Posteado por: paperdeboat | Julio 3, 2008

Egopost

Ser yo no es nada fácil. Aunque, bueno, imagino que, hoy en día, ser cualquiera no es nada fácil. Sin embargo, debido a mi cultivado sentido de la egolatría y la autocompasión, me centro en que ser yo no es nada fácil y ya está (vamos, que tampoco voy a ahondar en el ser humano, que ya sabéis que yo no soy de esos). Ser yo es una putada y muy gorda además. ¿Que por qué? Para empezar, soy sensible. Esto quiere decir que todo, absolutamente todo, me afecta de un modo u otro. Esta tarde, sin ir más lejos, he estado a punto de atropellar a una merdellona / cani / chusma / etecé en una moto que, además (y esto es lo que más me ha afectado de todo) ha decidido que la mejor forma de hacerme sentir culpable por el error que ella había cometido, era gritarme en plena calle, desgañitándose toda ella. Era todo un espectáculo. Sentí la tentación de subir la ventanilla, pero mi coche no tiene aire acondicionado, de modo que lo que he resuelto es continuar con mi camino en primera (porque estaba muy nervioso, que la podía haber mandado a Calatayud de un plumazo) para después huir a toda prisa del lugar donde se han desarrollado los hechos. Lástima que ese lugar no sea otro que la puerta de mi trabajo y tenga que volver mañana y todos los días hasta que a mi querida jefa o a mí se nos cruce un cable y nos mandemos mutuamente al carajo. Al llegar a casa he llamado a Ema y se lo he contado y, claro, ella dice que habría mandado a la merdellona a la mierda directamente, si no termina de atropellarla en un arrebato de estos que le dan a ella. Y pienso que me gustaría ser así, que me afectaran menos las cosas, enseñar los dientes y no tener esta cara de tonto el culo, ser capaz de reaccionar a tiempo para que no me pisoteen a grito pelao un jueves a las siete de la tarde, cuando estoy hasta los cojones del mundo.

Por otro lado, y volviendo a que ser yo es complicado, soy muy susceptible. Esto quiere decir que me tocan los huevos y mucho mogollón de cosas. Y fácilmente irascible, me indigno con facilidad. Como añadido, me considero bastante intuitivo y suelo percibir las cosas antes incluso de que ocurran, con lo cual obtenemos un cóctel nada despreciable que me convierte en una bomba de relojería con patas que deambula por las calles de esta u otras ciudades anhelando un rinconcito en el que hallar un mínimo de paz. Sin mucho éxito, todo hay que decirlo, porque además, soy exigente y no me van ni las medias tintas, ni las tonterías, ni los conformismos, ni los “es lo que hay”. Perfeccionista como yo solo, siempre quiero lo mejor de lo mejor, o lo que yo considero que es lo mejor de lo mejor y, por descontado, siempre correspondo con la misma moneda (vamos, que no pido nunca más de lo que estoy dispuesto a dar). Soy idealista. Mucho. Demasiado, tal vez.

También soy muy sincero, no me callo absolutamente nada, ni siquiera cuando pienso que debería cerrar la puta bocaza para ahorrarme uno, dos y hasta tres disgustos por hora. Pero qué le vamos a hacer, si mi boca está muy bien puesta, tanto para decir todas las gilipolleces que se me ocurren como para soltar opiniones, que las tengo y muchas, y que, además, no suelen coincidir con las de los demás. Por eso me siento como el malo de la película en infinidad de ocasiones, cuando digo lo que quiero y pienso. Eso sí, si eres una merdellona gritona en moto me achanto y me voy, pero sólo porque soy novato y llevo una L que en la jungla indica “soy de cascarilla”.

Soy como una pequeña Lisa Simpson tocapelotas que siempre tiene una respuesta o una explicación convincente al borde de los labios, pero también soy muy ingenuo y se me puede engañar fácilmente. O, más bien, me dejo engañar, porque a veces sé perfectamente lo que va a suceder, lo que ocurre es que me embarco igual con tal de comprobar que tengo razón. Porque soy cabezón. Y muy orgulloso. Y ya puedo estar a punto de echarme a llorar, que sea lo que sea lo que esté haciendo lo termino. Por mis santos cojones. Aunque la triste realidad es que siempre espero no tener tanta razón y que la vida me dé sorpresas, (sorpresas me dé la vida, ay, ay).

Soy idiota, porque creo que en cosas que no veo y, como añadido, espero que sean verdad. Eso me convierte en alguien ñoño. Me decepciono con facilidad. Me emociono con facilidad. Me encariño con facilidad con la gente porque soy consciente de que soy capaz de sacar lo mejor y lo peor de las personas. Y lo mejor me enamora, a pesar de que lo peor siga estando ahí. Por eso concedo beneficios de la duda, oportunidades y hasta votos de fé (aunque cada vez con menos asiduidad, para ser completamente sinceros y es que a veces también puedo ser de lo más escéptico). Soy irónico y sarcástico hiriente, me matan las injusticias y a veces tengo tanto miedo de salir a la calle que me echo a temblar al girar la cerradura de la puerta de casa, porque no sé qué me voy a encontrar y cuánto me va a afectar. Tengo tendencia a atraer situaciones raras, surrealistas, tronchantes y algunas veces hasta maravillosas de puro extrañas que son.

Utilizo el cerebro habitualmente. Suelo querer encontrarle una explicación a todo, por mucho que se me repita que hay cosas que, sencillamente, no tienen explicación. Para mí todo ha de tenerla. Me encargo, pues, de dotar de sentido a mi mini mundo. Porque para eso es mío y prefiero cien mil veces emplear horas y horas en comprenderlo que aceptarlo a ciegas. Porque únicamente puede amarse con total entrega aquello que se puede comprender. Y a mí me gusta entregarme. A mi vida, a mis amigos, a mis amagos de relaciones, a mis escritos, a las tonterías que hago de vez en cuando sólo para hacer a alguien sonreír, a mi trabajo… Me gusta implicarme en todo aquello que me importa.

Soy contradictorio, igual que poseo una cualidad tengo en mi haber su antónimo correspondiente. E, incluso así, consigo ser coherente con todo lo que hago y digo. Puedo ser muy inseguro y, al mismo tiempo, decir “aquí estoy yo” con un aplomo impresionante, porque si creo que tengo razón o si me lo estoy pasando bien meneando el culo al ritmo del Lady Marmalade me da igual lo que piensen los demás. Soy natural, nunca me fueron los artificios y lo que ves es lo que hay. No me gusta esconder nada. Porque en esta desnudez a la que me aferro, también soy exhibicionista y me creo digno de muestrario de museo porque yo lo valgo y no hay dos como yo (al menos que yo haya visto).

Tiendo a culparme de todos los errores del mundo, de los propios y de los ajenos. ¿Una pelea? ¿Tendré yo parte de culpa? ¿Tal vez debí ser más comedido? ¿Habré provocado yo una guerra mundial? ¿Es la contaminación culpa mía? ¿Seguro que todo este estropicio no tiene nada que ver con algo que he hecho yo? ¿Habré sido yo el inventor de la bomba nuclear en otra vida?

Dramatizo en exceso y formulo sentencias memorables del tipo “he asumido que terminaré solo y rodeado de gatos para los restos”, “nunca encajaré en este mundo, porque debo ser de otro planeta”, “me tiraría a Rajoy sólo para que la Avendetta nos hiciera unas fotos y forrarnos” y “me siento como una chica de instituto a punto de hacer su prueba para ingresar en el equipo de animadoras: emocionada, excitada y violentamente cachonda”.

