Decía la Etxebarria en aquel ensayo – libro aspirina titulado “Ya no sufro por amor” que las personas que crecen en un entorno del que no extraen el afecto fácilmente terminan acostumbrándose a desarrollar ciertas pautas para conseguir dicho afecto. Dicho de otro modo, si mamá, papá, el tito, la tita y, consecuentemente, tus hermanitos eran más fríos que un témpano de hielo y para obtener algo de su atención, cariño, y valoración tenías que hacer piruetas y cantar la última de Camela haciendo el pino con un bollicao en la boca, cuando creces resulta que has aceptado esta fórmula como válida para establecer tus propias relaciones. Y es aquí donde te crees que es justo y necesario que tengas que esforzarte al máximo sólo para conseguir que las personas que te rodean te demuestren cariño, aprecio, afecto y atención.
De hecho, esta base es la propicia para esos estupendos vampiros emocionales que se aprovechan de este tipo de incautos que, además, terminan justificándolos y creyendo que esa maldad, esa estrategia para obtener lo que desean a cambio de una ínfima muestra de afecto, no es tal. Ellos han crecido viviendo sus relaciones de ese modo, se les ha enseñado que así es como funciona, de manera que no encuentran fallo alguno en el sistema. Si papá, mamá y hasta tus hermanos eran más fríos que un casquete polar y pasaban de ti, ¿cómo vas a pensar que es malo? Nooo, terminas reproduciendo las mismas pautas que te dieron resultados. No hay que decir que esto tiene mucho que ver en las llamadas relaciones de poder y de dependencia emocional, y es que algunos son caldo de cultivo para constituirse como la parte sumisa de ellas debido a estas carencias afectivas. En la posición contraria, la del dominante, la idea sería, más o menos: si encuentras a alguien que está dispuesto a esforzarse por conseguir que le hagas caso, ¿por qué no explotarlo? Podemos con ello subirnos la moral, sentirnos superiores al tener a alguien implorándonos afecto y a nuestra merced y creernos un poco menos miserables al ser dominantes respecto a alguien emocionalmente débil que sólo necesita un poco de atención.
La búsqueda del afecto por parte de estas personas, en mayor o menor medida dependientes, se convierte en una constante que no tiene fin, que no encuentra alivio más que cuando consiguen algunas dosis del mismo. Además, esta forma de obtenerlo recibe el refuerzo apropiado. Es decir: si te esfuerzas lo suficiente (cuando la persona que lo da considera que te has humillado bastante) lo obtienes. De manera que cuando no lo obtienes tiendes a creer, lógicamente, que no te has esforzado lo suficiente. Se establece una relación proporcional entre esfuerzo y afecto, de manera que cuando no se consigue el afecto se tiende a pensar que hay una carencia de esfuerzo. Y terminas culpándote de que el de la moto no te haya dado un besito antes de despedirse y pensando qué narices has hecho mal para que no se haya producido el efecto recompensa. De igual manera que los castigos supuestamente destierran conductas inapropiadas, las recompensas las refuerzan. Y por eso es tan peligroso el chantaje emocional que se le hace a muchos niños cuando se les dice que si no se portan bien mamá no les querrá o que no valen para nada en la vida. Ellos terminan interiorizando que para conseguir que se les quiera tendrán que hacer una determinada lista de actividades, como si el amor, el sentimiento afectivo, dependiera de un comportamiento o de que uno sea servicial y haga los deberes. Quizás, lo más triste es que esto se instaura y se extiende en la mente del niño para siempre, culpándose de sus fracasos sentimentales de por vida y de todo lo que sucede alrededor, siendo incapaz de ver la verdadera responsabilidad que las otras personas implicadas en sus relaciones (sean familiares, amistosas o conyugales) tienen en el asunto.
No he hecho un estudio, pero creo que conozco a una cantidad suficiente de gente para afirmar que es un comportamiento más que extendido y que se traduce en una tendencia hacia la dificultad en las relaciones (de pareja, sobre todo). Por alguna extraña razón que yo desconocía (hasta que he atado cabos y he caído en la cuenta al acordarme de ese libro), he encontrado a muchos hombres y mujeres que se empeñan en decir que si sus relaciones no son difíciles, pedregosas y pesadas no les encuentran aliciente. El consabido: “es que cuando todo es muy sencillo pierdo el interés”, que no deja de ser una contradicción en toda regla. Cuando se siente algo por alguien, en teoría, este sentimiento no depende de cuánto cueste que ese alguien nos corresponda. Y si así es, si esa persona nos gusta, precisamente, por ser inaccesible, tal vez deberíamos plantearnos que tenemos un problema. ¿Se supone que debemos sufrir por alguien? ¿Si no la cosa no tiene gracia? ¿Hay que arrastrarse, pelearse, humillarse, luchar y todas esas palabras que indican un esfuerzo superior en cuanto a algo que debería ser muy sencillo (me gustas, si te gusto guay si no tira pa un lao que yo tiro pa el otro y ya está)?
