ATER gratis

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

 

Como en este blog somos la mar de sensibles a eso de la crisis (sí, tía, estamos en crisis, ¿no te habías enterado? ¿No? Pues ya te lo cuento yo), durante todo este mes te damos la oportunidad de leer gratis, sin pagar un duro, sin tener que chupársela a nadie ni nada (bueno, si quieres sí, pero conste que no es requisito indispensable para hacer la descarga) el libro de “Amar en tiempos de estómagos revueltos”.

Hace algo así como tres años y medio que se lanzó así que yo entiendo que haya personas reales, con perfil en el Grindr y todo, que se pregunten qué coño es este libro y de qué va. Pues te lo cuento.

¿Alguna vez te has enamorado de tu mejor amigo y has pasado meses babeando por él con la esperanza de que te correspondiera? ¿Has cometido en algún momento el error de mandarle un mensaje de texto al chico que te gusta para declararte llevando en tu cuerpo una cantidad de alcohol comparable al caudal del Ebro? ¿Te planteaste eso de hacerte amigo de tu ex para no perderle y porque significaba mucho para ti y la consecuencia ha sido que todavía te estás dando de cabezazos contra la pared?

¿Quieres conocer las más inverosímiles técnicas para ligar en bares, perfiles de Internet, fotologs y hasta en tu día a día, cuando vas a comprar al Mercadona, todo digno empujando tu carrito? ¿Has decidido convertirte en un chulo de mierda, pero no sabes cómo llevar a cabo semejante transformación?

¿Necesitas planes para superar el próximo San Valentín? ¿Has decidido inventarte un novio como medida desesperada para afrontar tu estado de crisis mental, afectiva y hasta sexual? ¿Te has preguntado alguna vez por qué te enamoraste de Fulanito, que es más soso que un manojo de acelgas y no encuentras explicación?

¿Estás harto de que las amigas de tu madre y tus tías del pueblo te pregunten cuando te vas a echar noviA cuando a ti lo que te ponen son unos pectorales bien duros y un buen mandao‘? ¿Y de que tus amigos y conocidos te pregunten por qué te hiciste marica, como si esto fuera lo mismo que hacerse personal choped (que lo anuncian mucho en la radio, dicen que es la profesión del futuro)? ¿Y que hay de la teoría ésa de que los maricas tenemos un sexto sentido para ciertas cosas?

¿Estás cansado de que te pongan excusas hiperelaboradas del tipo “no estoy preparado para tener una relación” o “tengo que encontrarme a mí mismo” para eludir el compromiso? ¿Estás hasta las narices de que te mareen la perdiz hasta para echar un triste polvo?

¿Te has dado cuenta de que las nuevas tecnologías son una maldición porque te encuentras a tu ex en todos lados? ¿Y te has dado cuenta de que cuando entras en un bar casi todo el mundo se ha zumbado ya a todo el mundo en plan endogámico?

Si la respuesta a alguna de las cuestiones anteriores ha sido “sí”, lo que necesitas no es amor, sino un libro de cabecera que te ayude a afrontar tu pasado, presente y futuro amoroso con humor. Porque aunque creas que tu vida es un desastre, somos multitud y no estás solo.

Consigue tu ejemplar de Amar en tiempos de estómagos revueltos, la biblia de los tiempos modernos. Puedes descargártelo en Bubok totalmente gratis durante este mes de abril.

Ahora me gusta ir de bohemio

Si algo ha debido quedar claro a mis queridos lectoras durante todo este tiempo, es que servidor está como un cencerro. De verdad. Cómo te lo cuento, mari. No se vayan a pensar que esto me pilla de nuevas. Qué va. Yo ya lo sabía. Incluso cuando era pequeño, edades tiernas e inocentes en las que me dedicaba a mirarle el paquete a mi profe de gimnasia (un salido saludo si me está leyendo: qué bien te sentaban los chandals, hijo, qué contenta debía estar tu mujer).

Yo digo que estoy majara  por la sencilla razón de que hago diez mil millones de cosas. Todo me interesa, quiero aprenderlo todo, todo me estimula (no seáis guarros), todo me excita (que no seáis guarros, leñe). Soy capaz de apuntarme a un bombardeo. Me paso el día corriendo de un lado a otro, sin tiempo para nada. Un drama. Es que no me da tiempo ni de rascarme los huevos cuando de verdad me pican. No me veas, el derecho ya no me habla, dice que ya no me necesita, que quiere irse de casa del calzoncillo, y el izquierdo acaba de denunciarme por no hacerle ni caso. Los servicios huevales están a la vuelta de la esquina; te lo digo yo, que termino perdiendo la custodia. Menos mal que mi novio de vez en cuando me los cuida, como las abuelas que cuidan de sus nietos para que sus hijas puedan conciliar la vida laboral y familiar, ¿sabes?

Fueraparte (que es una expresión así muy estupenda que usan los kinkis de mi barrio), no es que yo me queje de la cantidad de cosas que tengo que hacer, puesto que las hago porque quiero, no por obligación. Para que nos entendamos, me embarco en todo tipo de proyectos, pero casi siempre por voluntad propia: que si la carrera, que si un curso de Fotografía, que si ahora me hago una beca por las mañanas de comunicación, que ahora me comprometo a pintar mandalas, que si me planteo hacer yoga porque… mira, niña, algo hay que hacer para relajarse y concentrarse y no ir por la calle con la mirada perdida, castañeteando los dientes y oyendo voces que te incitan a pegar a la gente o a quemar cosas… Total, que al final uno acaba teniendo una agenda más apretada que la de la Familia Real. O como dice mi amiga Ainos, más apretada que un dedo en el culo (aunque, depende, clarostá, del culo de cada cual. Vamos a dejarlo aquí porque sé que terminaremos hablando de agujeros negros. Espaciales, agujeros negros espaciales). Pero lo peor, lo más trágico, lo que haría que la mismísima Escarlata O’Hara apareciera en este blog con el dorso de la mano en la frente, es que a pesar de no tener ni un segundo del día libre, uno es pobre. Muy pobre. Sí. Muchísimo. Una barbaridad.

