ATER gratis

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

Libro chachi que todo el mundo debe leer al menos una vez en la vida.

 

Como en este blog somos la mar de sensibles a eso de la crisis (sí, tía, estamos en crisis, ¿no te habías enterado? ¿No? Pues ya te lo cuento yo), durante todo este mes te damos la oportunidad de leer gratis, sin pagar un duro, sin tener que chupársela a nadie ni nada (bueno, si quieres sí, pero conste que no es requisito indispensable para hacer la descarga) el libro de “Amar en tiempos de estómagos revueltos”.

Hace algo así como tres años y medio que se lanzó así que yo entiendo que haya personas reales, con perfil en el Grindr y todo, que se pregunten qué coño es este libro y de qué va. Pues te lo cuento.

¿Alguna vez te has enamorado de tu mejor amigo y has pasado meses babeando por él con la esperanza de que te correspondiera? ¿Has cometido en algún momento el error de mandarle un mensaje de texto al chico que te gusta para declararte llevando en tu cuerpo una cantidad de alcohol comparable al caudal del Ebro? ¿Te planteaste eso de hacerte amigo de tu ex para no perderle y porque significaba mucho para ti y la consecuencia ha sido que todavía te estás dando de cabezazos contra la pared?

¿Quieres conocer las más inverosímiles técnicas para ligar en bares, perfiles de Internet, fotologs y hasta en tu día a día, cuando vas a comprar al Mercadona, todo digno empujando tu carrito? ¿Has decidido convertirte en un chulo de mierda, pero no sabes cómo llevar a cabo semejante transformación?

¿Necesitas planes para superar el próximo San Valentín? ¿Has decidido inventarte un novio como medida desesperada para afrontar tu estado de crisis mental, afectiva y hasta sexual? ¿Te has preguntado alguna vez por qué te enamoraste de Fulanito, que es más soso que un manojo de acelgas y no encuentras explicación?

¿Estás harto de que las amigas de tu madre y tus tías del pueblo te pregunten cuando te vas a echar noviA cuando a ti lo que te ponen son unos pectorales bien duros y un buen mandao‘? ¿Y de que tus amigos y conocidos te pregunten por qué te hiciste marica, como si esto fuera lo mismo que hacerse personal choped (que lo anuncian mucho en la radio, dicen que es la profesión del futuro)? ¿Y que hay de la teoría ésa de que los maricas tenemos un sexto sentido para ciertas cosas?

¿Estás cansado de que te pongan excusas hiperelaboradas del tipo “no estoy preparado para tener una relación” o “tengo que encontrarme a mí mismo” para eludir el compromiso? ¿Estás hasta las narices de que te mareen la perdiz hasta para echar un triste polvo?

¿Te has dado cuenta de que las nuevas tecnologías son una maldición porque te encuentras a tu ex en todos lados? ¿Y te has dado cuenta de que cuando entras en un bar casi todo el mundo se ha zumbado ya a todo el mundo en plan endogámico?

Si la respuesta a alguna de las cuestiones anteriores ha sido “sí”, lo que necesitas no es amor, sino un libro de cabecera que te ayude a afrontar tu pasado, presente y futuro amoroso con humor. Porque aunque creas que tu vida es un desastre, somos multitud y no estás solo.

Consigue tu ejemplar de Amar en tiempos de estómagos revueltos, la biblia de los tiempos modernos. Puedes descargártelo en Bubok totalmente gratis durante este mes de abril.

Baches

—Hay tres cosas que nos impiden ser felices a todos, tres —me dijo mirándome atentamente, dibujando una sonrisa de sabiduría certera y cálida—. A todos sin excepción.

—¿Cuáles son? —me atreví a inquirir con cierto reparo, pues en aquella habitación reverberaban con enorme fuerza las verdades.

—La vergüenza, el miedo y el control.

Hubo un silencio, no porque no se me ocurriera nada que responder, sino, precisamente, porque habría querido responder demasiadas cosas.

—Yo tengo mucho de las tres.

—Sí. Es verdad. Pero también tienes algo capaz de contrarrestar esos baches en el camino: confianza en ti mismo y en lo que eres capaz de lograr.

