Para que quede bien clarito.
Para que quede bien clarito.
Es inevitable pensar durante este día en lo que ha sido 2012. Aunque muchas personas me han recomendado no hacer balance al final del año esgrimiendo que no es nada bueno, ni sano, ni tiene ninguna propiedad saludable para el ser humano, a mí me ha salido solo. ¿Cómo haces para evitar algo que se cierne sobre ti? A mí no me gusta mirar para otro lado, no me gusta engañarme a mí mismo pretendiendo que no me afecta que haya llegado este día.
El cuerpo es sabio, y en cuanto me he levantado esta mañana ya he percibido que había algo raro dentro de mí. Sólo han hecho falta un par de acciones, tan cotidianas como las de cualquiera, para desatar un torrente de sentimientos encontrados.
Sería una tontería y una insensatez afirmar que el 2012 ha sido por entero una porquería. No es verdad, no lo ha sido. Me han pasado cosas estupendas, he conocido a personas maravillosas, he logrado superar ciertos baches, he tomado buenas decisiones, he querido a quienes tenía que querer y ha habido muy buenos momentos. Todo eso es verdad. Pero no es menos cierto que te echo mucho de menos a ti, a quien ya me he dirigido desde este blog varias veces desde que te fuiste con la secreta esperanza de que lo pudieras sentir donde quiera que estés ahora. Me faltas tú todos los días.
Te quiero. Y me cuesta mucho abandonar este año porque es como si tuviera que decirte adiós de nuevo. Tú te quedas en 2012 y yo tengo que seguir. Me aferro a los últimos minutos del año sabiendo que ya no estás, que ya no estarás, como si se me fuera a escapar definitivamente lo poquito que me queda de ti. Qué putada, tía, qué putada más grande y más gorda que ya no estés ni vayas a estar. Qué putada que no podamos abrazarnos otra vez.
Hoy es inevitable pensar en ti y en lo que significaste y todavía significas para mí. Y las lágrimas se me escapan sin que apenas pueda contenerme.
Feliz 2013 a todos.
Ahora que podemos casarnos, los maricones y las bolleras tenemos permiso para sacar a la luz nuestro plan secreto de hacernos con el mundo y someter a la especie humana. ¡Somos malos y tra tra traviesos! ¡Acabaremos con vosotros, familias heterosexuales, JAJAJA! Esto va a ser Sodoma y Gomera.
Esta semana estoy que no quepo en mí de gozo. Y al contrario de lo que muchos sectores conservadores de esta sociedad puedan estar pensando, no es porque me haya comprado un dildo enorme y mejor. Estoy muy feliz porque unos señores a los que la gente popularmente llama Tribunal Constitucional han dicho que me puedo casar con otro maricón de pura cepa. ¿No es fantástico? Un despiporre. Es Sodoma y Gomera; salvo que lo único que se pone como una piedra es mi miembro viril.
Por fin, invertidos e invertidas, ha llegado el ansiado momento que estábamos esperando pacientemente, agazapados en nuestras madrigueras, en esos antros de lujuriay sexo desenfrenado y tras esos perfiles con nombres tan originales comopollon28cm. Ya es hora de que lo confesemos, de que maricones y bolleras saquemos a la luz nuestros pensamientos perversos de destruir la sociedad. Ahora que podemos casarnos con quién nos salga del papo, vamos a llevar a cabo el plan de destrucción de la especie humana que venimos urdiendo durante siglos (porque los maricones venimos de antaño, de antes que Sara Montiel, pero nos conservamos muy bien porque usamos cremas reafirmantes hasta en el escroto). Malditos ingenuos heterosexuales, vamos a acabar con vosotros, JAJAJAJA (risa maquiavélica o de perturbado emocional —o sea, que la risa se parece mucho a la de cualquiera de tus exs—). Quede claro que nosotros siempre hemos soñado con destruir lo que se conoce como familia tradicional. Es que no pensábamos en otra cosa. Destruir, destruir, matar, matar… Bueno, y en follisquear, en eso también pensábamos.
