La dedicatoria de Elena

La otra noche estábamos unos amigos y yo tomándonos unas coca colas y se organizó un trifostio de la hostia. Es que ni los de La Noria, oiga. Resulta que por ciencia infusa nos enzarzamos en un debate de agárrate los machos que vienen curvas acerca de algo que genera todo tipo de opiniones.

Por si alguien no se ha enterado, la otra noche fue la ceremonia de entrega de los Goya. Elena Anaya ganó el Goya a Mejor Actriz por su papel en “La piel que habito”, la controvertida peli de Almodóvar. Cuando esta muchacha subió a recoger el premio, entre otras muchas cosas, lo dedicó a su “amor”. Debemos entender por “amor” su novia, porque de sobra es sabido por todos que está con una mujer. El debate estaba en si Elena debería haber dicho claramente “le dedico este Goya a mi novia” o, por el contrario, ha quedado mucho más fino y más discreto que no haya especificado género mediante ese neutro “amor”.

Para empezar, Elena Anaya puede hacer básicamente lo que le salga del chichi y lo que nosotros opinemos son sólo eso, opiniones, porque ninguno de nosotros puede entrar o salir en la libertad de una persona. Ahora, eso sí, se puede opinar, porque uno se para a pensar en qué hubiera hecho en su lugar, en qué habría sido lo mejor.

Hay quienes opinan que Elena ha hecho muy bien porque hacerse cabeza de la causa lésbica podría acarrearle problemas en su carrera. Sinceramente, yo no conozco en demasía el mundo del cine, pero me da la impresión de que no estamos hablando de un sector en el que abunde el rancio abolengo y la discriminación por cuestiones tan mundanas como pasarte por la piedra a alguien del mismo sexo. No creo que Elena hubiera dejado de ser llamada para actuar en grandes películas por haber dicho que le dedicaba el premio a su novia, la verdad.

También hay quienes creen que precisamente la manera de normalizar es esta, no darle importancia al género. A mí este discurso, personalmente, me toca los cojones una barbaridad. Les voy a explicar por qué. Resulta que los maricones y las bolleras nos pasamos el día quejándonos de lo mal que está el mundo, de la poca visibilidad que tenemos, de que nadie nos hace caso, de que no se puede ir por la calle cogido de la mano de tu pareja sin que te señalen con el dedo y de que todavía hay quienes creen que besar a alguien de tu mismo sexo es algo repugnante hasta el punto de que se creen con todo el derecho del mundo de partirle la cara a esa persona e incluso algo más. Este es el mundo en el que vivimos.

Yo estoy completamente de acuerdo en que si realmente no hubiera discriminación y todos fuéramos iguales, el hecho de señalar  fervientemente que tienes como pareja a una persona del mismo sexo habría sido una tontería y precisamente ahí radicaría la anormalidad. Pero desgraciadamente este mundo dista mucho de regirse mediante los parámetros de la igualdad. Precisamente hace cinco minutos leía una noticia en la que se explicaba que un niño había sido rechazado de un colegio por tener unos padres maricas. Como ustedes comprenderán, a mí nadie puede decirme que vivamos precisamente en la panacea de la igualdad.

Con esto no quiero decir que todo el mundo tenga que ponerse en plan reivindicativo y que haya que comerse el hocico con un tío delante de una panda de skin heads. Pero la verdad es que teniendo una oportunidad como la que tuvo Elena, no es una cuestión baladí saber aprovecharla. El haber expresado que le dedicaba el premio a su novia habría supuesto una ruptura con ese talante políticamente correcto que a los homosexuales se nos obliga a tener ante la sociedad. La filosofía que se nos inculca es “tú haz lo que quieras, pero que yo no lo vea, ni si te ocurre contármelo”. La historia está en que todos debemos parecer heterosexualísimos para adaptarnos a la supuestamente aceptada identidad social heterochachi.

