El monstruo verde de los celos

Los celos se han normalizado tanto que hasta nos parece algo positivo que nuestra pareja nos controle los mensajes del móvil. ¿Seremos lerdas?

El monstruo verde de los celos: igualito que tu ex, pero en guapo.

El monstruo verde de los celos: igualito que tu ex, pero en guapo.

El amor forma parte de la vida de los seres humanos, tía. Como ya te habrás percatado (porque sabemos que eres un chico medianamente listo, a pesar de que estuviste con tu ex) dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos, nuestro tiempo y nuestro dinero (en ropa, en maquillaje, en psicólogos) a encontrar a nuestra media naranja, el amor de nuestras vidas, el principote sin el prin de nuestros sueños.

Que yo no digo que esto esté mal, pero es que resulta que nos han contado (y nos hemos creído ciegamente, como lerdas de manual) una idea bastante extraña e incoherente del amor. En ese abanico interminable de desaciertos que guían nuestras vidas de quinceañeras con coletas que hacen circulitos con el pie y que van por el mundo con la foto del capitán del equipo de rugby encerrada en un corazón y pegada en la carpeta de los apuntes del insti, hay una cosa específica sobre la que estamos muy equivocados. Naturalmente, me estoy refiriendo al asunto de los celos.

El tema de los celos está absolutamente normalizado en nuestra sociedad. Resulta que a la gente le parece fatal la última jugada del partido del Madrid, que hasta parece que se quieren cortas las venas con una cucharilla de café oxidada de lo mal que lo están pasando. Y, sin embargo, no sienten nada cuando alguien les cuenta que Feldesponcio, ese chico tan majo y tan buena gente que saluda a todas las vecinas del barrio, no deja salir de casa a Floripondia con una minifalda porque, vamos a ver, la van a mirar todos los tíos y ella tiene que entender que no puede ir por ahí provocando, que tiene que respetarle a él. Porque el problema no es que Feldesponcio esté como un puto cencerro, sino que Floripondia se pone esas faldas de guarra profesional, tócate los huevos a dos manos. Es lógico que él se ponga así porque eso es que la quiere mucho. Por lo visto.

Cuando sale a colación el tema de los celos nos volvemos unos auténticos retrasados porque hemos asumido que sentir celos es justificable. Es más, es hasta halagador. Según cuenta la sabiduría popular (mu’ lista ella) si tu novio no siente celos es que no te quiere, es que le da igual perderte, ¿sabes? O sea, que cuanto más celoso y posesivo sea más te ama en esa dimensión paralela de telenovela que nos hemos montado en la cabeza. Cuántas veces habré escuchado yo (casualmente, porque a mí no me gusta enterarme de las cosas ni pegar la oreja allí donde haga falta) conversaciones del tipo:

—Tía, menuda pelea he tenido con el Kevin. Todavía tengo el tanga del revés. Qué mal rato.

—¿Y eso, tía?

—Pues nada, que me vio hablando con el charcutero del Mercadona el otro día, cuando estaba en la compra y le pedí cien gramos de mortadela choped, y se puso hecho una fiera. Súperceloso. De cojones. No veas la que me ha montado. Que si yo le doy coba al charcutero, que si no tengo bastante con él, que si quiero que me la enchufe y me rellene como a una napolitana de crema…

—Qué fuerte, tía. Pero eso es porque te quiere mucho. Tiene mucho miedo de perderte.

Claro que sí, mujé. Lo justificamos y nos parece hasta romántico. En algún momento de la Historia, el viento de Canadá cambio de orientación, Saturno se alineó con el coño ‘mi prima y los seres humanos comenzamos a pensar que era bonito que nuestro novio o novia (váya usted a saber, hay gustos para todo) desconfiara de nosotros hasta límites insospechados y se comportara como un auténtico lunático de la hostia. Qué romántico, tía, qué bonito es que te controlen hasta las conversaciones que tienes con tu mejor amigo, con el cual, por cierto, tienes tanta tensión sexual no resuelta como con la minipimer. Qué bonito es que tu novio tenga arrebatos y ataques de celos y haga cosas como…:

-Enfadarse cuando hablas con otro hombre. Da igual que sea un amigo tuyo de toda la vida, tu primo, tu padre, tu vecino, el chófer del bus, el párroco del pueblo, un señor mayor o una estampita de Jesucristo (seguro que la miras para hacer cosas poco nobles. “Qué pasa, que te gusta más que yo, ¿no? Bien que te pones de rodillas delante de él”. “Pero si es para rezar, cari”. “Sí, sí, para rezar…”). Porque, claro, tú eres una cacho de zorra que está deseandito, pero deseandito, fíjate lo que te digo, guarrear con el primer tío que se te ponga a tiro. Incluso la frase “¿a qué piso va usted?” lleva implícito que estás pidiendo guerra y que el ojete te palpita con tal fuerza que es perceptible hasta por los habitantes de las Islas Mauricio.