Y tú pensando que con esto de los libros y tal me estaba haciendo rico, ¿eh? No, hijo, no. Amor al arte.

O sea, un drama.

Porque mira, tía, yo no lo entiendo. Se supone que cuando uno no para en todo el día es porque está haciendo montones de cosas que, fundamentalmente, le dan dinero. Porque, a ver, que nos entendamos, es más importante ganar dinero que hacer un curso de macramé, por mucho que te guste el macramé. Imagínate, por un momento, que te quieres apuntar a un curso de untar mantequilla de cacahuete en pan de molde (es que ahora hay cursos de formación de toro, toro y toro) y te dicen que es por las mañanas y resulta que tú por las mañanas tienes que trabajar. ¿Qué pasa, que ahora vas a dejar de trabajar para hacer el cursito este? Pues claro que no. El dinero es el dinero, lo primero es lo primero. Sí, yo soy así, siento defraudaros, soy materialista. Me encantaría disponer de dinero a espuertas, aunque sólo fuera para darme la satisfacción de ir por la calle tirándolo tan ricamente, moviendo la boca y poniendo caras, como si estuviera en un videoclip. O, ya puestos, me encantaría tener montañas de dinero para no pasarme el día preocupándome de qué narices voy a hacer con mi vida cuando se me acabe lo poco que tengo ahorrado. Es que, de verdad, es una faena: uno no puede pensar en otra cosa. Haga lo que haga, se pasa el día entero escuchando una voz que dice: “¿y ahora qué, maricón, cómo vas a conseguir dinero para pagarte las copas y hacer gala de esas borracheras de las que vas presumiendo por ahí? Porque, es verdad, como uno no es guapo tendrá que presumir al menos de ser borracho. Pero el quid de la cuestión es que ser pobre no me deja ver el mundo con claridad ni concentrarme en mi arte (siempre he querido decir una frase así). Ergo yo me quejo no de tener demasiadas cosas que hacer, sino de no tener ni un duro, aun a pesar de que no paro.

No obstante, tengo que decir que yo hace mucho, mucho, mucho tiempo tenía un trabajo estable. Que sí, oye, que es verdad. Con contrato y todo. Ya, ya sé que os parece mentira, que se os ha quedado la boca seca y el ojete comprimido. Pero hace años yo estaba indefinido en una empresa y cobraba un sueldo fijo mensual. Esto tenía sus pros y sus contras.Verán ustedes, queridos lectoras, no era nada del otro mundo. Además se trataba de un trabajo absorbente: tenía que estar todo el día pringado y además debía tener un horario flexible: esta es la manera fina de decir que había días que en lugar de salir a las 7 de la tarde, que era mi hora estipulada, salía a las 10, a las 11 y hasta a las 12 de la noche. Esto es, no podía hacer ningún tipo de planes. Tenía una de esas vidas aburridas: del trabajo a casa y de casa al trabajo. Puede que los fines de semana hiciera algo de vida social, pero por lo general estaba tan cansado y la perspectiva del lunes siguiente, otro lunes igual, me resultaba tan desalentadora, que al final me deprimía. Vamos, que yo siempre he dicho que lo de estar cuerdo está sobrevalorado. Esa gente que a los treinta lo tiene ya todo clarísimo, la vida solucionada y no se comporta de vez en cuando como si le hubieran dado un ladrillazo en la cabeza dan muchísima pereza. Por eso un día se me junto el positivo con el negativo y dije que me piraba del curro (mazo guay).

En definitiva, que ahora me quejo mucho, que es verdad, que ser pobre es una mierda, que no tener tiempo es un agobio y todo eso, que se me va la olla apuntándome a todo lo que me sale sin organizarme y sin pensar siquiera en si dispongo de tiempo material o no; pero en el fondo, muy en el fondo, cada vez que me quejo me acuerdo de aquellos tiempos en los que me aburría como una ostra, en los que sentía que estaba tirando mi vida por el retrete, en los que albergaba la impresión que estaba desperdiciando mi tiempo, y me doy cuenta de que aquello no era lo que yo quería. Es verdad, tenía la vida medio resuelta y menos preocupaciones, pero era muchísimo más infeliz. Es posible que se deba a que me gusta ir de guay, ¿sabes? Sí. Eso dicen. Y a lo mejor es verdad. Va a ser que me gusta este rollo caótico. Ahora me gusta ir de bohemio. Porque puedo hacer tooodo lo que me dé la gana. Algo medianamente bueno debe derivarse de esta mierda de situación…

Eso sí, que sepáis que con este ritmo frenético de vida me voy a volver majarón perdido. Y mis huevos van a necesitar alguien en plenas facultades que los cuide.

Y ahora, ya sí, hago turmix por el foro, que me han dicho que dormir es bueno para el cutis.

“Todo el mundo sufre por alguna historia”

Entrevista publicada en Universo Gay el 6 de septiembre, hecha por Ariel Alan. El que no se la haya leído (por razones únicamente equiparables al argumento de un episodio de Misterio para tres, ya que la he linkado cientos de veces en Facebook), la tiene aquí :P

“Entrada + Consumición” se titula la novela recientemente editada de Carlos G. García. Dialogamos con el autor sobre este “libro de bares” que plantea diferentes situaciones de la vida con las que muchos lectores seguramente se identificarán.

Carlos G. García (Málaga, 1982) es periodista, diseñador gráfico, corrector, estudiante de Trabajo Social, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo.
Se dio a conocer con el blog Navegando a la deriva bajo el pseudónimo de Paperboat. Desde entonces ha despertado todo tipo de reacciones debido a su estilo directo, ácido, paródico y mordaz. Autor de varias novelas aún inéditas y de cientos de artículos de opinión enérgicos y salpicados de humor, ha tratado principalmente temas relacionados con el ámbito de las relaciones personales.

