ATER gratis

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

 

Como en este blog somos la mar de sensibles a eso de la crisis (sí, tía, estamos en crisis, ¿no te habías enterado? ¿No? Pues ya te lo cuento yo), durante todo este mes te damos la oportunidad de leer gratis, sin pagar un duro, sin tener que chupársela a nadie ni nada (bueno, si quieres sí, pero conste que no es requisito indispensable para hacer la descarga) el libro de “Amar en tiempos de estómagos revueltos”.

Hace algo así como tres años y medio que se lanzó así que yo entiendo que haya personas reales, con perfil en el Grindr y todo, que se pregunten qué coño es este libro y de qué va. Pues te lo cuento.

¿Alguna vez te has enamorado de tu mejor amigo y has pasado meses babeando por él con la esperanza de que te correspondiera? ¿Has cometido en algún momento el error de mandarle un mensaje de texto al chico que te gusta para declararte llevando en tu cuerpo una cantidad de alcohol comparable al caudal del Ebro? ¿Te planteaste eso de hacerte amigo de tu ex para no perderle y porque significaba mucho para ti y la consecuencia ha sido que todavía te estás dando de cabezazos contra la pared?

¿Quieres conocer las más inverosímiles técnicas para ligar en bares, perfiles de Internet, fotologs y hasta en tu día a día, cuando vas a comprar al Mercadona, todo digno empujando tu carrito? ¿Has decidido convertirte en un chulo de mierda, pero no sabes cómo llevar a cabo semejante transformación?

¿Necesitas planes para superar el próximo San Valentín? ¿Has decidido inventarte un novio como medida desesperada para afrontar tu estado de crisis mental, afectiva y hasta sexual? ¿Te has preguntado alguna vez por qué te enamoraste de Fulanito, que es más soso que un manojo de acelgas y no encuentras explicación?

¿Estás harto de que las amigas de tu madre y tus tías del pueblo te pregunten cuando te vas a echar noviA cuando a ti lo que te ponen son unos pectorales bien duros y un buen mandao‘? ¿Y de que tus amigos y conocidos te pregunten por qué te hiciste marica, como si esto fuera lo mismo que hacerse personal choped (que lo anuncian mucho en la radio, dicen que es la profesión del futuro)? ¿Y que hay de la teoría ésa de que los maricas tenemos un sexto sentido para ciertas cosas?

¿Estás cansado de que te pongan excusas hiperelaboradas del tipo “no estoy preparado para tener una relación” o “tengo que encontrarme a mí mismo” para eludir el compromiso? ¿Estás hasta las narices de que te mareen la perdiz hasta para echar un triste polvo?

¿Te has dado cuenta de que las nuevas tecnologías son una maldición porque te encuentras a tu ex en todos lados? ¿Y te has dado cuenta de que cuando entras en un bar casi todo el mundo se ha zumbado ya a todo el mundo en plan endogámico?

Si la respuesta a alguna de las cuestiones anteriores ha sido “sí”, lo que necesitas no es amor, sino un libro de cabecera que te ayude a afrontar tu pasado, presente y futuro amoroso con humor. Porque aunque creas que tu vida es un desastre, somos multitud y no estás solo.

Consigue tu ejemplar de Amar en tiempos de estómagos revueltos, la biblia de los tiempos modernos. Puedes descargártelo en Bubok totalmente gratis durante este mes de abril.

Primos

En estos tiempos que corren sentir que te toman por el pito del sereno está a la orden del día. Nos toman por primos. Es hora de rebelarse.

182576_2685

El pito del sereno. ¿A que es como mirarse en un espejo, tía?

 

—Estoy harto de que me tomen por el puto pito del sereno.

Esta frase es mía (no obstante, puede ser reproducida por a quien buenamente le salga del coño, no tiene copyright ni nada), pero en realidad podría haber sido dicha por cualquiera. Y de hecho, la decimos con una frecuencia inusitada en estos tiempos inciertos en los que “el que no se dedica a robar estando en posición de hacerlo es tonto” (frase no dicha por mí, pero sí por dos tercios de la población española).

—¿Quién te toma por el pito del sereno?

La gente, la gente se aprovecha de uno. Porque, tía, no sabes la cantidad de sociópatas que hay por el mundo que viven a través de lo que sacan de los demás. Son multitud y encima este sistema megachuli fomenta esta actitud como positiva. ¡Ah, la picaresca española!, ese estilo de vida al que todo quisque desea acogerse con tal de no dar un palo al agua.

—¿Y por qué estás tan enfadado?

Pues es evidente, ¿no? Porque uno termina hasta el mismísimo coño de ir por la vida siendo buena gente, de buena persona, recibiendo desmanes y pisotones, cuando debería estar recibiendo agradecimientos, purpurina y arco irises.

—¿Y no será que en realidad estás enfadado contigo mismo, maricón?

Ahí le has dado. Desde luego que sí.

Cuando se aprovechan de nosotros, ocurre una cosa muy curiosa y muy bonita, más que la peli de Titanic (en la que, después de todo, Jack cabía en el tablón, por muy congelado que estuviera. Se lo podía haber llevado y haberlo utilizado luego para echarle los cubitos de hielo a los cubatas, yo qué sé. Pero tirarlo al fondo del mar no estuvo bien). Cuando nos timan, nos utilizan, nos roban, nos engañan y nos estafan, siempre hay alguien que te dice, así, por las buenas: “lo que pasa es que de bueno eres tonto”. 

O sea, que la culpa de que te estafen y te tomen por el pito del sereno no es del aprovechado, del que desde su mala fe y su cualidad hijoputesca se dedica a ir por el mundo aprovechándose de las personas. Qué va. La culpa es tuya por ser tan buena gente, por ser tonto, por no habértelas visto venir, por no haber estado más atento. Calaaaaaaaaaro que sí, mujé. Y, por supuesto, esta es la razón por la que cuando nos estafan nos avergonzamos de nosotros mismos y nos sentimos la mar de ridículos. Qué tonto soy, mari, yo tenía que haber adivinado que Feldesponcio me iba a mentir, poner los cuernos con la mitad del cuerpo de Bomberos de España y parte del extranjero, robar todos mis ahorros y comerse mis yogures favoritos a escondidas. Como pude no verlo. Sacamos el látigo y nos flagelamos, porque asumimos que el problema no es que haya más hijoputas que personas, sino que nosotros no hemos sido lo bastante avispados.

En lugar de hablar de culpas, que son malas y demonizan y hacen sentir muy pero que muy mal, vamos a hablar de responsabilidades.