-Prohibirte que te pongas un determinado tipo de ropa. Porque, claro, tía, es que vas por ahí provocando, poniendo palote al personal. No me digas que no, que es que te encantan que te miren, que lo vas buscando. Faldas, escotes, cosas ceñidas, camisas abiertas… ¿Qué es eso de ponerse un bañador para ir a la playa? ¿Y de slip? ¿Qué va a ser lo próximo, ponerte un letrero en la frente que diga que estás más caliente que el palo de un churrero y que te cabe el Titanic de lado con pasajeros y todo? Vamos, hombre. A la playa se va con cuello vuelto y ni se te ocurra meterte en el agua, que se te ponen los pezones como pomos de puertas de castillo, propios para colgar abrigos de pana mojados, y vas marcando y calentando pollas. Cuello vuelto y a la sombra.

Da igual que te enfrentes a él y le respondas que te vas a poner lo que te salga del papo, porque seguramente tu novio o tu novia, que no puede obligarte a las claras, adoptará técnicas más sibilinas y te dirá cosas como “esa camiseta no te queda nada bien” (casualmente es la más ceñida, fíjate tú), “no me gusta ese pantalón” (casualmente ese que te hace un culito de escándalo, para partir nueces), “con ese vestido vas hecha una facha” (casualmente ese que cuando te lo pones hace que te mire hasta el de los cupones). Esas prendas de vestir que, como no te sientan bien o a él o a ella no le gustan, irás apartando de tu vestuario habitual casi sin darte cuenta. Ahora es cuando alguien me dice: “la gente no es tan retorcida”. Qué va, para nada, si vivimos en un capítulo de Barrio Sésamo… Mira, ahí va Chema, el panadero.

-Mirarte el móvil, el email, el Facebook y el Twitter asiduamente para controlar bien con quien te relacionas. Pero lo hace por tu bien, cari, no vaya a ser que se te acerque cualquier loco y no te sepas defender. A mí me encantan estas parejas que se miran todos los días los teléfonos y los mensajes y las cuentas de correo y que te dicen, así, como muy sonriendo, como si tú fueras gilipollas o algo: “Es que nos queremos tanto que no tenemos secretos el uno para el otro. Lo compartimos todo”. No, cari, no es que os queráis mucho, es que eso que tú llamas “secretos” en la mente de las personas normales se denomina “intimidad”, y es tan sana que todo el mundo debería tener una. En serio, tía, cómo te lo cuento. Tener intimidad no solo no es malo, sino que es recomendable si no quieres terminar como un cencerro y estar más controlada que un perroflauta en un Corte Inglés.

-No dejarte ir solo a ninguna parte. A mí me encanta muchísimo, tanto que me muero de la excitación, esa gente que te dice sonriente y con cara de haber esnifado demasiado pegamento de barra: “Mi novio y yo nos queremos tanto que vamos juntos a todas partes”. Porque, claro, resulta que a tu novio, como es un pelín celoso, pero solo un poco, nada más, no le gusta que vayas sin él a ningún sitio, ni siquiera a tomar café con tu amiga Idelfonsa, la cual te quiere relatar hecha un mar de lágrimas que lo ha dejado con su último consolador de goma (que ya me contarás la gracia que le va a hacer explicártelo delante de tu novio). Por eso, si él no puede o no quiere ir, tú no sales. Es que no vaya a ser que por el camino le comas la polla a alguien, tía, que tú vas por ahí siempre con la boca abierta y puedes tropezarte y caerte encima de un cipote. ¿Cómo va a permitir él eso? No, no, tú a la calles no vas sola. “Qué encanto, me acompaña hasta para ir a comprar el pan”. Caaaaaalaaaaaro que sí. Y a mí me salen tostas de salmón y queso cheddar del coño. Todo el tiempo, además.

Damos y caballeras, dejemos de ser tan imbéciles y tolerar este tipo de situaciones. Que ya estoy harto, muy harto, de que pensemos que si nuestro novio nos sigue a todas partes, nos controla el Facebook o le pega un puñetazo en la boca al chico que te acaba de preguntar la hora es porque nos quiere cantidad, una cosa mala, tanto que pierde el sentido.  Eso ni es mono, ni es bonito, ni es romántico, ni leches. Es enfermizo. E intolerable.

ATER gratis

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

 

Como en este blog somos la mar de sensibles a eso de la crisis (sí, tía, estamos en crisis, ¿no te habías enterado? ¿No? Pues ya te lo cuento yo), durante todo este mes te damos la oportunidad de leer gratis, sin pagar un duro, sin tener que chupársela a nadie ni nada (bueno, si quieres sí, pero conste que no es requisito indispensable para hacer la descarga) el libro de “Amar en tiempos de estómagos revueltos”.

