sensible, comprensiva…”. En realidad, los tíos lo que quieren es alguien que les haga sentir listos a ellos; es decir, gilipollas de serie. Y que sean guapos y la tengan grande. Lo demás es totalmente mentira.

Por tanto, querido lector, tú que te sientes frustrado porque te creíste aquello de que los listos triunfaban más y te dedicaste a cultivar tu mente en lugar de tu cuerpo durante todos estos años, aunque no lo entiendas y tengas razón cuando pataleas y te dices a ti mismo que no es justo (de hecho, no es nada justo) vamos a ayudarte a reinsertarte en la sociedad como una marica productiva (ergo tonta de remate).

Precedidos por el éxito del Máster en Ser Rastrero y Cosas para las que sirve un Título de Periodismo, nuestra prestigiosa universidad tiene el honor de presentar a continuación el maravilloso programa del Máster en Ser más Tonto que un Bocado en la Polla. Matrícula ya abierta.

Módulo 1 – Inculturología: elimina todos tus conocimientos.
Quema de material didáctico: prende fuego a todos tus libros, apuntes y revistas. La inteligencia es sólo para la gente fea y pobre. ¿Nueva Vale o Superpop?: el gran dilema. Ver la tele a partir de las dos de la madrugada como método para perder neuronas. Temas de interés general preferidos: la Esteban y la Campa. Cómo incluir a Anne Igartiburu en todas las conversaciones. Juegos: nunca encontrar a Wally ni de coña y no adivinar nunca cuál es la ciudad que empieza por “S” y termina por “alamanca”, por más pistas que te den. Dejarte la única neurona en la mesilla de noche. El camino rápido de la lobotomía.

Módulo 2: Tu padre en corpore sana (era así, ¿no?).
Anatomía: conoce tu cuerpo acariciándotelo a diario y en cualquier ámbito, especialmente los pectorales (en el super, en el bar, en un velatorio…). El gimnasio: nuestra segunda casa. Estereoides, anabolizantes y batidos de proteínas: son chupis. El traje de músculos: cómo plancharlo para que aparezca el pliegue inguinal. Jerarquía social: la masa muscular como forma de estratificación; a más bíceps más importante soy. Valorar a la gente por su cuerpo: que la palmen los feos, pero si tienen buen cuerpo (esto es, son gambas) pueden vivir (aunque sea en la calle). El arte de hacer posturitas hasta para cagar. Los rayos uva: estar moreno aunque haga tres meses que no sale el sol en tu ciudad. El mito del cáncer de piel: eso es sólo para gente vulgar.

Optativo: seminario para aprender a maquillarse hasta el escroto y para pellizcarse los pezones hasta que alcancen la facultad de saltar ojos.

Módulo 3: el tontilenguaje.
Eliminación de las palabras esdrújulas: son innecesarias. Las faltas de ortografía y las abreviaturas de eseemeese: esos grandes amigos. Uso del chupi, del chachi y del chuli. Escribir con k para parecer guay. Llamar a tus amigos Fifa, Fafo, Fefo o Fofa, aunque sus nombres reales sean Juan, Pepe o Sebastiana. El “no enchiendo, no comprrrendo” como forma de escapar de las conversaciones trascendentales. Decir que algo es “cuqui” cuando nos gusta, “supercuqui” cuando nos encanta y “divino del coño” cuando nos vuelve locas.

Módulo 4: los chicos (los llamarás así aunque tengan 40 años).
Visualización durante 12453 días, sin descanso, de películas de institutos americanos de animadoras. Follar con el capitán del equipo de rugby: ese gran objetivo en la vida al alcance sólo de unos pocos. Extrapolación del capitán del equipo de rugby a todos los ámbitos de la vida: el macho dominante. Identificación de los ejemplares más chulos de la especie: visita guiada a cuarteles de policía, guardia civil, parques de bomberos… Sí buana: él siempre tiene razón. Él siempre decide qué hacer. Él siempre sabe más que tú en todo. Ser tonta en la vida real y una puta en la cama. Creerle cuando diga “chupa, chupa, que yo te aviso”. Cómo ser invitado a todo cuando se sale a cenar o de copas. Reír como si fueras idiota perdida con sus chistes. La estudiada técnica de no tener personalidad para impresionar.