En el debate yo puse un ejemplo muy claro: imaginen por un momento que una niña ve a Elena Anaya dedicarle el premio a su novia. Tanto si es lesbiana como si es hetero, esa niña va a encajar en su sistema de valores que lo de tener como pareja a alguien de tu mismo sexo no es tan anormal como pensamos. ¿Y no es positivo eso? Si resulta que esa niña se siente alguna vez atraída por otras niñas, es probable que aminore su dolor, su sentimiento de rareza, al recordar que hay gente en la tele que habla libremente sobre esa atracción. Si por el contrario es heterosexual, es probable que encuentre que el hecho de que alguna de sus amigas sea lesbiana no es algo tan aberrante ni tan malo.

Todo esto no es que me lo esté sacando yo de la manga, se trata, ni más ni menos, de psicosociología. La realidad es que todo lo que ocurre a nuestro alrededor nos afecta y nos ayuda a conformar nuestro sistema de valores. La verdad es que todos podemos influir en todos en distinta medida. Lo cierto es que tenemos una responsabilidad social para con los que nos rodean. Así es que a veces podemos aprovechar determinadas oportunidades para hacer algo bueno. No se trata de llevar a las lesbianas a la liberación. No. Se trata de hacer algo por la construcción social de una realidad mejor. Sólo eso.

Por supuesto, nadie va a obligarte a ello. Pero para arreglar las cosas no sólo hay que quejarse. A veces se puede hacer algo más.

El ojo que te mira

Hay que ver el trabajo que me cuesta últimamente sentarme a escribir con la intención de publicar. Llevo como una hora empezando artículos y borrándolos al finalizar el primer párrafo porque nada de lo que me sale me convence o me congratula lo suficiente como para darle a “Publicar”. Dita sea, ¡he perdido la inspiración! ¡Las musas me han abandonado y toda esa mierda que se suele decir en estos casos!

Es difícil de expresar y de explicar. No me pasa todo el tiempo esto, qué va. Cuando me pongo a escribir sabiendo que lo que tengo entre manos es para mí mismo y nadie más va a tener la oportunidad de leerlo, me explayo y hasta me siento satisfecho con respecto a lo que va saliendo. Lo releo, me sonrío a mí mismo encantado de ser yo y de haberme conocido, me enciendo un puro y me pongo una copa de coñac, y me salgo en batín a la terraza a sentirme superior al resto de los mortales. Esas cosas que hacemos los escritores, ¿sabes? Pues eso.

Sin embargo, si me abro el editor de WordPress o el de UniversoGay y me pongo a teclear me atranco inevitablemente, como si el hecho de saber que lo que estoy vertiendo a través del texto va a ser expuesto a la vista de todos me cohibiera sobremanera. A todos nos da reparos enseñar nuestras vergüenzas, por eso no vamos bajándonos los pantalones a diestro y siniestro para enseñar la pilila (pilila, ha dicho pilila, jijiji). Sin ir más lejos, un amigo que va a publicar un libro en un par de días me contaba esta mañana que se sentía un poco nervioso ante la idea sempiterna que nos asalta a los autores de “qué pensarán cuando lean esto”, ese miedo al qué dirán y al cómo me juzgarán y esas ansias de gustar y recibir aprobación que todos sentimos.

Lo entiendo, tengo fichado ese sentimiento, pero la verdad es que a mí este miedo, este terror, aunque existía, antes no me paralizaba en la medida en que lo hace ahora.

Si lo pienso bien, esto es en parte normal. Publicar libros tiene, como todo, su lado bueno y su lado malo. Desde que el pasado septiembre “Entrada + Consumición” saliera a la venta no he dejado de recibir críticas por todas partes. La mayoría de ellas buenas, es verdad, algunas incluso extremadamente buenas, pero no dejan de ser opiniones, puntos de vista, la constatación palpable de que ahí hay alguien examinando lo que escribo o dejo de escribir. El ojo que te mira y que escruta y que no es más que algo que imaginas y que se convierte en una especie de demonio mental imposible de sortear según te pille el día.