Actualmente colabora cada semana en Universo Gay, con un espacio propio llamado “Amar en tiempos de estómagos revueltos”, y se debate entre la reflexión y el pensamiento trascendental en un tono irónico y procaz.

“Entrada + Consumición” se titula la novela que edita Stonewall (http://www.stonewall.es/ ) que está presentando en este momento, y de ella nos habla en esta entrevista exclusiva.

- ¿Qué fue lo que te inspiró a escribir este libro? 

Las miserias de la gente. Sí. Podría decir algo así como que la idea surgió en uno de mis innumerables viajes de ensueño alrededor del mundo, que estaba yo comiéndome un sándwich de pavo en Central Park y entonces, de repente, lo vi claro y meridiano. Quedaría muy bien, pero como creo que con esta cara no voy a engañar a nadie, responderé que “Entrada + Consumición” es, efectivamente, tal y como se desprende del título, un libro de bares. Con esto no quiero decir que la gente deba leerlo mientras se toma una copa en el pub de la esquina (o sí, allá cada cual con sus espacios de ocio) ni que yo lo haya escrito borracho (no, por Dior), sino que sus personajes son como esa gente que habitualmente te acompaña en tu bar favorito un sábado por la noche: personas sencillas que, preocupadas por ser felices, buscan despejarse. O sea, amigos que tienen sus traumas, sus taras y sus tragedias cotidianas y que intentan superar ese batiburrillo frivolizando y pasando un buen rato, poniéndole un poco de sal a la vida. Así que supongo que lo que me inspiró, en definitiva, fue hablar con la gente que tengo alrededor y darme cuenta de que, al margen de las risas, las melopeas graciosas y las conversaciones superficiales, todo el mundo sufre por alguna historia. 

- ¿Te parece una tarea difícil el superar una ruptura amorosa? 

Uy, yo creo que superar una ruptura es, en este momento, una de las cosas más complicadas que debe encarar el ser humano. No porque nos enamoremos hasta la médula y lo pasemos supermal porque no podemos vivir sin Fulanito y su amor; no somos tan románticos como nos encanta pensar. La verdadera dificultad radica en que las rupturas nos crean montones de problemas con nosotros mismos: inseguridades, miedo, mermas de autoestima, desconfianza, frustración… Copérnico se equivocaba: el Sol no tiene parangón en comparación a nuestro drama, la Tierra gira en torno a nosotros y a nuestra circunstancia. En realidad, el mundo está lleno de problemas gravísimos, pero somos tan egocéntricos que lo que más nos importa es que nos quieran. Y cuando eso no ocurre nos sentimos frustrados e incompletos. Asumir que alguien nos puede rechazar y que no experimenta la pulsión inevitable de hacernos felices y morirse por nuestros huesos nos parece un auténtico desprecio cósmico, como si el mundo entero nos repudiara. Así que, sí, superar una ruptura amorosa es más complicado que hacer un Sudoku de nivel máximo, pero porque nosotros hacemos que sea hipercomplicado. Sin más. 

Después de esta respuesta seguro que todo el mundo me odia. Más. 

- ¿Piensas que hay claves, fórmulas para lograrlo? En este caso, el personaje de tu libro se refugia en el alcohol para que el tiempo pase y sanar las heridas ¿Los amigos, el psicoanálisis, pueden ser ayudas para estos casos? 

El personaje de mi libro se refugia en el alcohol, pero es, ante todo, un bebedor social, un borracho de cara a la galería. Él sufre porque se arriesgó y perdió y tiene mucho miedo de volver a relacionarse, razón por la cual se inmiscuye en una dinámica de juergas etílicas que le hacen sentir fuerte y recuperado y que lo protegen de implicarse en serio otra vez. Aunque, realmente, desea ser amado más que nada en el mundo. 

Las rupturas tienen su proceso: tristeza y desamor, despecho, promiscuidad circunstancial, crítica destructiva del ser amado… Se transita por muchos estados hasta llegar a la indiferencia total y hay que aceptarlos todos. Por supuesto, hay que tomar distancia (lo siento, chicas, pero el rollo de “soy taco de maduro y voy a intentar ser amigo de mi ex” casi siempre sale mal) y tener bien claro en todo momento que la vida es mucho más que tener a alguien que te rasque la espalda por las noches. Que sí, que está muy guay, pero que no es lo único. Y aunque fuera lo único, hay que ser conscientes de que nadie se muere por nadie y de que hay muchos peces (sí, tarados, como un cencerro, pero peces al fin y al cabo) en el mar (entendamos mar como bares de ambiente). No es que yo considere que las relaciones sean un rasca y gana, pero ahí fuera hay montones de cosas por hacer y montones de tipos a los que conocer. 

Y sí, los amigos son muy importantes. José Carlos cuenta con un apoyo enorme durante toda la novela: su amigo Jorge. Precisamente, Jorge simboliza el humor, la frivolidad y el sarcasmo que en innumerables ocasiones nos salvan del sufrimiento, de quedarnos en casa llorando trágicamente. Tener un amigo que te comprenda y te apoye y que a la vez te ayude a desdramatizar y seguir adelante es fundamental, no ya para superar una ruptura amorosa, sino para lidiar con cualquier cosa que nos suceda. Un amigo de verdad en el momento adecuado puede ser un mesías salvador en toda regla. 

- Uno de los mitos es que “un clavo saca a otro clavo”. En tu historia, José Carlos conoce al ex de su ex ¿No es bastante enfermizo y perverso relacionarse con alguien así, si es que realmente quieres superar la ruptura? 