A veces soy lo más soso del mundo y otras me vuelvo medio majara.

Y además soy una marica resabiada con complejo de cuarentona divorciada y resentida.

Como digo, ser yo es muy complicado, es todo el rato ir contracorriente y sufrir demasiado por cosas que no merecen tanta importancia, pero yo me entiendo, he logrado comprenderme . Por eso, aún así, con todos mis defectos y virtudes, para bien o para mal, resulte comprensible o no, guste o repugne, es lo que soy y estoy muy ORGULLOSO de mí mismo. Y eso no lo va a cambiar nada ni nadie.

Madrid, hazme sitio, que voy p’allá.

Y ahora me voy a tender los trapos, que además también soy más apañao que un jarrillo de lata ;)

Posteado por: paperdeboat | Julio 1, 2008

En la azotea…

Dos amigos se encuentran en una azotea tras una fiesta de Halloween. A ella le acaban de dejar por ser demasiado independiente y no sentirse demasiado entusiasmada con su chico. Él esperaba reencontrarse con una chica disfrazada de calabaza a la que conoció hace cuatro años en esta misma azotea y en la que todavía piensa. Él se encuentra sentado en el suelo. Ella se acerca con un chal sobre los hombros a hablar con él y en mitad de la fría noche, de pie, delante de él, insegura, le confiesa:

-A lo mejor es que soy una persona fría. Esta noche Mike se ha puesto un disfraz absolutamente ridículo de Hansel por mí, pero no he querido ser Gretel. ¿Por qué no puedo ser Gretel?

-Porque aún no has conocido a tu verdadero Hansel. Un día conocerás a un tipo por el que te pondrás el disfraz más ridículo del mundo.

-¿En serio?

-¡Sí! Está en alguna parte. Igual que la calabaza putilla.

-¿Cómo eres capaz, Ted? -pregunta ella riendo abiertamente-. ¿Cómo eres capaz de pasarte la noche aquí en la azotea con este frío con la esperanza de que tu calabaza aparezca?

-Bueno… estoy borracho.

-Jajaja.

-Escucha. Sé que lo más probable es que el amor de mi vida no entre por esa puerta mágicamente disfrazado de calabaza a las 2:43 de la mañana, pero este sitio me parece tan bueno como cualquier otro para esperar.

Ella lo mira comprendiendo y, a continuación, se acerca y se sienta junto a él en el suelo, tapando sus piernas y las de él utilizando el chal que llevaba sobre los hombros. “Arrímate”, le dice.

Y los dos se acomodan a esperar.

De la serie Como conocí a vuestra madre, del capítulo titulado “La Calabaza Putilla”.

Y este video porque sí.

Posteado por: paperdeboat | Junio 27, 2008

Domesticando Bordes

En esta última semana, parece que todo el mundo me sonríe. Con esto no quiero decir que mi vida sea un camino de rosas interminable y que yo ande flotando sobre ellas cual pasalera Cibeles, sino que de algún modo extraño, cuando voy a comprar o cuando me cruzo con mis vecinos, estos parecen sonreírme más de lo habitual.

De hecho, el otro día acudí a una tienda y la dependienta, además de mirarme con una cara similar a la que tiene un entripado feliz, se empeñó en regalarme una alfombrilla para el ratón y un parasol para el coche. Así, espontáneamente, que yo no le pedí nada (ya ves tú, lo que a mí me iba a solucionar la vida la alfombrilla y el parasol. No soy de los que se vuelven loco por las cosas gratis, me suelen dar un poco igual). Pero es que ella estaba especialmente espléndida conmigo. Desconozco si es que tenía un día agradable, si es que la noche anterior mojó, si es que había descubierto las barritas de Al-Brán o es que, sencillamente, era así de estupenda con todo el mundo, pero cuando salí de allí y me dirigí al banco y a la renfe y otras dos mujeres me atendieron con la misma cara de felicidad y amabilidad y haciéndome favores y descuentos llegué a la conclusión de que algo tenía que ver mi cara de idiota en todo este absurdo mundo de la piruleta que espontáneamente se había desarrollado a mi paso.

A ver, que normalmente se me mira con cara de asco es un hecho. Que hay personas que ni te miran a la cara para atenderte en una tienda, banco, quiosco, etecé también. Que cuando los dependientes de alguna tienda de ropa me tratan igual de mal mientras al muscoloco de al lado le hacen ojitos no debe ser pasado por alto (y anda que no me da coraje ni nada. Que el musculoco tendrá mucho cuerpo y mucho tiempo libre para pasarse media vida en el gimnasio, pero mi dinero y mi educación se merecen el mismo buen trato). Que yo lo entiendo, que no digo que no, que la vida es muy estresante, que los trabajos son una mierda, que puede que el sujeto tenga un día malo de cojones y le apetezca tanto sonreír como hacerse monje budista. Que un teleoperador está hasta las narices de los usuarios tocapelotas que no saben hacer la o con un canuto, que el dependiente de una tienda está hasta el alma de aguantar a gilipollas que lo marean y luego se marchan sin comprar nada y que el quiosquero está pensando en reservarse el derecho de admisión porque los niños se pasan media hora decidiendo las cuatro gominolas que quieren y gastarse veinte o treinta céntimos. Lo que ocurre es que yo soy muy rarito y no le tolero borderías ni a mi padre, y mucho menos sin motivo, ya sea porque me afectan o ya sea porque me indignan lo indecible.

Sin embargo, cuando ocurre esto, cuando me sueltan alguna fresca o me miran con una mala cara que ya quisiera Risto, se produce una reacción muy extraña en mí. Inesperada a todas luces, teniendo en cuenta que yo también puedo ser un borde estupendo y que cinismo e ironía no me falta (y esto es un hecho probado, que algunas veces me he quedado a gusto soltando barbaridades por la boca). He desarrollado una nueva técnica defensiva muy similar a la sonrisa terapeútica que Bizcochito dibujaba en su rostro en Ally McBeal cuando alguien se burlaba de él agresivamente. Cuando ocurre esto, yo me vuelvo extrasimpático. Y no, no lo hago porque me produzca placer el pequeño maltrato cotidiano (de hecho, por dentro, puedo estar acordándome de la madre del sujeto en cuestión y no en términos positivos precisamente), sino porque en mí se da lo que yo llamo el efecto “bofetada sin manos”. Si tú eres borde conmigo porque se te haya enconado un pelo de váyase usted a saber donde, yo te muestro mi sonrisa más abierta y soy extrasimpático porque sí, porque yo lo valgo, porque paso de que me jodas el día con tus desequilibrios emocionales y para que veas que a pesar de que yo también puedo tener el peor día del mundo (y tú sin saberlo) soy tan educado y madurisísimo que no pienso situarme a tu nivel, sentirme atacado, victimizarme y devolvértela. Esto, que parece una tontería e incluso hay algún lector que piensa que es una gilipollez, suele dar mucho mejores resultados que responder a la provocación y justificar la ira o la explosión violenta verbal del individuo, porque ante la sonrisa y el buen trato suele aparecer en el brillo de sus ojos un pequeño atisbo de culpabilidad que, ciertamente, me produce más satisfacción que el soltarle una buena fresca como respuesta. El otro día, sin ir más lejos, un camarero estresado me soltó una bordería porque le extendía mi billete para que se cobrara silenciosamente antes incluso de que me hubiera servido el par de copas que le había pedido. Él interpretó que le estaba agobiando a lo que yo respondí amablemente que mi intención era que se cobrara de camino hacia la caja, situada justo debajo de las bebidas que yo había pedido y, así, ahorrarle un viaje y aligerar. Este hombre, consciente de que se había pasado con su mala contestación, tono y mirada de estreñido, me miró sonriendo torpemente, me cargó los cubatas más de lo debido y me dio unas gracias que casi parecía que le había salvado la vida o que le había regalado un piso de protección oficial. Y qué queréis que os diga, yo me sentí bastante bien, porque haberlo mandado a la mierda habría solucionado más bien poco la noche (y además quiero volver a ese sitio sin preocuparme de que me hayan escupido en la bebida o hayan relamido los hielos antes de ponérmelos en el vaso, que uno ya conoce ciertas técnicas hosteleras. Es lo que tiene haber tenido un novio camarero durante cinco años. Camarero y con muy mala leche, todo hay que decirlo).

