Dentro de nosotros habita alguien más pequeño, un desdoblamiento en miniatura de nosotros mismos que no tiene nada que ver con lo que los otros ven desde el exterior, con la cápsula que le envuelve. Este alter ego nos ordena que nos movamos en un sentido u otro o realicemos ciertas acciones siguiendo su dictado. A veces la petición se hace de manera formal, el pequeño ser que habita dentro de nosotros nos pide algo y lo hacemos sin más. Otras se trata de una exigencia, de un grito salvaje y desaforado porque la cápsula se encuentra distraída, embebida en otros asuntos y no presta la suficiente atención a lo que bulle dentro de sí.
Las postales son como las personas. Por fuera, el envoltorio en el que se recogen, muestran países, lugares, estatuas, fachadas de edificios, calles sin nombre y nombres sin calle, cielos coloridos, imágenes evocadoras y fotografías realizadas en perspectiva para engrandecer o embellecer el lugar en sí mismo, disimulando la podredumbre de las esquinas o el deterioro de los empedrados. Las venden en las tiendas, igual que se expone la ropa en los escaparates, con el fin de que los turistas paseantes, envueltos en la magia de los sitios desconocidos, se decidan a hacerse con un recuerdo o a compartir ese momento de sus vidas con otros que no se encuentran con ellos, que a kilómetros de distancia los piensan y los imaginarán en el lugar concreto o frente a la estatua inmortalizada en la imagen, portando rostros adornados mediante una abierta sonrisa.
Sin embargo, las postales, de apariencia plana, también tienen un interior, que se corresponde con su reverso. Allí detrás, en color cartón se encuentra el interior inmaculado. Algunas traen ya los huecos correspondientes para ser rellenados. Las líneas de la dirección y el cuadrado del sello como guía para el emisario y la descripción de la imagen, lo que muestra, un pie de foto conciso, como guía para el destinatario. El turista que la compra debe agarrar un bolígrafo de tinta de sueños y escribir lo que su interior le ordena, el pequeño ser que habita dentro de él y al que da esquinazo cada vez que puede. Una vez que el comprador le da la vuelta a la postal para escribir en su reverso se enfrenta al blanco, al horror vacui, al miedo a lo desconocido y encuentra que su otro yo, el más pequeño, está mejor habilitado para desarrollar la tarea. Interior que pide interior, blanco que exige ser manchado de sensaciones, sentimientos y sueños entremezclados en la magia de los textos escritos a mano y que tan bien evocan la pureza de lo esencial.
Las postales, como las personas, son mundos paralelos visibles y susceptibles de ser juzgados a simple vista. Es una buena foto, es un sitio bonito, es un símbolo de la ciudad, son algunas de las frases que pueden escaparse de los labios de aquellos que las observan sin más y juzgan su exterior. Sin embargo, sólo algunos pocos tendrán la enorme fortuna de voltear una postal y encontrar que su interior es mucho más rico y maravilloso, que las letras dibujadas con la tinta de los sueños de quien las ha escrito se hace legendaria, sabe a pergamino antiguo mezclándose con el olor del café haciéndose por la mañana. Puede que, incluso, cuando les den la vuelta para volver a ver su portada, la imagen que recogen, sepan apreciarla de otro modo y encuentren detalles que antes habían pasado desapercibidos y que, de repente, cobran un sentido revelador. Lo conseguirán mirando fijamente, sin despegar los ojos del rectángulo y recorriendo mentalmente la trayectoria de la postal a través de un mapa recreado por la geografía de la fantasía hasta llegar a sus manos.
Pero habrá postales que sean escritas, enviadas y mataselladas hasta encontrar su destino y que nunca sean dadas la vuelta por sus receptores, quienes tienen motivos para no ir más allá. Algunas de las postales que envíes se perderán por el camino y no cumplirán su cometido. Mientras otras nunca serán descifradas porque hay letras más inclinadas y menos nítidas, más complicadas de descifrar.
Las personas somos como las postales. Tardamos algún tiempo en escribirnos y añadimos una palabra por cada experiencia que nos marca. Cuando ya tenemos un par de frases escritas, viajamos de un sitio a otro con la marca de nuestras raíces en el matasellos y nos constituimos como envoltorios perfectos listos para encontrar a alguien digno de descubrir y entender la verdadera esencia que se encuentra al otro lado, en el reverso, en el par de frases que resguardamos.