Monólogos vs. Diálogos

La gente, así en general, tiene serios problemas de comunicación. Y esto no lo digo yo, que lo dicen unos señores que tienen muy mala pinta, de perroflautas y eso, pero que en realidad tienen carreras universitarias y todo y se hacen llamar sociólogos. Ya sabéis, esos tipos que dicen cosas que no sirven para nada según algunos listos que se creen que lo saben todo. Pues bien, en plena era de la comunicación, cuando tienes tres mil quinientas sesenta y cuatro maneras diferentes de conectar con tus amigos y de comunicarte con personas tan relevantes como la vecina del primo del hermano de Belén Esteban (taco de importante para llevar una vida feliz) resulta que somos memos de manual y no sabemos comunicarnos. Porque, veréis, queridos lectoras, comunicarse no es sólo sentarse delante del messenger a abrir ventanas como loco, ni siquiera conectar la cam y empezar a desnudarse. Eso, en cualquier caso, puede convertirte en un poco casquivana, pero desde luego no te hace más comunicativa. Y comunicarte no consiste tampoco en sentarte delante de cualquiera y soltarle el discurso de la historia de tu vida sin parar.

Todos hemos conocido a la típica persona higocéntrica que un día te encuentras andando por la calle, en la cola del supermercado, en un bar de ambiente de maricas modernas o en una biblioteca de barrio y empieza a contarte su vida compulsivamente, como si le hubieran dado cuerda. Y así se pasa dos horas y treinta y dos minutos de reloj contándote cosas tan interesantes como que se le ha enconado un pelo del escroto o como que su canario se ha torcido un tobillo y lo está pasando muy mal. O, incluso, esa persona comienza a relatarte a bocajarro, de repente, sus traumas infantiles y contemporáneos desde una perspectiva tan dramática que los guionistas de Al Salir de Clase se hubieran frotado las manos. Se trata de esas típicas personas que hablan y hablan sin parar, sin hacer un simple inciso para preguntarte cómo estás, mientras tú, incapaz de interrumpir ese discurso, esa verborrea digna de un crío de tres años, te preguntas (interiormente, claro) qué has hecho para merecer semejante suplicio, dónde han situado la cámara oculta o si es que de repente se te ha puesto cara de teléfono de la esperanza o algo.

Este blog, consciente del sufrimiento humano que generan este tipo de personas, se ha decidido a llenar de luz y de color las vidas de sus lectores elaborando una diferenciación la mar de útil. Y es que, entendámoslo, si Coco en Barrio Sésamo se hubiera dejado de tanto cerca y lejos y tanto encima y debajo y hubiera dedicado un episodio a esto, todo sería muy diferente y no tendríamos que soportar que individuos de muy diversa calaña nos tomen por idiotas y por sus psicoanalistas gratis. Así, para solucionaros la vida, os presento la diferencia entre monólogo y conversación o diálogo. Taco de básico, tía, para imprimir y llevar a todas partes y según el caso estampárselo en la cara a más de uno y de una (o, en su defecto, introducirles una bola hecha de calcetines sucios en la boca, algo que es moda y se lleva mucho en, Barcelona, por ejemplo).

1. En primer lugar, en un monólogo hablas tú solo. Sí, es así, no interactúas con nadie. En una conversación, que es lo que normalmente se tiene con la gente que te encuentras por ahí, hablan otras personas. Sí, tía, es increíble, porque aunque no te lo hayas planteado, el resto de las personas también saben hablar, lo aprendieron en su infancia igual que tú. Alucinante. Sus bocas se mueven y emiten sonidos con significado (no aplicar en el caso de la Duquesa de Alba). Aunque tú, en tu cerebro, no proceses esa información porque lo único que ves cuando te hablan, en los extraños casos en los que les permites hablar, es un mono tocando los platillos, el resto de las personas también pueden comunicar cosas. Y algunas hasta son interesantes, fíjate, muy fuerte.

2. En un monólogo tú dominas los temas de los que se habla. Sabemos, querido y adorado ser con complejo de cotorra que para ti los tres temas más importantes del mundo son tres: tú, tú y tú. Querido lectora, sabemos que tú crees que tu vida es simple y llanamente apasionante y que por eso debes contársela a todo el mundo, pero hay otras cosas de las que hablar en las que el resto de las personas también pueden participar. A eso, sacar temas que tengan algún punto en común con la persona que tienes delante con cara de gilipollas sin hablar, se le llama iniciar una conversación. Vamos, sabemos que puedes hacerlo, sabemos que puedes callarte la boca durante, al menos, dos minutos y escuchar lo que el otro tipo tiene que decir sin estar pensando en la lista de la compra. Ningún rayo te fulminará ni nada si lo haces y así, calladito, se te pone la lengua como un gatete con menos frecuencia y bebes menos agua; y ser ecológico es moda, se lleva mucho en, por ejemplo, Barcelona.