Porque se consigue más de la gente por las buenas que por las malas. Y porque no me sale de las narices ponerme de mal humor por alguien que ni me va ni me viene (vamos, que el camarero ni iba a ser el amor de mi vida, ni me iba a sacar de pobre, ni mi vida depende de él, ni mucho menos). Por eso en infinidad de ocasiones me invitan a copas en los sitios (por eso y porque soy muy guapo y tal, claro), me hacen descuentos y hasta me regalan cosas. Porque cuando tratan de agredirte la mejor manera de devolver el ataque es hacerle ver que no te importa lo más mínimo y poner esa sonrisa abierta de “va, venga, no te preocupes, que yo te perdono la vida y todos tan felices”.

A mí los bordes, que yo los domestico (a algunos más que a otros, clarostá, que tampoco es cuestión de aguantar carros y carretas).

Además, es tan divertido pasarse por el forro las borderías… ;)

Posteado por: paperdeboat | Junio 17, 2008

Juegos de Seducción

Llega el momento en la vida de toda persona (esto parece que va a ser serio, pero no, no os asustéis) en el que uno se ve en la tesitura de extraer de sí mismo su lado más sibilino y más calientap…, que diga… put… que diga… seductor, sí, ésa es la palabra. En la vida de toda persona, y mucho más si es bloguero (que ya se conoce esa antigua norma que dice que no pueden pasar cien posts entre escarceo y escarceo si no quieres que los otros blogueros se rían de ti) uno debe hacer un alto en el camino de reflexiones variopintas sobre gente comiendo mocos y posts autocompasivos sobre lo mal que está el mercado y dedicarse a llevarse al huerto a alguien. Porque sí, porque ya es casi verano, porque la sangre está más que alterada y porque es sano echar un casquete de vez en cuando (venga, va, sabemos que puedes hacerlo, esfuérzate) y, quizás sea este el motivo más importante, porque uno debe dejar de parecer una cuarentona frígida, divorciada y sin ninguna intención de darle un meneo al cuerpo. Así pues, a todos aquellos que os encontréis en una situación en la que podéis pillar cacho (yo como tengo una todos los días pues tampoco le doy importancia… tjo, tjo, tjo, ays, que me atraganto) dedico este post en el que me dispongo a escribir las múltiples y variadas técnicas de seducción correctamente estudiadas en la universidad de Melocomotó (justo al ladito de Cuenca), donde todo el mundo sonríe porque todo el mundo folla una barbaridad (quiero decir, que hacen el amor y eso, así en plan romántico y tal).

En primer lugar, debes elegir un objetivo. Venga, todo el mundo a elegir un objetivo. Bueno, pero no me elijáis todos a mí y eso, que luego es muy incómodo tener que abrirte camino por la calle empujando cuerpos sudorosos y esquivando calzoncillos voladores para ir al trabajo. Vale, bien. Una vez que el objetivo está delimitado (y muy importante, no coincide con los objetivos de tu ex, de tu amigo o de tu vecino de al lado -las peleas entre vecinos pueden ser muy cruentas) pasemos a describir las múltiples y maravillosas maneras de llevarte al huerto a alguien y mojar.

1. Acercarte al objetivo.

Tanto si se trata de un compañero de clase o de trabajo, como si es el panadero que todas las mañanas te pone la barra de viena con un gesto obsceno, es de vital importancia que exista un acercamiento mediante el que justificar cierto roce. No vale que llegues y le digas “oye, mira, que es que te quiero echar un polvo”. Eso, aunque sea la más cruda realidad, no está bonito. Y es necesario que parezca que no estás desesperado (muy importante, así que límpiate el rastro de baba de la comisura de la boca). Así pues se aceptan numeritos tales como los tropiezos con los patinadores (ays, perdona, que es que no me he dado cuenta y te he metido un poco de mano. Ya que estamos… ¿seguimos?), el que acudas a un comercio a adquirir algo y luego lo quieras cambiar (mira, es que compré esto ayer y se ha roto. ¿Como que me devuelven el dinero? No, no, yo quiero una indemnización por daños. Pero mira, me has caído bien, si me la chupas te perdono y todo), el “me suena tu cara de algo” (sí, claro, ya sé de qué me suena. Te he visto en mis sueños. Y en mis sueños yo te pedía el número y tú terminabas en mi casa cantándome el “Devórame otra vez) y el “Hola, creo que tú y yo deberíamos hablar, así que dame tu maldito número de teléfono que no se me ocurre nada mejor para abordarte” (sí, parecerás desesperado, pero lo mismo cuela y todo).

2. Sonreír todo el tiempo, como si fueras tonta.

Esto es esencial. Una vez que te hayas cubierto de gloria con el numerito en cuestión para conseguir el número de teléfono del chico (si es que no lo tienes ya), tienes que hacerle sentir como si fuera la persona más ingeniosa y maravillosa del mundo (a ver, cariño, ¿no eres tú el que quiere echar un polvo? Pues ale, a callar y sonreír). Así, es preciso que rías a carcajadas sonoras cualquier chiste intencionado y que de vez en cuando sueltes una risita a lo jijiji en plan preorgásmica, para que vaya teniendo claro, además de que eres un facilón (pero eso ya lo sabemos todos) que estás más salido que el pico de una plancha y que le bastará con mover un dedo para tenerte semidesnudo y de rodillas.

3. Ser superficial.

A los hombres no les gusta en absoluto que seas inteligente y, por descontado, odian que alguien venga a restregarles que es más inteligente que ellos. Como esto de ser más listo que algunos integrantes del sexo masculino es algo bastante fácil, tendrás que evitar cualquier tema de conversación que esté relacionado con reflexiones profundas. Así, deja a un lado el tema de las emociones y los sentimientos, la política, el hambre en el tercer mundo y la crisis económica. Y si no sabes de qué hablar, insisto, limítate a sonreír, poner la boca en forma de O de vez en cuando y jugar con una patata mojada en mahonesa y ya está.

