Recuperemos este de hace un par de años (cómo se nota que no tengo tiempo pa’ escribir, leñe. Desde que me he vuelto un “maricón famoso”, como me llaman últimamente mis amigos…).
Y ya estamos en septiembre, ese mes en el que la estabilidad vuelve a nuestras vidas, las temperaturas bajan y comienzan nuevas etapas para muchos. Seguro que muchos de vosotros tenéis síndrome postvacacional (yo no sufro de eso, porque sigo de paraciones -paro asimilado como vacaciones) y otros os estáis echando a temblar porque está a punto de producirse lo que denominaríamos la vuelta al cole. Todo un foco de lindas neurosis cerebrales como consecuencia del estrés, la rutina y el hastío personal de muchos de tener que comenzar a vivir una vida (otra vez) que no les gusta en absoluto.
Sí, soy consciente de que muchos de mis lectores se habrán cortado las venas al finalizar el párrafo anterior. Pero esto es selección natural, sólo continúan los individuos más fuertes y capacitados de la especie. Los demás pueden incorporarse cuando vuelvan de llorar en el baño.
Septiembre es el mes de empezar a hacer cosas y de los cambios. Esto quiere decir que muchos optarán durante este mes por hacer cambios sustanciales en su vida (siempre quise decir esta frase así, a lo Esperanza Gracia), sobre todo a nivel profesional (estudios y trabajo) y a nivel de realización personal (cursos, actividades de ocio, gimnasios y promesas relacionadas con dietas, ejercicio y terapias de relajación). Todos sabemos cómo funcionan las leyes de mercado y, por eso, aprovechando nuestro estado anímico generalizado de “he de hacer algo con mi triste y patética vida” surge la época que todos conocemos como un bombardeo constante de colecciones y fascículos.
En primer lugar, y a la cabeza de todos por su repetición anual, tenemos los cursos de idiomas. Los más frecuentes son los de inglés, pero también están los de francés, italiano, ruso y alemán, que son los más populares. Yo me acuerdo de un año que en mi casa comimos algo en mal estado y mis hermanos y yo nos compramos el primer fascículo de los cinco cursos. Y no, no era porque pretendiéramos ser pentalingües (o como carajo se diga. Ah, sí, políglotos), seguir y comprarnos la colección entera, sino porque venían con una carpeta de tela azul marina la mar de mona. Aunque, también, he de reconocer que fardaba mucho tener un diccionario de ruso en la estantería de casa, a pesar de que éste sólo fuera de ruso-español. Tenía tanta utilidad como la baticao, pero como elemento decorativo cultural era estupendo (si alguien entraba en casa y lo veía, podría pensar “Hay que ver, qué cultos que son estos niños que hasta hablan ruso”). También recuerdo una época posterior en la que nos encontrábamos carpetas de tela azul marino por todos lados. Abrías una puerta, allí había una carpeta de tela. Mirabas debajo de la cama para comprobar que no había monstruos, monstruos no, pero allí había una carpeta de tela. Te asomabas a la ventana, allí había una carpeta de tela también. Abrías una caja de galletas, pues ahí estaba, otra carpeta de tela azul marino. Hasta en el plato de lentejas. Consecuencias, ya sabéis. Un día desaparecieron todas. Yo pregunté donde estaban, porque no las quería para nada, pero es lo que ocurre cuando algo está delante de tus narices todo el tiempo y pasas, hasta que desaparece y te da por creer que lo necesitas. La sonrisa de satisfacción de mi madre levantó mis sospechas. Seguramente serían los hijos del basurero los que ahora tendrían carpetas de tela en casa.
Otra temática de los cursos por fascículos es la de libros. En este país, que no nos leemos ni los prospectos de los medicamentos, no viene nada mal fomentar ese vicio de mentes perversas. Lo que ocurre es que las colecciones más frecuentes son las de “novelas cursis escritas por mujeres”, una muy en alza. Estas novelas, además de no aportar nada, son siempre las mismas. Yo creo que tienen un documento de word, cambian los nombres de los personajes, el título y la portada y hacen una colección. Un corta y pega para cambiar los párrafos de sitio y listo. Con lo cual… vamos, que para incitar este tipo de lectura, casi mejor es que nos dediquemos a leer los ingredientes de las ensaladas marca Mercadona.
Las colecciones que más gracia me hacen son las de “ten tu propia casa de muñecas victoriana”, “decora tu mini bar”, “colecciona botones de todos los tiempos” o “reúne los pelos de la nariz de los grandes dictadores”. ¿Alguien me explica qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué la gente colecciona estas cosas? ¿Hace sus vidas más fáciles? ¿No da un poco de mal rollo tener los pelos de la nariz de los dictadores en el salón de casa?