Supongo que se me pasará, que tarde o temprano recuperaré el placer de sentarme frente al ordenador y dejarme llevar para contar lo que me dé la real gana, lo que me salga de las narices, sin pensar si lo que estoy escribiendo es demasiado triste o demasiado frívolo; si va a ofender a alguien, si queda de resentido o de llorica expresar algunas de las ideas que se me pasan por la cabeza; si es de mediocres hijos de puta o si es típico de un blog de marica amargada escribir sobre determinados temas. Y sin que me dé el momento drama de decir con lágrimas en los ojos eso de “¡¡¡Pues ya no escribo nunca más!!!”. Todos sabemos que es mentira, que es como eso que se dice cuando uno anda de resaca y afirma que no va a volver a probar el alcohol. Caaalaaaaaaaaaaaaro. Nunca más. Hasta el sábado siguiente, maja.

En fin, son etapas, épocas, tiempos de introspección en los que uno no tiene más remedio que replegarse para un día no muy lejano volver a expandirse y volver a bajarse los pantalones hasta los tobillos para enseñar lo que haya que enseñar. En cualquier momento lo hago. No me quitéis ojo.

Curiosidades

Es curioso que muchas personas se empeñen en recalcar que otros, entre los que por supuesto me incluyo yo, exigen demasiado a los demás, que son hipercríticos e intransigentes. Es curioso que sólo lo señalen cuando saben que han hecho las cosas como el culo y no les conviene que les juzguen, sino que les pasen la mano. Es curioso cómo la ley del embudo hace su aparición estelar cuando se trata de pedir a los demás algo que nosotros no sólo no estamos haciendo sino que ni siquiera se nos pasa por la cabeza hacer.

Por lo que parece, yo vengo de otro mundo. Un mundo en el que la amistad y las relaciones personales en general son algo sagrado que vale la pena cuidar por encima de todo. Un mundo en el que la empatía es un valor en alza y no un handicap o algo directamente insignificante cuyo término se utiliza para quedar bien. (Sabes, ¿no? El “yo soy taco de empático” que se queda exactamente en eso, en una afirmación estupendérrima que se suelta, así por las buenas y de vez en cuando, para parecer guays y prosociales y que los demás no piensen que somos unos majaderos egoístas). Y, encima, por lo visto, este mundo del que yo vengo en el que se respetan los sentimientos de los demás y no se trata a la gente como cachos de carne es malo.

Y es que resulta que en estos tiempos inciertos en los que sobrevivir es un arte, hay que relativizarlo absolutamente todo y la amistad no es más que una simple y mera funcionalidad, una suerte de arte instrumental que se cultiva para poder echar mano de los contactos cuando nos haga falta algo. “Voy a llamar a Periquito, que me hace falta que alguien me lleve al mercado a comprar un bote de leche merengada”. Y cuando lo tenemos todo (o creemos tenerlo todo), no llamamos a Periquito ni para felicitarle las fiestas. Hasta que nos vuelva a hacer falta algo, claro. El problema es que Periquito está al otro lado del teléfono siempre, disponible. Porque es posible que Periquito conciba la amistad de la misma manera y piense “le voy a responder y de paso que me haga él a mí este favor”. Un intercambio fantástico de intereses.

Que nadie me malinterprete, a mí este tipo de relaciones personales instrumentales me parecen estupendas y tan válidas como cualquier otras. Yo te uso, tú me usas, y todos tan contentos: satisfacemos nuestras necesidades, nos conviene estar juntos. El problema es que esto no es amistad, esto son contactos.

