Metas personales

[Hace tiempo que escribí este post, allá por 2008. Hoy me he acordado de él y quiero recuperarlo por la sencilla razón de que me es necesario recordar algunas cosas. Sin proponérmelo, redacté una sencilla declaración de principios que conviene no olvidar.]

Cada uno tiene sus metas personales.

Mis logros no se basan en ser el más guapo de la fiesta, ni en contonear mi cuerpo cuasi perfecto para que otros admiren mi musculatura y que las hordas de horas transcurridas entre las cuatro paredes de un gimnasio cobren sentido durante un efímero segundo marcado por un cruce de miradas. Tampoco, por no ser el más guapo de la fiesta, quiero ligarme al que recibe tal título. Ninguna cara bonita y ningún músculo trabajado es comparable a una frase ingeniosa escapándose de los labios de su artífice en el momento oportuno.

[Todas esas cosas que se dicen y que aparentemente no tienen importancia pero que al final lo son todo.]

Mis logros no se basan en ser el más popular del colegio, instituto, universidad, lugar de trabajo, etcétera. Ese edificio que va cambiando de forma con el paso del tiempo pero que, en el fondo, es siempre el mismo. Los escenarios cambian, las reglas de interpretación permanecen inmutables.

[En realidad, nunca pude amoldarme a esas reglas de interpretación y con el tiempo incluso dejé de desearlo.]

Mis metas no consisten en obtener grandes dosis de poder, dinero, fama o lujo. Yo no quiero risas de peloteo a mi alrededor, ni intereses ocultos en piropos. No quiero sentir que la gente me necesita. Porque la necesidad es mala compañera del amor entregado y de la aceptación del ser amado, sea éste un amigo, un novio, un padre, un hijo o un ser humano digno de admiración y respeto.

[Detesto la asfixia de vuestro egoísmo.]

Yo no quiero obtener grandes notas en lo que estudie, sino aprender mucho, almacenarlo en mi memoria y que me sea de utilidad para construir un mundo mejor a mi paso por las sendas de la vida.

[Idealista implacable, mariquituso con inquietudes. You know.]

Mis expectativas no están conducidas a comprar una casa enorme repleta de habitaciones en las que gritar mi soledad durante las noches. Prefiero que mi vivienda sea pequeña y que se encuentre llena de gente de cuando en cuando, y que los gritos que broten de mi garganta, aunque no retumben en el vacío de las diáfanas estancias, sean de sincera alegría.

[No necesito nada de eso para ser yo mismo, que es lo que cuenta.]

Mis metas son sencillas, nunca me gustaron las falsas apariencias y siempre valoré aquello que mucha gente parece olvidar. Es la sencillez la que me produce la armonía necesaria para sentirme realizado con logros para otros indiferentes.

Como, por ejemplo, escribir este post.

[Y en esas estoy: recuperando el placer de las cosas pequeñas. Haciéndole palmicas a las cosas bonicas]

A ti, que lo sabes todo sobre mí

A menudo pienso en ti. Sé que lo sabes. Desde que te has ido no pasa un día sin que recuerde alguno de tus gestos o alguna de las muchas conversaciones que mantuvimos. Te echo mucho de menos. Sé que también lo sabes. Echo de menos tu voz, tus llamadas de teléfono y esas noches en las que terminábamos los dos solos, a las tantas de la madrugada, en un Village vacío tomándonos la última. Echo de menos las conversaciones de parada de autobús y las interminables diatribas políticas. Pero lo que más extraño de todo, sin duda alguna, es que contigo todo era sumamente fácil.

Estoy cansado, ¿sabes? Lo sabes. He pasado unos meses muy ocupado, extremadamente desbordado por la ingente cantidad de obligaciones que a principios de año me eché encima. Sé que te parecerá una tontería y que de estar aquí me dirías que soy idiota, pero con frecuencia me recrimino no haber pasado más tiempo contigo durante los últimos meses, haberme centrado demasiado en mis obligaciones, haberme dejado absorber por las ocupaciones. Aunque no sirva de excusa, se trataba de algo temporal. Se suponía que en junio acabaría todo, que volvería a disponer de tiempo libre y que nos íbamos a pegar un verano estupendo de playas, cenas en la Quesería, campings, vinos y gintonics. Se suponía que ibamos a recuperar el tiempo perdido. Pero tú te fuiste y ya no es posible.

Contigo todo era muy sencillo. Siempre me sentía cómodo, incluso cuando discutíamos, incluso cuando me sacabas de mis casillas con ciertos temas políticos. No me exigías que hiciera nada que no quisiera hacer, no te enfadabas por las tonterías por las que habitualmente se enfada la gente. No me manipulabas ni me hacías sentir mala persona cuando no hacía lo que tú querías. Estoy cansado de que haya personas a mi alrededor que me exijan cosas que no me apetece hacer o que no puedo cumplir. Me encantaría que todo el mundo fuera como tú, que se limitaran a aceptarme tal y como soy.

