Servidor siempre ha escrito. Es verdad, aunque me da hasta cosa decirlo. ¿Que por qué? Pues porque está muy manido el asunto ese de la supuesta vocación de los escritores, afirmar a dedos llenos que uno lleva desde que prácticamente asomó el cabezón al mundo construyendo escritos. Incluso a mí me chirría mucho esa historia que suelen contarnos los escritores (y algunos cantantes) en los medios de comunicación sobre que antes de que supieran siquiera pronunciar la primera palabra ya estaban decididos a ser lo que ahora son.
Yo no sé cuándo empecé a desear ser escritor, pero supongo que no me inventé mis primeros relatos cortos y cuentos ñoños con la idea de convertirme en el sucesor de Cervantes (y lo de Cervantes lo pongo porque es muy conocido, porque lo cierto es que nunca me he leído El Quijote; y, lo que es peor, sigue sin atraerme en absoluto la idea de leérmelo). Es cierto que desde que era muy pequeño me dedicaba a escribir cuentos y a volcar mis ideas por escrito. Desde luego, esas historias tenían tanto de brillante como Laura Pausini de rockera. Probablemente no eran más que delirios paranoides de un niño rarito, pero al menos me hacían sentir bien, y eso era todo lo que contaba. Porque yo no escribía para que nadie me leyera, sino para expresar todo aquello que se me pasaba por la cabeza y quedarme a gusto.
El otro día se lo comentaba a unos amigos (porque yo, aunque le pese a más de uno que se pasa por aquí a leer, tengo muchos amigos. Y buenos, no se crean, pero ya hablaremos de esto más adelante). Como decía, el otro día estaba yo tomándome una copa bien cargada como recompensa a lo estupendo que soy un vaso de agua y le comenté a unos amigos que siempre he adorado leer y escribir. No porque quiera darme ínfulas de nada (oiga, que a mí lo de ser una promesa de la literatura me da lo mismo, yo lo que quiero es poder comer, y a ser posible haciendo lo que más me gusta y siendo fiel a lo que soy), lo digo simple y llanamente porque es la realidad. Leía todo lo que caía en mis manos, desde libros maravillosos que aun a día de hoy me siguen sorprendiendo cuando los releo a verdaderas bazofias ante las que ahora mismo se me ponen los pelos de punta. De todo tiene que haber en la viña del Señor (digo, ¿pues no se considera a Paulina Rubio cantante?). Y, del mismo modo, escribía cosas buenas y sorprendentes y otras verdaderamente estúpidas. Porque mira, mari, a la gente le gusta ir de genio por la vida, pero la cruda realidad es que para escribir una historia medianamente buena es necesario escribir unas pocas terriblemente malas.
Quizás deseé por primera vez ser escritor cuando gané aquel concurso de relato corto en octavo de E.G.B. No veas qué ilusión, mari. Pero no fui yo quien lo dijo, fue mi profesora de Lengua la que anunció: “Parece que tenemos aquí a un futuro escritor”. No sé si es que ella es prima hermana tercera de Aramis Fuster y vecina de Esperanza Gracia o es que yo no quise defraudar las expectativas asociadas a la etiqueta que me habían asignado. La cuestión es que esa fue la primera vez en que fui consciente de que los demás podían disfrutar leyendo algo que yo mismo había escrito. Y eso que en aquellos tiempos yo tenía la autoestima dos puntos por debajo de la de Kafka.
Durante este tiempo me he dedicado a escribir a ratos, en plan aficionado. Nunca me he sentido un genio de la literatura ni he pretendido hacerle creer nada a nadie. La realidad, por inaceptable que sea, por egocéntrico y por mal que suene, es que he escrito y escribo por mí y para mí mismo. Porque me lo paso bien, porque me desahogo, porque escribir es un ejercicio que me ayuda a poner en orden mis ideas, porque me gusta, porque disfruto, porque me divierto, porque a veces hasta he ligado con lo que he escrito. No me malinterpreten, me encanta tener queridos lectoras y lectoros y bien sabe Dior que me siento halagadísimo cada vez que recibo un mail o un comentario halagador de alguien que me confiesa que ha echado un buen rato leyendo mis paridas. Pero el reconocimiento, aunque deseado (ni que fuera de piedra, coñe) no es lo que me motiva. Es decir, pase lo que pase, yo voy a seguir escribiendo, tanto si me leen mil como mil quinientos. Creo que, quitando lo mucho que me gustan los tíos, es lo que tengo más claro en este mundo.
