Lo triste

Hay demasiadas cosas tristes. No es que yo me haya convertido en un recolector de sufrimientos. Todo lo contrario. A pesar de lo que pueda parecer por el último post, la desgracia ha arrojado luces sobre algunas de mis sombras y lo cierto es que, aunque me fastidie caer en los tópicos que siempre se asocian a la muerte, ahora soy más capaz que antes de entender lo que es importante y lo que no. Me pasa con muchas áreas de mi vida y tengo la certeza de que continuará siendo así.

Lo triste no es que pasen las cosas, algo dentro de lo que cabe inevitable, al menos con algunos sucesos. Lo triste es la indiferencia que se genera muchas veces en torno a ellas, alrededor de hechos de suma importancia. Últimamente estamos asistiendo a una especie de debacle en la que todas las semanas las noticias nos traen textos poco alentadores que nos anuncian medidas insólitas que nos hunden cada vez más en pozos de tristeza indisoluble, esa que acaba generando rabia y que no se parece a la tristeza con la que yo comenzaba este post.

Sin ir más lejos, esta semana he leído, entre otras muchas cosas, porque esto es un bombardeo ininterrumpido, que se van a eliminar de la asignatura de Educación para la Ciudadanía ciertos contenidos. Por supuesto, me refiero a esos contenidos que hacían referencia a la no discriminación y a la homosexualidad. Es lo que yo decía cuando ganó la derecha las elecciones nacionales. Por mucho que haya quienes aún a día de hoy intenten convencerme y hacerme comulgar con ruedas de molino, está claro que con medidas como la señalada yo nunca, jamás, seré capaz de sumarme a ese cambio con el que el PP nos animaba a votarles. ¿Un cambio? ¿De veras? ¿Un cambio a qué? ¿Un cambio hacia una sociedad que elimina contenidos esenciales en la formación del respeto a la diversidad de las futuras generaciones? ¿Qué había de malo en promover el respeto y la tolerancia hacia los demás?

Y a pesar de que nos encontremos en el siglo XXI mucha gente continúa pensando que si le hablamos a los niños de los maricones, estos terminarán pasándose a la acera de enfrente. Lo que denota un montón de ideas superchulis que me propongo desglosar. No por nada, sino porque si ellos van a eliminar ciertos contenidos de un programa educativo, alguien tendrá que poner las cosas claras, aunque sea en un mísero blog. Lo que denota esta idea es lo siguiente:

-Que se mantiene la idea de que el homosexual se hace. Es decir, que es una desviación, una enfermedad, algo que se pega. Si los niños saben de ella, cabe la posibilidad de que decidan hacerse maricones. Qué lógica tan maravillosa y aplastante, oiga. Es como si conocer la cultura japonesa te convirtiera en japonés de un plumazo.

-Que ser homosexual es malo. Acabáramos. Y por ello tenemos que proteger a nuestros hijos de eso.

Por lo tanto, es de cajón que esos señores siguen fomentando la discriminación y siguen pensando que los maricones somos una lacra social. Y ya sé que muchos pensarééis que es evidente. Pero no lo es tanto, porque son ellos los que van por ahí poniéndose medallitas y diciendo que ellos no piensan que los homosexuales no deban casarse, sino que en vez de matrimonio quieren llamarlo otra cosa. “Unión enferma sarasa” o algo.

Que luego hay quien me dice que es que los valores se enseñan en casa. Cosa que me parece una auténtica negación de la realidad. No hay más que estudiar un poco por encima Psicología del Desarrollo o Psicopedagogía para comprender que todo lo que nos rodea cuando somos niños influye en nosotros y, además, está demostrado que la labor de los docentes va mucho más allá de la simple transmisión de contenidos didácticos. Negar esto es como decir que la Tierra es plana y el centro del Universo. Los valores no se enseñan en casa: se enseñan en todas partes. Por eso es responsabilidad de todos educar a la gente en pos del bienestar general. ¿Y qué hay más cerca del bienestar general que el respeto por todo el mundo? Ya no voy a entrar en recortes, en la necesidad de poner más alumnos por aula, ni en esas cosas. ¿Qué narices hay de malo o de perverso en inculcar valores esenciales y humanos que todos deberíamos poseer y que otras sociedades ya tienen integrados sin que se generen debates siquiera en torno a ellos? Por ejemplo, en Dinamarca los políticos no se pelean por cuestiones como si los gays son normales o no. La igualdad es algo de base, que no admite réplicas. ¿Por qué nosotros no podemos ser así?

Y eso es lo triste, que se vaya hacia atrás, que se tomen medidas como esta, que se deshaga un trabajo que no es de izquierdas ni de derechas, sino que está encaminado hacia la construcción de una sociedad más justa, más igualitaria, más solidaria. Lo triste es que se luche contra el hecho de que los niños crezcan sabiendo que no son mejores que nadie, que todos viajamos en el mismo barco y que no hay que discriminar.

Pero aún hay una cosa más triste: que un sector de la sociedad, más amplio del que pensamos, sea incapaz de sentir la tristeza que se desprende de todo esto.

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