3. En un monólogo las preguntas son retóricas o están dirigidas a ti mismo y el interés se centra en ti, en lo que tú tengas que contar. En un diálogo, en cambio, aunque no puedas creértelo, se realizan preguntas a la otra persona destinadas a saber cosas de ella. Sí, sí, saber cosas de ella. Aunque ya nos queda claro que no te interesa lo más mínimo lo que los otros te pueden contar, forma parte de la cortesía mostrar interés por las vidas de otra gente. Para ello se utilizan las siguientes fórmulas, totalmente novedosas para ti, lo sabemos, pero la mar de útiles si no quieres que tu vida social se vea reducida a hablarle a un nabo de plástico; para hacerlas más fáciles de recordar Alejandro Sanz las sintetizó en una canción: “cómo estás”, “qué tal te va”, “allí es de día o es de noche”, “es bonita esa ciudad para ir de vacaciones”. Muy sabiamente, Alejandrito tituló la canción Mi soledad y yo, o sea, tú soledad y tú, más o menos los que asistiréis a tu próxima fiesta de cumpleaños si no sigues mis sabios consejos. Por supuesto, hay que permitir que la persona a la que se dirige las preguntas las conteste, no vale cambiar de tema antes de que haya vocalizado el predicado de la primera frase de la respuesta.

4. En un monólogo puedes contar lo que te salga de las bolas chinas con todos los detalles que quieras. Incluso puedes relatar cómo te comiste una naranja como la cosa más importante del mundo y con todo lujo de detalles, aunque sea un coñazo insoportable y aporte tanto como el último disco de Mariah Carey a la historia de la música. En un diálogo, consciente de que los momentos de comunicación se reducen y no son infinitos y de que la gente tiene mejores cosas que hacer que oír tus gilipolleces, uno debe resumir, sintetizar, contar lo más relevante y únicamente entrar en detalles cuando el interlocutor se interesa, en plan “¿y esto cómo fue?”. No es necesario que le cuentes hasta las bragas que llevabas el día de tu Primera Comunión, hay información que es tan importante como tu opinión sobre la extinción de la garrapata sureña. O sea, nada.

5. En un monólogo, las personas que hay a tu alrededor se denominan público y normalmente están ahí bien porque lo que cuentas es realmente ingenioso, bien porque esperan que te calles en algún momento para que empiece a hablar otro en plan terapia de grupo. En un diálogo, las personas que hay a tu alrededor se llaman amigos y conocidos y tienen tanto derecho como tú a hablar. Que no, mona, que no eres el centro del Universo ni tienes más problemas que nadie, no eres la mayor víctima del mundo ni hay una conspiración contra ti ahí fuera. Dosíficate, querida, no tengas tanto afán de protagonismo, que te estás tomando un café, no estás actuando en un escenario; ni siquiera eres una silueta de Confesiones.

6. En un monólogo le puedes contar a unos desconocidos cosas superíntimas. Si lo haces en plan cómico, estás en El Club de la Comedia y deberías esmerarte para que te contraten en LaSexta aunque sea para llevarles los cafés al Gran Gwyoming. Si lo haces en plan drama, estás en una consulta psicológica o en El Diario con Sandra Daviú. Y es que, aunque no te lo creas, hay formas y formas de contar las cosas y hacer que los invitados a una fiesta se quieran cortar las venas no es muy sano que digamos. En una conversación, hay una cosa que se llama confianza y que se adquiere con el tiempo y a medida que conoces a esas personas y que hasta puede llegar a desembocar en una amistad si no asustas a la gente relatando con lágrimas en los ojos que tu profesor de gimnasia rítmica te metió mano en los vestuarios del instituto y tú acudiste a casa a lavarte con un estropajo Nana (los que son casi de lija) para restregarte con fruición y violencia la piel mientras gritabas en la bañera “¡Sucia, sucia!” . Eso no está bonito ni es bueno para tu salud mental ni para la de los demás.

Y ya está, esto es todo. Es muy sencillo, ¿verdad? No ha sido necesario aprenderse la lista de los Reyes Godos ni nada. Pues esta lista podéis imprimirla y entregársela a esas personas en las que habéis pensado al leerla. Quién sabe, lo mismo hasta le cambiáis la vida a alguien.

