Si algo ha debido quedar claro a mis queridos lectoras durante todo este tiempo, es que servidor está como un cencerro. De verdad. Cómo te lo cuento, mari. No se vayan a pensar que esto me pilla de nuevas. Qué va. Yo ya lo sabía. Incluso cuando era pequeño, edades tiernas e inocentes en las que me dedicaba a mirarle el paquete a mi profe de gimnasia (un salido saludo si me está leyendo: qué bien te sentaban los chandals, hijo, qué contenta debía estar tu mujer).
Yo digo que estoy majara por la sencilla razón de que hago diez mil millones de cosas. Todo me interesa, quiero aprenderlo todo, todo me estimula (no seáis guarros), todo me excita (que no seáis guarros, leñe). Soy capaz de apuntarme a un bombardeo. Me paso el día corriendo de un lado a otro, sin tiempo para nada. Un drama. Es que no me da tiempo ni de rascarme los huevos cuando de verdad me pican. No me veas, el derecho ya no me habla, dice que ya no me necesita, que quiere irse de casa del calzoncillo, y el izquierdo acaba de denunciarme por no hacerle ni caso. Los servicios huevales están a la vuelta de la esquina; te lo digo yo, que termino perdiendo la custodia. Menos mal que mi novio de vez en cuando me los cuida, como las abuelas que cuidan de sus nietos para que sus hijas puedan conciliar la vida laboral y familiar, ¿sabes?
Fueraparte (que es una expresión así muy estupenda que usan los kinkis de mi barrio), no es que yo me queje de la cantidad de cosas que tengo que hacer, puesto que las hago porque quiero, no por obligación. Para que nos entendamos, me embarco en todo tipo de proyectos, pero casi siempre por voluntad propia: que si la carrera, que si un curso de Fotografía, que si ahora me hago una beca por las mañanas de comunicación, que ahora me comprometo a pintar mandalas, que si me planteo hacer yoga porque… mira, niña, algo hay que hacer para relajarse y concentrarse y no ir por la calle con la mirada perdida, castañeteando los dientes y oyendo voces que te incitan a pegar a la gente o a quemar cosas… Total, que al final uno acaba teniendo una agenda más apretada que la de la Familia Real. O como dice mi amiga Ainos, más apretada que un dedo en el culo (aunque, depende, clarostá, del culo de cada cual. Vamos a dejarlo aquí porque sé que terminaremos hablando de agujeros negros. Espaciales, agujeros negros espaciales). Pero lo peor, lo más trágico, lo que haría que la mismísima Escarlata O’Hara apareciera en este blog con el dorso de la mano en la frente, es que a pesar de no tener ni un segundo del día libre, uno es pobre. Muy pobre. Sí. Muchísimo. Una barbaridad.
Y tú pensando que con esto de los libros y tal me estaba haciendo rico, ¿eh? No, hijo, no. Amor al arte.
O sea, un drama.
Porque mira, tía, yo no lo entiendo. Se supone que cuando uno no para en todo el día es porque está haciendo montones de cosas que, fundamentalmente, le dan dinero. Porque, a ver, que nos entendamos, es más importante ganar dinero que hacer un curso de macramé, por mucho que te guste el macramé. Imagínate, por un momento, que te quieres apuntar a un curso de untar mantequilla de cacahuete en pan de molde (es que ahora hay cursos de formación de toro, toro y toro) y te dicen que es por las mañanas y resulta que tú por las mañanas tienes que trabajar. ¿Qué pasa, que ahora vas a dejar de trabajar para hacer el cursito este? Pues claro que no. El dinero es el dinero, lo primero es lo primero. Sí, yo soy así, siento defraudaros, soy materialista. Me encantaría disponer de dinero a espuertas, aunque sólo fuera para darme la satisfacción de ir por la calle tirándolo tan ricamente, moviendo la boca y poniendo caras, como si estuviera en un videoclip. O, ya puestos, me encantaría tener montañas de dinero para no pasarme el día preocupándome de qué narices voy a hacer con mi vida cuando se me acabe lo poco que tengo ahorrado. Es que, de verdad, es una faena: uno no puede pensar en otra cosa. Haga lo que haga, se pasa el día entero escuchando una voz que dice: “¿y ahora qué, maricón, cómo vas a conseguir dinero para pagarte las copas y hacer gala de esas borracheras de las que vas presumiendo por ahí? Porque, es verdad, como uno no es guapo tendrá que presumir al menos de ser borracho. Pero el quid de la cuestión es que ser pobre no me deja ver el mundo con claridad ni concentrarme en mi arte (siempre he querido decir una frase así). Ergo yo me quejo no de tener demasiadas cosas que hacer, sino de no tener ni un duro, aun a pesar de que no paro.
No obstante, tengo que decir que yo hace mucho, mucho, mucho tiempo tenía un trabajo estable. Que sí, oye, que es verdad. Con contrato y todo. Ya, ya sé que os parece mentira, que se os ha quedado la boca seca y el ojete comprimido. Pero hace años yo estaba indefinido en una empresa y cobraba un sueldo fijo mensual. Esto tenía sus pros y sus contras.Verán ustedes, queridos lectoras, no era nada del otro mundo. Además se trataba de un trabajo absorbente: tenía que estar todo el día pringado y además debía tener un horario flexible: esta es la manera fina de decir que había días que en lugar de salir a las 7 de la tarde, que era mi hora estipulada, salía a las 10, a las 11 y hasta a las 12 de la noche. Esto es, no podía hacer ningún tipo de planes. Tenía una de esas vidas aburridas: del trabajo a casa y de casa al trabajo. Puede que los fines de semana hiciera algo de vida social, pero por lo general estaba tan cansado y la perspectiva del lunes siguiente, otro lunes igual, me resultaba tan desalentadora, que al final me deprimía. Vamos, que yo siempre he dicho que lo de estar cuerdo está sobrevalorado. Esa gente que a los treinta lo tiene ya todo clarísimo, la vida solucionada y no se comporta de vez en cuando como si le hubieran dado un ladrillazo en la cabeza dan muchísima pereza. Por eso un día se me junto el positivo con el negativo y dije que me piraba del curro (mazo guay).
En definitiva, que ahora me quejo mucho, que es verdad, que ser pobre es una mierda, que no tener tiempo es un agobio y todo eso, que se me va la olla apuntándome a todo lo que me sale sin organizarme y sin pensar siquiera en si dispongo de tiempo material o no; pero en el fondo, muy en el fondo, cada vez que me quejo me acuerdo de aquellos tiempos en los que me aburría como una ostra, en los que sentía que estaba tirando mi vida por el retrete, en los que albergaba la impresión que estaba desperdiciando mi tiempo, y me doy cuenta de que aquello no era lo que yo quería. Es verdad, tenía la vida medio resuelta y menos preocupaciones, pero era muchísimo más infeliz. Es posible que se deba a que me gusta ir de guay, ¿sabes? Sí. Eso dicen. Y a lo mejor es verdad. Va a ser que me gusta este rollo caótico. Ahora me gusta ir de bohemio. Porque puedo hacer tooodo lo que me dé la gana. Algo medianamente bueno debe derivarse de esta mierda de situación…
Eso sí, que sepáis que con este ritmo frenético de vida me voy a volver majarón perdido. Y mis huevos van a necesitar alguien en plenas facultades que los cuide.
Y ahora, ya sí, hago turmix por el foro, que me han dicho que dormir es bueno para el cutis.
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