Sé que no me reprochas algunas de las cosas que otros esperan que haga. Sé que lo comprenderías perfectamente. Te has convertido en una especie de concepto, como dice nuestra Muri, una idea enrarecida que apenas tiene nada que ver con lo que tú eras en realidad. Una idea dolorosa que muchos utilizan como una suerte de chantaje emocional al que no me apetece acceder. Ya sabes cómo soy: nunca me ha gustado doblegarme a la voluntad ajena y el solo hecho de que una persona desee obligarme a hacer algo ya se convierte en un motivo suficiente para negarme. Yo sé que tú lo entenderías.

Nuestra amistad nunca, jamás, en ningún momento, se midió mediante esas “obligaciones” o “compromisos” que habitualmente conminan a la gente a mantener relaciones basadas en el “tienes que hacer esto por mí y si lo haces yo haré esto otro por ti”. Nosotros nunca fuimos así.

No tengo por qué demostrarle a nadie cuánto te quería ni lo amigos que somos. Son cosas entre tú y yo. Y lo mejor de nosotros es que nunca tuvimos que demostrarnos nada porque confiábamos el uno en el otro y sabíamos lo que teníamos que saber.

Me martiriza pensar que alguna vez te hice daño. Seguramente fue así. Los humanos somos seres imperfectos y yo estoy como un cencerro. Tengo días muy malos. Pero incluso así tengo la certeza de que no me lo tuviste en cuenta.

Te quiero mucho. Sé que lo sabes del mismo modo que yo sé cuánto me querías tú a mí. Y no habrá nada ni nadie que pueda cambiar eso, de la misma forma que nadie pudo cambiarlo cuando estabas aquí.

Churras y merinas

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Es la base de la demagogia: mezclar churras con merinas. Y yo es que, tía, lo veo en todas partes. Es supermoda.

Mira que me gusta poco el fútbol. Es que no me gusta nada de nada. No sólo porque el deporte en sí no me atraiga e incluso me acarree ciertas reminiscencias de mi infancia y los traumas psicológicos asociados a la misma (qué le vamos a hacer), sino por el sentimiento que suscita entre los cazurros de mi barrio, quienes deciden pasarse la noche gritando debajo de mi ventana y haciendo sonar los cláxones de sus coches y las putas trompetillas esas de los cojones (que, por cierto, descubrí con gran disgusto, que regalaba la Coca-cola). Sin embargo, todavía me gusta menos esa demagogia que se crea en torno al tema de “mientras vosotros celebráis la victoria de España, la crisis nos está matando a todos, en Valencia arden los bosques y un escarabajo se ha partido una de las patitas”. Que digo yo, que es verdad, que ojalá lo que suscita el fútbol, esa amalgama de gente tirada en la calle dispuesta a todo, lo generaran otras cosas como los recortes que estamos sufriendo, pero hacer una relación directamente proporcional y lógica entre ambas cosas es mezclar churras con merinas.

Igualmente, todavía leo opiniones sobre el cartel de la Feria de Málaga, que tantos y tantos disgustos me está trayendo (no me deja ni dormir, coñe) de quienes continúan defendiendo el uso de una plantilla bajada de Internet basándose en el uso que del collage han hecho muchos artistas reconocidos. Y es que ya, lo último es comparar a una cualquiera que ha decidido coger una plantilla y presentarla a un concurso para ganarse unas perras con facilidad pasmosa con un artista que consagra su vida a experimentar con la realidad y el arte. Lo mismito, oigan. Picasso y la ganadora del cartel de la Feria de Málaga, dos almas incomprendidas y transgresoras que causarán conmoción en la Historia del Arte.

Lo que yo te diga, que nos encanta mezclar. Y de paso, hacer un poquito de demagogia barata, que es tendencia y todo el mundo sabe que hay que estar a la última.

Eso lo puede hacer cualquiera

Ya está. Se acabó. Al final voy a tener que escribir del cartel de la Feria de Málaga de este año. Y miren ustedes que me estaba conteniendo, pero no paro de leer artículos, comentarios y tuits de muy diversa índole que me generan todo tipo de reacciones, aunque la más común es la de echar espumarajos por la boca, la verdad sea dicha.

Para los que no conozcan la polémica, la explico en este párrafo. Los que ya la conozcan y estén tan hasta el petete del tema como yo pueden saltárselo si quieren (así soy yo, un tío considerado). La cosa es que el Ayuntamiento de Málaga ha convocado un concurso para el cartel de la Feria de este año. La ganadora ha sido una chica de Murcia. No pasaban ni cinco minutos desde que se diera a conocer la noticia cuando se descubrió el pastel: la susodicha había utilizado una plantilla descargada de Internet para el diseño, le había añadido unos lunares, un par de palabras, et voila, cartel de la Feria al canto. 3.500 euros de premio contantes y sonantes.

