En los tiempos que corren se estila mucho decir lo de “tu problema es que siempre eliges al mismo tipo de chico” como motivo principal de que vayamos encadenando catástrofes emocionales. La moda, al menos en el caso de la gente que tengo más a mano, es conocer a un memo tras otro, cada cual más memo que el anterior (lo cual, bien pensado, tiene hasta mérito. Si conocieras a mis exs lo entenderías). A estos memos se les conoce en citas absolutamente surrealistas, con cierto parecido a escenas almodovarianas (ya sea por el vestuario, por los personajes o por los diálogos) y que, al final, desembocan en verdaderos desastres sentimentales. Es la tónica general. Lo raro es que alguien conozca a alguien, se enamoren sin más problemas y todo salga bien sin que Meg Ryan aparezca en alguna escena.
Normalmente, y es posible que a ti, querida lector, te haya pasado esto en algún momento, tras una de esas citas o tras conocer a algún idiota de nivel 9 en la escala de Richar (parecida a la de los terremotos) te hayas acercado a algún amigo y le hayas relatado con pelos y señales y dramatizando un poco (no nos engañemos, que lo del arte dramático nos encanta) lo que te ha ocurrido. “Mira, nene, mi cita fue patética. Me dijo esto, me soltó lo otro, besaba fatal, movía la lengua menos que un gato de escayola”, esas cosas. Se lo cuentas y cuando te quedas callado, esperando algún tipo de comprensión (juas) o unas palabras de aliento, a veces ni siquiera eso porque te basta con que te escuchen y se rían contigo, tu amigo va y te suelta:
-El problema lo tienes tú, que es que siempre eliges al mismo tipo de chico.
Tomaaa… Pues ya la hemos cagado. Coño, que la culpa es tuya… Pero analicemos el asunto pormenorizadamente: resulta que en los últimos años de tu vida has conocido a una serie de tipos; doce, cincuenta, cien, quinientos, da lo mismo. La cosa es que has conocido a varios tipos, en muy diversas circunstancias. Tipos diferentes entre sí (si has conocido al mismo tipo cincuenta veces es que eres un poco tonta). Y a pesar de que tú intentaste que todo fuera normal, como en la tele, tener citas de cena, copa y puro… que diga… cama, no lo lograste porque la inmensa mayoría de ellos se comportaban como auténticos cenutrios unineuronales que la cagaban incluso en la primera frase que soltaban por la boca. Bien. Has tenido que soportar citas imposibles y conversaciones que rayaban lo demente, que critiquen tu físico, que te hablen de sus exs durante hora y media, que te cuenten su vida como si tú fueras su psicólogo particular, que te falten al respeto llamándote cosas como Nicaragua, cactus o kinder sorpresa sin sorpresa, que jueguen con tu interés, que insulten tu inteligencia utilizando excusas rebuscadísimas del palo “jo, tío, es que me da miedo quedar contigo para tomar un café (un triste café, la virgen, ni una cena, ni siquiera un happy meal del Maridonalds) porque me han hecho mucho daño en la vida” (sólo a él, a nadie más le han hecho daño), y justo cuando vas y le relatas a ese tío que dice que es amigo tuyo lo que te pasa y que estás hasta las bolas chinas del mundo de las relaciones, te suelta que el problema lo tienes tú, que es que siempre eliges al mismo tipo de hombre. Tócate los huevos, Manuel. Como si tú los fueras seleccionando en plan casting mediante complicadísimas pruebas psicotécnicas y decidieras quedarte con los más perjudicados.
Yo no digo, querida lector, que no haya personas en el mundo que tengan un problema patológico diagnosticable y que tengan tendencia a elegir parejas que reúnan las mismas características con el fin de superar conflictos no resueltos de la infancia. Hay, incluso, quiénes sabotean sus posibles relaciones de antemano. Pero resulta que no es tu caso. O sí, pero desde luego tu amigo no es descendiente de Freud ni te escucha tanto como para establecer un diagnóstico tan claro y tan inamovible. Joder, que yo sé que la nota de corte para estudiar psicología está bajita, pero dudo mucho yo que todas las personas que dicen algo así hayan ido a la universidad y se hayan sacado esa carrera de cuatro o cinco años. Que vamos por ahí diagnosticando problemas mentales con la misma facilidad con la que nos cambiamos de bragas.