La gente no va a cambiar. Es decir, esa ingente cantidad de hijos de perra aprovechados que van por ahí construyendo a base de robarle a los demás lo que tienen va a seguir existiendo, por mucho que le recemos a la Virgen de las Maricas Desgraciadas para que les vaya fatal y lo pasen taco de mal y Mariah Carey se los coma y no los vomite jamás. No, no tienen un trauma infantil que les impide ser buenas personas y si nos portamos bien con ellos y les damor calor y los mecemos en nuestras rodillas van a redescubrir las buenas personas que llevan dentro y van a cambiar. Qué va. Y aunque así fuera, esa no es tarea nuestra. Cada uno que se ocupe de sus propias mierdas, tía. Así que lo que vamos a hacer nosotros es responsabilizarnos de esta situación en lo que concierne a nosotros. ¿Qué podemos hacer nosotros para que no nos tomen por imbéciles? No, la respuesta no es volvernos unos hijos de puta como ellos, ponernos a su nivel y transformarnos en unos seres despreciables y desconfiados. No, tía, seamos coherentes, no podemos convertirnos en aquello que criticamos, qué clase de maricones de provecho seríamos. La solución no es ser parte del infierno: tenemos que seguir siendo buenas personas. Lo que tenemos que hacer, básicamente, es dejar de sentirnos primos y culpables de la situación de engaño, detener nuestro lamento, tomar una actitud proactiva y llamar al primo de Zumosol. Si quieres que una situación cambie, no hay nada como actuar de forma diferente a como lo estabas haciendo.

Yo sé lo que muchos de mis queridos lectoras han pensado al ver al primo (cuánto más primo más me arrimo), a pesar de ese aire vintage que le confiere la visualización desactualizada de este anuncio (que puede tener perfectamente más de veinte años). Pues bien, ese primo fuertote y justiciero dispuesto a enfrentarse  a los abusones y aprovechados del Reino Mariquitoide se encuentra dentro de todos nosotros y lo único que debemos hacer es llamarlo de vez en cuando, en esos instantes en los que un chispazo de lucidez nos comunica: “cariño, deja de hacer el memo, que este tipo se está quedando contigo”. No llores, no te fustigues, no reces a San Palomo Cojo, no te masturbes compulsivamente y con los ojos vueltos para olvidarlo y no te sientas una lerda sin remedio de la que se aprovecharán siempre. Sólo llama a tu primo y posiciónate.

Tu primo te enseñará que no es preciso estar disponible para la gente 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año, que decir NO es necesario en muchas ocasiones, que mirar por ti no te convierte en mala persona ni te hace ser egoísta (aunque, naturalmente, los aprovechados te dirán que sí para manipularte), que uno tiene que hacer favores a los demás siempre y cuando esos demás hagan por merecérselos, que lo de “dar sin esperar nada a cambio” está muy bien para Santa Teresa de Calcuta pero que tú ya te has comido pollas de sobra para no llegar a ser santa (ni quieres ni falta que te hace) y que trabajar gratis es de pringados, por mucho que se use la excusa de “fíjate lo que estás aprendiendo”. Tu primo te mostrará el camino de las relaciones sanas, equilibradas y simétricas en las que los individuos se sitúan al mismo nivel y llevan a cabo el “hoy por ti, mañana por mí” sin abusar de la disponibilidad, del tiempo y del trabajo de los demás. Tu primo te hará comprender que aquellos que te utilizan no te quieren y, por tanto, pararles los pies, ponerles límites y sacarlos de tu vida te hará sentir chupiguay.

Tu primo, además, fíjate si es majo, te ayudará a entender que las riendas de tu vida son tuyas y de nadie más, que tú decides lo que haces con tu tiempo y con tu esfuerzo y que no estás obligado a complacer a nadie; que lo más importante es que hagas lo que a ti te apetezca en todo momento (a veces te apetecerá hacer algo por alguien y a veces no, y eso no te convierte en alguien malo y pérfido) y que no es preciso hacer burbujas con el coño por los demás para que nos quieran. La gente que nos quiere bien no nos va a exigir que nos sacrifiquemos ni va a abusar de nuestra buena voluntad. La gente que nos quiere por lo que somos y significamos para ella, no por la cantidad de favores que les hacemos ni por la cantidad de horas al día que dedicamos a ser sus felpudos.

“Como llame a mi primo te vas a enterar” hay que decirlo más. Dejemos de ser los primos a los que estafan y llamemos al primo de Zumosol. Ya está bien.

Automatismos

Si hay algo de lo que podemos estar seguros a estas alturas de la vida (aparte de que Gloria Estefan necesita reinventar su carrera musical o retirarse) es de que el estrés es malo, malo malo. De hecho, el otro día leí en un libro (porque yo leo y todo) que el estrés puede llegar a ser más perjudicial para la salud que el tabaco.

—¿Entonces por qué se estresa la gente?

Lo ha preguntado esa niña con trenzas del público que casualmente tiene un micrófono de Bob Esmonja en la mano. Pues bien, querida, la gente se estresa por muchas razones: porque no sabe llevar su vida de otra manera, porque así se siente más eficiente, porque asume responsabilidades que no le corresponden para satisfacer a los demás, porque teniendo muchas tareas los individuos se olvidan de sus verdaderos problemas, porque piensan que si no realizan determinadas cosas sus amigos y sus familiares las van a dejar de querer y las van a abandonar en una gasolinera y un extensísimo etcétera que si desgranara aquí explotaría la Tierra en mil pedazos (pero Sara Montiel seguiría viva, eso seguro. Si el meteorito de los dinosaurios no pudo con ella…). Pero sobre todo la gente se estresa porque el estrés se asocia en estos días inciertos en los que sobrevivir es un arte a algo habitual e incluso deseable. Lo normal, vamos.

Deja de mirarte la pelusilla del ombligo durante tres segundos y observa a tu alrededor, tía. La gente vive totalmente estresada. No para ni un segundo. Que si estar mona, que si llevar a los niños al cole, que si ir al trabajo, que si hacer la comida, que si limpiar la casa, que si hacer deporte para bajar los kilos, que si el curso de hacer burbujas con el coño para reciclarte, que si comprarle un regalo a los 3454 amigos que tienes en el Facebook, que si actualizar el blog, que si escribir en mi diario, que si llamar a tu tía Sebastiana para preguntarle qué tal está del callo que le salió la semana pasada, que si comprarle pilas al vibrador, que si hablar con tu novio de las estrellas, que si ponerte crema después de lavarte, que si limarte las uñas, que si comerte un plátano al día porque eso es bueno para el colesterol, que si hacer la compra, que si pasarle la ITV al coche… ¡LA MADRE DEL CORDERO!

Como veis, es muy sencillo terminar loco del coño en cuestión de tres suspiros. Sin embargo, hacemos todo esto y mucho más porque, además, así nos sentimos eficientes y fuertes. Está comprobadísimo que llenándonos la vida de obligaciones y llevándolo todo para adelante como si fuéramos superhéroes nos sentimos como si lo pudiéramos todo, como si nadie pudiera con nosotros. “Mira la de cosas que he hecho hoy”, nos decimos. Y da igual que en ese momento nos estén sangrando los ojos, lo importante es que hemos hecho todo lo que estaba en la lista de tareas.

—¿Pero si nos sentimos fuertes no es, entonces, algo bueno?

Lo ha preguntado ese señor del público con pinta de irle el sadomaso que casualmente tenía un micrófono en la mano. Para que nos entendamos, querida lector, el estrés es un mecanismo del cuerpo mediante el cual aumenta la actividad del organismo en periodos de intensidad, sea por una amenaza o por una demanda muy alta del entorno. Para afrontar la situación determinada que se nos presenta nuestro organismo ejecuta un sobreesfuerzo. Como el sobreesfuerzo que haces para leer las noticias diarias sin echarte a llorar desconsoladamente. De hecho, el estrés es un mecanismo la mar de útil para el ser humano (luego tu ex no cuenta) e indispensable para su supervivencia.

El problema surge cuando esta situación concreta se extiende en el tiempo: convertimos el sobreesfuerzo en algo crónico, en un estilo de vida habitual: vivimos estresados. Completamente, tía. Y claro, luego vienen los disgustos: el estrés nos pasa factura. Nos dan crisis, nos agotamos, nos volvemos irascibles, nos olvidamos de lo que de verdad importa. Sin darnos cuenta dejamos de disfrutar de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Nos movemos y vivimos a través de meros automatismos, nos transformamos en una especie de robots programados para realizar una serie de tareas diarias con eficiencia y esmero, forzándonos al máximo, pero sin dejar lugar alguno para el entretenimiento, la diversión, la creatividad para solucionar problemas y la imaginación. Con tantas cosas que hacer el engranaje debe funcionar perfectamente, no debe dejar ni un solo resquicio a probar cosas nuevas, a hacer algo diferente.

¿Y si paramos? Si paramos una vocecita interior muy puñetera nos dice que somos unos débiles, que no somos lo suficientemente fuertes, que cualquier otro soportaría toda esa presión infinitamente mejor que tú. Vaya puta mierda de vocecita interior, ¿eh, tía? Parar consiste en reconocer que no puedes vivir así siempre. ¡Pero es que nadie puede hacerlo, so memo! Los demás sólo lo fingen, como tú. Hasta que petan. Y para nada son felices.

Las personas (tu ex sigue sin contar) necesitamos descansar. Y por descansar no me refiero a dormir únicamente. Descansar también significa desconectar, dejar de pensar en la ingente cantidad de obligaciones que tienes, apartar las cosas que tienes que hacer, dejar la mente en blanco y hacer algo chuli que te guste mucho de verdad, como pintar anacardos o bailar sardanas porque siempre lo deseaste desde que eras pequeño. Descansar significa dedicar tu tiempo a ti mismo de verdad, sin coger el teléfono, sin mirar el What’s up cada dos minutos, sin atender todas y cada una de las demandas de tu entorno. Descansar conlleva disfrutar y olvidarse de todo lo demás. Y si para eso hay que mandar a tomar viento unas cuantas obligaciones, procastinar, no cogerle el móvil a tu prima Jacinta y no comerte un plátano al día sino a la semana pues se hace.

Porque yo no sé tú, pero Patricia, yo no he venido a esto; yo he venido aquí a pasarlo bien y a disfrutar.

Metas personales

[Hace tiempo que escribí este post, allá por 2008. Hoy me he acordado de él y quiero recuperarlo por la sencilla razón de que me es necesario recordar algunas cosas. Sin proponérmelo, redacté una sencilla declaración de principios que conviene no olvidar.]

Cada uno tiene sus metas personales.

Mis logros no se basan en ser el más guapo de la fiesta, ni en contonear mi cuerpo cuasi perfecto para que otros admiren mi musculatura y que las hordas de horas transcurridas entre las cuatro paredes de un gimnasio cobren sentido durante un efímero segundo marcado por un cruce de miradas. Tampoco, por no ser el más guapo de la fiesta, quiero ligarme al que recibe tal título. Ninguna cara bonita y ningún músculo trabajado es comparable a una frase ingeniosa escapándose de los labios de su artífice en el momento oportuno.

[Todas esas cosas que se dicen y que aparentemente no tienen importancia pero que al final lo son todo.]

Mis logros no se basan en ser el más popular del colegio, instituto, universidad, lugar de trabajo, etcétera. Ese edificio que va cambiando de forma con el paso del tiempo pero que, en el fondo, es siempre el mismo. Los escenarios cambian, las reglas de interpretación permanecen inmutables.

[En realidad, nunca pude amoldarme a esas reglas de interpretación y con el tiempo incluso dejé de desearlo.]

Mis metas no consisten en obtener grandes dosis de poder, dinero, fama o lujo. Yo no quiero risas de peloteo a mi alrededor, ni intereses ocultos en piropos. No quiero sentir que la gente me necesita. Porque la necesidad es mala compañera del amor entregado y de la aceptación del ser amado, sea éste un amigo, un novio, un padre, un hijo o un ser humano digno de admiración y respeto.

[Detesto la asfixia de vuestro egoísmo.]

Yo no quiero obtener grandes notas en lo que estudie, sino aprender mucho, almacenarlo en mi memoria y que me sea de utilidad para construir un mundo mejor a mi paso por las sendas de la vida.

[Idealista implacable, mariquituso con inquietudes. You know.]

Mis expectativas no están conducidas a comprar una casa enorme repleta de habitaciones en las que gritar mi soledad durante las noches. Prefiero que mi vivienda sea pequeña y que se encuentre llena de gente de cuando en cuando, y que los gritos que broten de mi garganta, aunque no retumben en el vacío de las diáfanas estancias, sean de sincera alegría.

[No necesito nada de eso para ser yo mismo, que es lo que cuenta.]

Mis metas son sencillas, nunca me gustaron las falsas apariencias y siempre valoré aquello que mucha gente parece olvidar. Es la sencillez la que me produce la armonía necesaria para sentirme realizado con logros para otros indiferentes.

Como, por ejemplo, escribir este post.

[Y en esas estoy: recuperando el placer de las cosas pequeñas. Haciéndole palmicas a las cosas bonicas]

El ojo que te mira

Hay que ver el trabajo que me cuesta últimamente sentarme a escribir con la intención de publicar. Llevo como una hora empezando artículos y borrándolos al finalizar el primer párrafo porque nada de lo que me sale me convence o me congratula lo suficiente como para darle a “Publicar”. Dita sea, ¡he perdido la inspiración! ¡Las musas me han abandonado y toda esa mierda que se suele decir en estos casos!

Es difícil de expresar y de explicar. No me pasa todo el tiempo esto, qué va. Cuando me pongo a escribir sabiendo que lo que tengo entre manos es para mí mismo y nadie más va a tener la oportunidad de leerlo, me explayo y hasta me siento satisfecho con respecto a lo que va saliendo. Lo releo, me sonrío a mí mismo encantado de ser yo y de haberme conocido, me enciendo un puro y me pongo una copa de coñac, y me salgo en batín a la terraza a sentirme superior al resto de los mortales. Esas cosas que hacemos los escritores, ¿sabes? Pues eso.

Sin embargo, si me abro el editor de WordPress o el de UniversoGay y me pongo a teclear me atranco inevitablemente, como si el hecho de saber que lo que estoy vertiendo a través del texto va a ser expuesto a la vista de todos me cohibiera sobremanera. A todos nos da reparos enseñar nuestras vergüenzas, por eso no vamos bajándonos los pantalones a diestro y siniestro para enseñar la pilila (pilila, ha dicho pilila, jijiji). Sin ir más lejos, un amigo que va a publicar un libro en un par de días me contaba esta mañana que se sentía un poco nervioso ante la idea sempiterna que nos asalta a los autores de “qué pensarán cuando lean esto”, ese miedo al qué dirán y al cómo me juzgarán y esas ansias de gustar y recibir aprobación que todos sentimos.

Lo entiendo, tengo fichado ese sentimiento, pero la verdad es que a mí este miedo, este terror, aunque existía, antes no me paralizaba en la medida en que lo hace ahora.

Si lo pienso bien, esto es en parte normal. Publicar libros tiene, como todo, su lado bueno y su lado malo. Desde que el pasado septiembre “Entrada + Consumición” saliera a la venta no he dejado de recibir críticas por todas partes. La mayoría de ellas buenas, es verdad, algunas incluso extremadamente buenas, pero no dejan de ser opiniones, puntos de vista, la constatación palpable de que ahí hay alguien examinando lo que escribo o dejo de escribir. El ojo que te mira y que escruta y que no es más que algo que imaginas y que se convierte en una especie de demonio mental imposible de sortear según te pille el día.

Supongo que se me pasará, que tarde o temprano recuperaré el placer de sentarme frente al ordenador y dejarme llevar para contar lo que me dé la real gana, lo que me salga de las narices, sin pensar si lo que estoy escribiendo es demasiado triste o demasiado frívolo; si va a ofender a alguien, si queda de resentido o de llorica expresar algunas de las ideas que se me pasan por la cabeza; si es de mediocres hijos de puta o si es típico de un blog de marica amargada escribir sobre determinados temas. Y sin que me dé el momento drama de decir con lágrimas en los ojos eso de “¡¡¡Pues ya no escribo nunca más!!!”. Todos sabemos que es mentira, que es como eso que se dice cuando uno anda de resaca y afirma que no va a volver a probar el alcohol. Caaalaaaaaaaaaaaaro. Nunca más. Hasta el sábado siguiente, maja.

En fin, son etapas, épocas, tiempos de introspección en los que uno no tiene más remedio que replegarse para un día no muy lejano volver a expandirse y volver a bajarse los pantalones hasta los tobillos para enseñar lo que haya que enseñar. En cualquier momento lo hago. No me quitéis ojo.

Trabajar gratis: la moda

El otro día hablaba yo con un amigo informático… Hago un inciso desde ya para decir que estábamos hablando de verdad y que no me lo tiré. No, lo digo porque hay quienes piensan que los gays no sabemos hablar, sólo follamos por las esquinas, ¿sabes, tía? Es que tenemos un comportamiento de lo más inadecuado. Qué barbaridad, yo me he tenido que equivocar, que resulta que según ciertas fuentes los mariquitusos únicamente copulan como conejos. Y yo aquí preocupándome por cosas como mi familia, mis amigos o intentar ganarme la vida. Si es que soy un pardillo de primera…

Empecemos de nuevo. Sí, va a ser lo mejor.

El otro día hablaba yo con un amigo informático sobre eso que se ha puesto tan de moda y que no es otra cosa que trabajar gratis. Mi amigo, claro está, manifestaba que estaba hasta el cojón izquierdo de que la gente le pidiera arreglitos en sus ordenadores e impresoras en base a su carrera. Y es que, ya se sabe, que es abrir la boca para decir que eres informático y te salen como quince problemillas de nada (bah, tonterías que solucionas tú en un momento) de alguien que, te conozca o no, se cree que tiene la potestad y autoridad suficiente como para abusar de ti y que soluciones mediante la ingeniosa y compleja técnica del “by the face” (por la cara, vamos) sus avatares en el maravilloso mundo de la informática.

A mí me pasa una cosa parecida, pero con el asunto del Diseño Gráfico. Servidor, que aparte de periodista y mil cosas más es un pringao de agárrate los machos y ni se te ocurra menearte, se ha visto sometido a toda clase de peticiones derivadas de su condición de usuario avanzado y casi experto de Photoshop, Freehand, Indesign, Illustrator y otros programas. Me han llovido ofertas para hacer logotipos, cartas de menú, revistas, libros, tarjetas de visita… y páginas web por supuesto. Pero, oiga, ofertas de trabajo que serían estupendas de no ser porque en ellas no se pagaba absolutamente nada. “No me vas a cobrar por esto”, se dicen e incluso te dicen con descaro muchos de los que te ofrecen lo que seguramente en sus delirios paranoides son gangas imposibles de rechazar. “Cómo me vas a cobrar por hacerme un logotipo, si eso son cinco minutos de nada”. Claro que sí, mujé. A mí es que se me hacen los logotipos solos, yo no les dedico nada, pero nada, de trabajo.

Pero lo peor no es que no te quieran pagar, qué va. Lo peor es los argumentos que utilizan para avalar su tacañería. Estos están basados en una cosa muy simple, que es restarle valor y mérito a lo que tú haces. “Va, si en eso tardas tú un momentito de nada”, “pero si sólo son cuatro dibujitos o tres líneas de colores”, o, peor, “no te pongas así, mi primo chico, de catorce años, me lo hace  porque sabe manejar el Word”. Y es que, encima de pringao’, por lo visto tienes que ser gilipollas y aceptar que hasta el más negado venga a opinar sobre el esfuerzo o el tiempo que inviertes en lo que es tu profesión. “Cómo me vas a cobrar por un dibujito, hombre, si eso no es trabajo”. Qué va. Es un placer. Es que ni las gracias te dan. Que digo yo que qué menos que haya un intercambio, que si no puedes pagar, aparte del agradecimiento, pues no sé, me hagas tú otro favor. Eso es lo que se incentiva en los bancos del tiempo. Y me parece una maravillosa idea. Por ejemplo: yo te hago un logotipo para tu empresa de electricidad y tú me arreglas los enchufes. ¿Por qué no? Todos salimos ganando y todos valoramos el trabajo de todos. Lo que pasa es que aquí lo que pega, lo que parte la pana, es aprovecharse cuánto más y mejor de los demás. Porque la picaresca, engañar y robar también está de moda.

Que, en realidad, nada de esto debería sorprendernos, puesto que las personas de a pie no son más que el reflejo de la sociedad en la que viven. Ahora mismo, en el mercado de trabajo, las premisas que se utilizan para explotar a la gente por cuatro duros y que no rechisten son muy parecidas. Porque, vamos a ver, si no de qué iba a haber tanta, tantísima gente, trabajando por cuatro perras gordas y hasta gratis. Entre el “es lo que hay”, la traída y llevada crisis y que “te tienes que dar con un canto en los dientes porque por lo menos estás trabajando”  y que la mayoría de nosotros estamos desesperados por hacer algo y darle alguna utilidad a lo que sabemos, la triste y nefasta realidad es que lo que se ha puesto de moda es trabajar gratis. GRATIS. Que quién nos lo iba a decir a nosotros, que esto se lo cuentas a los jóvenes de hace veinte años y se estronciarían de la risa y te llaman de todo menos bonito, porque es verdad, porque no hay derecho y porque desde la empresa más gorda hasta tu primo Bonifacio todos intentan exprimirte al máximo. “Que trabajo te cuesta, si eso es sólo un rato y total, tampoco tienes otra cosa que hacer….”

No sé, seguramente yo todavía no me he dado cuenta, pero visto lo visto y en las cantidades en las que uno tiene que verlo, debe ser maravilloso, satisfactorio y reconfortante eso de aprovecharse del género humano. Supongo que te hace sentir más listo que los demás o algo. No me cabe otra explicación.

Queridos Reyes Majos, quiero el Besametonto Award

Esta noche vienen los Reyes. Supongo que os habéis dado cuenta, que no sois tan tontos; sobre todo porque ocurren cosas muy raras a vuestro alrededor, como que la gente se pone histérica y no sabe hacia dónde va ni que coño quiere, y las tiendas se llenan de individuos desquiciados que son capaces de matar por una muñeca horrorosa. Individuos que hace tres días estaban buscando el regalo más barato y aparente con el que impresionar a sus suegras, pero que hoy ya, al límite de la Noche de Reyes, directamente cogen lo que haya en cualquier estantería, sea lo que sea, y se lo llevan a una cola descomunal, al final de la cual, muy pequeño y de los nervios, se ve un dependiente hastarcoño del mundo. Es todo tan bonito… Esta mañana una señora me atropelló en el pasillo de un centro comercial y juro por todos los videoclips de Rihanna (que debe tener unos 3.500, con lo joven que es, coño, que a veces pienso que saca más videoclips que canciones) que tenía ojos de bicho malo y la lengua verde. Sí, como Paulina Rubio. Sí.

Yo no iba a hacer la carta, pero al final me he puesto a pensar y me he dado cuenta de que el que no llora no mama. Y a todos nos gusta mamar recibir que nos regalen cosas bonitas. Así que, hale, a pedir.

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy bueno. He sido un niño excelente. De verdad. No os lo escribo como en cuarto de EGB, cuando os mandé aquella carta llena de mentiras y tendenciosa porque quería una Master System II (puedo reconocerlo libremente porque, por si se os ha olvidado, nunca me la trajisteis. Por este motivo me he vuelto un alcohólico, por el trauma infantil que me supuso). Este año os lo digo muy en serio: me he portado estupendamente. He hecho un montón de mierdas cosas geniales que me han llevado al estrellato y además he hecho multitud de amiguitos a los que nunca he gritado, ni he insultado, ni he menospreciado. Y, no es por nada, pero Sus Puñeteras Majestades de Oriente reconocerán que tengo mi mérito, porque lo de tratar a tus amigos con la punta del pie y usarlos así, cuando te viene en gana, es tendencia. Me lo han dicho a mí. Este año en Cibeles los pantalones y faldas van a llevar la marca de la suela del zapato en el culo, directamente, para que sea mucho más fácil que nuestros seres queridos apunten para asestarnos la patada en el trasero según les convenga. Cómo avanzamos. Estos señores de la moda nos llevan años de ventaja. Están en todo.

He sido muy simpático y he sonreído mucho en mis presentaciones para vender cantidad de libros. También he conseguido mi propósito de quejarme menos del mundo (esto es mentira, pero queda muy bien. Además, creo que mientras en 2010  me quejé una media de dieciocho horas al día, durante 2011 he bajado a diecisiete horas y media). He rechazado chupitos de vodka caramelo y Jagermeister o como coño se escriba (sí, vale, porque me sientan fatal, lo sé, pero lo que cuenta es que no me los he tomado y los he cedido a amigos y conocidos. He sido una persona generosa. Eso sí, los de tequila me los he bebido todos). Me he contenido a la hora de entrar en provocaciones cuando determinadas personas me han buscado (y lo han hecho y mucho, Baltasar, tú lo reconocerás), llegando a veces a echar espumarajos por la boca de la ingente cantidad de insultos y sarcasmos que se me agolpaban en la punta de la lengua, pero sin perder nunca, jamás de los jamases, esta elegancia que me caracteriza.

Total, que yo os pido, a ser posible, no sé, vamos, por decir algo, a ver si puede ser que deje de trabajar gratis o por cuatro duros. Es que no mola mucho, ¿sabéis? Dejad de reíros y de decir que Rajoy va a crear empleos de limpiabotas superchulis para todos, que estoy escuchando vuestras carcajadas hirientes desde aquí. Pues eso, que estoy un poco hartito de hacer cosas a muy bajo coste. Que no soy ningún lumbreras, pero que talento no me falta y soy muy majo, me adapto a casi todo y hago unos cortes de manga muy graciosos y enérgicos cuando me tocan las pelotas… Eso debe servir para algo. Que digo yo que, por variar, me podrían ofrecer un puesto de trabajo estable, ¿no? Venga, va, anda, por fa, que le quiero dar uso a los títulos, que lo de  enrollarlos para pegarle a mis exnovios no cuenta… Que sé hacer de todo, hasta encajes de bolillo con el ojete si me pongo (es lo único que me falta en el currículum).

También os pido que me hagáis más guapo, más alto, más tío bueno y más todo. No sé, por pedir… Pero sin operaciones, ¿eh?, a golpe de varita. Nada de quirófanos. ¿Y podéis hacerme un culo más bonito? Vamos a ver, Melchor, tampoco es para ponerse así. Sí, sí, ya. Entiendo. Que no sois Cambio Radical, ya. Pues es una pena, ¿eh? Porque yo le pedía a mi vecina una cara nueva. Qué fea es la jodía. No, si no se la pido por ella, se la pido por mí, que siempre es mejor ver cosas bonitas cuando uno va caminando por un pasillo estrecho y en penumbra. Pero bueno, ¿qué es eso de que me vaya a vivir a un cuarto oscuro? Que os he oído, por favor…

Quiero ser un escritor famoso. Sí. Venga, que mi libro se venda mucho. Yo sé que vosotros tenéis mano en eso. ¿Por qué no? Vamos a ver, ¿cuál es el regalo más demandado? Ea, pues podríais regalarlo con el dildo. En Chin Chin Aflelú, o como coño se escriba, te regalan tres gafas (hasta pa’ el gato, niña, te dan gafas hasta pa’ el puto gato del vecino). Pues mejor mi libro. No, otra polla no, que luego la gente se pone muy tonta y no sale de casa. Y “Entrada + Consumición” es una bonita lectura para después de un toqueteo. Sexo y risas. Qué os cuesta, anda, que seguro que si ponéis el libro junto a un instrumento fálico llama más la atención. Gaspar, hijo, mira que eres antiguo. Sí, yo se lo propuse al de la librería que hay bajo casa, pero no le hizo mucha gracia la idea. A lo mejor es porque la librería es cristiana. Pero, joder, con más razón…

¿Y un Mac? ¿Me lo podéis traer? ¿Que decís de que le rece a la Virgen de las Maricas Desgraciadas a ver si así me lo encuentro un día flotando en un haz de luz?

En fin, visto lo visto, ya que no me vais a traer nada de lo que quiero, lo único que os pido es ganar el Premio Besametonto al Mejor Blog. Sí, ya sé que la llevo clara si pretendo ganar con rivales como Abel Arana o Ambiente G entre otros, pero chico, espero que si no podéis traerme eso, al menos me mandéis un par de botellas de wisky. No es que a mí me guste embriagarme, ya sabéis que no, pero de alguna manera tengo que superarlo y frotarse la piel en una bañera con un estropajo Nana no siempre quita la pestucia a fracaso.

El día 12 comenzarán las votaciones. Es taaaaan fácil hacerme feliz…

Constancia visual de mi nominación, para que quede claro lo importante que soy y mi ego se hinche hasta explotar y salpicaros a todos.

Adiós 2011

Y ya se termina el año. La verdad es que el 3456 ha sido un año genial, no me digáis que no. A mí me ha encantado. No sé, yo lo he visto muy bien: he tenido de todo y muy bueno. Si hasta la gente me llama escritor y todo… Una cosa increíble. Vamos, que a mí me ha parecido un año cojonudo. Aunque a lo mejor es una cuestión de percepción.

Para ser sincero, yo esperaba muy poco de este año. Poquísimo. Lo empecé como el culo. Es que estábamos en enero y yo ya quería cortarme las venas con una cucharilla oxidada. Nefasto de cojones. A punto estuve de irme con el circo rumbo a Australia y cambiarme el nombre por el de Rocky Puñalitos para no volver jamás por aquí.

Sin embargo, me quedé dónde estaba y le eché paciencia. Y lo cierto es que no me arrepiento. El año que se va, el 7876, me tenía deparado un buen montón de sorpresas agradables, de las que hacen cosquillitas y te dejan cara de gilipollas integral. No sólo lo digo por la enorme cantidad de gente que he conocido y por cuán arropado me he sentido, sino porque han tenido lugar sucesos de esos que no se olvidan fácilmente. Muchos. Muchísimos. Desde luego, muchos más de lo que yo esperaba. A pesar de mis múltiples inseguridades, a pesar de mis montañas de miedos. A pesar de que en algunos momentos haya detestado ser yo mismo. Como todos, supongo. Pero para eso está lo de reivindicarse y reinventarse como Madonna, para resurgir cada vez más fuerte que la anterior.

Yo tengo un defecto muy grande, que además es el único porque soy maravilloso, fantástico y espectacular, y es que me pongo moña con mucha facilidad. Y esta ocasión lo merece. Es fin de año. Es Nochevieja. Es el último día de un año. Con lo que a mí me gusta el drama y con lo que amo los balances, por cualquiera que me conozca mínimamente era sabido que iba a construir una entrada lacrimógena para decir “adiós, a cuidarse” al año que se va y decir “hola, ven aquí, que me tienes que hacer un rey” al que viene. Después de todo, ponerse moña no es malo. De hecho, deberíamos ponernos moñas más a menudo. Nos iría mejor desde luego.

Hasta el último momento me he estado pensando si sentarme a escribir. Al final me he convencido a mí mismo y me he dicho “hasta que no escribas el post de fin de año no bebes ni gota”. Y, claro, me ha faltado tiempo, pues menudo soy yo, que un día me dije “o el tabaco o el alcohol” y desde entonces no he vuelto a ser ni fumador pasivo siquiera. Pero, fundamentalmente, lo que me ha convencido a estar ahora escribiendo estas líneas es el hecho de que me parecía injusto. Al final de otros años infinitamente peores me he tomado la molestia de escribir y quejarme del mundo en plan melodrama y todo eso, así que me parecía de mala educación no hacerlo hoy, al final de 2011, cuando tengo tantas cosas buenas que sentir al pensar en estos últimos doce meses. Yo seré muchas cosas, pero maleducado no soy.

Y yo, que soy tan educado y que me he criado en los mejores colegios de gente pobre, tengo que decir:

Gracias a los que estáis. GRACIAS.

Feliz Ano Nuevo. Os ano a todos.

Mensaje de Su Majestad, la Reina, 2011

Queridos maricones: (Iba a ser políticamente correcta y me iba a poner a añadir orientaciones sexuales como una loca. Pero seamos sinceras: estoy de resaca. Vuestro rey Juanca está aquí al lado balbuceando -no os engañéis, maricones, en España no hay ni un logopeda bueno-, y yo como que paso. Porque de todas formas ya gobierna el PP, ya da igual…).

Vaya, hombre, ya me ha quedado largo de cojones. Empiezo de nuevo.

Queridos seres de naturaleza dudosa:

Me llena de orgullo y satisfacción estar aquí, en este blog maravilloso, fantástico y estupendo, digno de una Reina, como lo soy yo. Como ya han podido adivinar, estoy ligeramente hasta el petete, porque no veas la que tenemos últimamente armada en casa. Un drama. Menos mal que yo me entero de la mitad. Primero porque soy extranjera y pongo esa cara que me enseñó un día Melanie Grifa de “no enchieeeendo, no comprrrrrendo”. Y segundo porque cada vez que oigo cecear a mi marido me meto un chute de coñac.

Sin en cambio, no he podido evitar dirigirme a vosotros, que os hace mucha falta, que yo lo sé, en el Día del Pilar… ay, no, que me dicen que es Navidad. ¿Ya? Pero qué rápido pasa el tiempo cuando bebes, leñe. Bueno, pues eso, que después de un año coñazo (y si no que se lo digan a mi yerno, JAJAJJA. Animalico. Si es que es más simple que el mecanismo de un yoyó, qué le vamos a hacer. Porque yo tengo cara de tonta, pero soy más larga que nadie. Lástima que mis hijas no hayan salido a mí). Total, que después de un año coñazo en el que lo habéis pasado fatal (yo no, yo estaba la mar de a gusto tocándome las bolas chinas), vengo a daros esperanzas y a deciros que el año que viene… El año que viene va a ser pa’ mear y no echar gota, porque de un año coñazo pasamos a un año mariano.

Marianico, ese señor que vino el otro día a vernos, tiene grandes planes para nosotros. Pero, ojo, que yo también los tengo para él. Empecemos por lo importante: su boca. De momento, yo le di, en plena cogorza, un vale para mi dentista. Es terrible la sonrisa que tiene ese señor. Y eso que una vez leí por ahí que una sonrisa es capaz de iluminar el mundo; debió ser en una etiqueta de champú, porque no abro un libro desde antes de que me viniera el periodo por primera vez. Cuando Mariano sonríe, los perros de Palacio salen corriendo aullando. Animalicos. Se creen que Mariano les va a practicar recortes en el rabo.

Marianico tiene grandes planes para nosotros. Nos va a quitar los puentes. Y con eso dice que ya se va a arreglar la crisis. Joder, con el porculo que nos han dado con la puñetera crisis, si era tan sencillo ya nos lo podían haber dicho antes. Ni un puente va a quedar, que me lo han dicho a mí, que la gente va a tener que cruzar los ríos a nado. Es terrible. Los que estéis en paro, vais a seguir en paro, con la diferencia de que cuando entréis en Infojobs va a haber eco de lo vacío de ofertas que va a estar. Os va a encantar. ¡Mierda! Erda, erda, erda, erda… ¡Hijo puta! Uta, uta, uta, uta… Va a ser hipnótico, un pasatiempo cojonudo mientras arreglamos el tema de la crisis.

A aquellos que tengáis un trabajo, os recomiendo que le recéis doce avemarías a la Virgen de las Angustias, porque os la vais a ver canutas para conservarlo. Yo de vosotros me compraba un buen par de rodilleras, porque es lo único que os va a salvar de la quema que va a haber en las empresas. Entendedlo, no es nada personal, pero no os va a salvar de la crisis ni la formación (las dos carreras, los tres másters y los doce cursos no valen pa’ ná) ni la experiencia laboral. Como mucho la experiencia en comer chupachuses. Los que la chupen mejor tendrán trabajo en 2012. Los que no, serán, sencillamente, pobres que la chupan mal. Y los que no quieran arrodillarse por principios, serán pobres idealistas, jajaja. Los peores. Todo muy genial, ya veréis. Desde La Moncola están pensando en marcaros como a las reses para poder clasificaros a simple vista.

Los que vayáis a tener trabajo vais a tener unas jornadas laborales de veintisiete horas. No, semanales, no. ¡DIARIAS! Jajjaja, y con un sueldo más mísero si cabe que antes. Os lo vais a pasar teta. Pero miradlo por el lado bueno, si os quitan la casa, con llevaros vuestros cuatro trapos al maletero del coche y asearos en el lavabo de la empresa, ya tenéis más que suficiente. Si os lo vais a pasar muy bien, hombre. Va a ser como una convivencia en el campo, pero en la oficina.

En cuanto a los jóvenes en paro, no os preocupéis, porque se os están preparando unos contratos estupendos en los cuales trabajáis gratis, GRATIS, jajajaja. Os van a encantar. Los becarios de hace cinco años os van a parecer marqueses a vuestro lado.

Pero, a ver, que ya lo dijo mi marido anoche, que hay que esforzarse todos juntos por nuestro país. Esforzaros, maricones. Nosotros aquí nos esforzamos un montón. Anoche nos comimos un langostino menos cada uno, para ahorrar. [Ambrosio, lléname la copa, anda, que tengo que seguir escribiéndoles a los pobretones estos. Sí, hijo, ya sé que nadie me obliga, pero es que me meo desvelándoles su futuro. Si American Horror Story les da mal rollo, de lo que les espera salen con un ataque al corazón, JAJAJA. Llénamela otra vez, otra vez. Deja la botella, anda. No es por ahorrarte trabajo, Ambrosio, es que te vamos a despedir, JAJAJA. Que no, hombre, que era broma. Lo que te queda de mes lo trabajas].

Pero no nos pongamos triste en estas fechas tan especiales en las que vosotros, los maricones, lo pasáis peor que otras personas. Lo digo porque os veis en la obligación de ir a casa de vuestra tía Jacinta a cenar por Navidad y resulta que lo único que se les ocurre preguntaros a todos vuestros familiares, a los cuales veis de año en año, es cuándo os vais a echar novia. Ya hay que ser ingenuos, con la pluma que tenéis. Seguro que lo pasáis fatal y que hasta le ponéis nombre de mujer a vuestros maromos. Me va muy bien con Priscila, tío Luciano. Anda que, llamando Priscila a tu novia imaginaria, yo no es por nada, pero tu familia se va a imaginar cualquier cosa menos una mujer biológica. ¿Qué va a ser lo siguiente, llamarla Lady Gaga? Hijo, un poco de discreción. Animalicos, qué mal lo pasáis. Pero haber nacido normales, JAJAJA. No os preocupéis, que en este año os vais a tener que enfrentar a Mariano, que dice que en vez de matrimonio lo va a llamar otra cosa. A este paso hasta os cambia el nombre de los genitales, JAJJAJA. En vez de pollas vais a tener cosas colganderas que no sirven para procrear. No os quejéis, yo tengo que aguantar que a lo mío lo llamen atributos reales. Un drama. Por eso bebo. ¿De qué estábamos hablando?

Ay, qué risa. Me río porque soy Reina y heterosexual y puedo, aunque pinto menos en España que la Infanta Elena en un concurso de belleza. JAJAJJA. Me encanto a mí misma. Ahora en francés: me enchanté a moi mismé.

No obstante, estas fechas han de estar llenas de amor y amistad. Ese amor que este año que llega os va a costar el mismo trabajo encontrar, a no ser que dejéis de una vez de lado vuestras pretensiones de enamoraros de verdad y os ciñáis a casaros para no estar solos y punto o para pegar un buen braguetazo. No os hagáis mala sangre: seguro que los solteros tenéis unas 7867867 citas en 2012 para encontrar al amor de vuestras vidas y lo único que os lleváis es unos cuantos polvos con unos pocos tarados. El mundo está lleno de gente que busca el amor; y que quiere follarte despiadadamente sin pensar ni un solo segundo en tus sentimientos, claro. Pero tú sigue con tus sueños de Princesa Disney, no te dejes amilanar, chica, lucha por lo que quieres, no te conformes con un chalado. Los hay a patadas, pero no te quedes con ninguno de esos. Sigue buscando, como las estampitas. Es ley de vida, chica, la gente cada día está peor de la cabeza. No es que yo me ría de vosotros, qué va. Habiéndome casado con quien me he casado, no estoy yo en posición de hablar mucho, ¿sabéis?. Qué va. Es más, os animo. Y si no lo conseguís, siempre os quedará el alcohol, que por ahora dicen que no lo van a prohibir. Dicen. [Ambrosio, tráeme otra botella. De chinchón, sí].