Hace algo así como tres años y medio que se lanzó así que yo entiendo que haya personas reales, con perfil en el Grindr y todo, que se pregunten qué coño es este libro y de qué va. Pues te lo cuento.

¿Alguna vez te has enamorado de tu mejor amigo y has pasado meses babeando por él con la esperanza de que te correspondiera? ¿Has cometido en algún momento el error de mandarle un mensaje de texto al chico que te gusta para declararte llevando en tu cuerpo una cantidad de alcohol comparable al caudal del Ebro? ¿Te planteaste eso de hacerte amigo de tu ex para no perderle y porque significaba mucho para ti y la consecuencia ha sido que todavía te estás dando de cabezazos contra la pared?

¿Quieres conocer las más inverosímiles técnicas para ligar en bares, perfiles de Internet, fotologs y hasta en tu día a día, cuando vas a comprar al Mercadona, todo digno empujando tu carrito? ¿Has decidido convertirte en un chulo de mierda, pero no sabes cómo llevar a cabo semejante transformación?

¿Necesitas planes para superar el próximo San Valentín? ¿Has decidido inventarte un novio como medida desesperada para afrontar tu estado de crisis mental, afectiva y hasta sexual? ¿Te has preguntado alguna vez por qué te enamoraste de Fulanito, que es más soso que un manojo de acelgas y no encuentras explicación?

¿Estás harto de que las amigas de tu madre y tus tías del pueblo te pregunten cuando te vas a echar noviA cuando a ti lo que te ponen son unos pectorales bien duros y un buen mandao‘? ¿Y de que tus amigos y conocidos te pregunten por qué te hiciste marica, como si esto fuera lo mismo que hacerse personal choped (que lo anuncian mucho en la radio, dicen que es la profesión del futuro)? ¿Y que hay de la teoría ésa de que los maricas tenemos un sexto sentido para ciertas cosas?

¿Estás cansado de que te pongan excusas hiperelaboradas del tipo “no estoy preparado para tener una relación” o “tengo que encontrarme a mí mismo” para eludir el compromiso? ¿Estás hasta las narices de que te mareen la perdiz hasta para echar un triste polvo?

¿Te has dado cuenta de que las nuevas tecnologías son una maldición porque te encuentras a tu ex en todos lados? ¿Y te has dado cuenta de que cuando entras en un bar casi todo el mundo se ha zumbado ya a todo el mundo en plan endogámico?

Si la respuesta a alguna de las cuestiones anteriores ha sido “sí”, lo que necesitas no es amor, sino un libro de cabecera que te ayude a afrontar tu pasado, presente y futuro amoroso con humor. Porque aunque creas que tu vida es un desastre, somos multitud y no estás solo.

Consigue tu ejemplar de Amar en tiempos de estómagos revueltos, la biblia de los tiempos modernos. Puedes descargártelo en Bubok totalmente gratis durante este mes de abril.

Semana Puta

La Semana Santa es una estupenda ocasión para arrimar cebolleta, ligar con un nazareno de cirio considerable o mirar uniformados. Porque la semana es santa, pero tú puedes ser una putita mala…

La de velas que has puesto para que la Virgen de las Maricas Desgraciadas te mande un novio.

La de velas que has puesto para que la Virgen de las Maricas Desgraciadas te mande un novio.

Querida lector:

Por si no te habías dado cuenta como consecuencia de tus bajos niveles neuronales o por la torrija (torrija, jajaja, qué ingenioso soy, soy lo más) que tienes en lo alto, estamos en Semana Santa. Otra vez estamos en esa época del año que divide a la gente en dos grupos bien diferenciados, como Lady Gaga: a un lado están los que la aman profundamente e incluso se empeñan en vestir con cucuruchos y en salir a la calle de manera estrafalaria y al otro los que el mero hecho de escuchar esa música y oler a incienso (o sea, a lo que fuma Lady Gaga antes de rodar sus videoclips) les produce un sarpullido de nivel 9 que les pone la cara como auténtico papel de lija.

Yo lo entiendo, entiendo a ambos bandos, y como soy hiperbuena persona (o como dicen los canis de mi barrio “tó wena ‘ente” -sí, es que yo no vivo precisamente en La Moraleja, cari-) he decidido que todos nos unamos en el mismo grupo y festejemos estas fechas con el amor y el cariño que se merecen. ¿Y qué es lo que tenemos en común todas las personas y especialmente los maricones? ¡Exacto! Lo que las personas y en especial los maricones deseamos con todas nuestras fuerzas es estar follando siempre. Y cuando digo siempre quiero decir todo el tiempo. Hay gente, fíjate lo que te digo, que incluso cuando copula con alguien está pensando en copular con otras personas. Very hard. Somos unos degenerados. Bueno, es que los homosexuales no podemos pensar en otra cosa que no sea meterla en caliente (en los ratos libres pensamos en acabar con la especie humana).