Lo típico es que esto lo diga el amigo ya emparejado, el que tiene una relación de pareja más o menos asentada (de un año o más). Lo dice además con cierta prepotencia, como si él o ella hubiera llegado a la meta de tener pareja antes que tú y sólo por eso fuera más listo o te llevara ventaja. El muy memo / la muy mema ignora que lo de tener pareja es algo circunstancial y efímero: hoy la tienes, mañana no. Y Dior me libre de desear profunda y desaforadamente que la última persona que me dijo el consabido “eliges siempre al mismo tipo de chicos” termine rompiendo su relación y sumergiéndose de nuevo en el maravilloso y fantástico mundo de las relaciones interpersonales, teniendo que conocer gente y más gente hasta dar con alguien que merezca la pena. No, no, yo no soy tan malvado.
La cosa es que la persona que te dice esto, lo hace en tono condescendiente, como si ya tuviera el área emocional y afectiva resuelta de por vida y como si asumiera que la persona que ha elegido es la adecuada y no le va a dar nunca un problema; y en el caso de que lo sea, de que su pareja sea estupenda y maravillosa y, por consiguiente, tenga que darse con un canto en los dientes por haberla encontrado, habla como si olvidara la cantidad de gilipollas e imbéciles que tuvo que pasarse por la piedra antes de que llegara él o ella a llenar su vida de flores, mariposas, arco iris y plastilina (nadie llega y besa al santo). Casualidades de la vida, cuando era tu amigo el que conocía un idiota tras otro, eras tú el que le escuchaba paciente y atentamente, como si no estuvieran poniendo nada bueno en la tele.
Lo que más gracia me hace de este discurso simplista y absolutamente demagogo es que aboga por la culpabilización de la víctima. Es decir, tú que te expones a aguantar a ciento cincuenta subnormales con el objetivo de conocer gente y comprobar si alguno te llena lo suficiente para tener una relación, eres el culpable (pues claro, quédate en tu casa plantando nabos, sin conocer a nadie, y ya verás cómo estas cosas no te pasan). El problema lo tienes tú. No es culpa de que impere un tipo de relación basado en el utilitarismo y en la superficialidad. No es culpa de que la gente, así, en general, tenga menos autoestima que una polla de plástico y proyecte sus inseguridades y miedos en los demás esperando resolver sus muy diversas y variadas pajas mentales. Tampoco es culpa de que en los tiempos que corren, con el panorama económico, social y laboral que hay nadie tenga la menor idea de lo que quiere hacer con su vida y eso afecte a la estabilidad mental y al equilibrio emocional. No, querida lector, la culpa es tuya que con el dedo índice seleccionas a los tipos más desequilibrados de la especie mariquitusa para conocerles y que hagan que tu vida se parezca mucho a un cuadro de Dalí. Tambiés es mala pata. Y qué buen ojo tienes, jodío’, que no te equivocas nunca eligiendo a uno medianamente normal; con problemas mentales sí, como todo el mundo, pero que no los pague contigo ni crea que eres su psicólogo particular.
Parece difícil de creer, pero el personal está fatal de los nervios, el mercado de la carne está malísimo y el hecho de que no llegues a encajar con ninguna persona a tu alrededor y que todos tus amagos de relaciones terminen frustrándose no se debe a que tengas tendencia a elegir al mismo tipo de chicos, no; se debe a que la cosa está muy malita, a que todos estamos desquiciados y a que es muy difícil que las cosas cuajen.
Así que cuando tu amigo te diga que el problema es tuyo, que siempre eliges al mismo tipo de hombres, contéstale que él sí que tiene un problema, que deje de utilizar la gomina más barata del Supersol, que le está llegando al cerebro y le está atrofiando sus dos neuronas.
Leñe.
[HOOVERPHONIC - You Hurt Me]