Todo lo que no suma, resta

Hace tiempo que quería escribir, pero dados mi enorme falta de tiempo y otros singulares avatares de mi existencia (cómo molo cuando me pongo profundo y digo palabras esdrújulas. Esto lo hago incluso cuando estoy borracho a altas horas de la madrugada. La señorita Kittywoo puede dar fe de este hecho) me ha sido humanamente imposible sentarme a escribir. Además de la falta de tiempo, hay demasiadas inseguridades bullendo en mí, inseguridades que se deben a los cambios que han acontecido y a los muchos que se avecinan. Es cierto, en el cambio está la evolución. Pero todo cambio conlleva intranquilidad y excitación; y en mi caso, ciertas dosis de inseguridad, como ya quedó reflejado en uno de los últimos textos que colgué, en el que hacía referencia directa a mi miedo irracional y paranoide a no estar a la altura. Cuando estoy inseguro nunca me gusta lo que escribo, independientemente de que sea lo mejor que he redactado nunca o pura bazofia (curiosamente, suele ser la misma cosa pero visto desde un prisma u otro). Aunque está claro que en este estado hiper y auto estigmatizante no debo escucharme demasiado a mí mismo.

El caso es que tenía ganas de escribir porque, sobre todo, tenía y tengo muchas ganas de quedarme en la gloria. Eso supone que voy a hacer eso que os encanta: criticar. Criticar es guay, lo sabemos todos. Cómo vamos a pasar por alto semejante actividad la mar de reconfortante y relajante. Yo siempre lo digo: a mí no me gusta criticar, el problema es que la gente me provoca. Es dirigir tu ira hacia el resto de la Humanidad, algo muy legítimo y que, además, se puede hacer de manera constructiva, con un afán de mejorar el mundo. El problema es que casi siempre suele hacerse de forma destructiva, ya que habitualmente forma parte de una estrategia de poder: te critico de manera destructiva, te hundo y caigo por encima de ti. Qué guay, tía, que bueno fue Hobbes cuando dijo aquello de que el hombre era un puto lobo para el hombre (seguramente la Historia se ha encargado de borrar la palabra puto, pero estoy seguro de que la dijo. No hay otra manera de aceptar y esgrimir una frase así si no es bajo una supina indignación).

Esto, lo de la crítica destructiva, es lo que hacen ciertas personas, que se dedican a hacer dudar a los demás de sí mismos con tal de alcanzar cierto bienestar. ¿No te lo crees? La gente hace eso: busca el bienestar propio a costa del mal ajeno. La cosa sería así: yo soy una mierda de persona, pero si tú te sientes peor, yo ya me veo mejor y eso, ¿sabes? Como que me siento menos chungo. Además, mira, te manipulo porque consigo distorsionarte el autoncepto y eso me pone el corazón contento, el corazón contento, lleno de alegría. Es como lo de salir rodeado de gente más fea que tú para sentirte más guapo.

Queridas y queridos, parece ser que hay hordas de seres cucarachiles que dicen ser humanos que no tienen otra cosa mejor que hacer que minar la autoestima ajena en favor de subirse la propia. Oigan, que ya está bien, que estoy hasta los cojones de que seres lamentables que ni siquiera se merecen el calificativo de humanos se aprovechen de la buena fe y de la buena predisposición de otras personas y los llamen de todo de manera encubierta, aporreándolos a través de una desmoralización constante y continuada acerca de sus características personales. Convertir cualidades e incluso características neutras en defectos, qué gran arte: qué mal te sienta esa ropa, qué mala cara tienes, qué mal color, qué coñazo de tío eres, qué pesado, qué idiota, qué mal eliges a tus amigos, qué mal eliges a tus parejas, qué desequilibrado estás, estás sobreactuando, eres un exagerado, eres peor persona que yo, eres un triste, hay que tomarse la vida con humor, qué mal vistes, qué gordo estás, qué manera más rara de comerte los cereales, qué promiscuo eres, nunca vas a ser feliz de esa manera, nunca nadie te va a querer, eres lo peor, eres un borde, no sé por qué te empeñas en hacerle la vida imposible a los demás con tus pamplinas… Joder, qué puto coñazo, dejadme vivir… Qué manera de desmoralizar, qué forma de atacar hasta el último detalle de las personas.