Pero vayámonos al principio. Todo comenzó en la época de las cavernas, tía. Mientras los machos heteros se entretenían arrastrando a las hembras por el pelo hasta su cueva y hacían unos dibujos horribles que aun así tienen más calidad artística que los truños que dibujabas en el colegio en la asignatura de Plástica,nosotros nos reuníamos secretamente en un sitio con muchas flores rosas, con mucha purpurina, unicornios, arco iris y tarimas en las que bailar canciones de la versión Mónica Naranjo Neardental y consensuábamos las diferentes maneras de acabar con la Humanidad. Nos quitábamos las pieles de animales muertos que nos poníamos para disimular, para que creyerais que éramos como vosotros, y nos poníamos pelucas y tutús de plumas.
Tras varias mamadas (porque los maricones somos unos guarros que solo pensamos en follar desde el principio de los tiempos) elegíamos al que la tuviera más larga, más gorda y más espesa como jefe de los sarasas. Él recibía el título de Marica Primera, Reina del Cuarto Oscuro y de Holanda y nos pervertía a todos. Lo apodábamos Satán, nombre en clave que servía para gritar cuando copulábamos con él (sí, sigue, Satán, dámelo toro, toro y toro, tírame del pelo y llámame Mari Carmen). Nos lo pasábamos chachi y si en algún momento nos aburríamos uno de nosotros imitaba a la Pantoja y… ¡qué risas!
Luego la gente se dio cuenta de que existíamos y empezó a perseguirnos. Primero dijeron que éramos contra natura (fíjate, nosotros, que somos la mar de naturales y espontáneos). Luego que estábamos enfermos; que yo no es por nada, pero mucho decir y decir, pero a mí mi médico no me quiere dar la baja por estar maricón perdido ni me permiten pedir una pensión de invalidez. Ni siquiera nos ponen un especialista, un Mariconólogo, que uno vaya a la Seguridad Social y pueda pedir cita tranquilamente, o al menos alguien del gremio del aceite que nos haga un ajuste. Nada. Pero poco a poco fuimos conquistando la sociedad. Mientras os distraíamos y confundíamos vuestras mentes con luces de néon, colores chillones, peinados imposibles, mariliendres a las que absorbíamos el cerebro y que luego difundían nuestra palabra e ideología, ritmos alegres y fiesteros y capítulos de Sexo en Nueva York y Glee, nos hemos ido adentrando en vuestra sociedad heterochachi hasta invadiros por completo. Ya es hora de que lo sepáis. Controlamos el sector de la moda, de la belleza, del cine, del teatro, de la música, de la danza y las artes escénicas, de la publicidad y el diseño gráfico, de la peluquería y el maquillaje y la producción mundial de artículos de folleteo (porque somos unos guarros que sólo pensamos en que nos rellenen como napolitanas de crema). Estamos en todas partes y tenemos infiltrados en la política, en la educación, en la sanidad y le ponemos una sustancia rara a la carne y al pescado que consumís para que os confundáis de borrachera y especialmente en la época de la Universidad.
Ahora que habéis bajado la guardia y que por fin se ha aprobado nuestro derecho a casarnos pilila con pilila y potorro con potorro, ahora que por fin podemos fundar nuestras propias uniones y familias, podemos afirmar sin miedo que vamos a acabar con vuestra sociedad heterosexual de normales (porque nosotros somos anormales) JAJAJAJAJA JAJAJAJA JAJAJAJA JAJAJAJAJA JAJAJA me vierto toda JAJAJAJAJA JAJAJAJA no va a quedar ni un hetero vivo, ni una familia tradicional JAJAJAJA JAJAJAJAAJJA la vamos a liar parda JAJAJAJA JAJAJA JAJA de esta no os salvan ni los Power Rangers JAJAJJA…
Lo primero que vamos a hacer es sodomizaros a todos (pues claro). Os vamos a poner los ojetes como plazas de toros. Ya veréis qué gustito. Luego vamos a pervertir a vuestros hijos enseñándoles que pueden vivir perfectamente con dos mamás o con dos papás y obligándoles a comportarse con mucha pluma y a hacer coreografías de Lady Gaga en las funciones del colegio, y todo eso porque estamos locas del coño y somos incapaces de criar niños sanos y equilibrados. También tenemos un plan para que a los bares sólo entre gente de la acera de enfrente (si vemos a un tío y a una tía dándose el lote, los echamos e incluso llamamos a la policía gay para que los metan en un programa de reinserción basado en ver repetidas veces Una jaula de grillos, In & Out y Priscila reina del desierto. Prohibiremos los besos heteros en pantalla (puaf, qué asquerosidad, qué perversión) y los partidos de fútbol dejarán de televisarse porque lo realmente relevante es lo que ocurre en el vestuario y en las duchas, el resto no nos interesa. Se podrá hacer cruising en la sección de lácteos del Mercadona. Bertín Osborne será mariconizado y transformado en un mariclon de Jorge Javier, Intereconomíapasará a llamarse Interojetetía, La Gaceta será una revista de moda solo apta para homosexuales y La Razón un catálogo de tías en tetas y chulazos en ropa interior. Por último, Dios dejará de ser un tipo rancio que no aprueba nuestra existencia a ser un tipo enrollado que cree que molamos mazo y que lo de casarse, adoptar y formar una familia es algo que podemos hacer perfectamente.