No es que yo no les pida favores a mis amigos o no se los haga, qué va. La cosa estriba en que yo entiendo que entre mis amigos de verdad y yo hay algo más que un interés puramente mercantil, que lo nuestro va mucho más allá de pedir un favor. Que hay un respeto, una empatía de verdad. Yo tengo montones de amigos, de buenos amigos, de amigos maravillosos que cuentan conmigo lo mismo para irse de cañas que para llorar. También tengo contactos para irme de cañas única y exclusivamente, claro. Sé diferenciarlos. No es tan complicado. Y tan mal no me va haciendo esta distinción y volcándome con los que me ofrecen una amistad desinteresada devolviéndoles exactamente eso, una amistad desinteresada. Y digo que no me va tan mal porque, verán ustedes, nunca me siento solo y siempre tengo a alguien con quien hablar. Es más, si me apuran, lo que me falta es tiempo para estar con todos. Por eso me cuesta tanto perder el tiempo con quienes me quieren sólo por el interés.

Esto lo digo porque hay quien se empeña en convencerme de que creer en la amistad y en estos valores es una especie de defecto intolerable e, incluso, algo que me hace más tonto y más débil. No creen en la amistad incondicional, en estos sentimientos que describo. Dicen estos lumbreras, listísimos y machotes. que en el mundo real las cosas no funcionan así, que las personas son un mero trámite para alcanzar lo que queremos. A lo mejor lo dicen porque se sienten más fuertes por el hecho de ridiculizar a otros o por aprovecharse de los sentimientos de otras personas. Es probable. “Mira el pringao’ este que se cree que las amistades sinceras y sanas existen”, dirán. O puede que únicamente lo digan porque se sienten incapaces de regirse por estos valores a la hora de mantener sus relaciones y prefieran engañarse a sí mismos y creer que todo el mundo es ruin y que la impureza es lo mejor si quieres salir ganando. Lo que sea. Cualquier excusa es buena para agarrarse a “El mundo de verdad no es así”.

Pues bien, en mi mundo las cosas y la amistad sí funcionan así. Y funcionan bastante bien. Por eso yo no soy Periquito.

Lo más curioso de todo es que luego, estas personas que te usan y que conciben las relaciones de amistad como una simple estratagema para satisfacer necesidades y conseguir lo que quieren, esta gente que se cree que los amigos tienen utilidades concretas y ya está, se quejan de lo solas que se sienten y se preguntan en su fuero interno por qué no tienen relaciones de verdad, sanas y equilibradas. La respuesta es muy sencilla: no se pueden obtener amigos incondicionales siendo egoísta. Y desde luego, para tener un gran amigo primero hay que aprender a ser uno.

Monólogos vs. Diálogos

La gente, así en general, tiene serios problemas de comunicación. Y esto no lo digo yo, que lo dicen unos señores que tienen muy mala pinta, de perroflautas y eso, pero que en realidad tienen carreras universitarias y todo y se hacen llamar sociólogos. Ya sabéis, esos tipos que dicen cosas que no sirven para nada según algunos listos que se creen que lo saben todo. Pues bien, en plena era de la comunicación, cuando tienes tres mil quinientas sesenta y cuatro maneras diferentes de conectar con tus amigos y de comunicarte con personas tan relevantes como la vecina del primo del hermano de Belén Esteban (taco de importante para llevar una vida feliz) resulta que somos memos de manual y no sabemos comunicarnos. Porque, veréis, queridos lectoras, comunicarse no es sólo sentarse delante del messenger a abrir ventanas como loco, ni siquiera conectar la cam y empezar a desnudarse. Eso, en cualquier caso, puede convertirte en un poco casquivana, pero desde luego no te hace más comunicativa. Y comunicarte no consiste tampoco en sentarte delante de cualquiera y soltarle el discurso de la historia de tu vida sin parar.