Módulo 5: Living of the tale.
Vivir del cuento o de la cuenta de papá. Trabajar es para gente cutre. Chupar del bote hasta que puedas vivir de chupársela a tu marido. Cómo ser un mantenido y que parezca que te lo has ganado con el sudor de la frente. Gastar el dinero ajeno sin remordimientos ni sentimientos de culpa. Cómo entrar en una tienda y que te tomen por una zorra montada en el dólar que no tiene ni idea de nada. Seminario presencial con Carmen Lomana. El estado y tú: conseguir una paguita.

Módulo 6: Chochillismo.
Qué hacer si nos vemos obligados a trabajar. Los mejores empleos son los que te dejan tiempo para pintarte las uñas. La minifalda y el escote como métodos de trabajo de oficina. Identificación de otras chochitos de la manada y hacer piña con ellas. La competencia chochillil: pisar y ser pisada. Tomar cafelito a todas horas. Cómo emplear un mes en terminar un informe. Coger el teléfono mientras nos enrollamos el chicle en el dedo.

Módulo 6 (avanzado): Putillismo.
Ser tonto puede y debe ser sinónimo de ser fácil. Cómo pasar del capitán del equipo de rugby a todo el equipo. El haberse zumbado a todo cristo como ventaja social. Dejar a un chico e irte con otro porque su moto es mejor. Calientapollismo. Rellenar perfiles para que todo el mundo sepa al instante que eres tonto y facilón. La importancia de que se vean los tobillos cerca de la cara en la foto.

Plazas limitadas. Título homologado en la UE (podrá usted tirarse a polacos, rumanos, franceses, alemanes, suecos, holandeses… haga de su cama un crisol de culturas e idiomas).

Aparque su inteligencia. Empiece a triunfar.

¡Apúntese!

Anda, tonta… ¡Si te va a encantar!

[GARBAGE - Stupid Girl]

Posteado por: paperdeboat | Agosto 20, 2009

Competencia, mari

Las personas, así, en general, tenemos un serio problema. Bueno, tenemos más de uno. Vale, a decir verdad, tenemos tantos problemas como glóbulos rojos; y algunos bastante serios, ¿eh? (que hay mucho perturbado por ahí orgulloso de serlo, que encima lo de estar como una cabra es moda). Pero para ser más concretos, ya que no quiero que a mis fieles lectores (los que queden) les den convulsiones, vamos a centrarnos en algo superchachi que todos vais a comprender. Hagamos rodar la ruleta de los problemas mentales maraquitoides. Clap, clap, clap, clap, clap, clap… Hoy la ruleta se para en la… competitividad.

La competitividad, queridos y queridas, no es algo que sólo se da en las Olimpiadas o en programas de alto contenido cultural como Fama o Gran Hermano. La competitividad es algo que lo inunda absolutamente todo. Por ejemplo, en los grupos de amigos suele haber una rivalidad por conseguir el papel de líder o para ser el centro de atención. Y, en general, parece que hay una tendencia a ser más guay y más estupendo que nadie. Se rivaliza, se compite y se pelea por conseguir el triunfo a toda costa, como si la vida real fuera Show Girls. Para ello se puede ser el más guapo, el más borde, el más cuartoscurero… o todo a la vez (increíble, oigan, los homosexuales modernos están que lo tiran).

Por supuesto, en la competitividad tiene mucho que ver la valoración social: es decir, tenderemos a ser más competitivos con respecto a aquellos valores y cuestiones socialmente más valorados. Por ejemplo, en el mundo chachigay es muy importante ligar y follar como cosacos; si no lo haces serás considerado un mariquituso de segunda categoría o algo así y los otros mariquitusos de la especie te mirarán con la cara doblada, como si fueras el perrito abandonado de aquel famoso anuncio. De hecho, incluso se podría decir que ligar y follar como conejos es lo único que importa: si cada noche sales con un fulano, e incluso con dos, bajo el brazo, entonces es que eres estupendo. Si alguno tiene pinta de hetero tanto mejor; si es camarero o portero ya ni te digo: serás la envidia de todas las otras maricas malas. Da igual que seas alto, bajo, guapo, feo, horrible, normal, abogado o periodista: lo que cuenta es que seas capaz de comerle la oreja a, por lo menos, uno por noche.