La Semana Santa, además de ser un periodo del año relativamente religioso en el cual se tienen vacaciones y puede uno emborracharse durante tres o cuatro días seguidos, está llena de oportunidades para pillar cacho. Queridos lectores, como ardo en deseos de ver cómo os cogéis de las manos y superáis vuestras diferencias acerca del hecho religioso, os revelo las grandes oportunidades que pululan a vuestro alrededor para dejar de tener esas caras de monjas estreñidas y echar un caliqueño como Dior manda. Os desvelo los secretos del misterio:

1. La gente, en general. Todos sabemos que en Semana Santa, cuando uno va a ver tronos, tiene la desgracia de tener que mezclarse con el tumulto y rozarse con seres humanos de distinta calaña con fruición y violencia, siempre con la intención de estar más cerca de la primera fila y ver más de cerca la procesión. Si lo piensas bien, la Semana Santa es como un concierto que tiene lugar en toda la ciudad y todo el mundo sabe que la gente va a los conciertos con la intención de arrimar la cebolleta tanto como sea posible (lo de que te guste la música que suena es secundario). Rozarse con la gente es superdivertido, se hacen amigos y más de uno se ha quedado encinto de esta manera, gracias a alguien que le pegaba el paquete al culo con alevosía. E, incluso, puede darse el caso de que mientras esperas durante tres cuartos de hora a que pasen los 345643356’78 nazarenos de la procesión conectes con el buenorro que, casualmente, se encuentra a tu lado (casualmente, que hayas logrado colocarte junto a él  como una perra a base de empujones, codazos y a toda costa no tiene nada que ver, ha sido el destino). Entre bromas y roces varios, es posible que el buenorro te diga:

—¡Por los clavos de Cristo! ¡Vayámonos a vivir la pasión por nuestra cuenta hasta que resucitemos el domingo que viene, después del sábado de gloria!

Y que por obra y gracia del Espíritu Santo, te vayas y tengas una experiencia religiosa*.

*Este blog no se hace responsable si te pasas rozándote con el buenorro y éste resulta ser un hetero recalcitrante de novia de tetas gordas que, harto de que le intentes coger de la mano, te suelte una hostia de proporciones bíblicas.

2. Los nazarenos. Ver tanto nazareno, con esos capirotes terminados en punta, tiene, por fuerza, que ser productivo para algo. Los nazarenos son esos seres que van vestidos un poco raro y que deambulan delante de los cristos y de las vírgenes en fila (pero no es una conga, no te vayas a confundir). La mayoría de ellos suelen portar cirios encendidos (sobre los cuales no haré comentario alguno, bastante tienen ya mis lectores con sus calenturientas mentes), bastones y otros elementos, como estandartes con pinturas (y estos tienen que ser maricas fijo, porque todos sabemos lo que nos gusta a los maricones el arte). Ligar con nazarenos puede ser la cosa más sencilla e imperativa del mundo, porque eso de no verle la cara al tipo con el que intentas acostarte, sea porque la lleva tapada o porque tú estás más ciega que Topacio, es más o menos lo que te sucede todos los sábados de madrugada, sin que tenga que ser Semana Santa, Navidad ni carnavales siquiera.

Debes colocarte siempre en primera fila. Y cuando un nazareno haga por darte la mano, aunque haga ya un buen rato que has cumplido los trece años, le sueltas un itinerario con tu número de teléfono en Verdana tamaño 92 (por si acaso es corto de vista). Seguro que te llama “para tomar un café” (eso que dicen todos tus rollos que van a hacer y que nunca sucede) y unas torrijas. No, para follar no te llama, que en estos días no se puede comer carne, mi madre dice que es vigilia*.

* Este blog no se hace responsable si quedas con el tipo y resulta que ya sin capirote descubres que es, nada más y nada menos, que mi ex. Si ocurre esto, te recomiendo pegarle con un cirio bien grande y bien duro (y no me estoy refiriendo a ninguna parte de tu cuerpo) si no quieres que el resto de tu vida sea un calvario y una penitencia.

3. Los uniformados. Oh, my god, todos sabemos que lo mejor, prácticamente a lo que van las tres cuartas partes de las personas que dicen ser devotas del Cristo de los dos tropiezos, es ver a los tipos de uniforme que desfilan en procesión. Bomberos, policías, paracaidistas, legionarios, marines, barrenderos… da igual, hay para todos. Y ellos siempre llevan esa actitud de follabocas y empotradores profesionales que a los maricas nos pone absolutamente perracas. Que nadie te engañe: ellos lo saben muy bien, conocen el efecto que causan en seres sensibles como tú y como yo, por lo que están predispuestos y esperan con ansia a que te acerques y les entres. Muchos te dirán que no (y es que es posible que sean heterosexuales que no admiten ni una chupadita ni nada), pero todos sabeos que en todos los cuerpos hay un par de maricones. Valdrá la pena buscarlo: no sabes lo que se presume después con los amigos /compañeros de trabajo / compañeros de gimnasio / compañeros del grupo de autoayuda de los martes cuando cuentas que te has tirado a uno con uniforme*.