Ja, ja, ja. Sí. De ahí la tensión de la novela y los dilemas morales adicionales que se le presentan a José Carlos. La situación es enfermiza y perversa, pero en el fondo muy posible. En cierto sentido, el mundo gay es bastante endogámico: al final nos acabamos conociendo todos y llega un momento en el que enrollarte con el ex de tu ex puede ser algo incluso probable, ¡hasta normal!. En cualquier caso, José Carlos quiere superar la ruptura, pero de algún modo se aferra a ella porque hay cosas del hecho de que le hayan dado puerta que no puede o no quiere comprender. Por eso, una parte de él, por salud mental, le empuja a alejarse del ex de su ex; sin embargo, otra le obliga a acercarse y a conocerlo más para satisfacer una curiosidad morbosa… porque, algunas veces, para continuar hay que atar unos cuantos cabos y responder a algunas preguntas. 

- Después de una ruptura suele quedar dolor, culpa, según la situación vivida ¿El tiempo lo cura o será algo que siempre quedará? 

El tiempo mitiga, desdibuja, aclara, pero, a pesar de lo que se diga, no borra, nunca del todo. No somos más que las cosas que vivimos, de modo que cualquier experiencia deja su rastro en lo que somos y en lo que hacemos. No es que nos pasemos la vida enamorados del tipo aquel que un día decidió darnos una patada en el culo y dejarnos la suela de su 42 marcada en la nalga (esto sí que es enfermizo); sino que la experiencia en sí, cómo nos hizo sentir y lo que nos reveló acerca de nosotros y del mundo permanece. Aunque no nos impida vivir, ni disfrutar de la vida, ni ser felices, de alguna forma nos condiciona. El pasado forma parte de nosotros, nos guste o no. 

- De todo se aprende, se suele decir ¿En el caso del protagonista de tu libro, lo logró o aún no escarmentó y vuelve a cometer los mismos errores? 

Aprender siempre se aprende. El problema es que hay muchas maneras de tropezar con la misma piedra. José Carlos aprende, avanza. Pero, como nos pasa a todos, no aprende lo suficientemente rápido para lo que exigen las circunstancias… 

DATO: El viernes 23 de septiembre a las 20.00h. Carlos G. García presentará “Entrada +consumición” en la Librería Berkana (Hortaleza, 65 – Madrid).

El original aquí.

Portada “E+C”

No, no es una fórmula matemática. Las siglas “E+C” aluden directamente al título de mi nueva novela “Entrada + Consumición”, que va a ser publicada en la editorial Stonewall en un mes, chispa más o menos.

Con prólogo de Libertad Morán, aquí tenéis la portada. La foto está hecha por Celia Roca. Todo lujos para esta primera novela publicada a nivel nacional.

En breve sinopsis y fechas de presentación.

Seguimos siendo mariquitas y bolleras

La homobia no sólo es un asunto de leyes, es un problema de mentalidad. Aunque las formas son más sutiles y la sociedad más políticamente correcta, continuamos encontrándonos en la tesitura de sentirnos bichos raros, algo que ocurre con relativa frecuencia en nuestro día a día. Aunque nos pese, seguimos siendo motivo de burla, asombro y escándalo.

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Muchos colores, pero al final blanco y negro y encima ni rechistes.

Hoy, 17 de mayo, es el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. A mí no me gusta ponerme pesado, pero de vez en cuando me siento en la obligación de tocarle un poco las pelotas a la sociedad políticamente correcta en la que nos ha tocado vivir. Y lo cierto es que los Días Internacionales están mu’requetebien, por mucho que haya un sector de la población que se empeñe en recalcar que los gays, las mujeres, los negros, los moros, los periodistas, los pelirrojos, los vegetarianos, Lady Gaga y en general todos los discriminados por algún motivo (me niego a llamarnos minorías. Visto lo visto, minoría son aquellos que no son discriminados por nada en absoluto) nos quejamos de vicio y vamos llorando por las esquinas sin razón.

Por si alguien no lo sabe, el 17 de mayo coincide con el día en que la Organización Mundial de la Salud decidió quitar la homosexualidad de la lista de enfermedades. Esto, no me lo negarán, es una cosa estupenda y ocurrió en 1990. Fíjense ustedes en que de algo tan sumamente trascendente y tan básico para nuestra convivencia social han transcurrido sólo 21 años. Podemos decir que hace poco más de dos décadas la OMS continuaba considerando que los homosexuales estábamos fatal de la chota y que lo que nos pasaba era que, amén de ser unos degenerados y unos desviados, teníamos como poco un cacao maravillao en la sesera, un desorden mental. De esto saben mucho los homosexuales que vivieron durante los años del franquismo y que fueron perseguidos como seres peligrosos que presumiblemente podían contagiar su enfermedad haciendo ostentación de su moñez, algo que ocurrió hasta entrada la transición.

Nadie niega que esto de la OMS es un gran paso, como lo es el reconocimiento de las uniones homosexuales en España. Que te puedas casar con tu noviete es chachi piruli. Que ya no se te pueda acusar legalmente de enfermo mental o que no se te persiga de forma normativa por ser sarasa es genial. Por supuesto. Todo son avances. Y por eso mucha gente cree que a los maricones nos va de fábula ya, que no deberíamos quejarnos y que lo de manifestarnos y eso, bueno, que ya podríamos dejarlo ya; tanto Orgullo, tanta carroza y tanto mariquituso invadiendo las calles, si ya no hay derechos que reivindicar… Incluso muchos gays y lesbianas lo piensan también.