4. Bailes, poses y restregamientos varios.

En el método del cortejo, hay que provocar un poco y para ello nada mejor que demostrar los contorsionismos que puedes hacer con el cuerpo. Si estás en una playa, no podrás quitarte las gafas de sol bajo ningún concepto y estar tumbados en la toalla se convertirá en una hazaña de resistencia y contorsionismo que tendrás más que ensayada. Mírate al espejo y trata de encontrar la pose exacta en la que se te marque algo (da igual, si no tienes músculos que se te marque otra cosa, qué le vamos a hacer). Flexionar el brazo en el ángulo perfecto para que se te marque el bíceps o beber agua poniendo morritos son poses aceptadas. Algunas de los gestos más importantes son humedecerse los labios continuamente (como si te hubieras comido un polo de fresa y si te lo comes como si de ello dependiera tu vida mejor que mejor), morderte el labio inferior (no te confundas y muerdas el de arriba si no quieres parecer un bulldog, ni te vayas a morder demasiado fuerte, no vaya a ser que termines en urgencias por idiota), andar como si llevaras un body puesto (como las bailarinas buenorras de los videoclips), rugir cuando la ocasión lo merezca (es decir, a la mínima oportunidad), hablar en susurros a lo Najwa Nimri y poner mirada de animadora violentamente cachonda. Se recomienda, además, si existe la posibilidad de marcarse un baile, que uno ponga rostro de devorahombres mientras contonea su cuerpo y haga el numerito de “se me ha caído un euro” para agacharse descaradamente frente al desconocido, en la posición perfecta para que le mire el culo*.

*Si el desconocido está mirando al infinito, no se recomienda subirse a la barra del garito y ponerse en pompa. No vale creerse bailarina del Bar Coyote.

5. Emborrachar como una perra al sujeto.

Esta es una de las técnicas más difundidas. De esta manera, generarás un estado de confusión en el individuo proclive a que no oponga resistencia si le comes la boca sin piedad. Se dejará llevar por los efluvios del alcohol. *

*No pasarse con las copas, que si está inconsciente se considera violación. Si te llama Manolo o cualquier otra cosa que no se corresponda con tu nombre, es que está pensando en su ex, pero a ti que más te da. Advertencia: esta opción puede resultar más o menos cara dependiendo del aguante del sujeto. Si cenáis juntos, propón un vegetariano (que no hables de la crisis económica no quiere decir que no seas consciente de ella).

6. Ropa y complementos para la ocasión.

Si consigues llevarte el individuo a casa, es muy importante la indumentaria. De forma que para cuando te quites la ropa con cualquier excusa (me gusta cenar en cueros, me encanta parecer una zorra o adoro hacer la colada en ropa interior), es necesario que haya un complemento que te ayude a resaltar esas partes de tu cuerpo mediante las que pretendes subir la libido del sujeto. Así, son la mar de útiles calzoncillos boxers apretados (sin pasarse, que luego vienen los disgustos), tangas, ligueros y picardías, así como esos tacones de aguja que nunca usas y que no sabes por qué te regalaron tus amigos en tu último cumpleaños. Por supuesto, si tienes una fusta y una careta (quiero decir, una máscara, la careta de Spiderman no vale. O sí, váyase usted a saber las inclinaciones y perversiones de cada uno) quedarás como una reina, incluso si el sujeto sale espantado creyendo que Madonna se ha escapado de su videoclip de Erótica para tomar café con pastas en tu casa (¿tú sabes lo que sube el caché decir que la reina del pop estaba en tu casa un sábado por la noche? Todos los mariquitusos de la zona querrán pasar una noche contigo en cuanto se corra la voz).

7. Engáñalo para que se desnude.

Pon la calefacción a tope, derrámale un bote de leche condensada por encima, dile que quieres ver su tatuaje, explícale que eres médico y que quieres hacerle un reconocimiento, dile que tiene una espinilla en la espalda y se la quieres reventar porque eres primo hermano del inventor del Clearasil, cuéntale una trola acerca de que eres nudista y, como tal, en tu casa todo el mundo debe andar en bolas… lo que sea. Todo vale. Usa tu imaginación. Sí, ya sabemos que lo de engañar está mal, pero no estamos para elevadísimos principios morales en estos momentos.

8. No dés el primer paso.

Esto… vale, que no es el primer paso, que ya te has hinchado de andar… quiero decir que no seas tú el que se le tira encima y le besa. Hazle sufrir un poco. Cuando crea que te tiene en bandeja, cómportate como un calientap… esto… un seductor nato, y hazle saber que si quiere pillar cacho se lo tiene que currar un poquito. Tampoco te pases, a ver si al final te vas a quedar a dos velas porque el tío decide que tiene mejores cosas que hacer que presenciar como te haces la estrecha después de haber hecho el más completo de los ridículos para llevártelo al catre.

Y así bien, mis queridos y queridas, ya conocéis un poco algunas de las técnicas más importantes para tener un compañero de cama, aunque sólo sea una noche. No os olvidéis que todo esto es susceptible de no funcionar, pero si así ocurre, no desesperéis, elegid a una nueva víctima mediante la que perfilar vuestros juegos.

Hasta aquí un post más sobre el ligoteo. Debería estar recibiendo ofertas de la Super Pop y la Vale ya, no sé qué diablos está ocurriendo…

Posteado por: paperdeboat | Junio 13, 2008

Esfuerzo y Amor

Decía la Etxebarria en aquel ensayo – libro aspirina titulado “Ya no sufro por amor” que las personas que crecen en un entorno del que no extraen el afecto fácilmente terminan acostumbrándose a desarrollar ciertas pautas para conseguir dicho afecto. Dicho de otro modo, si mamá, papá, el tito, la tita y, consecuentemente, tus hermanitos eran más fríos que un témpano de hielo y para obtener algo de su atención, cariño, y valoración tenías que hacer piruetas y cantar la última de Camela haciendo el pino con un bollicao en la boca, cuando creces resulta que has aceptado esta fórmula como válida para establecer tus propias relaciones. Y es aquí donde te crees que es justo y necesario que tengas que esforzarte al máximo sólo para conseguir que las personas que te rodean te demuestren cariño, aprecio, afecto y atención.

De hecho, esta base es la propicia para esos estupendos vampiros emocionales que se aprovechan de este tipo de incautos que, además, terminan justificándolos y creyendo que esa maldad, esa estrategia para obtener lo que desean a cambio de una ínfima muestra de afecto, no es tal. Ellos han crecido viviendo sus relaciones de ese modo, se les ha enseñado que así es como funciona, de manera que no encuentran fallo alguno en el sistema. Si papá, mamá y hasta tus hermanos eran más fríos que un casquete polar y pasaban de ti, ¿cómo vas a pensar que es malo? Nooo, terminas reproduciendo las mismas pautas que te dieron resultados. No hay que decir que esto tiene mucho que ver en las llamadas relaciones de poder y de dependencia emocional, y es que algunos son caldo de cultivo para constituirse como la parte sumisa de ellas debido a estas carencias afectivas. En la posición contraria, la del dominante, la idea sería, más o menos: si encuentras a alguien que está dispuesto a esforzarse por conseguir que le hagas caso, ¿por qué no explotarlo? Podemos con ello subirnos la moral, sentirnos superiores al tener a alguien implorándonos afecto y a nuestra merced y creernos un poco menos miserables al ser dominantes respecto a alguien emocionalmente débil que sólo necesita un poco de atención.