Ahora bien, todo el mundo tiene una opinión sobre el tema. Vamos a resumirlas, para que queden bien claritas:

-Se lo podían haber dado a alguien de Málaga. El ya clásico localismo de “con los buenos diseñadores que hay aquí se lo dan a una que no conoce de nada la feria y que, además, es murciana (sí, la gente es muy así).

-El diseño no contiene nada que haga referencia a la feria de Málaga. Estos son los que abogan por el traje de gitana, la botella de Cartojal y todo el costumbrismo que rodea habitualmente a la feria en sus carteles.

-Pues a mí me gusta, porque es moderno e innovador. Pues claro, también hay opiniones favorables, a ver qué os pensábais.

Y ahora viene la mía, de la que voy a hablar aquí. Y no lo digo como alguien que no tiene ni puta idea y muchas ganas de criticar, sino como diseñador gráfico experimentado, con varios añitos de experiencia ya.

No se trata de que el cartel guste o no guste, de que sea tradicional o moderno o de que haya sido una chica de Murcia o del Barrio de la Trinidad la que lo haya realizado y ganado el concurso. Se trata de otra cosa. Se trata de que es vergonzoso que un concurso en el que se evalúa el diseño gráfico gane una plantilla. Da mucha vergüenza, como profesional. De verdad.

Las plantillas en Internet están para utilizarlas. Este es uno de los argumentos que se utilizan para defender el hecho de que esa muchacha la haya usado. Esto es evidente, claro. Los recursos gráficos que los profesionales compartimos en la red están ahí para facilitarnos la vida. Están ahí para que en un momento dado en el que tengo tres minutos para hacer una portada o un diseño pueda tomarlo y usarlo. Es así. Hace un mes, sin ir más lejos, yo mismo utilicé la plantilla de base del cartel para hacer una portada. ¿Cuál es la diferencia? Que yo la usé para un documento interno, de uso privado, no para ganar un concurso en el que se premiara mi creatividad y mi valía como diseñador gráfico. Porque es eso lo que se premia en un concurso de estas características, que algunos dicen que el resultado es lo que cuenta, pero no. También cuentan (o, al menos, deberían contar) otras cosas.

El problema fundamental de todo esto es, sencillamente, lo escasamente valorado que está el Diseño Gráfico como disciplina y como profesión y lo que se denosta habitualmente y sobre todo por gente que no se dedica a esto y, por lo tanto, no sabe en qué consiste. A ver, les explico. Si esto hubiera sido un concurso literario y alguien hubiera presentado fragmentos de otra obra con leves variaciones, todos nos habríamos echado las manos a la cabeza. Lo mismo habría sucedido si se hubiera tratado de un concurso de pintura y alguien hubiera enviado un cuadro famoso levemente modificado, por atractivo que hubiera sido el resultado. ¿Qué diferencia hay? Pues la diferencia básica es que mientras la Literatura o la Pintura son disciplinas reconocidas cuyos creadores gozan de renombre, hay una idea clara y generalizada en torno al Diseño Gráfico: “Eso lo puede hacer cualquiera”. Así es. La gente no valora el diseño gráfico lo más mínimo. No estoy hablando del esfuerzo, estoy hablando de la creación, de la originalidad. Si en lugar de la plantilla la muchacha hubiera puesto tres cuadros y dos palotes, les aseguro que no la criticaría, porque al fin y al cabo, me gustara más o me disgustara, se trataría de una creación propia. A veces los diseños más simples y en los que se emplea menos tiempo son los más llamativos y rompedores y los que pasan a la historia. Pero desde luego no están hechos a través de una plantilla de Internet, en lo cual no se aprecia ni siquiera el mínimo esfuerzo y, lo que es peor, el respeto básico que merece esta profesión, tanto por su parte, al presentar a concurso algo así, prefabricado y ajeno, como por la del jurado, por considerar que el diseño consiste en eso: en coger un cacharro sacado de Internet y en cinco minutos hacer un cartelito mono. Pues mire usted qué bien. Con razón en las ofertas de Internet piden un diseñador gráfico que sepa hacer de todo (diseño web, programación, diseño 3D, burbujas con el ojete…) y todo por 600 euros mensuales. Total, si el diseño es una cosa muy tonta que puede hacer cualquiera…

Así que, me van a disculpar todos aquellos que defienden el cartel de marras desde el punto de vista estético. Yo lo único que veo premiando un trabajo de estas características, independientemente de lo bonito o lo feo que haya sido el resultado o de que ella sea de Pucela o de Albacete, es el poco respeto que se tiene por el diseño gráfico como disciplina artística y como profesión. Pero no sé de qué me sorprendo, si llevo años escuchando por ahí a diestro y siniestro que yo lo que hago son dibujitos y que eso lo puede hacer cualquiera. Está claro que se trata de una opinión general.

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