Sin embargo, servidor es inconformista por naturaleza, qué le vamos a hacer. Como firme seguidor del “si no lo veo no lo creo” y “hechos son amores, las palabras se las lleva el viento”, tengo que decir que eso de que estamos de lo más normalizados me lo creo sólo un poco. A ratos más bien. Es difícil creérselo, por ejemplo, cuando uno va caminando por la calle y un tipo se asoma por la ventanilla de un coche y le grita maricón poniéndole el corazón en la boca. Es complicado creérselo cuando uno besa a su pareja en un autobús y automáticamente un corrillo de personas se disponen a comentar la jugada sin el menor atisbo de discreción. Es imposible creérselo cuando viene el típico graciosete y te pregunta si haces de hombre o de mujer cuando te acuestas con un tío. No me digan que no les suenan todas estas situaciones, porque ocurren continuamente a nuestro alrededor, en contra de la moto que nos intentan vender de que los maricones y las bolleras estamos integradísimos en la sociedad porque, mire usté, hemos metido a un gay en una serie de televisión y ahora todas las adolescentes de entre 15 y 45 años (cada vez la etapa de la pubertad es más larga) piensan que tener un amigo de la acera de enfrente con el que ir de tiendas y que las peine los sábados por la noche antes de ir a la disco de ambiente es supermoda.

Es posible que haya habido avances en el terreno legal e incluso a nivel internacional, pero eso no quiere decir que no existan parámetros de discriminación,represión y agresión que se aplican cotidianamente a homosexuales, incluso en una sociedad tan pretendidamente avanzada como la nuestra. Hoy no es frecuente (aunque ocurre) que alguien te dé una paliza cuando besas a una persona de tu mismo sexo en un lugar público. Las personas no se sienten con la misma libertad a la hora de expresar su rechazo o su indignación ni de llamarnos desviados o enfermos a la cara. Pero esto no quiere decir que no lo piensen, pongan ojo. Algunos, más de lo que creemos, lo piensan, aunque no se atrevan a decirlo. Esto está ahí, por mucho que nos duela, por mucho que nos guste mirar hacia otro lado y fingir que somos superguays porque podemos casarnos y todo eso. Se nos sigue mirando mal y acusando de cierta anormalidad amable, aceptada, pero anormalidad al fin y al cabo. En definitiva, los parámetros de discriminación, represión y agresión que tenían vigencia antes (las leyes, la persecución, la ideología, la religión, la educación…) no han desaparecido; sencillamente se han hecho más sutiles. Siguen estando ahí, pero de una forma ambigua y ambivalente, difícilmente identificable, y cumpliendo la misma función de hacernos sentir extraña y vagamente repudiados.

Hay homofobia, aunque esté encubierta. Y la seguirá habiendo durante mucho tiempo. Por mucho que nos pese. Sobre todo porque la homofobia no es un problema de leyes, ni de organismos internacionales, ni es un asunto político, ni sociológico, ni biológico, ni antropológico. Es más que eso. La homofobia es un asunto que atañe al común de los mortales todos los días a todas horas: es una realidad mundada, de a pie, y, como tal, sólo puede ser cambiada por los principales artífices de la cotidianeidad. Me encanta que la Organización Mundial de la Salud haya dejado de incluirme en su lista de enfermos mentales, pero lo que de verdad me importa es que la gente que tengo a mi alrededor deje de mirarme como si tuviera que comedirme y ser discreto para no molestar y no violar normas sociales forjadas a base de costumbres, que deje de tratarme como a un elemento circense sobre el que hay que comentar en reunión, que deje de pensar en su fuero interno que soy el rarito del patio del colegio.

En resumen, nos queda la tarea más ardua de todas: conseguir que la gente con la que nos vemos en la obligación de relacionarnos directa e indirectamente a diario nos deje en paz de una puñetera vez. No es un problema de organizaciones internacionales ni de legislación: es cosa nuestra; es un asunto de convivencia social. Porque aunque podamos casarnos y ya no seamos técnicamente enfermos, para la gente seguimos siendo mariquitas y bolleras.

 

Frases comunes de Semana Santa


—¿Te tomas una copa conmigo?
—No puedo. Le he echado una promesa a la Patrona de las Maricas Desgraciadas, a ver si me dejas en paz.

* * * * *

—¿Aquel de allí no es tu ex?
—¿Cuál? No lo veo.
—El que va vestido de negro.
—Ah. Sí. Por fin ha cumplido su sueño de vestirse de mantilla.

* * * * *

—Aquí hay alguien que se está fumando un porro.
—No se te ha ocurrido pensar que era incienso, por contexto y eso, ¿verdad?

* * * * *

—Ese nazareno se parece mucho a mi ex.
—Por el amor de Dios, sólo se le ven los ojos. ¿No crees que estás un poco obsesionado con él, chato?

* * * * *

—Me encanta la Semana Santa.
—¿Ah, sí? ¿Es que eres muy devoto?
—No. Es que hay TANTO uniformado por la calle…

* * * * *

—¡¡Orgía en la cofradía!!

* * * * *

—Cosas que ponen los pelos de punta: descubrir que el tío al que le entraste la otra noche viste vírgenes como afición. Hazte fan.

* * * * *

—La música de Semana Santa es súpertriste.
—Sí. Qué pena que Madonna no haya sacado un disco de saetas.
—Tiempo al tiempo.

* * * * *

—Si lo piensas bien, los bares de ambiente se parecen mucho a la Pasión de Cristo: siempre te toca la cruz de aguantar a algún pesao’.

* * * * *

—Mi primo es nazareno.
—¿Por devoción?
—No, porque los tíos con túnica siempre han tenido su público.

* * * * *

—¿En tu casa o en la mía?
—En ninguna. Es que en Viernes Santo no se puede comer carne.

* * * * *

—Los bares en Semana Santa cierran más tarde.
—¿Será por fe?
—Claro. ¿No has notado que hay mucho marica de rodillas delante del camarero?

* * * * *

—Me encanta el Cristo del Amor.
—¿Del Jamón?
—No has merendado, ¿verdad?

* * * * *

—Eres un promiscuo, tío.
—¿Me lo dices tú, que esa virgen acaba de moverse para señalarte con el dedo y llamarte guarra con todas las letras?

* * * * *

—¿Por qué estuviste con tu ex tanto tiempo?
—No sé, creo que fue algún tipo de penitencia.