La búsqueda del afecto por parte de estas personas, en mayor o menor medida dependientes, se convierte en una constante que no tiene fin, que no encuentra alivio más que cuando consiguen algunas dosis del mismo. Además, esta forma de obtenerlo recibe el refuerzo apropiado. Es decir: si te esfuerzas lo suficiente (cuando la persona que lo da considera que te has humillado bastante) lo obtienes. De manera que cuando no lo obtienes tiendes a creer, lógicamente, que no te has esforzado lo suficiente. Se establece una relación proporcional entre esfuerzo y afecto, de manera que cuando no se consigue el afecto se tiende a pensar que hay una carencia de esfuerzo. Y terminas culpándote de que el de la moto no te haya dado un besito antes de despedirse y pensando qué narices has hecho mal para que no se haya producido el efecto recompensa. De igual manera que los castigos supuestamente destierran conductas inapropiadas, las recompensas las refuerzan. Y por eso es tan peligroso el chantaje emocional que se le hace a muchos niños cuando se les dice que si no se portan bien mamá no les querrá o que no valen para nada en la vida. Ellos terminan interiorizando que para conseguir que se les quiera tendrán que hacer una determinada lista de actividades, como si el amor, el sentimiento afectivo, dependiera de un comportamiento o de que uno sea servicial y haga los deberes. Quizás, lo más triste es que esto se instaura y se extiende en la mente del niño para siempre, culpándose de sus fracasos sentimentales de por vida y de todo lo que sucede alrededor, siendo incapaz de ver la verdadera responsabilidad que las otras personas implicadas en sus relaciones (sean familiares, amistosas o conyugales) tienen en el asunto.

No he hecho un estudio, pero creo que conozco a una cantidad suficiente de gente para afirmar que es un comportamiento más que extendido y que se traduce en una tendencia hacia la dificultad en las relaciones (de pareja, sobre todo). Por alguna extraña razón que yo desconocía (hasta que he atado cabos y he caído en la cuenta al acordarme de ese libro), he encontrado a muchos hombres y mujeres que se empeñan en decir que si sus relaciones no son difíciles, pedregosas y pesadas no les encuentran aliciente. El consabido: “es que cuando todo es muy sencillo pierdo el interés”, que no deja de ser una contradicción en toda regla. Cuando se siente algo por alguien, en teoría, este sentimiento no depende de cuánto cueste que ese alguien nos corresponda. Y si así es, si esa persona nos gusta, precisamente, por ser inaccesible, tal vez deberíamos plantearnos que tenemos un problema. ¿Se supone que debemos sufrir por alguien? ¿Si no la cosa no tiene gracia? ¿Hay que arrastrarse, pelearse, humillarse, luchar y todas esas palabras que indican un esfuerzo superior en cuanto a algo que debería ser muy sencillo (me gustas, si te gusto guay si no tira pa un lao que yo tiro pa el otro y ya está)?

De hecho, algunas de los amagos de relaciones que he tenido a lo largo de mi vida se terminaron mediante frases tan enrevesadas como ciertas. Algunas a tener en cuenta fueron: “Es que contigo todo es muy fácil y yo necesito algo más… más…” (el sujeto ni siquiera pudo terminar la frase consciente de su sinsentido. Pero estaba diciendo que el hecho de que conmigo todo fuera fácil era malo de por sí) o “Yo no me enamoro de las buenas personas”, otra de las grandes perlas de toda mi vida que me dejaban bastante claro la forma de entender las relaciones del individuo.

La cuestión es que yo percibo cierta inclinación hacia el sufrimiento, a mantener relaciones difíciles, complicadas, problemáticas, llenas de altibajos por parte de muchos de mis conocidos. Y no, lo siento, nunca he compartido lo de “quien bien te quiere te hará llorar” ni lo de “Amor querido, amor reñido”. Soy más de García Márquez, de “nadie merece tus lágrimas y quien las merezca no te hará llorar”. Porque para bien y para mal yo he sido uno de los incautos que fueron incapaces de ver la maldad ajena y que justificaban comportamientos que pensaba normales y que me han hecho mucho mucho daño y cuyas consecuencias todavía sigo pagando. Me he enredado en relaciones sin sentido únicamente para probarme a mí mismo que con el suficiente esfuerzo podía obtener afecto de auténticos muros de cemento que no merecían ni mi tiempo, ni mi esfuerzo, ni mis lágrimas. Y a veces lo conseguía, pero no me sentía bien, sino abotargado y frustrado, porque el afecto que recibía no era fruto de un amor o un cariño sin más, sino una contrapartida interesada, como si estuviera recibiendo un sueldo emocional por un trabajo.

En las últimas semanas, me he dado cuenta de una verdad incuestionable e inamovible que me ha abierto los ojos en muchos sentidos. Me he percatado de que llevo toda mi vida esforzándome para que los demás me quieran, haciendo cosas por todo el mundo, partiéndome el alma para conseguir sustraer el afecto de algunos. Y me he dado cuenta de que la única raíz de mi frustración ha sido ésa. Por eso nunca me he sentido valorado, por eso me atribuyo los estrepitosos fracasos de mis relaciones y por eso me he pasado media vida sintiéndome responsable de todo eso que me ha sucedido, como si yo no pudiera estar a la altura suficiente para conseguir que alguien se enamore de mí y, simplemente, me quiera.

He llegado a la conclusión de que de ahora en adelante no pienso esforzarme ni un ápice por sentirme querido por los demás. Soy quien soy, hago las cosas que hago, tengo los defectos que tengo y también muchas virtudes para quien esté dispuesto a verlas. Pero no pienso hacer trabajo extra para conseguir el afecto de amigos, conocidos, parejas o familiares. Porque se supone que el amor es otra cosa, y el afecto que siento yo por ellos no depende de cuánto se esfuerzan por complacerme o de cuánto se prestan a que yo les humille, ni de lo serviciales y sumisos que son, ni de que afirmen con la cabeza a todo lo que yo digo sin contradecirme. Fui un incauto, pero ya he dejado de serlo y no pienso esforzarme más por conseguir que me quieran. Quien me conozca y aprenda a verme, que me quiera. Quien pretenda hacerme sentir culpable por ser como soy, que huya lejos de mí.

Es todo lo que deseo.

A todos los que consideran que para ganarse sus afectos hay que hacer una gymkhana y escalar el Everest y a aquellos que piensan que las relaciones deben ser difíciles para que les despierte el interés y que una persona que lo ponga fácil y claro no merece la pena, tanto a unos como a otros, les sugiero que hagan examen de conciencia, que de seguro les servirá para tomarse sus vidas de otra manera muy diferente.

Posteado por: paperdeboat | Junio 12, 2008

Cumpleaños, relojes y luces

Acabo de cumplir 26 años. Nada más y nada menos. Hoy es doce de junio (un día que deberíais apuntar en vuestra agenda como el más importante del año, más que la Navidad y todo, que yo soy mucho más importante) y tal día como hoy, hace 26 años, el mundo dejó de ser un lugar desolador para albergarme a mí xDDDD. Basta, ya paro.

Por cierto que lo de las crisis, la de los 25, la de los 30, la de los 40… no se producen cuando cumples esas edades, sino cuando las abandonas. Es decir, que al cumplir los 26 es cuando tiene lugar la crisis de los 25, porque no es hasta entonces cuando uno siente que ha dado el paso hacia otra etapa.

Yo no sé si es que soy yo, que le he cogido tirria a los cumpleaños y celebraciones y que, aunque lo desee, no soporto ser el centro de atención (soy contradictorio, sí), pero este año la cosa ha sido muy rara. Llevo unos días un pelín irascible y susceptible, con una rabieta de niño pequeño, porque no quería que el día doce de junio llegara, no quería hacerme a la idea de que mi cumpleaños se avecinaba, como si no quisiera ser consciente de que mi reloj también da las horas. Pero las da. Afortunadamente las da, las sigue dando, aunque a veces tenga la impresión de que todo se detuvo.