Por último, lo que hay que dejar claro es que la comunicación es otra cosa, que la comunicación es compartir, un intercambio, una reciprocidad, algo que puede ser realmente maravilloso si se hace bien, por muy necesitadas que anden algunas personas de atención o de que se las escuche.

Y a veces, cuando uno deja de hablar y se pone a escuchar puede llevarse auténticas sorpresas…

La gaviota es guay

Las gaviotas nos atacan. No, esto no es una película de ciencia ficción ni de terror (aunque pueda parecerlo en determinados momentos). Por si ustedes son idiotas y todavía no se han dado cuenta, el partido de las gaviotas ha ganado las elecciones mediante una aparente mayoría absoluta. Y digo aparente porque le pasa lo mismo que a Lady Gaga: que tiene más artificio que otra cosa, que en absoluto se corresponde realmente con la voluntad de la mayoría. Pero nuestra estupenda Ley electoral es así. Y no es para criticarla para lo que escribo en este momento (aunque si me pongo la critico, ¿eh? Que otra cosa no, pero a mí mala baba no me falta).

A estas alturas no voy a ocultar mi indignación. Han ganado, pero no con mi voto, en absoluto, nada más lejos de la realidad. Para mí no se trata de derecha o de izquierda. No se trata de que gane el Partido Popular. Ni siquiera se trata de que Mariano Rajoy me parezca una figura política lamentable desde cualquier punto de vista. Se trata de que ha ganado un partido que en ningún momento ha ocultado su desacuerdo con lo que conocemos como igualdad. Sí, tía, igualdad.

Resulta que, por si no te habías enterado, los maricones hemos estado la mar de mal vistos a lo largo de siglos y siglos (una cosa mala, ni con un puntero láser querían tocarnos). Y resulta que tras mucho penar (vamos, que no es por nada, pero bastante gente ha sufrido lo indecible por el camino, muchos, muchísimos, han pagado incluso con su propia vida) hace apenas unos años conseguimos que se nos reconociera el derecho a casarnos. El derecho a casarnos con una persona de nuestro mismo sexo. No sé si se han dado cuenta. Les doy tiempo para que lo piensen bien: el derecho a poder casarnos con una persona de nuestro mismo sexo, con quien nos dé la gana.

El partido de la gaviota no ha desvelado mucho de su programa que digamos. Se ha refugiado entre una ingente cantidad de ambigüedades y se ha basado, más que nada, en un discurso totalmente absurdo fundamentado en la creación de empleo y en la lucha contra la crisis económica, como si esto dependiera de ellos y no de los mercados, que son los verdaderos mandamases de la Economía (aunque, eso sí, no han sido pocos los españolitos que ingenuamente se lo han creído y hoy mismo están en la calle, con los brazos abiertos y mirando al cielo, esperando a que las ofertas de empleo lluevan así porque sí). Pero si hay algo que han expresado claramente, sin ningún tapujo, durante todos estos años y aun al borde de las elecciones ha sido su desacuerdo con respecto al matrimonio entre homosexuales. Esto es así, y quien no se lo crea que busque cualquiera de las entrevistas que se le han hecho en los últimos cinco años al que ostentará el título de presidente del Gobierno durante la próxima legislatura

Que sí, que él no ha dicho en ningún momento que los maricones seamos escoria invertida, que merezcamos la muerte o que estemos malitos. No, claro que no, eso habría sido demasiado. Pero sí ha dicho que cuando dos personas del mismo sexo se casan no puede ser lo mismo que cuando se casa un ser humano con pilila y otro con potorro. Haganme caso cuando les digo que lo próximo que van a tener que hacer muy pronto es gritar “se llama matrimonio” a pie de calle. En definitiva, que este señor, en representación de su partido, ha defendido claramente la desigualdad por razón de orientación sexual.

Y aun así ha salido elegido como presidente.

¿No les da que pensar? A mí sí, y mucho. Porque son cantidad los que ondean la bandera del progresismo y la tolerancia e insisten en que no tienen nada en contra de los maricones, pero que luego no han dudado ni un instante en meter el voto en la urna para los peperos. Está claro que tan defensores de la igualdad no seremos los españoles cuando millones de nosotros han votado una iniciativa política que defiende la discriminación por razón de orientación sexual (entre otros muchos disparates en los que, afortunadamente para mis sufridos lectores, no voy a entrar hoy. Ya habrá tiempo, ya). Millones de personas heterosexuales supuestamente tolerantes y que jamás se techarán a sí mismos de homófobos lo han hecho. En cuanto se les increpa, estos heterosexuales te sueltan que “eso” es algo que no les concierne a ellos. Y a mí se me cae el alma a los pies.