Luego está el que te insulta directamente. Normalmente, el que te llama mediocre hijo de puta no hace más que proyectarse a sí mismo y suele manejar en su ser un nivel extremo de mediocridad (el nivel de hijoputismo que se lo mida cada cual) que queda patente desde el mismo momento en que esboza dichas palabras; tanto más si semejante regalo en forma de insulto se dedica a alguien que haya sido, aunque sea de manera ligera y supérflua, un amigo o un novio tuyo. Es deprimente que alguien que dice quererte o haberte querido o apreciado te dedique una lindeza de este calibre sólo porque, de repente, ya no le interesas o ya no le bailas el agua (ya no puede sacar nada de ti. Los amigos son esas personas a las que puedes exprimir y de las que te puedes aprovechar. ¿Ah, no? Pues ve y cuéntaselo a la mitad de la población mundial, que parecen estar muy confundidos y eso, tía. Encima se cuentan historias para autojustificarse y todo, como si fuera lícito tratar a las personas como trozos de carne cuyo valor podemos estipular según el momento).

Por descontado, y en resumidas cuentas, baste decir que las personas que te quieren nunca, jamás, bajo ningún concepto, te hunden en la miseria y se regocijan en el hecho de hacerte daño. Ni siquiera cuando estás discutiendo con ellas. Cada vez más estoy a favor de que se conoce mucho más a una persona en las malas que en las buenas: en las buenas todo es maravilloso y fantástico y los pajarillos cantan subidos en arco iris. Pero en las malas, en los malos momentos, cuando las cosas se ponen feas o hay que afrontar un problema… ahí ya la cosa cambia. Y hay quienes ofrecen una cara distinta, cuasi de malvado de cuento. Si un individuo es capaz de alcanzar tal grado de malicia, aunque sea en una discusión, ¿qué no estará dejando para luego? ¿Qué no estará escondiendo en lo más profundo de su ser? Ah, no, yo no, lo siento, no quiero a estos individuos cerca. Prefiero pecar de ingenuo mil veces que desarrollar un malicioso y ofensivo sistema de supervivencia, que volverme un lobo para el hombre. Hobbes tenía razón, pero yo todavía creo que puede haber y hay personas que merecen la pena. Para mí eso del lobo es esencia humana corrupta y yo me defino como idealista exacerbado, de modo que no pienso encogerme de hombros y comulgar con ruedas de molino. Hace tiempo decidí que ya estaba bien de complicarme con medias noches habiendo noches enteras, de que yo lo quiero todo y siempre (entre otras cosas porque estoy dispuesto a ofrecerlo). Los grises que se sitúen a una distancia prudencial, orden de alejamiento. Sólo quiero a mi alrededor personas íntegras y de buen corazón. Todo lo demás no aporta, no dice nada, no suma. Y, como dice el título de este despropósito con forma textual, todo lo que no suma, resta. Así de sencillo.

La guerra encubierta

Los conflictos armados entre naciones nos horrorizan. Pero la guerra económica no es más benigna. Es como una intervención quirúrgica. Una guerra económica es una especie de tortura prolongada. Y sus estragos no son menos terroríficos que los descritos en la literatura sobre las guerras propiamente dichas. No pensamos en esa otra guerra porque estamos acostumbrados a sus efectos letales.

El movimiento antibelicista es sólido y rezo por que tenga éxito. Pero no puedo evitar sentir un temor lacerante: el de que ese movimiento fracasará si no llega a la raíz de todos los males, es decir, la codicia humana.

GANDHI.