*Este blog no se hace responsable si el más maricón de los legionarios resulta ser también el más feo de todos. Porque, a pesar de lo que las mujeres biológicas digan sobre que todos los guapos son maricas, no todos los maricas son guapos, ¿sabes? El orden de los factores sí altera el producto.

4. Los hombres de trono. En aquellos lugares en los que van al descubierto suponen un verdadero deleite para las miradas de todos los que acudimos allí a ver procesiones con fervor religioso (claro que sí) y que aguantamos estoicamente durante cincuenta y dos minutos rodeados de personas faltas de cariño que han desgastado tu vaquero por la zona del culo y viendo pasar nazarenos deseantes de apagarte la vela en un ojo. Hay aunténticos manjares bajo los tronos, con los músculos en tensión por el esfuerzo y muy juntitos los unos con los otros, en fila (y sigue sin ser una conga). Para ligar, siempre puedes llevarle un bocadillo de tortilla y una coca-cola al más buenorro y sonreírle como si te hubiera dado el éxtasis religioso del día (o como si fueras mema, eso también vale)*.

* Este blog no se responsabiliza si el individuo desea aprovecharse de ti y se sale de la procesión con la excusa de ir al baño para dejarte bajo el trono sustituyéndolo durante lo que queda de madrugada. Ahora que hueles a sudor y que llevas 25 kilos de peso sobre tu hombro a paso de tortuga ya no te parece tan sexy eso del esfuerzo físico, ¿verdad? Cari, es que queda muy bonito verlo, pero hacerlo es harina de otro costal…


5. La banda musical.
Si eres de esos gayers melómanos que disfrutan de lo lindo viendo a esos tipos soplando instrumentos, las oportunidades se multiplican. Elige a uno que tenga un instrumento grande y acércate a él con paso decidido (de todos modos, irse no se puede ir, va a tener que aguantarte por narices, por mucho que quiera mirar al frente y hacerse el interesante; que no te engañe)*.

* Este blog no se responsabiliza si debido al ruido te dejas la garganta en tus patéticos intentos de hablar con él ni se responsabiliza tampoco si terminas con un clarinete en el ojete por ponerte excesivamente pesado.

Como veis, la Semana Santa en sí es una enorme oportunidad, ya sea para ligar y ponerse de rodillas y no precisamente para rezar, para santiguarse cuando bajas los pantalones de alguien o para entrar en el infierno a hombros y por la puerta grande. Que ni tu sentido religioso ni esos amigos que te llaman zorra con insistencia te amedranten; ya hay demasiadas vírgenes en las calles de tu ciudad durante estas fechas.

Primos

En estos tiempos que corren sentir que te toman por el pito del sereno está a la orden del día. Nos toman por primos. Es hora de rebelarse.

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El pito del sereno. ¿A que es como mirarse en un espejo, tía?

 

—Estoy harto de que me tomen por el puto pito del sereno.

Esta frase es mía (no obstante, puede ser reproducida por a quien buenamente le salga del coño, no tiene copyright ni nada), pero en realidad podría haber sido dicha por cualquiera. Y de hecho, la decimos con una frecuencia inusitada en estos tiempos inciertos en los que “el que no se dedica a robar estando en posición de hacerlo es tonto” (frase no dicha por mí, pero sí por dos tercios de la población española).

—¿Quién te toma por el pito del sereno?

La gente, la gente se aprovecha de uno. Porque, tía, no sabes la cantidad de sociópatas que hay por el mundo que viven a través de lo que sacan de los demás. Son multitud y encima este sistema megachuli fomenta esta actitud como positiva. ¡Ah, la picaresca española!, ese estilo de vida al que todo quisque desea acogerse con tal de no dar un palo al agua.

—¿Y por qué estás tan enfadado?

Pues es evidente, ¿no? Porque uno termina hasta el mismísimo coño de ir por la vida siendo buena gente, de buena persona, recibiendo desmanes y pisotones, cuando debería estar recibiendo agradecimientos, purpurina y arco irises.

—¿Y no será que en realidad estás enfadado contigo mismo, maricón?

Ahí le has dado. Desde luego que sí.