Sin duda, os espera un Apocalipsis. Una ola de sexo gay destruirá la Tierra, como enDeep Impact, pero en versión maricona, con mucha purpurina y una banda sonora compuesta íntegramente por Rafaella Carrá. No sé cómo habéis permitido que lleguemos a casarnos, JAJAJAJAJA. Maricones al poder, os vais a arrepentir de todo esto, vamos a corromperlo absolutamente todo. TODO. Se acabó el mundo tal y como lo conocíais. Vamos a sembrar el terror.
Y así, queridos y queridas lectoras es como mucha gente ignorante e idiotizada nos ve. Qué pena, ¿verdad?
Al final tenía que llegar. Era inevitable. Las crisis casi nunca son algo aislado. A pesar de que llevamos años escuchando que estamos en una crisis económica, la cruda realidad es que esta apoteosis trasciende mucho más allá y tiene su origen en algo que ya dijo Hobbes hace la tira: el hombre es un puto lobo para el hombre (lo de puto no lo dijo, pero lo pensó, fijo, no hay otra forma de filosofar acerca de esto, algún insulto debe escaparse) y que reprodujo muy sabiamente Sartre: el infierno son los otros. Y es que, no en vano, todo esto es producto de la ya tradicional incapacidad del ser humano de relacionarse con sus congéneres de una manera sana y equilibrada.
Al final tenía que llegar otra clase de crisis: la política. Nuestros políticos, y en realidad los de prácticamente todo el sistema social en el que vivimos inmerso, todavía están intentando negarse a sí mismos el descrédito que sufren. Si hay algo en lo que parece que estamos de acuerdo muchos de izquierda y muchos de derecha de España es en que los políticos cada vez nos representan menos. Y no es de extrañar, oiga, que las noticias nos traen cada día nuevos imputados, a nivel local, regional, nacional o internacional, por delitos consistentes en el más peregrino ansia de llenarse los bolsillos a costa de los demás. Es una pena, aquí nadie hila fino, no hay planes de dominar el mundo ni nada por el estilo: todo se basa en un reparto del tipo “esta miguita para ti y el resto de la barra pa’ mí” que casi resulta chabacano de puro primitivo. Por no hablar de esas estupendas declaraciones en las que, por desgracia, la inteligencia y la sutileza brillan por su ausencia. ¿Dónde ha quedado la sutil manipulación política? Se ha esfumado con la crisis: ahora se ha perdido la vergüenza y esos señores que dicen que gobiernan para nosotros la lían parda cada tres por cuatro y sueltan perlas dignas de cualquier programa de humor gañán. Qué disloque, oiga, qué barbaridad. Y encima se quejan de que sus votantes les pierdan cualquier atisbo de respeto. Ya sólo nos falta que Belén Esteban sea nombrada ministra de Cultura para que la escena política se convierta en un escenario muy similar al “Sálvame”.