Todos hemos conocido a la típica persona higocéntrica que un día te encuentras andando por la calle, en la cola del supermercado, en un bar de ambiente de maricas modernas o en una biblioteca de barrio y empieza a contarte su vida compulsivamente, como si le hubieran dado cuerda. Y así se pasa dos horas y treinta y dos minutos de reloj contándote cosas tan interesantes como que se le ha enconado un pelo del escroto o como que su canario se ha torcido un tobillo y lo está pasando muy mal. O, incluso, esa persona comienza a relatarte a bocajarro, de repente, sus traumas infantiles y contemporáneos desde una perspectiva tan dramática que los guionistas de Al Salir de Clase se hubieran frotado las manos. Se trata de esas típicas personas que hablan y hablan sin parar, sin hacer un simple inciso para preguntarte cómo estás, mientras tú, incapaz de interrumpir ese discurso, esa verborrea digna de un crío de tres años, te preguntas (interiormente, claro) qué has hecho para merecer semejante suplicio, dónde han situado la cámara oculta o si es que de repente se te ha puesto cara de teléfono de la esperanza o algo.

Este blog, consciente del sufrimiento humano que generan este tipo de personas, se ha decidido a llenar de luz y de color las vidas de sus lectores elaborando una diferenciación la mar de útil. Y es que, entendámoslo, si Coco en Barrio Sésamo se hubiera dejado de tanto cerca y lejos y tanto encima y debajo y hubiera dedicado un episodio a esto, todo sería muy diferente y no tendríamos que soportar que individuos de muy diversa calaña nos tomen por idiotas y por sus psicoanalistas gratis. Así, para solucionaros la vida, os presento la diferencia entre monólogo y conversación o diálogo. Taco de básico, tía, para imprimir y llevar a todas partes y según el caso estampárselo en la cara a más de uno y de una (o, en su defecto, introducirles una bola hecha de calcetines sucios en la boca, algo que es moda y se lleva mucho en, Barcelona, por ejemplo).

1. En primer lugar, en un monólogo hablas tú solo. Sí, es así, no interactúas con nadie. En una conversación, que es lo que normalmente se tiene con la gente que te encuentras por ahí, hablan otras personas. Sí, tía, es increíble, porque aunque no te lo hayas planteado, el resto de las personas también saben hablar, lo aprendieron en su infancia igual que tú. Alucinante. Sus bocas se mueven y emiten sonidos con significado (no aplicar en el caso de la Duquesa de Alba). Aunque tú, en tu cerebro, no proceses esa información porque lo único que ves cuando te hablan, en los extraños casos en los que les permites hablar, es un mono tocando los platillos, el resto de las personas también pueden comunicar cosas. Y algunas hasta son interesantes, fíjate, muy fuerte.

2. En un monólogo tú dominas los temas de los que se habla. Sabemos, querido y adorado ser con complejo de cotorra que para ti los tres temas más importantes del mundo son tres: tú, tú y tú. Querido lectora, sabemos que tú crees que tu vida es simple y llanamente apasionante y que por eso debes contársela a todo el mundo, pero hay otras cosas de las que hablar en las que el resto de las personas también pueden participar. A eso, sacar temas que tengan algún punto en común con la persona que tienes delante con cara de gilipollas sin hablar, se le llama iniciar una conversación. Vamos, sabemos que puedes hacerlo, sabemos que puedes callarte la boca durante, al menos, dos minutos y escuchar lo que el otro tipo tiene que decir sin estar pensando en la lista de la compra. Ningún rayo te fulminará ni nada si lo haces y así, calladito, se te pone la lengua como un gatete con menos frecuencia y bebes menos agua; y ser ecológico es moda, se lleva mucho en, por ejemplo, Barcelona.

3. En un monólogo las preguntas son retóricas o están dirigidas a ti mismo y el interés se centra en ti, en lo que tú tengas que contar. En un diálogo, en cambio, aunque no puedas creértelo, se realizan preguntas a la otra persona destinadas a saber cosas de ella. Sí, sí, saber cosas de ella. Aunque ya nos queda claro que no te interesa lo más mínimo lo que los otros te pueden contar, forma parte de la cortesía mostrar interés por las vidas de otra gente. Para ello se utilizan las siguientes fórmulas, totalmente novedosas para ti, lo sabemos, pero la mar de útiles si no quieres que tu vida social se vea reducida a hablarle a un nabo de plástico; para hacerlas más fáciles de recordar Alejandro Sanz las sintetizó en una canción: “cómo estás”, “qué tal te va”, “allí es de día o es de noche”, “es bonita esa ciudad para ir de vacaciones”. Muy sabiamente, Alejandrito tituló la canción Mi soledad y yo, o sea, tú soledad y tú, más o menos los que asistiréis a tu próxima fiesta de cumpleaños si no sigues mis sabios consejos. Por supuesto, hay que permitir que la persona a la que se dirige las preguntas las conteste, no vale cambiar de tema antes de que haya vocalizado el predicado de la primera frase de la respuesta.

4. En un monólogo puedes contar lo que te salga de las bolas chinas con todos los detalles que quieras. Incluso puedes relatar cómo te comiste una naranja como la cosa más importante del mundo y con todo lujo de detalles, aunque sea un coñazo insoportable y aporte tanto como el último disco de Mariah Carey a la historia de la música. En un diálogo, consciente de que los momentos de comunicación se reducen y no son infinitos y de que la gente tiene mejores cosas que hacer que oír tus gilipolleces, uno debe resumir, sintetizar, contar lo más relevante y únicamente entrar en detalles cuando el interlocutor se interesa, en plan “¿y esto cómo fue?”. No es necesario que le cuentes hasta las bragas que llevabas el día de tu Primera Comunión, hay información que es tan importante como tu opinión sobre la extinción de la garrapata sureña. O sea, nada.

5. En un monólogo, las personas que hay a tu alrededor se denominan público y normalmente están ahí bien porque lo que cuentas es realmente ingenioso, bien porque esperan que te calles en algún momento para que empiece a hablar otro en plan terapia de grupo. En un diálogo, las personas que hay a tu alrededor se llaman amigos y conocidos y tienen tanto derecho como tú a hablar. Que no, mona, que no eres el centro del Universo ni tienes más problemas que nadie, no eres la mayor víctima del mundo ni hay una conspiración contra ti ahí fuera. Dosíficate, querida, no tengas tanto afán de protagonismo, que te estás tomando un café, no estás actuando en un escenario; ni siquiera eres una silueta de Confesiones.

6. En un monólogo le puedes contar a unos desconocidos cosas superíntimas. Si lo haces en plan cómico, estás en El Club de la Comedia y deberías esmerarte para que te contraten en LaSexta aunque sea para llevarles los cafés al Gran Gwyoming. Si lo haces en plan drama, estás en una consulta psicológica o en El Diario con Sandra Daviú. Y es que, aunque no te lo creas, hay formas y formas de contar las cosas y hacer que los invitados a una fiesta se quieran cortar las venas no es muy sano que digamos. En una conversación, hay una cosa que se llama confianza y que se adquiere con el tiempo y a medida que conoces a esas personas y que hasta puede llegar a desembocar en una amistad si no asustas a la gente relatando con lágrimas en los ojos que tu profesor de gimnasia rítmica te metió mano en los vestuarios del instituto y tú acudiste a casa a lavarte con un estropajo Nana (los que son casi de lija) para restregarte con fruición y violencia la piel mientras gritabas en la bañera “¡Sucia, sucia!” . Eso no está bonito ni es bueno para tu salud mental ni para la de los demás.

Y ya está, esto es todo. Es muy sencillo, ¿verdad? No ha sido necesario aprenderse la lista de los Reyes Godos ni nada. Pues esta lista podéis imprimirla y entregársela a esas personas en las que habéis pensado al leerla. Quién sabe, lo mismo hasta le cambiáis la vida a alguien.

Por último, lo que hay que dejar claro es que la comunicación es otra cosa, que la comunicación es compartir, un intercambio, una reciprocidad, algo que puede ser realmente maravilloso si se hace bien, por muy necesitadas que anden algunas personas de atención o de que se las escuche.

Y a veces, cuando uno deja de hablar y se pone a escuchar puede llevarse auténticas sorpresas…