En esta última semana, parece que todo el mundo me sonríe. Con esto no quiero decir que mi vida sea un camino de rosas interminable y que yo ande flotando sobre ellas cual pasalera Cibeles, sino que de algún modo extraño, cuando voy a comprar o cuando me cruzo con mis vecinos, estos parecen sonreírme más de lo habitual.
De hecho, el otro día acudí a una tienda y la dependienta, además de mirarme con una cara similar a la que tiene un entripado feliz, se empeñó en regalarme una alfombrilla para el ratón y un parasol para el coche. Así, espontáneamente, que yo no le pedí nada (ya ves tú, lo que a mí me iba a solucionar la vida la alfombrilla y el parasol. No soy de los que se vuelven loco por las cosas gratis, me suelen dar un poco igual). Pero es que ella estaba especialmente espléndida conmigo. Desconozco si es que tenía un día agradable, si es que la noche anterior mojó, si es que había descubierto las barritas de Al-Brán o es que, sencillamente, era así de estupenda con todo el mundo, pero cuando salí de allí y me dirigí al banco y a la renfe y otras dos mujeres me atendieron con la misma cara de felicidad y amabilidad y haciéndome favores y descuentos llegué a la conclusión de que algo tenía que ver mi cara de idiota en todo este absurdo mundo de la piruleta que espontáneamente se había desarrollado a mi paso.
A ver, que normalmente se me mira con cara de asco es un hecho. Que hay personas que ni te miran a la cara para atenderte en una tienda, banco, quiosco, etecé también. Que cuando los dependientes de alguna tienda de ropa me tratan igual de mal mientras al muscoloco de al lado le hacen ojitos no debe ser pasado por alto (y anda que no me da coraje ni nada. Que el musculoco tendrá mucho cuerpo y mucho tiempo libre para pasarse media vida en el gimnasio, pero mi dinero y mi educación se merecen el mismo buen trato). Que yo lo entiendo, que no digo que no, que la vida es muy estresante, que los trabajos son una mierda, que puede que el sujeto tenga un día malo de cojones y le apetezca tanto sonreír como hacerse monje budista. Que un teleoperador está hasta las narices de los usuarios tocapelotas que no saben hacer la o con un canuto, que el dependiente de una tienda está hasta el alma de aguantar a gilipollas que lo marean y luego se marchan sin comprar nada y que el quiosquero está pensando en reservarse el derecho de admisión porque los niños se pasan media hora decidiendo las cuatro gominolas que quieren y gastarse veinte o treinta céntimos. Lo que ocurre es que yo soy muy rarito y no le tolero borderías ni a mi padre, y mucho menos sin motivo, ya sea porque me afectan o ya sea porque me indignan lo indecible.
Sin embargo, cuando ocurre esto, cuando me sueltan alguna fresca o me miran con una mala cara que ya quisiera Risto, se produce una reacción muy extraña en mí. Inesperada a todas luces, teniendo en cuenta que yo también puedo ser un borde estupendo y que cinismo e ironía no me falta (y esto es un hecho probado, que algunas veces me he quedado a gusto soltando barbaridades por la boca). He desarrollado una nueva técnica defensiva muy similar a la sonrisa terapeútica que Bizcochito dibujaba en su rostro en Ally McBeal cuando alguien se burlaba de él agresivamente. Cuando ocurre esto, yo me vuelvo extrasimpático. Y no, no lo hago porque me produzca placer el pequeño maltrato cotidiano (de hecho, por dentro, puedo estar acordándome de la madre del sujeto en cuestión y no en términos positivos precisamente), sino porque en mí se da lo que yo llamo el efecto “bofetada sin manos”. Si tú eres borde conmigo porque se te haya enconado un pelo de váyase usted a saber donde, yo te muestro mi sonrisa más abierta y soy extrasimpático porque sí, porque yo lo valgo, porque paso de que me jodas el día con tus desequilibrios emocionales y para que veas que a pesar de que yo también puedo tener el peor día del mundo (y tú sin saberlo) soy tan educado y madurisísimo que no pienso situarme a tu nivel, sentirme atacado, victimizarme y devolvértela. Esto, que parece una tontería e incluso hay algún lector que piensa que es una gilipollez, suele dar mucho mejores resultados que responder a la provocación y justificar la ira o la explosión violenta verbal del individuo, porque ante la sonrisa y el buen trato suele aparecer en el brillo de sus ojos un pequeño atisbo de culpabilidad que, ciertamente, me produce más satisfacción que el soltarle una buena fresca como respuesta. El otro día, sin ir más lejos, un camarero estresado me soltó una bordería porque le extendía mi billete para que se cobrara silenciosamente antes incluso de que me hubiera servido el par de copas que le había pedido. Él interpretó que le estaba agobiando a lo que yo respondí amablemente que mi intención era que se cobrara de camino hacia la caja, situada justo debajo de las bebidas que yo había pedido y, así, ahorrarle un viaje y aligerar. Este hombre, consciente de que se había pasado con su mala contestación, tono y mirada de estreñido, me miró sonriendo torpemente, me cargó los cubatas más de lo debido y me dio unas gracias que casi parecía que le había salvado la vida o que le había regalado un piso de protección oficial. Y qué queréis que os diga, yo me sentí bastante bien, porque haberlo mandado a la mierda habría solucionado más bien poco la noche (y además quiero volver a ese sitio sin preocuparme de que me hayan escupido en la bebida o hayan relamido los hielos antes de ponérmelos en el vaso, que uno ya conoce ciertas técnicas hosteleras. Es lo que tiene haber tenido un novio camarero durante cinco años. Camarero y con muy mala leche, todo hay que decirlo).
Porque se consigue más de la gente por las buenas que por las malas. Y porque no me sale de las narices ponerme de mal humor por alguien que ni me va ni me viene (vamos, que el camarero ni iba a ser el amor de mi vida, ni me iba a sacar de pobre, ni mi vida depende de él, ni mucho menos). Por eso en infinidad de ocasiones me invitan a copas en los sitios (por eso y porque soy muy guapo y tal, claro), me hacen descuentos y hasta me regalan cosas. Porque cuando tratan de agredirte la mejor manera de devolver el ataque es hacerle ver que no te importa lo más mínimo y poner esa sonrisa abierta de “va, venga, no te preocupes, que yo te perdono la vida y todos tan felices”.
A mí los bordes, que yo los domestico (a algunos más que a otros, clarostá, que tampoco es cuestión de aguantar carros y carretas).
Además, es tan divertido pasarse por el forro las borderías…