Que sí, que no está bien generalizar, y segurísimo que hay políticos responsables que de verdad se mueven por el bien común. Pero no me toquen las bolingas: estamos gobernados por una intolerable panda de gaznápiros encantados de conocerse a sí mismos, que se sienten más listos que los demás por hacer uso de su picaresca y que no dudan ni un sólo segundo en alardear de esa supuesta aura de “enteradillos” de patio de colegio que tienen accesos a recursos vetados para los demás ante la más infame impunidad. Cada día está más claro. Cada día es más evidente. Por eso cada día hay más desencanto en las entrañas de un pueblo que, con razón, pensaba que la política era otra cosa. Si no, no habrían puesto su presente, su futuro y hasta su pasado en manos de esos rufianes.
Reblogueado desde el rincón de tatojimmy v.2.0:
Hoy va a ser un día especial en esta semana del libro. Voy a hablar del libro de un amigo.
Estaba yo barajando varias posibilidades. En esta semana yo quería incluir algún libro de temática gay, o al menos con gays pululando por ahí. Más que nada porque no hablo nunca de ellos, y al fin y al cabo, muchos de los relatos que escribo aquí, tienen a un gay como protagonista.
En la facultad (porque yo soy un mariquita de provecho que ha estudiado mucho y es muy curta e importanta) tuve un profesor que era la monda. En realidad tuve varios (había cada especimen que era para echarles de comer aparte), pero uno en concreto me marcó. Resulta que aquel señor se vanagloriaba por ahí de que su asignatura la aprobaba muy poca gente, de que era más fácil ver a Lady Gaga en vaqueros que aprobar su materia. Para que os hagáis una idea, de cada clase de 100 alumnos aprobaban siete u ocho. Era superchuli. Se ve que entre los profes se hacía el guay diciendo “mira, mira, qué importante soy, que suspendo a tutiplen”. Y no era de extrañar, porque aparte de que ponía unos exámenes cabrones (el Hitler de los exámenes) se inventaba cosas. Si por ejemplo, decía claramente en clase que el tema 7 no entraba en examen, luego preguntaba el tema 7 y se quedaba tan pancho. Y era inútil quejarse, porque eso encima le daba más gustirrinín. Él siempre respondía: “no es imposible aprobar. De hecho hay gente que aprueba”. Claro, la sexta vez que te presentas.
Imagínense hoy en día, con lo que han subido las tasas universitarias, tener a un docente tan superguay, con el que apruebas, con suerte a la sexta. Te sale más barato sacarte el carné de conducir, maricón, que su asignatura. Hasta comprarte el coche.
La cosa es que yo no podía entender la actitud de este tipo. Si lo pensamos detenidamente, y observamos la órbita perpendicular de Neptuno con Saturno en paralelo al huevo izquierdo de Alejandro Sanz no es complicado aventurar que la labor de un profesor es enseñar: que los alumnos aprendan. Si yo evalúo a los alumnos a los que he estado enseñando durante meses y me suspenden los exámenes en su mayoría, me sentiría muy frustrado, porque se pone en cuestionamiento mi trabajo, mi labor, mi profesión: si mi labor es que otros aprendan y a pesar de mis esfuerzos esos otros no aprenden nada, ¿qué sentido tiene mi dedicación y mi trabajo?
Esto es lo que deberían plantearse ciertos políticos en estos tiempos que corren. Esta mañana iba yo de camino a la oficina y por poco no se me saltan los empastes al escuchar que Rajoy le había dado las gracias a los millones de españoles que no se habían manifestado y que trabajaban y se esforzaban por sacar a este país de la crisis. Más allá de la perversión lingüística que habitualmente usa el PP para lanzarnos pullas (obsérverse que según esta declaración no se puede estar uno esforzando por sacar a su país de la crisis y protestar, es incompatible, inadmisible, como el agua y el aceite. Y, sin embargo, muchos de los que protestamos estamos dando el callo todos los días en nuestros trabajos y nos esforzamos igual o más que los que no protestan por sacar a España del hoyo), yo, como presidente del Gobierno de un país me sentiría fatal al ver cómo millones de personas se arremolinan contra el Congreso. Millones de personas hartas, desesperadas, iracundas a las que no le falta ni pizca de razón a la hora de demostrar su desconfianza no ya hacia un presidente, sino hacia un sistema político y económico en el que el compromiso social y la autocrítica brillan por su ausencia, al menos en su esfera más visible (supongo que los políticos comprometidos de verdad se encuentran ocultos en la maraña). Sinceramente, si yo fuera él o si yo fuera mi profesor, no tendría la osadía y la prepotencia de menospreciar a quienes protestan. Porque si protestan no es por una rabieta o porque piensen que el profe les tiene manía, sino porque sienten que les están traicionando y se están riendo de ellos aquellos que, precisamente, deberían estar mirando por su bien.