* * * * *

—Tiene un cuerpazo, pero es feísimo de cara.
—Siempre puedes tirártelo con capirote…

* * * * *

—Él dice que es virgen.
—Pues será porque un montón de tíos lo pasean a hombros y coronado por las calles, porque por otra cosa…

* * * * *

—Claro que me gustas y que quiero quedar contigo; es que ese cirio que sostienes… me intimida un poco, la verdad.

* * * * *

—Tenemos que dejarlo. No es que no me gustes, es que estar contigo es un calvario.

* * * * *

—Me gusta el Cristo Homo.
—Será el Ecce Homo. Cómo sois los maricones, que enseguida os creéis que todo el mundo es gay y que todo el monte es orgasmo.

* * * * *

—Eres tan beata que en Semana Santa cambias tu corona habitual por una de espinas.

* * * * *

—¿Vamos a ver al Desprendimiento?
—Sé que no te apetece mucho ver pasos, pero ¿no crees que deberías dejar de resumir la Pasión de Cristo y dejar de unir el Prendimiento con el Descendimiento, cari?

* * * * *

—Que uniforme tan bonito. ¿Sales en alguna cofradía?
—¿No te has dado cuenta de que soy basurero, verdad, ni por las franjas fluorescentes ni nada?

* * * * *

—Todos me dan la mano y después pasan de mí.
—Creo que deberías dejar de intentar ligar con nazarenos.

* * * * *

—Señor penitente, ¿me echa usted un poco de cera en el pecho? Así, como en el vídeo aquel de Ricky Martin…

* * * * *

—Hola, ¿estás solo?
—Qué va. El Señor está con todos nosotros…

* * * * *

—Qué bien le veo. Tiene la cara como muy iluminada.
—Sí. Ha debido sentarse sobre un cirio encendido sin darse cuenta.

* * * * *

—Enrollarte con un nazareno es divertido: siempre queda la sorpresa de quitarle el capirote y descubrir que es el ex de tu ex. El mundo de los maricones es Sodoma y Gomera.

* * * * *

—¿Te vienes conmigo a casa a pasar un Sábado de Gloria?

* * * * *

—¿A qué hora empieza la cabalgata?
—Te refieres a la primera procesión, ¿no? A ver si te crees que van a tirar caramelos…

* * * * *

—¿Esto de perseguirme por todo el bar es porque te gusto?
—Qué va, es porque le eché una promesa a San Palomo Cojo, ¿no te jode?

Latigazos de verano

Queridos lectoras, queridas lectores, el tiempo pasa, los minutos corren a la velocidad de la luz, tu cuenta corriente cada vez tiene menos dinero y las arrugas hacen estragos… Por mucho que te cueste admitirlo en un intento de prolongar lo que se llama la Operación Bikini porque empezaste hace tres días con la esperanza de tener una tabla de abdominales en menos de tres semanas (animalico, te acompaño en el sentimiento) las estaciones cambian. De modo que lo inevitable ha sucedido:

El verano ha llegado. Chán chán chán. O, por lo menos, el preverano, que viene a ser casi lo mismo.

No me di cuenta al pasar delante de El Corte Inglés y ver los escaparates (si así hubiera sido, este post habría sido escrito en el mes de diciembre), ni siquiera por el extraño hecho de que un día llevaba el plumón puesto y al siguiente me estorbaban hasta los gayumbos del calor que estaba pasando. Me percaté de tan enorme acontecimiento gracias a los tíos (sí, mira, sirven para algo más que para ocupar sitio). Y es que, no es por nada, pero cuando llega el verano el personal se pone superligerito de ropa. También es verdad que hay gente que está deseando que la temperatura suba dos grados para ir medio en pelotas por la calle: yo he visto a tíos en mangas de camiseta en pleno mes de enero sólo para lucir bíceps. Y es que, es normal, yo entiendo que cuando uno pasa cuatro horas diarias en el gimnasio, a poco que puede se quita la ropa para amortizar el esfuerzo y el dinero. Qué más dan las pulmonías…

Hace unos días salí con algunos amigos míos (esto lo pongo para que veáis que a veces salgo a la calle y que a pesar de lo que pueda parecer mi vida no sólo se limita al Facebook y al Twitter. A veces me relaciono con personas de carne y hueso. Mi muñeco hinchable está súperorgulloso de mí). Estábamos en la terracita de un bar, a pleno sol, y entonces me di cuenta: soy un bicho raro (vaya novedad, maricón, me van a contratar para el CSI fijo. Menudo lince). Es que si comparaba mi persona con la de todos los tíos (que, por cierto, eran calcados, idénticos unos de otros) reunidos en aquella terraza encontraba, inevitablemente, unas cuantas diferencias. A saber:

1. Ellos, por debajo de la ropa, vestían un bonito traje de músculos. Yo no. Lo mismo los venden en el Zara, pero yo nunca los he visto, la verdad.

2. Ellos tenían un culo estupendo. Yo no. Os lo aseguro. Uno de ellos se puso a partir nueces con las nalgas. En serio. Una cosa brutalísima.

3. Ellos eran gays. No es que a mí me gusten las mujeres, no me malinterpreten. Es que mientros ellos eran lo que se conoce como “gays de moda”, de esos que te vendía la Zero en sus números, superguays y estupendos, con mucho estilo, mucho cosmético, mucho viaje y mucho poder adquisitivo, yo no era más que un simple mariquituso con escasas o ninguna posibilidad de ser como ellos. Siempre ha habido clases, tía.

