Los techos de las habitaciones esconden segundos conquistados al olvido, que se quedaron en la punta de la lengua y que se rozan intermitentemente con los labios, para recordarnos cuando miramos hacia arriba que incluso en las superficies y en los sabores con los que estamos altamente familiarizados podemos encontrar sorpresas (una mancha con forma de perro de lanas o un mosquito que se ha mudado a nuestro piso).
Los techos de las habitaciones son entradas de cine borradas por el paso del tiempo y cuyo texto no podemos descifrar, porque el transcurso de los sucesos ha transformado a las vocales y a las consonantes en jeroglíficos de significado incalculable.
Los techos de las habitaciones son lo más alto de las casas, hasta donde el humo del cigarro alcanza, estrellándose contra el blanco y tornándolo en amarillo, buscando escapar y llegar cada vez más alto. Son, por tanto, los límites del aire que expulsamos por la boca, el tope de los suspiros exhalados en vaharadas de aires procedentes del paisaje de invierno de nuestros corazones (porque en nuestros corazones también hay estaciones).
Los techos de las habitaciones coleccionan todo aquello que pudo ser y no fue y como tales son décimos de lotería pasados de fecha y sin premio abandonados en un cajón cuya única utilidad es recordarnos que hubo un tiempo en el que tuvimos ilusión, en el que soñamos con que todo fuera distinto, en el que nuestra mirada se perdió en el horizonte tratando de encontrar esperanza. Ellos mismos se transforman en horizontes que ofrecen respuestas a los desesperados que, desde abajo, tumbados en posición horizontal, pasean sus pupilas tratando de dotar de sentido a sus sentimientos.
Los techos de las habitaciones son todo eso que está por venir, la lágrima que se escapa lentamente de unos ojos tan rasgados como la sonrisa de un niño y que nos invita a pensar que todo está a punto de empezar. Cuántas cosas hay ahí fuera que vivir todavía. Cuántas cosas para ser contadas con palabras invisibles mirando fijamente a los techos de las habitaciones…
Los techos de las habitaciones son cielos de granito, yeso y otros materiales y se comparan con las vías lácteas porque se construyen con las estrellas que los recolectores de sueños toman en su camino, de vuelta a casa, cuando se disponen descansar bajo el improvisado universo de los techos y bailar un vals imaginario mediante el que saldar las deudas con su yo más niño. Sólo es cuestión de elegir las mejores estrellas, las más brillantes, y de dejarse invadir por la mejor música para bailar.
Con los pies en el suelo y el corazón rodeado de estrellas a modo de lámpara.