En fin, que lo único que me queda deciros es que aunque no vienen tiempos buenos para casi nadie, no debéis perder la ilusión, ni la esperanza, ni dejar de luchar por aquello que queráis. Estoy segura de que si vais por ahí diciendo que lo que queréis es un trabajo en condiciones con un sueldo digno, un techo, unos amigos medianamente decentes que no os dejen tirados a la primera de cambios y un novio que os quiera de verdad y no sólo para empotraros contra la pared de un servicio y en los ratos sueltos trataros con la punta del pie, os mirarán mal y se reirán de vosotros. Pero esas risotadas no deben minar vuestro ánimo. Y lo mejor que podéis hacer cuando os pase esto es llamar a vuestro mayordomo para que os traiga un gintonic, que está de moda y es muy difestivo.

Seguid luchando sin perder el buen humor.

Mari Chisma, maricones míos. Y recordad: si no os gusta la Navidad es que no habéis bebido lo suficiente.

Losers

El otro día leí un estupendo artículo sobre el fracaso. A decir verdad, fue una amiga la que amablemente me lo puso ante las narices, porque llevo algunos días (y quien dice días dice semanas) dándole demasiadas vueltas a la cabeza. Podría ir de guay y decir que esas vueltas me están llevando a un buen sitio, pero lo cierto (y lo que más me joroba) es que esas vueltas no hacen sino despertar y traer a la mente demonios que, en muchos casos, ya creía derrotados. Al parecer, como ocurre con las tormentas, únicamente amainan y cuando ya las crees olvidadas y respiras tranquilamente, el sosiego se ve interrumpido y vuelves a sobresaltarte por culpa de un trueno. Así es mi cabeza y supongo que la de todo hijo de vecino: una putada con la que se ha de convivir de la mejor manera posible.

Yendo al grano (que me gusta entretenerme por el camino), el artículo hablaba sobre que estos días inciertos se nos presentan como un aparentemente inofensivo engranaje perfecto que conjuga el binomio éxito-fracaso y que controla nuestros impulsos y acciones de un modo muy particular en torno a ellos. El meollo del asunto es que vivimos una era compuesta por triunfadores, aquellos que son capaces de conseguir lo que quieren siempre, las cabezas salientes que suponen un ejemplo para todos los individuos de estas sociedades. Se habla de ellos todo el tiempo, son los que copan nuestra atención: deportistas, artistas, actores y actrices, cantantes, escritores… Y si aludimos a la gente de a pie, personas que por un motivo u otro han logrado superar una situación terrible o que se han hecho a sí mismas y saborean los efluvios más dulces de la vida. Algunos trabajan muy duro y luchan contra viento y marea para alcanzar sus méritos.

Son esos casos que normalmente se nos presentan para que entendamos que el éxito se encuentra al alcance de cualquiera que se esfuerce lo suficiente y que, por lo tanto, nos hacen responsables de su satisfactoria consecución o, por contra, del fracaso más estrepitoso. Así es, la premisa sería tan simple como “inténtalo, no tengas miedo, pero tanto si lo consigues como si no has de saber que te responsabilizarás de ello”. Ergo cabe la posibilidad de que te sientas muy satisfecho de ti mismo en el remoto caso de que logres rebozarte en las mieles del éxito, pero también hemos de contemplar la situación, que además suele ser mucho más probable, de que no lo consigas y, por ende, te veas obligado a albergar la sensación de que eres escoria.

Así es cómo funciona lo de autoculparse, ¿saben? No estoy siendo dramático como otras veces, sino que, más bien, estoy siendo sincero. El fracaso es una de las cosas peores vistas en estos tiempos que corren. Aquello de “lo importante es participar” es un cuento superguay que alguien se inventó para guardar las apariencias, pero la realidad es que cuando uno intenta hacer algo, lo que quiera que sea, espera conseguirlo, ganar, lograr el éxito. “Lo importante es participar” es el consuelo de los patéticos que no superaron las adversidades. Entre otras cosas porque se nos ha enseñado, y esta idea se refuerza día tras día, que los fracasos son manchas irrevocables en nuestro historial que ponen de relieve nuestra incapacidad, nuestros fallos, nuestros defectos: precisamente, esos demonios que todos albergamos y que de cuando en cuando pensamos muertos, cuando en realidad únicamente se hallan en dulce letargo.

Los fracasos subrayan todo lo malo de nuestra personalidad y nos hunden en la miseria. Parece ser que a la hora de juzgar, el imaginario colectivo, toda esa gente que cuando no logras ser el mejor en todo lo que te propones se sitúa a tu alrededor, bien para darte ánimos, no sin una pizca de condescendencia o, peor, de sentimiento de compañerismo entre fracasados, bien para reírse a mandíbula batiente de ti, se ha olvidado de que lo que esconde cada éxito, cada triunfo, cada carrera ganada, cada reconocimiento, es un reguero de fracasos y de intentos fallidos. Fracasos e intentos fallidos que son necesarios para dotarnos de la humildad necesaria para aprender de nuestros errores o perfeccionar nuestras virtudes. Todo eso se olvida, cada cima culminada se convierte en el único elemento visible para todos los que, con admiración, se hacen eco de la noticia. Y la historia que esa cima lleva detrás se oculta, porque los fracasados quedan muy mal; incluso cuando han conseguido superar ese fracaso no logran deshacerse de la etiqueta de perdedores.

Así es cómo se desarrolla un miedo enfermizo a fracasar en cualquier cosa que nos propongamos y así es cómo muchos de nosotros nos tornamos en unos puñeteros obsesos de la perfección cuando se trata de evaluarnos a nosotros mismos, nuestro trabajo, nuestra personalidad o cualquier conducta que llevemos a cabo. Algunos de nosotros nos transformamos e incluso llegamos a aceptarnos como losers crónicos que se hacen conscientes a cada paso que dan de su incapacidad para estar a la altura de las expectativas sociales (algunas de ellas reales, otras conformadas e interiorizadas a través del delirio paranoide del neurótico).

Es una verdadera pena, porque es este miedo al fracaso el que nos impide hacer muchas cosas, el que en infinidad de instantes clave en los que hay que arriesgar, nos paraliza y nos hace esclavos del látigo de siete puntas que mentalmente todos sujetamos, alzado sobre nosotros. Y, encima, nos impide disfrutar de aquellas que llegamos a hacer, aquellas que despiertan las ganas suficientes como para traspasar la barrera del miedo a no estar a la altura, a fracasar y, con ello, a decepcionar, tanto a los demás como a uno mismo.

Tal vez deberíamos ser un poco más inteligentes y darnos cuenta, pero de verdad, no para quedar muy bien en reuniones sociales, que intentarlo no garantiza el éxito, pero sí debería garantizar la satisfacción; que ganar está bien, pero es lo de menos. Y que, aun así,, después de todo, uno no llega al final de ningún camino sin haber tropezado con unas cuantas piedras.