Porque yo no soy judío, pero jamás votaría a un partido nazi. Porque yo no soy negro, pero tampoco votaría a un partido racista. Porque yo no soy mujer, pero en la vida se me ocurriría votar a un partido machista. Y, sin embargo, a los heteros como que les da lo mismo votar a un partido homófobo, ¿sabes? Total, tampoco es para tanto. Exagerado me llaman, entre otras maravillas.

Y luego están los propios homosexuales que se prodigan en las redes sociales anunciando que han votado al Partido Popular y se quedan tan frescos. No sé, como que se ve que se ha puesto de moda tirarse uno piedras contra su propio tejado y yo no me he enterado. Como no me puedo quedar callado y como yo sé que luego son los primeros que se van a quejar de la homofobia y de tal y de cual, les pregunto de qué van. Y, claro, ellos me llaman pesimista (anda ya, hombre, como va a quitar Mariano el matrimonio gay na’ más que se le presente la oportunidad… Total, sólo lo lleva diciendo desde el día en que la ley se aprobó); y me dicen, sin ningún tipo de tapujos, que hay cosas más importantes que el matrimonio, como el trabajo y comer y una vivienda digna (JA, ¿y esta vivienda digna y este trabajo los van a conseguir los mismos que en su anterior legislatura propulsaron las leyes que dispararon el precio de la vivienda hasta límites insospechados y que redujeron los derechos laborales y los sueldos hasta el infinito y más allá?).

Y mira, no sé, no tenía la menor idea, ni me lo figuraba yo cuando salía a la calle a gritar y a manifestarme por mis derechos junto a montones de maricas y bolleras, que buena parte de ellos y ellas prefiere ganar mucha pasta y comprarse un Audi, un iPhone y un chalé en las afueras a que se reconozcan sus derechos. Ni me lo imaginaba. Porque de haberlo hecho me habría dedicado a cosas más productivas, como tocarme los huevos o hacerme un curso de bandurria y pianola. ¿Qué dices de mis derechos sociales y civiles? ¡No pasa nada, siempre y cuando haya pasta para poder vivir por todo lo alto y pagar caprichitos! Pues qué guay. O sea, que tú vas por ahí de sufrido y de paria exigiendo tus derechos, pero luego, a la mínima de cambios pones esos derechos en venta sin pestañear siquiera. Y no sólo los tuyos: los míos también. Derechos por los que infinidad de personas han sufrido e, incluso, como ya digo, han perecido con su vida y perecen a día de hoy en otros muchos países. Derechos que mucha gente se pirraría por tener. Que no me parece bien, porque no me parece bien, pero vale que esto a muchos heteros se la repanpinfle, pero que te la repanpinfle a ti, hijo, que eres más maricón que un palomo cojo me parece ya el súmun de la incoherencia y de la indignación.

Las crisis económicas van y vienen. Hay momentos de bonanza y otros de recesión. Habrá épocas en las que tengas más dinero y otras en las que vayas más justo. Pero hay cosas que cuesta mucho más esfuerzo, tiempo y bienestar conseguir, que son más importantes. O al menos, deberían serlo.

Pero así nos luce el pelo. Así nos va. Y así nos va a ir.

Hijos de perra bastardos

Anoche hablaba yo a una hora tan maravillosa como las cinco de la mañana sobre lo divino y lo humano con una amiga. Se trataba de uno de esos instantes de suma trascendencia que se producen a horas intempestivas y ante los cuales yo siempre he sentido cierta predilección, desde mis primeras borracheras. El punto trascendental, como todos, no llegó así como así, sino que el clímax fue alcanzado mediante una escalada. La señorita Cínico y yo reflexionamos largo y tendido durante unos minutos sobre la condición humana.

¿Acaso pensaban que iba a estar yo hablando (y encima medio borracho) de otra cosa diferente?

El tema vino porque últimamente utilizo mucho el concepto “hijo de perra bastardo”. Lo he descubierto o redescubierto a raíz de algunos acontecimientos que unas cuantas personas de mi alrededor se encuentran en la tesitura de tener que afrontar. Esto no es nuevo, a todos nos pasan cosas malas todo el tiempo. Pero, no sé, llámenme raro, me parece terrible que a las buenas personas les pasen cosas malas.

