El otro día, casualmente, me llamaron para hacer una entrevista de trabajo. Yo pensaba que se habían equivocado y que querían avisar a mi vecina Sebastiana del Diario de Sandricia o que estaba alucinando como consecuencia de haber consumido una lenteja en mal estado. Aquello no podía ser, ¡una entrevista de trabajo! ¡Y para un puesto de lo mío! Porque, para información de mis queridos y no tan queridos lectores, yo no soy uno de esos millones de españoles que están parados, pero sí soy uno de esos otros millones de españoles cuyos empleos no tienen absolutamente nada que ver con la extensa formación que tienen en el currículum.
Total, que como un niño con zapatos nuevos, asemejándome en demasía a Heidi corriendo por el campo y levantándose la falda cada dos por tres, servidor se fue a su entrevista de trabajo. Después de haber echado 54675879 currículums, de haber aumentado las visitas de Infojobs en un 300 por cien y de haberle puesto una vela a la Patrona de las Maricas Desgraciadas, allí estaba yo: listo para comerme el mundo o, en su defecto, ponerme unas rodilleras para conseguir un buen trabajo.
Cuando llegué allí me hicieron entrar en una sala superestupenda y superpija y, al poco, una tipa con cara de zorra satisfecha entró, se sentó delante mía y me dijo que le contara mi currículum. A mí esto me encanta porque no sé para qué coño me hace cruzarme media ciudad todo enjoyado y con el traje de los domingos para que yo le cuente lo mismo, lo mismito, que ella tiene en un papel justo delante. Pues bueno, pues nada, pues le contaremos el currículum. Y ella hacía como que escuchaba, pero no me estaba prestando la menor atención, que probablemente estaba debatiendo consigo misma qué esmalte de uñas le sentaba mejor y le realzaba más el culo. Así que cuando terminé, sonriendo (porque hay que ser simpáticos) le informé de que eso era todo (por si no se había dado cuenta y seguía pensando en la polla de su novio) y ella me dijo:
—Muy bien. Veo que tienes experiencia en esto, en eso, en aquello y en lo de más allá, pero no tienes experiencia en este puntito de aquí. En éste. Éste. No tienes experiencia. No la tienes. No, no, no. Experiencia. Experiencia, experiencia, experiencia…
La verdad es que el puesto no estaba mal. Eso sí, te pedían que supieras hacer de todo. Que supieras de diseño gráfico, que fueras licenciado en comunicación, que tuvieras nociones de diseño web, que tuvieras experiencia en medios, que alguna vez hubieras gestionado la comunicación interna y externa de alguna empresa, que supieras manejar una cámara y montar, márketing, inglés, francés, checoslovaco y mandarín, que tuvieras un lunar de nacimiento en la nalga izquierda y que supieras bailar el aserejé a la pata coja. Una barbaridad, oigan. Además, era recomendable que tuvieras un máster superchachi en estudios de mercado y, por supuesto, carné de conducir trenes de carreras y telesilla propio. Casi ná.
Como comprenderán mis queridos y no tan queridos lectores, cuando me dijo que había una de las 3456 cosas en las que yo no tenía experiencia, subrayando de algún modo que no estaba lo suficientemente preparado para su fantástico puesto de trabajo que me pillaba a tomar por culo de mi casa (una hora de camino para ir y otra para volver todos los días no me la quitaba nadie) y por el que pagaban una miseria, a mí se me desencajó la cara y me indigné una barbaridad, aunque lo disimulé con una sonrisa (porque cagarse en los muertos de la que se supone que te va a dar trabajo está feo) y le contesté muy amablemente:
—Como usted comprenderá —mala perra—, no puedo tener experiencia en todo lo que se pide en la oferta. Es decir, tengo formación en todo —que lo se-pas—, pero también tengo sólo 27 años —no como tú, que debes tener edad de utilizar una Q810 como poco— y no puedo tener experiencia en todo. De hecho, creo que ya es bastante que tenga experiencia en TODO menos en eso.
Esta situación es de lo más frecuente en los tiempos que corren. Estoy seguro de que a ti te habrá pasado en más de una ocasión, que buscando trabajo has echado el currículum para un puesto superchachi donde pedían de todo; y tú te has arriesgado con la esperanza de que alguna de esas maravillosas y fantásticas empresas te concedieran una triste oportunidad. Porque esto no deja de ser la pescadilla que se muerde la cola: no te contratan porque no tienes experiencia y tú no tienes experiencia porque no te contratan. Pero lo más indignante de todo es que te piden hasta que sepas hacer el pino con un bollicao en la boca cantando una canción de Conchita (y sin llorar), que tengas 12 carreras, 23 másters, 345456 cursillos y, siempre, cinco años de experiencia previa, para luego pagarte un sueldo de 600 euros. 600 euros, que es que no te da para pagarte un par de borracheras, ni para pipas, oiga, que es que es muy fuerte; pero tienes que saber manejar hasta un transbordador espacial para cobrar semejante miseria, con una mierda de contrato y un horario que ríete tú del Opencor de tu barrio. 600 euros, habiendo estudiado más que todos tus vecinos juntos, sabiendo tres idiomas, y teniendo que aguantar a un jefe subnormal que se cree en pleno derecho de pisarte (normal, él mismo se descojonará al pensar que te está pagando 600 euros cuando lo justo sería pagarte 3 veces más; “este tío debe ser memo profesional” tiene que estar pensando). Y que luego se critique a los jóvenes… si es que no hay derecho, somos los más primos entre los primos: estudiamos, hacemos prácticas, trabajamos gratis, nos partimos el espinazo por cuatro duros, nos marean con entrevistas de trabajo imposibles y cada vez nos piden más. Y lo peor es que seguimos pasando por el aro.
Porque, queridos y queridas, el problema aquí es que la autoestima es un negocio. Sabemos que las cosas están mal, que hay crisis y todas esas consignas con las que nos bombardean para que rebajemos el listón. Pero el problema es que nosotros, los jóvenes, no valoramos suficientemente nuestra preparación, nuestra formación y nuestro trabajo. Nos tienen absorbido el cerebro y nos hacen creer que no estamos suficientemente capacitados, que nunca tenemos bastante formación (porque la formación es otro negocio), que nunca tenemos bastante experiencia, que debemos efectuar las tareas de tres puestos de trabajo por el precio de uno (la oferta Carrefour) y que, encima, tenemos que estar agradecidos de que nos concedan esa brillante oportunidad. ¡Ja! Nos hemos pasado la vida luchando para no ser unos ineptos, luchando contra esas habladurías de que los jóvenes somos unos inútiles, y ahora que hemos conseguido no serlo no nos lo podemos creer y seguimos permitiendo que las empresas se llenen los bolsillos contratándonos a precio de risa y tratándonos como mierdas. Y nosotros lo permitimos porque nunca sentimos que estemos a la altura de todo lo que el mundo laboral, en general, exige de nosotros.
¿O crees que si valoraras tu trabajo, tu formación, tus estudios, tu esfuerzo, todo lo que vales, permitirías que te trataran así?
Pero a nadie le conviene que estés seguro de lo que vales y que exijas lo que es justo. Siempre es mejor para ellos que te conformes y creas que mereces incluso menos de lo que tienes.
[LEONA LEWIS - Happy]