Porque mi reloj, sin previo aviso y sin que yo supiera que significó aquel clic que retumbó en mi cuerpo, se paró en un momento muy concreto de mi vida y hasta hoy ha avanzado muy lentamente, como si yo no fuera realmente consciente del paso del tiempo y como si los segundos, los minutos, las horas y los días pesaran demasiado y me hicieran deambular torpemente en pensamientos circulares.

Hace un par de días, el Argentino me echaba un sermón que me dejaba patidifuso. Se apoyó en mi escritorio de la oficina sin previo avsio, igual que cuando se detuvo mi reloj, y me miró a los ojos para decirme directamente, sin rodeos, que no puedo seguir así, que tengo que enfocar mi vida de otra manera y que tengo que arreglar eso que se ha roto dentro de mí. Me decía, mi querido Argentino, reproduciendo las palabras de todos mis amigos más cercanos que de seguro han comentado el tema con él, que ya iba siendo hora de volver a ser el de siempre, aquel chico que entraba por las mañanas haciendo bromas y se pasaba el día sonriendo. Me confesaba mediante un par de ojos acuosos que echaba de menos al Paper de siempre, a ése que se perdió por una de estas cosas que tiene la vida, que ya sabéis como es, que unas veces te sitúa muy arriba y otras te deja caer para que te pegues un batacazo descomunal que te desdibuja la sonrisa. Me dijo que a pesar de todo lo que me ha sucedido, debía sentirme afortunado por muchas de las metas que he logrado y, sobre todo, por el gran corazón del que dispongo. Yo lo miré cuando anunció esto último y no pude evitar echarme a llorar. A veces no nos damos cuenta de lo que significamos para los demás o nos pensamos tan irrelevantes que creemos que el resto del mundo nos ignora, que no nos presta atención. El Argentino me estaba diciendo que durante todo este tiempo ha estado observándome y cediendo su hombro para que yo llorara lo que tenía que llorar, pero que ya iba siendo hora de ser aquel Paper que conoció y que le acompañaba a diario con su buen humor. Los dos terminamos llorando en medio de aquella oficina mientras otros iban y venían, inmersos en sus quehaceres, dándose cuenta o tal vez no, de lo que estaba pasando sobre mi mesa de trabajo (aunque no lo supieran o no lo entendieran, estaba teniendo lugar todo un acontecimiento). La verdad es que yo nunca he pensado en mi sonrisa como en algo importante para los demás. Y, sin embargo, lo es.

Cuando llegué a casa, medité las palabras de mi amigo sentado en el salón, escupiendo humo enredado en tristeza y la sensación de un leve despertar (como si el despertador, por fin, hubiera alcanzado la hora programada) y entendí muchas cosas.

No hace mucho leí en alguna parte que las vidas difíciles hacen personas difíciles. Así, mi vida, que no ha sido precisamente un camino de rosas, me ha hecho una persona complicada. Sin embargo, hay algo intrínseco a mí, a mi personalidad, que jamás desterraré y es esta capacidad que tengo para valorar a las personas y a sus sentimientos como si se tratara de oro en paño. El Argentino me dijo que no importa cuánto me pase, cuántos idiotas se crucen en mi camino, cuántas desgracias tenga que soportar y lo injusto que me parezca el mundo a veces: no puedo permitir que todo eso me cambie, que toda esa vorágine que me aterra termine haciéndome actuar como alguien distinto a quien soy. Y me da mucha pena, no os podéis imaginar cuánta, porque en estos últimos nueve meses yo he sido alguien que en escasas ocasiones se ha parecido a quien soy realmente. La alegría se me fue por el desagüe de la desilusión y he avanzado a trancas y barrancas. Trancas y barrancas de papel mojado sobre un mar que se me hacía demasiado grande y que me hacía sentir diminuto, enano, insignificante, vacío y carente de sentido.

Sin embargo, creo que ya ha llegado la hora de cambiar el curso de las cosas, de volver a ser yo mismo, de olvidarme de cuantos sinsabores me amargaron el paladar, dejar atrás lo que me hizo daño y volver a erigirme en el centro de mi vida, una vida que por mucho que despotrique y haga posts densos y cargados de hartazgo, no está tan mal. Una vida que he construido yo solito, en la que todo me lo he ganado yo, en la que cuento con personas muy importantes y bellísimas por dentro que son capaces de tocar el sol y la luna todos los días con las puntas de sus dedos. Una vida abarrotada de proyectos, emociones, ilusiones y sueños por cumplir que no pasarán a la historia sin pena ni gloria, y si lo hacen no será porque yo no haya intentado evitarlo con todas mis fuerzas.

Ha llegado la hora (porque el relojero por fin arregló mi reloj despertador) de que me dé cuenta de una maldita vez de quién soy y de lo que soy capaz de hacer y deje atrás a esa fila india de sombras que me precede todo el tiempo.

Así, tal y como le dije como respuesta al Argentino a todo su discurso sobre mí y mi estado a través de un mensaje de texto antes de irme a dormir, lo único que puedo añadir es que sonreiré de nuevo. Un día de estos sonreiré y mi sonrisa será tan grande que todas las oscuridades que haya a mi alrededor se desvanecerán. Y noto que se va acercando ese día, que esa sonrisa casi se ha alojado por completo en mi cara ya, porque la curvatura de mis labios ya comienza a formarse, el blanco de los dientes empieza a verse, mis ojos comienzan a achicarse…

…y mi corazón empieza a despedir luz.

Seré como un gusiluz de 26 años, pero más guapo, claro está ;)

Y tendré tigres en los dedos :)

Posteado por: paperdeboat | Junio 4, 2008

A gusto del lector

Como llevo tiempo sin actualizar y para no perder mi fama de bipolar, he colgado dos posts. Uno profundo y místico, de esos que tanto os gustan, en el que despotrico contra el mundo. Otro frívolo y surrealista, de esos que tanto os gustan, en el que despotrico contra el mundo.

Cosas :P A gusto del lector

Besos y perdón por la ausencia.

Posteado por: paperdeboat | Junio 4, 2008

Kamikaze

Durante mucho tiempo, tal vez la mitad de mi vida, me he sentido aparte del mundo. Algunos se aventuran a decir que es porque soy muy especial. Pero no es cierto. La cruda realidad es que no soy más que alguien que trata de vivir una vida medianamente satisfactoria sin conseguirlo en líneas generales, salvo esos reductos de paz que se me conceden de vez en cuando en una tregua. Lo que ocurre es que nunca he querido replegarme a las conductas generalizadas, a los pensamientos y dichos populares ni a la forma de ser de unos pocos que sembraron sus semillas en una auténtica hazaña de imperialismo. O tal vez, sea sólo márketing, que al fin y al cabo es el imperialismo de los tiempos modernos.

