Me acabo de quedar patidifuso al leer una noticia en El País. Resulta que el pasado fin de semana una mujer de fuera, de Suiza o algo así, estaba visitando la Alhambra y la detuvieron. No, no fue por ser suiza, ni siquiera por ser turista. La detuvieron porque la tipa se puso a grabar un corazón en una yesería del Cuarto Dorado de la Alhambra. Y es que, chica, el amor tiene estas cosas, que se reblandece el cerebro y pasa lo que pasa. La buena mujer debía estar tan enamoradísima de su marido/novio/amante/panadero/párroco de su barrio que decidió, así, a bote pronto, que su corazón debía ser tallado. Para ello no eligió un árbol de un parque o un banco de madera del paseo marítimo. Qué va. Eso se quedaba chico para la envergadura de esa inusitada pasión. Así que, supongo, digo yo, que se vio allí en medio de la majestuosidad de la Alhambra y se dijo a sí misma, en un momento de lucidez brillante, “¿por qué no, Milka (o como se llamara)?”.
Muy fuerte. Es como si mañana me voy yo a ver el Taj Majal y me llevo un espray para poner en plan graffiti “Carlitos was here”, porque sí, porque yo lo valgo.
El caso es que ella no ha sido la primera. Por lo visto, hace cosa de unos meses un señor que es militar y jordano andaba por allí mismo, por la Alhambra, y decidió así porque sí grabar sus iniciales y la fecha en una columna del Palacio de Carlos V.
La gente tiene aficiones rarísimas.
Que yo soy el primero que sabe que el ser humano es egocéntrico por excelencia y no sabe ver más allá de su ombligo, pero… coño. En mis tiempos de colegio había niños que ponían su nombre en todas las farolas del barrio con un rotulador permanente, pero de ahí a que lo hagan personas con los huevos negros y en monumentos históricos va un trecho. Yo que sé, tía, que tampoco hay que excederse, que los monumentos patrimonio de la Humanidad no son tablones de anuncios, que un día de estos vamos a ir a la Sagrada Familia y nos vamos a encontrar un escrito que diga “Me llamo Pepe y la chupo gratis. Llámame al…”, al estilo puerta de urinario de centro comercial. Aunque con esto de los recortes, no te digo yo que un día de estos nos tengamos que poner a chuparla por cantidades de dinero irrisorias.
Pero lo que más me ha llamado la atención es que, según parece, desde hace la tira de años han puesto un libro de firmas en la Alhambra para que la gente deje de intentar poner sus iniciales por todos sitios; en el siglo XIX, en el XIX nada menos, que la Duquesa de Alba debía ser joven y todo, estaban ya hasta el totete de que el personal intentara poner su nombre por todos los rincones. Que digo yo, que con la de problemas que había en el XIX… Aunque al menos en esos tiempos era más comprensible, porque no había internet, la gente tenía menos porno que ver música que bajarse perfiles de Facebook que cotillear diarios cristianos que leer y había que entretenerse. ¿Pero hoy en día?
No me extraña que el mundo entero se vaya a la mierda. Si es que somos memas totales…