4. Ellos tenían el moreno de Whitney Houston. Yo no. Tanorexia, la enfermedad de moda: gente achicharrada y negra como el sobaco de un grillo en pleno mes de abril. Joder, macho, si empiezas así, ya te digo yo que en agosto te carbonizas. No, cabronizas no, eso lo haces todo el año…

5. A ellos les quedaba la ropa de escándalo. Y mira que algunas de las cosas que llevaban eran de un hortera… Algunos parecían el payaso de Micolor, con tantas tonalidades chillonas en la misma camisa. Hasta Agatha Ruiz de la Prada se habría escandalizado. Lo mío también era escandaloso, pero en otro sentido y porque me paso horas buscando camisetas de la talla S en las tiendas (hay una conspiración en contra de los gays delgados, que yo lo sé, que lo leí el otro día en… en… una revista editada por mi imaginación paranoica).

6. A ellos todo el mundo les miraba babeando. A mí no. No es que me miraran con ganas de vomitar. Es que nadie me miraba. Hecho que, por otro lado, no llegué a entender del todo teniendo en cuenta que yo era el ser masculino que más desentonaba en aquella amena reunión. Aunque sólo fuera por ser más extraño que un piojo verde, digo yo que me podrían haber echado una mirada. Pero ni ahí te pudras, maricón, me dijeron. Como mucho alguno me lanzaba una mirada de soslayo con cara de oler mierda en un palito. Yo creo que pensaban que los mariquitusos como yo somos la vergüenza de la especie mariconil.

Evidentemente no pude reprimir mis comentarios al contemplar la escena, cuando pasé por alto que todos estaban más buenos que un poloflan de aguamarina:

Esto va a ser que es que aquí al lado hay un gimnasio nuevo muy grande que ha hecho una promoción especial de rayos uva. Salen medio deshidratados y se vienen aquí a tomarse una coca cola.

Además se ve que han sudado mucho y que no tenían nada que ponerse y han tenido que echar mano de la ropa del hermano chico, lo cual explica por qué parece que a más de uno le va a estallar la camiseta en cualquier momento.

Por descontado, todos son familia, porque la verdad es que son bastante parecidos. No entiendo cómo una mujer ha podido parir a todos estos tíos así, de repente, sin anestesia ni nada.

Tengo que decir en mi defensa que mis acompañantes desentonaban tanto como yo (eso, yo aquí implicando al personal, acusándolos con el dedo). Yo no soy el único al que por la Comunión le regalaron un estuche blanco con una paloma de la paz pintada por delante en lugar de una suscripción al gimnasio, que es lo que parece que ocurre en estos tiempos. Es que, veréis, allí había muchachos de dieciocho años, que a esas edades los músculos no han tenido tiempo ni de desarrollarse, leñe, que a los gays estos les sale antes la tableta de chocolate que los dientes de leche… Mientras tanto, yo miraba hacia al suelo llamando insistentemente a Bobby (no, no me llevé a mi perro, es el apelativo cariñoso que le he puesto a mi autoestima, a la cual buscaba más desesperada que Marta Sánchez y sin éxito alguno). Entonces fue cuando me hice la semptiterna pregunta de todos los años: ¿Por qué no me apunté al gimnasio el verano pasado cuando tuve exactamente esta misma sensación? Porque sí, porque aunque te pongas chulo y quieras quedar de digno soltando frases como:

-Bah, yo al menos me distingo de ellos, tengo mi personalidad, soy diferente. Y cuento con elegancia interior, que es más relevante. Yo no soy guapo, soy atractivo.

-Ellos van al gimnasio porque son feísimos de cara y tienen que curtir sus cuerpos para destacar de alguna manera y comerse un colín. También conocido como la teoría de la gamba: me quedo con el cuerpo y tiro la cabeza. O como dijo una de las presentes: me lo beneficio poniéndole una bolsa de papel en la cabeza y en paz. Espero que la chica le haga un par de agujeros a la bolsa a la altura de la nariz por lo menos… Si tiene unos ojos bonitos, también se los puede hacer a la altura de los ojos y ya verás el sex appeal que desprende el sujeto en cuestión, tirado en la cama desnudo y con cara de nazareno de Semana Santa.

-Yo soy feo, pero follo como un guapo.

… al final siempre te acabas planteando que por mucho que se prodiguen comentarios que indiquen lo contrario, si llega el verano y no tienes unos pectorales a punto de asfixiarte porque te oprimen la nuez y puedes caminar con normalidad porque tus piernas no se juntan por tanto músculo (con la debida consecuencia de que parezca que estás escocido o de que te han puesto mirando pa la Meca)… cariño, no eres nada.

No eres nada en según qué sitios. Porque servidor, mariquituso de pro que se niega a seguir la corriente y a cambiar y que es rebelde porque el mundo le ha hecho así tiene la solución perfecta a estos momentos de baja autoestima causada por tener un físico normal y no uno despampanante: ¡dejar de frecuentar estos lugares de gente tan megachuli y discofashion!

Con la de bares que hay, de todos los estilos y de todos los gustos, y con gente mucho menos preocupada porque se le marque el pliegue inguinal cuando flexiona el pulgar… ¿pa qué leñe tengo yo que volver allí a sufrir de esta manera si la servesita fresquita me la ponen en todos lados y sin tener que plantearme cuestiones existenciales sobre mi físico ni tener que flagelarme ni nada?

Ea, gimnasio, ni gimnasio, mira qué pronto soluciono yo estos problemas: a disfrutar del verano, claro que sí :D

¿Es mi amigo gay? ¿O sólo maricón perdido?

El otro día estaba en un Lefties con una amiga (la crisis es la crisis) y allí, entre montones de prendas estupendas hiperrebajadas, la chica, que debió sentirse en su salsa, me dijo así a bocajarro, sin anastasia ni nada, en tono solemne:

—Tengo una pregunta que hacerte.

—Quieres que me meta en el probador contigo, no me digas más. No pasa nada, yo eso lo hago muy a menudo con mis amigas y mis hermanas en el Breska, en el Sara, en el Magno… en todos esos sitios de lujo.

—Tengo un amigo.

—Muy bien. Di que sí, mujer, hay que relacionarse.

—No, que digo que tengo un amigo que es un poco especial… Me tiene un poco confundida, y es que no sé si es gay.