No me malinterpreten: a mí esto me parece genial. Que un grupo de amigos maricas compita para comprobar quién se cepilla al más buenorro de la noche es algo tan inevitable como que el capitán del equipo de rugby de la serie americana se lie con la rubia tetona animadora y no con la fea descuidada de gafas de culo de vaso (e infinitamente más inteligente que la primera; pero esto no es socialmente valorado y, por tanto, es indiferente e incluso contraproducente si me apuran). A todos nos gusta pensar que, en cierto modo, vivimos en Sexo en Nueva York y podemos hacer cantidad de cosas con nuestras amigas, tía. Además, ser la más guarra y la que más canta lo de “dale a tu cuerpo alegría, maricona” es chachi. O eso dicen.

El problema viene cuando en lugar de competir con tus amigos con dos copas encima y en plan rollo sano compites con tu novio. O con el que se supone que es tu novio. O con tu rollo. O con tu follamigo. O con tu bote de leche merengada. Sobre todo porque la rivalidad termina abarcando toda la relación. Para muestra, varios botones:

a. El físico: ¿quién es más guapo, su novio o usted? Que sí, mari, que yo te quiero un montón, pero que te estás poniendo gorda como un zollo y yo tengo un tipín divino. Porque, a ver… ¿quién se comió la tarta entera el otro día? Que sí, que yo te dije que te iba a querer igual aunque engordaras trescientos gramos, pero lo cierto es que voy a aprovechar la menor oportunidad para señalarte que yo me cuido más que tú y, por ende, soy más mona. Pero, oye, que te lo digo por tu bien. Maldita foca, llora los kilos de más mientras admiras mi cuerpo machacado de gimnasio.

b. La ropa. ¿Alguna vez ha ido usted de compras con su novio y éste le ha ido quitando las prendas que se disponía a pagar de las manos señalando que a él le quedaban mejor? Sí, yo lo comprendo, no todos ustedes han tenido la gran fortuna de estar con mi exnovio, pero háganse una idea. Yo conozco a personas que hacen que sus novios vistan como el culo con el único propósito de llevarse el premio a los más fashions y a los más follables por Dior. Lo que se conoce como la estrategia Marisol: rodearte de niños feos con la intención de parecer más guapo. Y no es que me parezca mal, sólo patético hasta la naúsea.

c. El trabajo. A ver quién gana más dinero. A ver quién tiene un trabajo más valorado. A ver quién tiene mayor formación de los dos. A ver quién tiene el jefe más buenorro. A ver quién siente más orgasmos al mirar la cuenta corriente. Porque claro, tía, si tú trabajas investigando las extremidades de la garrapata sureña de Madagascar tienes derecho a reírte de mí, que no soy más que un “simple dependiente”. Como si hoy en día funcionara la meritocracia en términos de formación y empleo (conozco a auténticos cenutrios con las manos repletas de títulos universitarios y a personas muy inteligentes que no tienen títulos pero que son más interesantes y tienen mucho más valores que los primeros). Y como si a alguien le importara, en realidad, ni medio carajo las extremidades de la garrapata sureña.

d. Los gustos musicales, literarios, cinematográficos… ¿Quién tiene un gusto más exquisito, su novio, que va de culta y de panacea de las artes y las letras, o usted? Porque, vamos a ver, si a mí me gustan autores que no los conocen ni sus padres, veo cine polaco, mudo y de autor y la música que escucho no suena en la radio ni en ningún sitio (y si no tiene ni melodía ni nada, pues mucho mejor porque parece más guay), yo soy mucho más exquisito y más estupendo que tú, ¿entiendes? Entonces tengo el derecho a criticar tus gustos despiadadamente hasta que te avergüences de ti mismo y llores sangre. Por tu bien, cari, por tu bien. ¿Respeto? ¿Eso qué es? ¿Y para qué sirve?

e. Los ligues de discoteca. A ver quién liga más: tu novio o tú. Supercoherente, oigan. ¿Hola? ¿Alguien sabe lo que es una relación de pareja? ¿Es que soy el único maricccccón que entiende las relaciones con fidelidad de por medio? Eoooooooooo, ¿hay alguien ahí? Para quien no lo haya captado o no dé crédito, esto es: exhibámonos como auténticas perras a lo Marlene Mourreau para ver quién pone cachondo al mayor número de tíos o, en su defecto, al tipo más mono. ¿Hola? ¿Esto es verdad? ¿Que yo he salido con mi novio de marcha sólo para comprobar quién se zumba al mejor dotado? Y yo que pensaba que lo de tener novio era otra cosa; si es que soy la mar de inocente…

Vamos, que me van a perdonar, pero a mí me viene mi novio y me dice…:

-Mira, cari, vamos a probar a ver quién liga más esta noche.