Por lo que parece, la vida moderna se rige por unos cánones a los que yo no me ajusto en absoluto. Ni física ni, por supuesto, emocionalmente. Hubo un tiempo en el que creí que no sería tan difícil, que podía ajustarme a una realidad que siempre he tenido a mi alcance. Pero no es verdad. Siempre me sentí como el ser inadaptado, terriblemente sabio e ingenuo a partes iguales, al que todos miraban con el benévolo brillo con el que se mira a esos personajes de todas las teleseries: adorables, simpaticones, tiernos y a los que, por descontado, nunca le salen las cosas como esperan. Mi vida emocional se constituyó como un desastre, un desastre tragicómico si queréis, en el preciso instante en el que decidí mezclarme con el resto de los seres humanos, creyendo que yo no era tan diferente de ellos. No sabía cuánto me equivocaba.

Ahora me sorprendo esquivando al mundo tanto como puedo en un intento de preservarme, pero antes yo no era así. Cuando era pequeño pensaba que mis inseguridades se disiparían con el tiempo. Pero no es verdad. Era otra de esas mentiras rebozadas en esperanza desesperada. Mis inseguridades no han hecho más que aumentar dejando atrás el tono pueril para recubrirse del de un adulto desacompasado en el que me he convertido mucho antes de que fuera justo. Es aterrador mirar hacia fuera y entender cómo funcionan muchos. Porque a las personas nos gusta generar inseguridades en los demás, nos gusta sentir el poder de tener en nuestras manos la fragilidad de una personalidad, saber que es nuestra, minarla aunque sea un poco y proyectar nuestros propios miedos, aunque se trate de un acto desesperado de no sentirnos tan solos despertando en otros la misma ansiedad que nos acucia. Y está muy claro que algunos somos blancos más fáciles o más evidentes que otros por siempre arriesgarnos para descubrir qué puede suceder y conceder el beneficio de la duda.

Mi facilidad para ser foco de las miserias ajenas es totalmente consciente. Yo quise creer sin ni siquiera haberlo meditado en la idea de que todos merecemos ser quienes somos sin necesidad de andar ocultándonos y protegiéndonos, que muy en el fondo somos tan parecidos que debería primar un instinto protector hacia los demás, que los resquicios de maldad no son más que traumas no solventados. Y, por supuesto, fui tan vanidoso que creía que podía cambiar el mundo, solucionarlo, enseñar y demostrar algo haciendo lo que nadie hacía: ser claro, decir siempre lo que siento y pienso, ser consecuente, ser coherente, abandonar el egoísmo en pro del bien común. Creí, si lo preferís, en el amor, en la amistad, en el respeto, en las buenas intenciones. En las personas. Y no se puede creer en las personas tan ciegamente, concediendo oportunidades y perdonando vidas. Entre otras cosas porque te toman por el pito del sereno.

Y ahora me sorprendo hablando con algún amigo y aconsejándole que no crea ni una palabra de lo que le dicen, exponiendo todo el cinismo del que dispongo, activando un lado antisocial que ha hecho su aparición en todo su esplendor. Me cansé. Eso es todo lo que me ocurre. Que estoy cansado. Cansado de niñatos que juegan a creerse mayores y a experimentar indiscriminadamente como si el resto fuéramos pistas acondicionadas para ello o peleles de goma que no se rompen al caerse. Cansado de gente que se aprovecha de la buena fe que algunos conservamos y de los sentimientos que desarrollamos porque somos así de idiotas. Cansado de personajillos que sólo tratan de probarse a sí mismos que pueden enamorar, de los que necesitan como agua de mayo que les maquilles el corazón. Cansado de reptiles que te utilizan, sin más y que en cuanto dejas de serles útiles pasan de largo sin pestañear siquiera. Cansado de que todos aquellos que se regodean en su bienhacer, en su comprensión, en su empatía, en su supuesta capacidad de respetar y ser permeables a los sentimientos ajenos no se lo piensen dos veces en tratarme como un gilipollas integral cuando les viene en gana (puede que lo sea, pero no voy a permitir que me lo restrieguen por la cara). Cansado de individuos que parecen sentir una inclinación insana por el sufrimiento y la dificultad. Cansado de dar y no recibir, de esmerarme, de ser maravilloso, magnífico, especial, atractivo, sensible y simpático y todo lo que cualquiera puede marcar en el test de una revista sobre su futura pareja pero no quieran permanecer a mi lado durante un tiempo superior al necesario para solucionar sus neuras histéricas de adolescentes descerebrados que nunca maduraron lo suficiente como para percatarse de que relacionarse con las personas, hablar con ellas, mantener una amistad o un noviazgo no es un jueguecito infantil que se termina cuando suena la sirena que marca el fin del recreo.

Lo más frustrante es que yo no esperaba todo esto. Pensaba que las cosas irían de otra manera. Como suelo decir a menudo, esta no es la vida que me habían prometido. Quizás ha sido ése mi único error, mi torpeza, embarcarme en un vuelo suicida donde la única ley era la de mi corazón, ignorando que ahí fuera hay demasiada gente que carece de uno y que, si lo tienen, solucionan que es mucho mejor fingir que no existe para sobrevivir a costa de los que sí lo usan para marcar las pautas de su vida.

Y, a pesar de que por el tono de este post pueda parecer otra cosa, a pesar de mi decepción y mi escepticismo, mis ganas de vivir no caben en un blog. Cuando sueltas todo esto, quien te esté escuchando o leyendo tiende a pensar que estás amargado, pero no es eso. Yo tengo ganas, muchas ganas, de ilusionarme, de aprender, de escribir, de leer, de hablar por teléfono, de reír, de ganarme la vida haciendo algo con lo que me sienta a gusto, de tomar el sol, de perder el culo por alguien que merezca la pena, de quedar con amigos y emborracharme, de cantar de madrugada hasta quedarme afónico, de hacer fiestas y cenas en mi casa, de ver cómo a algunos de mis niños y niñas les salen las cosas bien o consiguen lo que se proponen. Tengo ganas de mirar a los techos de las habitaciones y sentir que estoy mirando el cielo, de abrazar a quienes lo merecen, de bromear, de tomarme una copa en un chiringuito en la playa. Pero son ganas de vivir bien, de relacionarme con seres adultos, consecuentes, inteligentes, que no utilicen el sufrimiento, el suyo propio y el de los otros, para dotar de sentido a sus actos. Para malvivir, mejor me encierro en casa y cultivo un huerto de coles de Bruselas y techos desdibujados por la antigüedad de los edificios y que todavía conservan remansos de esa paz que nos merecemos pero que nunca llegará porque somos muy torpes. No yo y unos pocos por creer en las leyes de su corazón, sino aquellos muchos que piensan que la ley es otra cosa que no tiene nada que ver con su calidad como seres humanos.

Posteado por: paperdeboat | Junio 4, 2008

El Índice Acusador

En nuestra sección de documentales a lo Nachonal Yografics, presentamos hoy, para deleite de todo el mundo virtual, un documento en exclusiva sobre tribus urbanas. Hoy tenemos al comercial vestido con camisa y pantalones de pinzas, repeinado hasta la saciedad, que sale de trabajar y no sabe qué hacer con su vida. Se encuentra cansado, hastiado (sí, sí, hastiado ;)), perplejo y encuentra que su vida tiene poco sentido. Pero entonces, entonces, ve la luz. Pero vayamos por partes y comencemos por preguntarnos ¿qué hacen los comerciales bien vestidos y repeinados como si la lengua de una vaca le hubieran lamido la cabeza cuando salen del tajo?

Chán, chán, chán….