Cuando se aprovechan de nosotros, ocurre una cosa muy curiosa y muy bonita, más que la peli de Titanic (en la que, después de todo, Jack cabía en el tablón, por muy congelado que estuviera. Se lo podía haber llevado y haberlo utilizado luego para echarle los cubitos de hielo a los cubatas, yo qué sé. Pero tirarlo al fondo del mar no estuvo bien). Cuando nos timan, nos utilizan, nos roban, nos engañan y nos estafan, siempre hay alguien que te dice, así, por las buenas: “lo que pasa es que de bueno eres tonto”. 

O sea, que la culpa de que te estafen y te tomen por el pito del sereno no es del aprovechado, del que desde su mala fe y su cualidad hijoputesca se dedica a ir por el mundo aprovechándose de las personas. Qué va. La culpa es tuya por ser tan buena gente, por ser tonto, por no habértelas visto venir, por no haber estado más atento. Calaaaaaaaaaro que sí, mujé. Y, por supuesto, esta es la razón por la que cuando nos estafan nos avergonzamos de nosotros mismos y nos sentimos la mar de ridículos. Qué tonto soy, mari, yo tenía que haber adivinado que Feldesponcio me iba a mentir, poner los cuernos con la mitad del cuerpo de Bomberos de España y parte del extranjero, robar todos mis ahorros y comerse mis yogures favoritos a escondidas. Como pude no verlo. Sacamos el látigo y nos flagelamos, porque asumimos que el problema no es que haya más hijoputas que personas, sino que nosotros no hemos sido lo bastante avispados.

En lugar de hablar de culpas, que son malas y demonizan y hacen sentir muy pero que muy mal, vamos a hablar de responsabilidades.

La gente no va a cambiar. Es decir, esa ingente cantidad de hijos de perra aprovechados que van por ahí construyendo a base de robarle a los demás lo que tienen va a seguir existiendo, por mucho que le recemos a la Virgen de las Maricas Desgraciadas para que les vaya fatal y lo pasen taco de mal y Mariah Carey se los coma y no los vomite jamás. No, no tienen un trauma infantil que les impide ser buenas personas y si nos portamos bien con ellos y les damor calor y los mecemos en nuestras rodillas van a redescubrir las buenas personas que llevan dentro y van a cambiar. Qué va. Y aunque así fuera, esa no es tarea nuestra. Cada uno que se ocupe de sus propias mierdas, tía. Así que lo que vamos a hacer nosotros es responsabilizarnos de esta situación en lo que concierne a nosotros. ¿Qué podemos hacer nosotros para que no nos tomen por imbéciles? No, la respuesta no es volvernos unos hijos de puta como ellos, ponernos a su nivel y transformarnos en unos seres despreciables y desconfiados. No, tía, seamos coherentes, no podemos convertirnos en aquello que criticamos, qué clase de maricones de provecho seríamos. La solución no es ser parte del infierno: tenemos que seguir siendo buenas personas. Lo que tenemos que hacer, básicamente, es dejar de sentirnos primos y culpables de la situación de engaño, detener nuestro lamento, tomar una actitud proactiva y llamar al primo de Zumosol. Si quieres que una situación cambie, no hay nada como actuar de forma diferente a como lo estabas haciendo.

Yo sé lo que muchos de mis queridos lectoras han pensado al ver al primo (cuánto más primo más me arrimo), a pesar de ese aire vintage que le confiere la visualización desactualizada de este anuncio (que puede tener perfectamente más de veinte años). Pues bien, ese primo fuertote y justiciero dispuesto a enfrentarse  a los abusones y aprovechados del Reino Mariquitoide se encuentra dentro de todos nosotros y lo único que debemos hacer es llamarlo de vez en cuando, en esos instantes en los que un chispazo de lucidez nos comunica: “cariño, deja de hacer el memo, que este tipo se está quedando contigo”. No llores, no te fustigues, no reces a San Palomo Cojo, no te masturbes compulsivamente y con los ojos vueltos para olvidarlo y no te sientas una lerda sin remedio de la que se aprovecharán siempre. Sólo llama a tu primo y posiciónate.

Tu primo te enseñará que no es preciso estar disponible para la gente 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año, que decir NO es necesario en muchas ocasiones, que mirar por ti no te convierte en mala persona ni te hace ser egoísta (aunque, naturalmente, los aprovechados te dirán que sí para manipularte), que uno tiene que hacer favores a los demás siempre y cuando esos demás hagan por merecérselos, que lo de “dar sin esperar nada a cambio” está muy bien para Santa Teresa de Calcuta pero que tú ya te has comido pollas de sobra para no llegar a ser santa (ni quieres ni falta que te hace) y que trabajar gratis es de pringados, por mucho que se use la excusa de “fíjate lo que estás aprendiendo”. Tu primo te mostrará el camino de las relaciones sanas, equilibradas y simétricas en las que los individuos se sitúan al mismo nivel y llevan a cabo el “hoy por ti, mañana por mí” sin abusar de la disponibilidad, del tiempo y del trabajo de los demás. Tu primo te hará comprender que aquellos que te utilizan no te quieren y, por tanto, pararles los pies, ponerles límites y sacarlos de tu vida te hará sentir chupiguay.

Tu primo, además, fíjate si es majo, te ayudará a entender que las riendas de tu vida son tuyas y de nadie más, que tú decides lo que haces con tu tiempo y con tu esfuerzo y que no estás obligado a complacer a nadie; que lo más importante es que hagas lo que a ti te apetezca en todo momento (a veces te apetecerá hacer algo por alguien y a veces no, y eso no te convierte en alguien malo y pérfido) y que no es preciso hacer burbujas con el coño por los demás para que nos quieran. La gente que nos quiere bien no nos va a exigir que nos sacrifiquemos ni va a abusar de nuestra buena voluntad. La gente que nos quiere por lo que somos y significamos para ella, no por la cantidad de favores que les hacemos ni por la cantidad de horas al día que dedicamos a ser sus felpudos.

“Como llame a mi primo te vas a enterar” hay que decirlo más. Dejemos de ser los primos a los que estafan y llamemos al primo de Zumosol. Ya está bien.

“Esto me jode” hay que decirlo más

La charla sobre senitmientos, esa gran desconocida.

La charla sobre sentimientos, esa gran desconocida.

El otro día, sujetando un gintonic vaso de agua del grifo, le decía yo a una maravillosa amiga mía que los seres humanos, esa panda de lerdos entre los cuales, por desgracia, se encuentran Toni Cantó, Bertín Osborne o mi ex, cometemos un error de base muy a menudo. Este error no es otro que el pretender que los demás adivinen nuestras emociones y pensamientos. Sí, sí, sí. Admitámoslo: cantidad de veces creemos firmemente que nuestros amigos, familiares, novietes (que hay gente que tiene tres o cuatro a la vez) y en general cualquiera que se relacione con nosotros debe contar con una bola de cristal en la que visualizar nuestro estado anímico y emocional. Como la Pitonisa Lola pero sin parecer una zumbada y sin velas negras.

Ocurre una cosa: normalmente, cuando tenemos algo clarísimo, tendemos a pensar que el resto de las personas deben tenerlo igual de claro. Es como si dijéramos “la Tierra es ovalada y achatada por los polos”, es algo que todo el mundo sabe, o “Marco se ha marchado para no volver, el tren de la mañana llega ya sin él”. Son cosas que se saben, simplemente, y nos parece un crimen del tamaño de Murcia que haya alguien en el mundo que no lo sepa. “Pero cómo no va a saber que Marco se ha marchado para no volver, es que eso es de cajón, se aprende en primero de Laurapausinología” (que es una asignatura que todos los gays nacidos hacia 1980 dimos obligatoriamente. No veas la cara de lerda que se nos ponía encerradas en nuestra habitación con el cassette -que no el casquete- de la Pausini entre las manos). No te imaginas lo que nos metíamos en el papel cantando “Amores extraños”, porque en aquellos tiempos el amor entre dos hombres nos parecía un amor extraño y de raritos y seres inadaptados socialmente. Ahora sencillamente nos parece una cosa rarísima con menor probabilidad de que ocurra que te toque el Gordo de la lotería.

Y es que en innumerables ocasiones las personas que nos rodean hacen cosas que nos sientan fatal, como una patada, y en lugar de hablar y manifestar claramente cómo nos sentimos (esto es, “tú, perra, que me has hecho pupa y ahora el Niño Jesús está llorando por tu culpa y has hecho sufrir a tres gatitos”) nos callamos y asumimos que esa persona ha debido darse cuenta perfectamente de lo que nos ha hecho. Por supuesto, no me estoy refiriendo a cosas evidentemente graves: o sea, si tu amiga se ha follado a tu novio en tu cama con tu picardías favorito, creo que queda más que claro que te ha hecho una putada enorme y que ella lo sabe. Aunque todavía hay mucha gente que utiliza excusas tan elaboradas y megachulis como “uy, pues no me había dado ni cuenta de que tu novio me estaba metiendo la polla en la boca. Yo pensaba que estaba chupando un pirulo tropical. Por cierto, es que sabe igual, ahora me explico por qué te pasas el día enganchada…”. Naturalmente, nos referimos a esos pequeños roces o experiencias que no quedan tan claras ni son tan explícitas y que se mueven en la zona de los posibles malentendidos, como “me dijo que me iba a llamar y no me llamó”, “le presté mi braga faja de cuello vuelto y aún no me lo ha devuelto” o “íbamos a comer limones con sal y a última hora me dejó tirada”.