… Y yo le doy la vuelta muy delicadamente, lo pongo en pompa y le pego una patada en el culo que le dejo mi 42 marcado en el ojete de por vida. Que es que no hay derecho, con lo difícil que es tener una relación de pareja y encima andarnos con gilipolleces porque resulta que esta mañana tú te has levantado con la autoestima por los suelos e intentas subírtela a mi costa… Mira, perdona, pero si tienes problemas de autoestima te buscas un psicólogo o te haces fan de Jorge Bucay en Facebook, pero no me toques las pelotas.

Verán ustedes, cada uno puede llevar sus relaciones amorosas y amistosas como le salga de las narices, pero a mí me parece seriamente patético que dos personas que se suponen que están manteniendo una relación luchen por quedar uno por encima del otro. Relaciones de poder, que ya sabéis que me encantan: te quiero un taco pero haré lo posible por pisotearte y hacerte sufrir. Todo un arte, oigan, pero yo para eso me quedo en casa tan a gustico, yo solo. Como siempre digo cuando sale el tema: me estoy quitando y no comulgo con ruedas de molino.

El que quiera tener una relación de pareja para competir conmigo que corra. No tengo ningún interés en ganar medallas. Se las dejo todas, toditas, para él.

Y mientras otros ganan medallas yo me dedico a ganar en relaciones sanas y en salud mental, que me interesan mucho, pero mucho, más.

[LILY ALLEN - Fuck You]

Odio profunda, visceral e irracionalmente a la gente enamorada. ¿Se puede saber qué cojones está sucediendo este verano? ¿Es que todo el mundo me va a venir con cara de quinceañera con coletas atontada, excitada y violentamente cachonda gracias al capitán del equipo de rugby? ¿Por qué este verano todo el mundo se enamora?

Algo malo está pasando. No puedo confirmar de qué se trata. Ni siquiera sé el motivo por el que se produce. Lo que sí os puedo decir es que todo el mundo a mi alrededor vive en el País de la Piruleta de Fresa. Y yo, verán ustedes, no tengo nada en contra de la gente enamorada. Sólo es que me tocan las pelotas. Sólo eso. Además, tradicionalmente, el verano ha sido la época en la cual la gente deja a sus parejas y se lía a echar casquetes a diestro y siniestro, aunque sea para volver luego en septiembre, con la vuelta al cole, con el rabo entre las piernas (o, mejor, sin él). Pero se ve que la crisis afecta también a las técnicas de apareamiento de los humanos. O tal vez sea el cambio climático. ¿Dónde ha quedado lo de follar como animales con unos y con otros en verano?

No me malinterpreten. A mí me la trae al pairo que la gente se enamore. Cosas peores se han visto. Lo que me molesta es que vayan por ahí alardeando, exhibiéndose. Son como los maricones, haciendo los sarasas por ahí (habrase visto, malditos hijos de Belcebú) y contoneando sus cuerpos en tarimas de bares para maricones. Es que van por ahí provocando. ¿No podrían dejar su pluma en casa? Pues con los enamorados ocurre lo mismo.

Lo que pasa es que no es justo que tú quedes con tus amigos y ellos empiecen a decirse cosas como “mi vida”, “mi tesoro”, “bebé de amor”, “terroncito”, “pastelito”, “conejito de amor”, “peluchito”, “bomboncito”, “amorcito”, “nubecita de algodón de azúcar”, “florecita”, “melocontoncito en almíbar”, “caramelito”… Aparte del subidón de azúcar que incluso puede provocar la muerte súbita de cualquiera que escuche por casualidad estos apelativos, queda fatal cuando luego uno dice “pues me vas a comer la polla en dos tiempos”, frase que yo utilizo muy a menudo. Y, claro, cuando dices esto se rompe la magia del país de la gominola de fresa con forma de corazón y te miran fatal, como si hubieras matado a Bambi. Pero es que, coño, tú no estás enamorado, eres todavía una persona normal, estás en todo tu derecho a comunicarte y continuar hablando como una persona racional y equilibrada y no como si te hubieran introducido una tarta de fresa de treinta kilos por el ojete. ¿Qué pasa? ¿Qué cuando uno se enamora le practican una lobotomía? Joder, es que no es normal tanta tontería. Es como si Meg Ryan y Sandra Bullock aparecieran juntas en la misma película: los cerebros de los espectadores reventarían.