Viernes cinco de la tarde. Un sol aplastante hace su aparición. Tres sujetos salen de un edificio amarillo con la mirada perdida y sonriendo como auténticos gilipollas: acaban de finalizar sus semanas laborales. Es como si hubieran dejado atrás el infierno durante un par de días. Se disponen a investigar la fauna urbana como es habitual en ellos (es como un segundo trabajo, pero mucho más gratificante). Se montan (no, los unos sobre los otros no, que hay que desfogar, pero no a esos niveles) en un automóvil y viajan rumbo al país de la Piruleta de Fresa entre sollozos de júbilo (ni en Viven, oigan).

Viernes cinco y media de la tarde. Los sujetos se encuentran dentro del automóvil en pleno embotellamiento. Hay uno de ellos que se dedica a estudiar si hay algún conductor que esté bueno… para alegrarse la vista y eso. ¿Qué? Eso también es hacer documentales sobre la fauna urbana. Y, además, nunca ha ligado en un atasco y es una de esas cosas que se tienen que hacer una vez en la vida, como lo de plantar a un niño, escribir en un árbol y tener un libro (¿no era así?). A tenor de la poco generosa que ha sido la naturaleza con los conductores del embotellamiento, el sujeto se dedica, pura y básicamente, a desarrollar ese estupendo deporte de criticar. Y, además, con saña y cinismo. Vaaaaale, ese sujeto era yo. Pero la Ballantines y el Argentino me seguían el rollo, qué conste (a ver, que aquí todo el mundo queda salpicado).

La Ballantines: -A ver, hay algo que no entiendo. ¿Por qué los tíos tienen por costumbre eso de meterse el dedo en la nariz cuando van conduciendo?

El sujeto Paper gira la cabeza para visualizar tan horrenda escena y encuentra que el individuo en cuestión con el dedo en la nariz se encuentra a su altura, a un par de metros (perfectamente visible para un miope sin gafas como yo).

Argentino y yo (al unísono, si es que estamos predestinados. Lástima que sea hetero, coñe): -Puafff, qué asco (sí, vale, la frase no es muy original y no es como si los dos hubiéramos dicho a la vez algo superextraño que indicara que estamos hechos el uno para el otro. Caída de nube, pataleta de niño pequeño -yo quiero que sea gay, yo quiero que sea gay- bofetada, basta).

El coche se pierde en el tumulto. Continuamos nuestra animada charla (despotricamos contra los canis, kinkis, burracos o merdellones. La Ballantines dice que si fuera presidenta del gobierno lo primero que haría sería matarlos a todos o encerrarlos en una zona vedada con sus coches tuneados. Aplausos, risas, votos, sueños de un mundo ideal, etecé). Al cabo de unos minutos, el mismo coche se detiene a nuestra altura. El individuo que tenía el dedo en la nariz había desistido de su maniobra de encontrar petróleo en sus fosas nasales y se había decidido por introducir el mismo dedo en la oreja. Hasta el fondo, oiga, que no se cortaba ni un pelo.

Ballantines: -Jooooder, ¡qué asco! Se creerá que está solo en la carretera o algo.

Yo: -Eeeem… ¿puede haber algo más asqueroso?

Y el coche vuelve a perderse en el tumulto. Minutos más tarde nos colocamos a la misma altura y descubrimos que el hombre había detenido su compleja maniobra en esa búsqueda incesante de su esencia más pura y… y… presenciamos el espectáculo más asqueroso que pueda imaginarse. Como respondiendo a mi pregunta en voz alta, el individuo comienza a hacer una pelotilla con el dedo índice y pulgar, redondeando perfectamente el objeto en sí hacia el que muestra especial cariño (después de todo, era parte de sí mismo) y, sujetándolo como si se tratara de una lentilla, levanta el brazo a cámara lenta del volante y… y… ¡se llevó la pelotilla a la boca! ¡¡¡¡¡¡¡A la boca!!!!!!! ¡¡Y a menos que llevara un pañuelo de papel escondido debajo de la lengua eso es asqueroso!! Agggggggggggggghhhhh, aggghhhhhhh. Gritos histéricos en el auto, suicidios en masa, uñas arañando caras, agggghhhhhhhhh….

Efectivamente el individuo se alimentó de su granulado de moco y cerumen dejándonos a los observadores perplejos (y con un mal cuerpo de narices, para qué engañarnos). Virgensantadelamorhermosocomoesposible. Porque existen muchas sustancias nutritivas en eso. Y porque en estos tiempos hay que reciclar, no se puede tirar nada a la basura. O, tal vez, consistía en un extraño ritual de apareamiento basado en introducir el dedo índice en diferentes agujeros del cuerpo hasta llegar a… esto… esperad que mire mis apuntes…

Vaya, resumiendo, que nunca le déis la mano a nadie que no sea de confianza. Nunca sabréis donde ha estado ese dedo que os roza unos segundos antes…

Un capítulo más de Nachonal Yografics: descubriendo las entrañas del ser humano con el dedo índice (sin comérnoslas, conste).

Posteado por: paperdeboat | Mayo 30, 2008

Los Techos de las Habitaciones

Los techos de las habitaciones esconden segundos conquistados al olvido, que se quedaron en la punta de la lengua y que se rozan intermitentemente con los labios, para recordarnos cuando miramos hacia arriba que incluso en las superficies y en los sabores con los que estamos altamente familiarizados podemos encontrar sorpresas (una mancha con forma de perro de lanas o un mosquito que se ha mudado a nuestro piso).

Los techos de las habitaciones son entradas de cine borradas por el paso del tiempo y cuyo texto no podemos descifrar, porque el transcurso de los sucesos ha transformado a las vocales y a las consonantes en jeroglíficos de significado incalculable.

Los techos de las habitaciones son lo más alto de las casas, hasta donde el humo del cigarro alcanza, estrellándose contra el blanco y tornándolo en amarillo, buscando escapar y llegar cada vez más alto. Son, por tanto, los límites del aire que expulsamos por la boca, el tope de los suspiros exhalados en vaharadas de aires procedentes del paisaje de invierno de nuestros corazones (porque en nuestros corazones también hay estaciones).

Los techos de las habitaciones coleccionan todo aquello que pudo ser y no fue y como tales son décimos de lotería pasados de fecha y sin premio abandonados en un cajón cuya única utilidad es recordarnos que hubo un tiempo en el que tuvimos ilusión, en el que soñamos con que todo fuera distinto, en el que nuestra mirada se perdió en el horizonte tratando de encontrar esperanza. Ellos mismos se transforman en horizontes que ofrecen respuestas a los desesperados que, desde abajo, tumbados en posición horizontal, pasean sus pupilas tratando de dotar de sentido a sus sentimientos.

Los techos de las habitaciones son todo eso que está por venir, la lágrima que se escapa lentamente de unos ojos tan rasgados como la sonrisa de un niño y que nos invita a pensar que todo está a punto de empezar. Cuántas cosas hay ahí fuera que vivir todavía. Cuántas cosas para ser contadas con palabras invisibles mirando fijamente a los techos de las habitaciones…

Los techos de las habitaciones son cielos de granito, yeso y otros materiales y se comparan con las vías lácteas porque se construyen con las estrellas que los recolectores de sueños toman en su camino, de vuelta a casa, cuando se disponen descansar bajo el improvisado universo de los techos y bailar un vals imaginario mediante el que saldar las deudas con su yo más niño. Sólo es cuestión de elegir las mejores estrellas, las más brillantes, y de dejarse invadir por la mejor música para bailar.

Con los pies en el suelo y el corazón rodeado de estrellas a modo de lámpara.

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