Sí. Es verdad. Yo también pienso que tengo el blog abandonadísimo. Pero es que mi vida (y mi mente) es muy complicada y la verdad sea dicha no tengo tiempo de sentarme a escribir como es debido. Además de todo eso, mi indignación ante los últimos acontecimientos sociopolíticos es tan supina que en cuanto me pongo a pensarlo sólo me salen insultos, espumarajos y símbolos irreconocibles en los que hay dagas, asteriscos, almohadillas y todos esos que suelen aparecer en los bocadillos de los cómics cuando el personaje está despotricando.
Esa es la sensación que vengo arrastrando desde hace meses, la de estar nadando contracorriente y la de estar perdiendo mi salud mental. No es que yo, precisamente, me haya caracterizado por estar muy cuerdo que digamos, pero es que toda esta situación al final está desembocando en un estrés exacerbado, en una tensión psicológica que mantiene en vilo y a la defensiva todo el tiempo. Es que hasta dormir me cuesta. A veces me despierto y sueño que los recortes han llegado hasta mis partes bajas y que es el obispo de Alcalá el que se me acerca con la tijera. No vean lo mal que lo paso. Para que se hagan una idea de cuál es mi estado de nervios actual.
Aparte de eso, aunque viene a colación, esta semana he tenido la oportunidad de disfrutar del Festival de Cine de Málaga. He estado escribiendo algunas críticas de películas para un medio de comunicación local. Lo cual me ha permitido moverme entre las esferas festivaleras, en las que todo el mundo camina feliz entre el gentío con su acreditación con cordón rojo colgada del cuello y en el cual uno tiene la oportunidad de visualizar maravillas de la pantalla y auténticas mamarrachadas. Como soy un hombre positivo, voy a hablar de lo estupenda, lo cojonuda, lo divertida, lo esperanzadora y lo emocionante que me ha parecido una película llamada “El mundo es nuestro” (mira lo bien que critico). Digo que viene a colación porque habla de la crisis, porque pone a parir a las claras lo que están haciendo con nosotros y porque, para más inri, es desternillante y transmite la nada equivocada idea de que no podemos comportarnos como seres pasivos que se encogen de hombros sin más, sino que está en nuestras manos hacer algo por defender nuestros derechos contra esos que tratan de explotarnos con la excusa de la crisis para, simple y llanamente, mantener sus opulentos estilos de vida. Muy recomendable, de verdad.
No quiero hablar, ni pensar en ella, de la política. Y sé que hay mucha gente a mi alrededor como yo. Tal vez el negocio esté en practicar lobotomías a precios de saldo. Para sobrevivir al abismo.