Lo bueno de los fascículos es que el primero es la mar de barato y todo el mundo lo compra. Por ejemplo, uno está viendo la tele sintiendo que su vida está vacía porque ha vuelto a la rutina laboral y ve un anuncio de “haz tu propio barco en maqueta. La primera pieza por sólo un leuro” y se dice a sí mismo: “mira, en lugar de ser un desgraciado y sentarme aquí a no hacer nada y permitir que los personajes del corazón me absorban el cerebro, tal vez debería hacer algo productivo”. Entonces se viste, se peina un poquillo (tampoco mucho, no os vayáis a pensar) y baja al quiosco a preguntar por la primera entrega de marras. El quiosquero te mira sonriente mientras piensa “otro que ha picao’. Mañana pido dos docenas más”. Te vas a tu casa la mar de feliz, enseñando el cartón enorme ése en el que lo presentan, que parece que te has comprado un escalestrix, cuando en verdad lo único que trae es un pequeño trozo del barco que no identificas y que se parece más a la parte superior de la dentadura postiza de tu abuela y un folleto enorme con fotos del barco de marras y otras paridas para convencerte de que te pilles la colección completa. Es decir, que tiras más a la basura de lo que te quedas (entre el cartón, el plástico, el embalaje de la pieza, la publicidad de otras colecciones de la misma empresa, una carta que le escribe el director a su mujer para decirle que le es infiel…). Mientras subes en el ascensor todo sonriente enseñando intencionadamente a tu vecino tu nueva adquisición, tú ya te estás viendo ahí, en la mesa del salón, montando un cacho barco en plan entretenido, que hasta te sientes manitas y todo, oyes. Y cuando abres el cartón te dicen: las siguientes piezas y fascículos cuestan 103’67 euros la unidad y te las vamos a mandar mensualmente (lo que en el idioma de esta gente quiere decir una vez cada vez que el tío del almacén se acuerde). Pero no te preocupes, que aquí tienes este teléfono, que es un 906 de nada, pero te informamos por sólo tres euros el segundo. Y te ponemos un profesor, tío, para que te diga por teléfono (que ya me dirás cómo carajo va a saber el problema que tienes si no ve cómo narices estás colocando las piezas) qué hacer y solucione tus dudas. Bien, esta pobre persona contratada como teleoperador por cuatro euros al día y que de repente ha recibido el título de profesor de montaje de maquetas, no sólo no tiene ni pajolera idea de cómo montar la maqueta de un barco, sino que además le interesa tanto como acostarse con María Patiño y tener cinco hijos con ella, así que mientras estés hablando se estará limando las uñas sujetando el auricular con el hombro (en el caso de que se tome la molestia de sujetar el auricular siquiera) y pensando en la lista de la compra.
Lo más probable es que ni siquiera te plantees seguir la colección y te preguntes por qué te ha dado por gastarte el leuro en tener ese cacho que supuestamente pertenece a la maqueta de un barco en casa que al final terminará en la basura por obra y gracia de Don Limpio. Y si lo haces y decides continuar, lo acabarás dejando y te preguntarás de qué ha servido comprar esos fascículos en lugar de haber ahorrado y haber renovado tu vestuario. Que no es que esto, lo de comprar como loco en el Zara, te vaya a hacer sentir mejor, pero al menos es consumismo como dios manda y no por correo.
Yo he picado un par de veces, si he de ser sincero. La primera vez, yo era bastante pequeño e ingenuo (como si ahora hubiera dejado de serlo), y compré un montón de fichas con características y fotos de animales raros de todos los continentes del mundo. Para lo único que me sirvieron fue para que mi madre se volviera majareta mientras limpiaba, pues se encontraba cada dos por tres la foto de un mosquito africano con bastante mala pinta o la de una hormiga gorda rojiza que a mí, personalmente, me daba muy mal rollo (que digo yo, con la de animales bonitos que hay…). Sí, y también para enseñarle la foto de la cucaracha gigante de América del Sur a mi hermana cuando estaba almorzando, decirle que medía casi un metro y ponerla de mala leche (uno, que era de un graciosete…). Más adelante, me hice con un curso completo de francés, con sus libros, sus casettes, sus diccionarios… creo que lo he empezado unas setecientas ochenta y cuatro veces y nunca he pasado del segundo libro y de decir “esqueusté” (ecouté) con el mismo tono de la voz impersonal ésa que sonaba por mis auriculares.
Eso sí, durante algún tiempo me sirvieron para sentir que estaba haciendo algo útil. Algo es algo.
Que por tan sólo un leuro la primera entrega ustedes rellenen bien los vacíos de su día a día.