De hecho, algunas de los amagos de relaciones que he tenido a lo largo de mi vida se terminaron mediante frases tan enrevesadas como ciertas. Algunas a tener en cuenta fueron: “Es que contigo todo es muy fácil y yo necesito algo más… más…” (el sujeto ni siquiera pudo terminar la frase consciente de su sinsentido. Pero estaba diciendo que el hecho de que conmigo todo fuera fácil era malo de por sí) o “Yo no me enamoro de las buenas personas”, otra de las grandes perlas de toda mi vida que me dejaban bastante claro la forma de entender las relaciones del individuo.
La cuestión es que yo percibo cierta inclinación hacia el sufrimiento, a mantener relaciones difíciles, complicadas, problemáticas, llenas de altibajos por parte de muchos de mis conocidos. Y no, lo siento, nunca he compartido lo de “quien bien te quiere te hará llorar” ni lo de “Amor querido, amor reñido”. Soy más de García Márquez, de “nadie merece tus lágrimas y quien las merezca no te hará llorar”. Porque para bien y para mal yo he sido uno de los incautos que fueron incapaces de ver la maldad ajena y que justificaban comportamientos que pensaba normales y que me han hecho mucho mucho daño y cuyas consecuencias todavía sigo pagando. Me he enredado en relaciones sin sentido únicamente para probarme a mí mismo que con el suficiente esfuerzo podía obtener afecto de auténticos muros de cemento que no merecían ni mi tiempo, ni mi esfuerzo, ni mis lágrimas. Y a veces lo conseguía, pero no me sentía bien, sino abotargado y frustrado, porque el afecto que recibía no era fruto de un amor o un cariño sin más, sino una contrapartida interesada, como si estuviera recibiendo un sueldo emocional por un trabajo.
En las últimas semanas, me he dado cuenta de una verdad incuestionable e inamovible que me ha abierto los ojos en muchos sentidos. Me he percatado de que llevo toda mi vida esforzándome para que los demás me quieran, haciendo cosas por todo el mundo, partiéndome el alma para conseguir sustraer el afecto de algunos. Y me he dado cuenta de que la única raíz de mi frustración ha sido ésa. Por eso nunca me he sentido valorado, por eso me atribuyo los estrepitosos fracasos de mis relaciones y por eso me he pasado media vida sintiéndome responsable de todo eso que me ha sucedido, como si yo no pudiera estar a la altura suficiente para conseguir que alguien se enamore de mí y, simplemente, me quiera.
He llegado a la conclusión de que de ahora en adelante no pienso esforzarme ni un ápice por sentirme querido por los demás. Soy quien soy, hago las cosas que hago, tengo los defectos que tengo y también muchas virtudes para quien esté dispuesto a verlas. Pero no pienso hacer trabajo extra para conseguir el afecto de amigos, conocidos, parejas o familiares. Porque se supone que el amor es otra cosa, y el afecto que siento yo por ellos no depende de cuánto se esfuerzan por complacerme o de cuánto se prestan a que yo les humille, ni de lo serviciales y sumisos que son, ni de que afirmen con la cabeza a todo lo que yo digo sin contradecirme. Fui un incauto, pero ya he dejado de serlo y no pienso esforzarme más por conseguir que me quieran. Quien me conozca y aprenda a verme, que me quiera. Quien pretenda hacerme sentir culpable por ser como soy, que huya lejos de mí.
Es todo lo que deseo.
A todos los que consideran que para ganarse sus afectos hay que hacer una gymkhana y escalar el Everest y a aquellos que piensan que las relaciones deben ser difíciles para que les despierte el interés y que una persona que lo ponga fácil y claro no merece la pena, tanto a unos como a otros, les sugiero que hagan examen de conciencia, que de seguro les servirá para tomarse sus vidas de otra manera muy diferente.