He hecho alusión a esta cita en mil ocasiones, pero creo que merece la pena darle cabida una vez más.
El infierno de los vivos no es algo que está por venir: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos.
Hay dos maneras de no sufrirlo.
La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué en medio del infierno no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio.
Las ciudades invisibles, Italo Calvino.
Las crisis existenciales siempre llegan en los momentos más oportunos. Parece mentira, pero es así. Las muy condenadas aparecen inesperadamente y repletas de angustia, listas para ponerte el nudo en la garganta en el lugar preciso para que no pase ni la comida, ni la saliva, ni el aire. Poseen un carácter dantesco que logra que en pocos segundos uno se perciba a sí mismo como una especie de desequilibrado. “Estoy fatal de lo mío”, se dice uno, intentando quitar hierro al hecho de que se está planteando demasiados interrogantes. Y, sin embargo, las crisis existenciales se agradecen porque, en cierto modo, consiguen que te percates de cosas muy importantes que estabas pasando por alto.
Este año he cumplido esa especie de propósito que en el fondo no era más que la firme obediencia a mis deseos más profundos: no he pisado la Feria. Y no, no ha sido por repelús hacia el diseño del cartel aquel, sino, simple y llanamente porque no me apetecía una mierda. Es que parece mentira, la enorme cantidad de cosas que solemos hacer solo porque nos vemos obligados por las circunstancias o por quedar bien. Eso mismo le comentaba el otro día yo a una que yo me sé en una ciudad completamente diferente a la mía, lo mucho que detesto el escaso margen de libertad que nos deja esta vida moderna para ser quienes somos. Qué trabajo cuesta hacerse sitio y mantenerse firme, qué ardua labor la de no permitir que lo más auténtico de uno mismo se pierda entre los entresijos de la cotidianeidad y otras memeces. Sí, memeces, porque lo importante, lo verdaderamente relevante es otra cosa.
El hecho de haberme alejado ha sido el pistoletazo de salida para sumergirme en mi crisis existencial, que ya llevaba unas cuantas semanas esperando pacientemente el momento de apoderarse de mí. Está bien, no me quejo, los viajes sirven para eso, para pensar en lo que uno deja atrás, en lo que le gustaría encontrarse al volver y en aquello que le sume en el tedio y la desidia más profunda.
Quizás sean tiempos para averiguar, una vez más, lo que quiero y lo que he dejado de querer. Hay cosas que quiero hacer y que no estoy haciendo y hay cosas que estoy haciendo que nunca quise hacer. Es complicado comprenderlo, pero a la vez es muy sencillo. Lo último que deseo es convertirme en un amargado contrito que se detesta a sí mismo más que a cualquier cosa. Así que puede que sea el momento idóneo de tomar decisiones y hacer cambios, perseguir sueños y buscar luces. En suma, volver al principio sólo para reflexionar acerca de lo que de verdad deseo.
Si algo he aprendido de las crisis existenciales que me han asolado a lo largo de mi vida es que de todas ellas he salido mejor parado de lo que pensaba.
Cada vez que intento poner en orden mis pensamientos y mis emociones, termino llorando. Es así y necesito decirlo aunque no suene divertido. Ya no puedo frivolizar más, estoy cansado de fingir que las cosas no me duelen tanto, estoy harto de salir a la calle con una máscara y pretender que todo va bien cuando es más que evidente que no es así.
Se me escapan lágrimas que duelen. Puede que sean las lágrimas que más me han dolido en la vida. Se me tuerce el gesto. Y lo peor es que, lo sé y lo siento, esas lágrimas no son más que la punta del iceberg.