La verdad es que en estos casos tenemos tan claro que nos han hecho un feo que pensamos que la otra persona debe tenerlo igual de claro y, en consecuencia, debería hablar con nosotros o pedirnos disculpas. Y ocurre, con una frecuencia espantosa, que la gente no sólo no te pide disculpas, sino que además ni se ha coscado de lo que te han hecho, bien porque piensan que no es tan grave, bien porque son un pelín torpes, bien porque en ese momento estaban pensando en masturbarse con un dildo de diamantes engarzados y no prestaron la atención suficiente a lo que estaban haciendo o diciendo. Y entonces nos cabreamos más todavía, porque parece que pasan de nosotros, que les importamos una mierda, y nos sentimos utilizados. “Será zorra, la tía, que ni siquiera toma en cuenta mis sentimientos, que ni se plantea cómo me siento… Cómo no se va a dar cuenta, con lo que me ha hecho. Lo que pasa es que le da igual…”.

Yo ya lo he dicho muchas veces, que las personas adolecemos de una grave falta de comunicación: hablamos de cantidad de cosas que no sirven para nada y omitimos lo más importante, lo más relevante, lo fundamental. Necesitamos decir lo que pensamos y lo que sentimos con mayor asiduidad. Por evidente que nos parezca el sentido de una situación en la que hemos salido escaldados, tenemos que tomar las riendas y expresar más frecuentemente cómo nos sentimos y por qué nos ha molestado lo que ha ocurrido. Si hace falta que te sientes con tu amiga y le digas a las claras que te ha sentado fatal que te haya dejado en la estacada aquel día que íbais a comer limones, pues se lo dices. Sobre todo porque es esto y no otra cosa lo que va a solucionar la situación, lo que va a poner las cartas bocarriba y lo que va a provocar que se mantenga una charla entre dos adultos que puede llegar a solucionar algo y que, pase lo que pase, hará que te sientas mejor. Porque si te lo guardas y cada vez que veas a tu amiga finges que no pasa nada, sonríes tanto que te duelen los pómulos pero interiormente te acuerdas de su madre, de su padre y de hasta su prima-nieta (o lo que sea), es probable que esa rabia eclosione en tu interior y luego te duela mucho el ojete. No hay que tener miedo de crear una situación de intercambio de sentimientos.

Y conste que yo esto lo digo por experiencia (si yo os lo cuento por vuestro bien, porque a mí el ojete ya me ha dolido mucho muchas veces). Que yo soy el primero que se debe aplicar el cuento. “Esto me jode” hay que decirlo más. Sobre todo porque debemos aprender que no pasa nada por decirlo y que eso hará que nuestras relaciones con las personas de carne y hueso (nuestras relaciones con los seres de goma ya las trataremos en otro momento) sean más honestas, más sinceras y mejores en cualquier sentido.

La comunicación hace milagros, tía.

El banco al sol

El viernes por la mañana me senté en un banco de madera en una plaza. Estaba esperando y mientras esperaba y me dejaba acariciar por el suave sol de invierno, me dio por pensar. Y pensé:

1. Que hacía demasiado tiempo que no me sentaba en un banco de madera con la mente en blanco, sencillamente disfrutando del placer de ver a la gente pasar y de tomar el sol (o el solecito, que es como mejor).

2. Que no se puede sacar lo mejor de los demás si no se les trata con respeto y se les motiva, si no se les inocula confianza, que es responsabilidad nuestra cultivar lo mejor, lo sublime, los unos en los otros. Si lo que deseas es que los demás respondan al cien por cien también es trabajo tuyo fomentar eso y cuidarlo y valorarlo tanto como se merece, y predicar con el ejemplo. No se puede sacar lo mejor de los demás tratándolos con desprecio y con mediocridad. En otras palabras, que todo el mundo quiere magia, pero nadie quiere ser mago (ya lo dije una vez no hace mucho tiempo), que al final es cosa de dos. En resumen, que para tener un buen amigo, primero hay que ser uno.

3. Que nadie está obligado a dar lo mejor de sí mismo a quien sencillamente no sabe o no es capaz de apreciarlo. O de dar muestras de apreciarlo, tanto da, porque la expresión de los sentimientos, de las emociones y de los afectos es muy importante, casi vital. ¿De qué vale sentir algo que no se expresa? ¿De qué sirve que te quieran, te aprecien o te valoren si no te lo transmiten y te lo hacen saber con la suficiente claridad e intensidad?

4. Que estaba comprendiendo, por fin, tras un largo y arduo camino (ergo una putada de camino) que no debo sentirme culpable por ser como soy, sino afortunado de ser como soy. Que puedo hacer grandes cosas. Y que el hecho de que ciertas personas no puedan o no sepan verlas no compromete mi capacidad para hacerlas.

5. Que me resbalaba una lágrima por la mejilla derecha y que eso significaba que me sentía más vivo de lo que en muchos meses me he sentido.

Fueron solo cinco minutos. Y mira cuánto dieron de sí.