Luego está lo de las muestras de amor. Estás ahí, tomándote una copa, y entonces van tus amigos y se chuperretean el hocico. Además, sonoramente. Muakskskjksjjkhdafkjhsdjh. Porque mira que está alta la música en los bares, pero oiga, se les escucha perfectamente. ¿Cuántos litros de saliva gastan para producir ese ruido, por favor? Es que dan ganas de mutilarse las partes bajas con una cuchara oxidada, de verdad. Que a mí me da igual que la gente esté salida, pero que se vayan a un motel. Por no hablar de lo que jode fijarte en un tío que está bueno y que de repente aparezca la novia de la nada en una nube de humo, como en Lluvia de estrellas y le pegue un morreo. Es que no hay derecho. ¿Amor? Ésa es una furcia que me ha robado a mi hombre, que amor ni que leches… Esto no debería permitirse. La gente enamorada no debería mezclarse con la gente no enamorada.

Porque, no me malinterpreten, yo no es que quiera segregar a la gente enamorada, pero creo que deberían crear unos bares específicos para ellos. Unos bares llenos de esquinas para que puedan darse el lote a gusto y chuperretearse. Porque mira que se chuperretean. Al menos mis amigos se pasan el día dándose el lote y hablando de guarradas. Y diciéndose moñadas. Y mirándose como si fueran lerdos, con esa cara que se les pone de atontados perdidos, los ojos entornados, la sonrisa de gilipollas y el pie haciendo circulitos en el suelo. Es que es terrible, ¡que en cualquier momento se suben a una alfombra y me cantan lo de “un mundo ideal”, al tiempo que los ratones y las cucarachas les fabrican un par de vestidos de novia!

Porque cuando la gente se enamora se empeña en compartir su amor con los demás. Como si los demás tuviéramos ganas de conocer los detalles de su relación. Que si me besó una noche del mes de junio en la playa mientras la luna se reflejaba en el mar y los delfines saltaban, que si me hizo cosquillas con la barba en el clítoris, que si me hace arrumacos, que si parecemos hechos el uno para el otro, que si parece que nos conocemos de toda la vida, que nunca he sentido esto por nadie… Yo es que, de verdad, pongo el salvapantallas y pienso en la lista de la compra mientras asiento con la cabeza, porque es que esto no hay maricón que lo resista.

Pero esto no es todo porque, no contentos con relatarte con pelos y señales todos los detalles pastelosos de sus encuentros, empiezan a contarte también sus encuentros de cama, en plan “pues nosotros duramos cuatro horas antes de corrernos”, “pues nosotros gritamos como animales cuando lo hacemos”, “pues cuando está a punto de correrse se le pone la lengua verde”… Que sí, que los amigos se escuchan, pero que todo tiene un límite; que después, cenando en un chino, te imaginas al novio de tu amiga ahí, encima de ella, con los ojos vueltos y la lengua verde y es que se te descompone el cerdo agridulce en la boca antes de digerirlo. Es que así no hay quien pueda.

Y para colmo, la cosa empieza a ponerse seria, porque tus amigos hablan de bodas, damas de honor, alianzas, embarazos, reuniones premamá, hipotecas compartidas, guarderías, niños… Mientras tú, que te has convertido en el soltero de oro del grupo y todavía no entiendes cómo ha sucedido, sigues pensando en encontrar ese remedio milagroso contra la resaca para que no se te estropee el domingo. Y no es que tengas grandes planes los domingos. Excepto seguir bebiendo, claro…

Y sí, tus amigos te dirán eso de “ya te tocará a ti” y que algún día serán ellos los que se cachondeen de tu expresión de gilipollas y de tus fotos en plan ñoño con el amor de tu vida. Pero tú sabes que esto no sucederá, porque… ¿quién narices se va a prestar a estar con el tipo que aparece en todas las fotos al lado de la parejita dándose el lote, poniendo cara de asco, agarrándose el cuello con una mano y metiéndose los dedos de la otra en la boca para vomitar?

Además, ¿quién coño dice que necesito una pareja para pasar los domingos en el campo con ella y ser feliz? Pues no me quedan a mí bares que cerrar y profiteroles bañados en chocolate (claro sustitutivo del sexo matrimonial) que zamparme…

Por otro lado, hasta yo me pongo ñoño y contento cuando veo que mis amigos son felices y están enamorados. Pero de esto, mejor, que no se entere nadie ;)

[KYLIE MINOGUE - In My Arms]

Entradas antiguas »

Categorías