Eso es lo que he hecho durante todos estos años. Escribir, escribir, escribir, hasta el punto de que este simpático verbo se ha convertido en mi principal pasión. He continuado haciéndolo cuando me leían cientos de personas y cuando sólo me leían cuatro gatos, en las épocas en las que vendía libros autoeditados y cuando los tenía acumulados en la habitación cogiendo polvo sin que nadie me hiciera un triste pedido. A ratos animado y a ratos no. A veces con humor y otras colmado de tristeza. Escribir, pero siempre siendo fiel a mí mismo, a mi estilo, a mis paridas, a mis rayadas, a lo que este cuerpo serrano me iba pidiendo.
Y ahora estoy aquí, con mi primera novela publicada por una editorial nacional (no, no es autoeditada. Lento, pero seguro, uno va subiendo de nivel) henchido de orgullo y de satisfacción. Entrada + Consumición. Qué fuerte, tía. Y yo con estos pelos. Y, sobre todo, ¡que llorera más tonta, maricón!
Claro que he llorado. No sólo porque en el fondo sea más tonto y más ñoño que una princesa Disney que cumple uno de sus sueños. No sólo por la sensación de haber conseguido en buena parte algo que venía deseando desde hace mucho tiempo. Tal vez sea verdad eso de que a veces, aunque sea sólo a veces, las cosas cambian y para bien. Sin embargo, lo que también hace que se me caigan lagrimones más caudalosos que el Guadalquivir es el prólogo de la novela. ¡Ay, madre, qué prólogo!
Porque aunque “E+C” lleva varios días a la venta, yo no había tenido la ocasión de leer el prólogo hasta hace unos minutos. Lo dejé en manos de alguien de confianza y por eso ni siquiera me molesté en verlo antes de que la editorial lo mandara a imprenta. Libertad, la misma tía cachonda que bromeaba acerca de la edad mental de la población mundial hace muchos años, la señorita Arrierita, a la que conocí a través de este blog que tantas y tantas cosas me ha traído, ha sido la autora de semejante regalo. Porque no se puede calificar ese prólogo de otra cosa que no sea un grato y enorme regalo, de esos que oprimen el pecho, que dejan sin respiración y ante los cuales uno siente una desbordante gratitud.
Libertad, con su particular y adictivo estilo, me pone por las nubes (mucho, demasiado diría yo). Pero también habla de cosas que se llevan dentro, de rasgos que nos hacen ser quienes somos. Habla de superación, de humildad, de pasión, de personalidad, de un camino recorrido, de luchar. Y habla de amistad.
Dar las gracias sería poc0, porque no sólo se trata de lo que haya podido plasmar en ese prólogo. Se trata de que gracias a ella me animé a escribir cuando flaqueaba. Gracias a ella terminé mi primera novela. Gracias a ella he seguido luchando contra todo pronóstico, intentando hacerme un sitio en un mundillo en el que para ser escritor como tal, con todo lo que conlleva esa palabra, tienes que ser muy guay y muchas cosas que, por suerte o por desgracia, yo no soy.
Y la lucha ha tenido sus resultados, querida lector. “E+C” es una de mis primeras victorias. Pero no es sólo mía. Lo es de muchas personas. Y, sobre todo, es una victoria de Libertad, que creyó en mí cuando ni siquiera yo mismo lo hacía, que me instó a descubrir cosas en mi interior que pensé que no tenía y cuyo apoyo ha sido y es en este momento una de las ráfagas de aire más fuertes que han hecho que este barco de papel avance viento en popa y a toda vela a través de pasajes lúgubres, hasta alcanzar las cristalinas aguas en las que se encuentra ahora.
No sé en qué momento empecé a desear ser escritor. Lo que sí sé es que en estos instantes lo deseo más fuerte que nunca. Va a ser un verdadero honor tener a la señorita Morán como maestra de ceremonias el día 23 de septiembre. Y emborracharme con ella, eso también.
Por muy escritor que digan que soy, no encuentro palabras suficientes y adecuadas para darte las GRACIAS.
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