Apenas llego a sumergirme en esas emociones contenidas y ya se desata un maremágnum de proporciones considerables. Y muchas veces me pregunto: “¿Qué me he pasado? Yo antes sabía llorar, era un llorica de primera, ganaba todos los premios”. Porque es verdad, yo antes lloraba lo que hiciera falta, buceaba en mi propia mierda que era un gusto y lograba sacarle brillo hasta a los lugares más recónditos del fondo de esa ciénaga que todos llevamos dentro. Y así me renovaba por dentro y por fuera y era capaz de estar bien conmigo mismo y seguir creciendo. Tirar p’alante. Y ahora pues no.
Ahora, ni siquiera he terminado de mirar de reojo a la ciénaga y ya me veo obligado a apartar la vista. ¿Desde cuándo he desarrollado semejante estrategia para no encararme con el horror? Con lo que yo he sido, que el neopreno me sentaba como un guante… Ahora busco excusas todo el tiempo: tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro, tampoco es para tanto, voy a terminar aquello, el neopreno me hace michelín… Cualquier excusa es buena. Estoy estancado en mi cobardía. Tengo un miedo atroz a lo que quiera que pueda encontrar ahí debajo. (Es que, no es por autocompadecerme, pero vaya telita, nena.)
Siento que algo muy importante se ha roto y que ahora ya no hay manera de arreglarlo. Como un jarrón, ¿sabes? De la Dinastía Ming si quieres, lo que te dé la real gana. El caso es que se ha hecho añicos. Por completo. Estoy convencido de que lo que hay que hacer es pegar los trozos y aprender a vivir con la reconstrucción aunque sea vean las fisuras, apreciar las zonas resquebrajadas (que son heridas de guerra) y no echar de menos (o quizás no con semejante desgarro) esos pequeños fragmentos que en el impacto salieron despedidos y volaron a sitios inaccesibles. Sé perfectamente lo que hay que hacer. El problema es que no tengo la menor idea de cómo hacerlo. Y es importante que lo sepa, porque eso que se ha roto es lo que logra que todo mi engranaje funcione. Un drama. Y una putada.
Duele. (Por fin: que duela es bueno.)
Es la base de la demagogia: mezclar churras con merinas. Y yo es que, tía, lo veo en todas partes. Es supermoda.
Mira que me gusta poco el fútbol. Es que no me gusta nada de nada. No sólo porque el deporte en sí no me atraiga e incluso me acarree ciertas reminiscencias de mi infancia y los traumas psicológicos asociados a la misma (qué le vamos a hacer), sino por el sentimiento que suscita entre los cazurros de mi barrio, quienes deciden pasarse la noche gritando debajo de mi ventana y haciendo sonar los cláxones de sus coches y las putas trompetillas esas de los cojones (que, por cierto, descubrí con gran disgusto, que regalaba la Coca-cola). Sin embargo, todavía me gusta menos esa demagogia que se crea en torno al tema de “mientras vosotros celebráis la victoria de España, la crisis nos está matando a todos, en Valencia arden los bosques y un escarabajo se ha partido una de las patitas”. Que digo yo, que es verdad, que ojalá lo que suscita el fútbol, esa amalgama de gente tirada en la calle dispuesta a todo, lo generaran otras cosas como los recortes que estamos sufriendo, pero hacer una relación directamente proporcional y lógica entre ambas cosas es mezclar churras con merinas.
Igualmente, todavía leo opiniones sobre el cartel de la Feria de Málaga, que tantos y tantos disgustos me está trayendo (no me deja ni dormir, coñe) de quienes continúan defendiendo el uso de una plantilla bajada de Internet basándose en el uso que del collage han hecho muchos artistas reconocidos. Y es que ya, lo último es comparar a una cualquiera que ha decidido coger una plantilla y presentarla a un concurso para ganarse unas perras con facilidad pasmosa con un artista que consagra su vida a experimentar con la realidad y el arte. Lo mismito, oigan. Picasso y la ganadora del cartel de la Feria de Málaga, dos almas incomprendidas y transgresoras que causarán conmoción en la Historia del Arte.
Lo que yo te diga, que nos encanta mezclar. Y de paso, hacer un poquito de demagogia barata, que es tendencia y todo el mundo sabe que hay que estar a la última.