Y es que claro, la situación era de lo más propicia. ¿Quién no ha tenido una conversación similar, en referencia a la orientación sexual de una tercera persona no presente que resulta ser más ambigua que Miguel Bosé, mientras anda en medio de una tienda de ropa con una amiga que se vuelve loca en los bares de ambiente? Es un must del mundo marica, vaya. Y yo, que soy de natural altruista, insté a esta chica a profundizar en el asunto, como si estuviéramos en Confesiones o algo, y todo para resolver sus dudas existenciales y que se quedara tranquila.

—Es que verás, mi amigo tiene mucha pluma. Bueno, aunque eso no tiene nada que ver, que tenga pluma no quiere decir que sea gay.

—Ahá. Calaaaaaaaaro…

A ver, que hay cosas inicialmente mariconiles pero cuyo uso está de lo más extendido, como por ejemplo las camisetas rosa, los bolsos bandolera, los pendientes en la oreja, los bodys de cuero superponibles… todo ello ya no es indicativo de que la persona en sí que lo lleve sea gay; no confundamos. A mí esto me hace mucha gracia, porque, veréis, hace un tiempo alguien dijo “los heteros también pueden tener pluma, ser amanerado no quiere decir que el sujeto sea maricón”. Y sí, claro que no tiene por qué, pero ¿acaso alguien ha conocido en algún momento a un hetero, pero hetero de verdad, que tenga más pluma que Paco Clavel? Hagamos la prueba: que levanten la mano en la sala los que han conocido a un machote amanerado. A ver, contemos… Uy, pero si no hay “manos el aire”, como diría la Nelly Furtado en lo que ella considera español (debe ser español de Soria, porque yo no la entiendo un carajo). O sea, que a mí que me dejen de rollo, pero cuando un tío tiene pluma suele ser, así por decir algo, porque es gay. Y que nadie me venga con el cuento de “pero es que ese muchacho es amanerado porque se ha criado rodeado de mujeres, pero en realidad está casado y tiene niños”, que los bares de ambiente están llenos de tipos con muchas hermanas y con una marca muy sospechosa en el dedo anular.

Pero sigamos. Mi amiga continuó exponiendo su problema.

—Y resulta que a mi amigo le encanta Mariah Carey, Lady Gaga, Mónica Naranjo, Madonna y Britney Spears.

—¿Y tu amigo no deja ninguna diva gay a los otros maricones? ¿Todas para él?

Porque, queridas lectores, todos sabemos que no hay nada que a un marica le guste más, musicalmente hablando, claro está, que una de estas chicas modernas, fantásticas, autosuficientes, putitas y despechadas, de esas que hacen canciones que suenan en la radio y que tienen características muy definidas. A saber, suelen tener buenas voces (aunque Britney Spears cante menos que un grillo mojao’), suelen ser un poco guarrillas (enseñan cacha con minichols y escotes muy pronunciados) y hacen canciones para bailar como auténticas zorras en los bares de ambiente (siempre tienen algún hitazo pop-dance que hacen que los gays nos volvamos completa y absolutamente locas). Además, las hay para todas las generaciones (desde Tina Turner a la más actual Lady Gaga, pasando por la clasiquísima Madonna, Cher, Mariah Carey, Whitney Houston, Kylie Minogue, George Michael, Anastacia, Christina Aguilera, Beyoncé, Leona Lewis y Rihanna) y de varias nacionalidades (Paulina Rubio, de Mejicos; Shakira, de Barranquilla; Soraya, de España; Marta Sánchez, de Carlos Baute… y así).

Pero sigamos.

—Y mi amigo, además, cuando yo tengo una boda, voy a salir o algo, me paso por su casa y entonces él me da el visto bueno.

—¿El visto bueno?

—Sí. Él me mira y me dice “pues el pelo mejor déjatelo suelto o “en vez de esos zapatos ponte estos”; o también, “esta pulsera te queda genial con este collar”.

—O_O’

Porque claro, todo el mundo sabe que un heterochachi siempre, segurísimo que sí, será capaz de fijarse en el estilismo de su amiga y, no es que le diga que va guapa o fea, sino que le ofrece consejos pormenorizados sobre cómo sacarse partido con su pelo, con el maquillaje, con la moda o con los complementos. Claroquesí. Y es que el Marca trae una sección sobre cómo aconsejar a tus amigas, te lo digo yo. Preguntadle a vuestros amigos heteros, queridas lectoras, ya veréis como están superpuestos en todo esto.

Pero es que hay más.

—Y, además, cuando a lo mejor vemos una tía… por ejemplo, sale Angelina Jolie en la tele y entonces mi amigo la ve y dice “pero qué elegante es esta mujer vistiendo, qué guapa y qué labios más sensuales tiene”.

—X_X

Evidentemente, todos sabemos que los hombres heterosexuales de la especie llaman a una tía que les pone palotes “guapa”, “elegante” y “sensual” y no dicen “coño, no veas si está buena la jodía, que me pasaba toda la noche dándole lo suyo y lo de su prima”. Es que parece lo mismo, pero no es igual.

Y es que, queridas lectores, por mucho que nos pese reconocerlo, por mucho que se eleven grandes campañas políticamente correctas sobre la normalización social y sobre que los maricones tenemos que ser como heterosexuales, por mucho que no se pueda generalizar y por mucho que haya diferencias y de todo en la viña del señor, los tópicos existen en buena medida porque tienen algo de cierto.

Por eso, cuando mi amiga terminó su exposición y ya nos hallábamos en la sección de bragas-faja de saldo, la miré y le dije:

—Cariño, no sólo tu amigo es más maricón que Mariñas tocándose pensando en Cantizano con los ojos vueltos, sino que además está lanzándote señales desesperadamente para que le hagas caso, lo atrinques del brazo y te lo lleves a un bar de ambiente a bailar como una loca cosas como ésta: