Uno de los grandes problemas de trabajar de cara al público es que uno tiene que sonreír a toda costa. Como dice el señor Goleman en su bestseller Inteligencia Emocional, tendemos a imitar las reacciones emocionales que expresan las personas que hay a nuestro alrededor. De esta manera, si al entrar en una tienda el dependiente nos sonríe abiertamente y hasta finge que se alegra de vernos (hasta parece que se pone jachondo), estaremos más tranquilos, más cómodos y más proclives a aflojar la guita y comprar. Técnicas de márketing y venta, que se llama.
Al fin y al cabo, nos guste o no, la psicología lo inunda todo.
Así, cuando uno trabaja en una tienda o atendiendo a la gente una de sus obligaciones no escritas en ningún contrato es sonreír todo el tiempo; como si fueras memo, como si te hubieran practicado una lobotomía, como si fueras mi ex cuando le hablaba el cerdo de su amigo al cual se tiró en cuanto lo dejamos… que digaaa, uy, perdón, que se me va el santo al infierno, sin yo estar ni resentido, ni perjudicado mentalmente, ni nada.
No te vayas a pensar que lo de sonreír todo el tiempo es cosa fácil. Parece que no, pero puede ser de lo más complicado. Para empezar, hay días en los que te apetece tanto sonreír como montarte un trío con Julián Muñoz y la Duquesa de Alba. Seamos sinceros: la vida moderna no contribuye a que sonriamos. El estrés, el tráfico, la mala alimentación, la bajada de defensas (te vuelves transparente y todo), la ingente proliferación de seres unineuronales, el paro, la existencia de Paulina Rubio (como siempre, un saludo afectuoso a todos los fans de Paulina. Mua), tu ex, mi ex, el de mi ex, los números rojos de la cuenta corriente, haberte acogido al celibato voluntariamente (ja, que te lo crees tú, mono, lo de voluntariamente es el rollo que cuentas, pero no cuela) y un larguísimo etcétera. Es para volverse loco. Y, encima, si eres mujer te viene la regla. Increíble. Total, que algunas mañanas te levantas de la cama y lo último que le apetece es sonreírle hasta al más subnormal que se te ponga por delante. Vamos, lo más filántropo que se te ocurre es subirte al campanario del pueblo con una escopeta de cañones recortados.
Pero es que, querido lector, aunque tengas un día bueno y te levantes la mar de a gustico, con una sonrisa de oreja a oreja, sintiendo que todo es maravilloso y canturreando el Todo irá bien de la Chenoa (por supuesto, esto sin drojas), hay un ligero inconveniente, un detalle sin importancia, nada, una minucia; por si todavía no te has dado cuenta, vivimos en un mundo de tocapelotas.
Es así; el ser humano es vil y despreciable, un tocapelotas para el hombre y disfruta haciéndole la puñeta a sus semejantes. Hay personas que no soportan que otro esté contento y hacen lo posible y lo imposible para tocarle las pelotas salvajemente. Y si tu trabajo se lleva a cabo en la esquina de una oficina donde nadie te habla y sin contacto humano, estás de enhorabuena: precisamente por eso, te expones menos a que el resto de la humanidad se confabule para crearte una úlcera en el huevo izquierdo.
Pero imagina por un instante que eres dependiente. Pero no dependiente de una tienda de marca, de ropa cara o de ésas en las que lo que cuesta unos pendientes es el producto interior bruto de un país del Tercer Mundo; no. Imagina que eres dependiente de una tienda de barrio y que, por supuesto, tienes que sonreír como el que más. Imagina que todos los días tienes que enfrentarte a dinosaurios y dragones sin perder esa curvatura de imbécil de la cara. Si éste es tu caso, querido lector, te propongo lo más de lo más: un desdoblamiento de la personalidad. Sabemos que los psicólogos no lo recomiendan. Sabemos que algunos me acusarán de estar fomentando las neurosis de mis ya perturbados lectores. Pero también sabemos que estamos en tiempos de crisis (económica y, por supuesto, social) y que hay que sobrevivir. Por eso, para ti y sólo para ti, que estás hasta las narices de aguantar idiotas, imbéciles, tontolculos y personajillos de talante autoritario que pretenden destruir tu autoestima presentamos…
… la estudiada técnica de cagarte en los muertos del que tienes delante mientras le sonríes como si fueras mema.
Veamos en qué consiste con un ejemplo:
Situación: entra una señora en la tienda y empieza a mirar artículos de moda. Entonces toma lo más caro que hay en toda la tienda, te mira y te dice con desdén y desprecio:
Señora tocahuevos: —¿Esto vale lo que marca?
(No, señora, ese numerito de ahí indica la cantidad de subnormales que me han preguntado lo mismo desde que abrí esta mañana. Apuesto mi colección de pornografía a que usted esto no lo hace en el Corte Inglés)
Tu yo sonriente: —Efectivamente.
Señora tocahuevos: —Entonces, ¿cuesta lo que pone?
(No, me estaba quedando con usted todo este tiempo. Ya ve, uno que se aburre mucho aquí, todo el día tras el mostrador. Ahora, acláreme una cosa, ¿qué parte de efectivamente no ha entendido?).
Tu yo más sonriente: —Sí, eso es.
(Si quiere le hago un croquis).
Señora tocahuevos: —¡Pues qué caro!
(Qué, la educación nos la hemos dejado en casa para salir a comprar, ¿no? No, si caro es. Pero usted es fea de cojones y, mire usted, no voy yo por ahí diciéndoselo. Vamos, oiga, que es que no hay derecho, ya podía venir Brad Pitt a alegrarme el día y no usted a tocarme las bolas chinas porque no tenía nada mejor que hacer).
Tu yo más sonriente: —Ya ve usted. Pero los hay más baratitos. Los de allí son más asequibles.
Señora tocahuevos: —Pero es que a mí me gustan estos.
(Claro, nos ha jodido. Como tonta. Y a mí me gusta George Clooney, pero hay que ser realistas, cada uno tiene que ajustarse a sus recursos, señora).
Tu yo más sonriente: —Pues espérese usted a las rebajas a ver…
(Hija de Belcebú, maldita, cenutria).
Señora tocahuevos: —¿Y estos son los bolsos azules que tienes, los que se ven?
(No, dentro del culo tengo unos cuantos más. Es que como no tenemos almacén… Hay que hacer un poder. Por otro lado, ¿es que le parecen pocos los 345633455 modelos que hay expuestos? Si usted quiere le monto un Ikea de bolsos azules sólo para que elija uno; bien baratito, claro).
Entonces entra en escena el hijo de la señora, un criajo de unos siete años que estaba hasta el momento en la puerta, pero que entra para llamar la atención de su p… Esto… querida madre porque lo que Eduardito quiere es irse al parque y no estar allí (lógico), de modo que se pone a llamar la atención de su jod… santa madre; evidentemente, para ello el niño se pone a revolver todos esos objetos que tú tan pacientemente has colocado hace un rato. Su madre, aunque sabe que su hijo está haciendo de las suyas, ni se inmuta. Y mientras tanto, lo único que puedes hacer es sonreír como un memo.
Señora tocahuevos: —Eduardito, estate quieto.
Pero, admitámoslo, la señora ni lo mira. Su regañina impone menos respeto que el novio de Falete. Es más, Eduardito ni se ha enterado y sigue tocando y tocando. Hasta que uno de los artículos se le cae al suelo provocando un estruendo.
Señora tocahuevos: —¡Eduardito! ¡Yo te mato!
Tu yo más sonriente: —Qué majo Eduardito…
(Cago en los muertos de Eduardito…).
Y la señora se va y ni te pide disculpas ni te da las gracias ni nada (total, ¿para qué? Si ella piensa que ir detrás de su hijo colocando todo lo que él ha revuelto es tu obligación, que para eso te pagan). En otras circunstancias te habrías dado de cabezazos contra la pared o te habrías enzarzado en una discusión sin sentido para responder a las provocaciones de esa señora que te habría dejado un mal cuerpo de narices para el resto del día, pero gracias a la técnica de “sonrío mientras me cago en tus muertos” hemos frivolizado toda esa agresividad que nos producen las personas tocahuevos.
Y es que al final siempre es mejor reírte interiormente de todos esos matones que te rodean y no permitir que afecten a tu paz mental. Hagamos la postura del loto.
Y, sobre todo, hagamos palmicas a las cosas bonicas.
Porque al final, la felicidad no es más que una actitud.
[MICHAEL BUBLE - Haven't Met You Yet]
Ains, me recuerda a aquellos tiempos en los que trabajaba en un Mcdonalds y el Eduartdito de turno me escupía. Qué ricos los niños!!
Por: Tarn el Octubre 27, 2009
a las 1:29 am
Acabo de conocerte hoy googleando
Debo darte las gracias, me encanta lo que escribes.
Saludos.
Por: Pako el Octubre 30, 2009
a las 11:01 pm
creo que en el caso de una tienda de lujo, es cuando hay que despreciar constantemente al cliente…
yo sólo puedo hablar de Rebequita, cuando era monitor de tiempo libre, porque el resto de clientes, cuando aún trabajaba, estaban ya creciditos..
Por: ferendus el Noviembre 4, 2009
a las 10:29 pm