En este caso, me estoy refiriendo a buenas personas, por supuesto. Ahora mismo he consolidado en mí una clara tendencia a rodearme únicamente de buenas personas, como ya dije en otro post muy comentado. Esto, aunque parece una cosa de cajón, no siempre ha sido así. Debido a una multitud de factores y circunstancias ante las cuales cualquier psicólogo se frotaría las manos, albergué hace mucho tiempo una tendencia malsana a no ver la maldad ajena y a creer que todo el mundo es buena persona. Al más puro estilo de Rousseau, me negaba a pensar que en este mundo hay gente genuinamente mala, interesada, cruel, ruin y deshonesta. Sé que me pongo muy pesado con el tema, pero no puedo evitar darle vueltas. Quizás es porque aun a día de hoy me sigue sorprendiendo la constantación del hijo de perra bastardo como un ser vivo real, de carne y hueso, tan tangible como usted y como yo.

O sea, que mis amigos, buenas personas, buenísimas si me apuran, lo estaban pasando mal. Y encima su dolor tenía un foco claro, una fuente de procedencia nítida: estaban sufriendo por culpa de malas personas. Pero lo más sorprendente es que mis amigos justificaban a esas malas personas, aun cuando les estaban infligiendo un daño flagrante.

Pues bien, la señorita Cínico y yo reflexionábamos sobre esta tendencia a no querer o no poder ver el mal en los demás. Y es que, admitámoslo, se nos ha vendido que quien es malo lo es porque está resentido y hay que compadecerse de él. O sea, la historia es bien sencilla. Se supone que los seres humanos somos buenos porque sí, desde que nacemos, como condición humana inamovible. Pero, como decía el mencionado Rousseau, es corrompido por la sociedad. Se supone que las personas nos volvemos malas y unos cabrones porque, en realidad, lo hemos pasado muy mal, nos han hecho mucha pupa, nos hemos criado en un entorno hostil y mil cosas más. Este discurso está más que extendido y asentado y es lo que nos mueve en multitud de ocasiones a mantener una actitud piadosa y comprensiva ante ciertos males.

Claro que ésta es una conciencia útil en ciertos casos. Por ejemplo, sirve para atender a las características psicosociales de los comportamientos antisociales y a ver que tras la drogadicción, los robos, la criminalidad, la delincuencia y cuestiones de índole similar se esconden una serie de características y circunstancias que atenuan la gravedad de los hechos. Sirve para atender a la causa de ciertos comportamientos y sucesos y para ayudar a solventar problemas de raíz. Por supuesto que es útil atender a las motivaciones que llevan a la gente a comportarse como animales de bellota.

El problema es cuando uno cree que cualquier persona malvada merece justificación ante sus actos porque se empeña en aducir un motivo oculto que propicia la conducta maliciosa. Se trata del típico caso del complejo de salvador ante los cabrones de manual y los chulos de discoteca. El “es que él no es malo, lo que le pasa es esto o lo otro”, que implica que el sujeto puede cambiar y, de repente, recobrar la bondad innata. Porque, miren ustedes, yo ya me he cansado durante mucho tiempo de hacer de microondas y de tratar de derretir corazones helados. Pasarte la vida justificando la maldad ajena y, lo que es peor, intentando solventarla mediante una actitud altruista y de ayuda con la intención de que esa persona llegue a comprender que no está transitando por el camino adecuado es, además de infructuoso y frustrante, una labor que no nos pertenece. Cada palo que aguante su vela, porque si nos ponemos así, yo también lo he pasado mal (como todos) y no me he vuelto un cabrón de cuidado ni le hago daño a la gente de manera gratuita sólo porque estoy resentido con la sociedad. Y si yo puedo mantenerme fiel a unos principios y negarme a la ruindad moral, los demás también pueden. Como le dice el padre de Grace a la propia Grace en Dogville, ¿de verdad esa gente que se porta tan mal contigo ha hecho todo lo que ha podido?

Lo que me hace pensar que, salvo en circunstancias concretas y bastante extremas en las que uno no puede elegir lo que ser y en quien convertirse, la maldad es evitable. O sea, tú puedes despertarte una mañana y como lo estás pasando muy mal y pobrecito de ti y el mundo tiene una conspiración judeomasónica contra ti y contra el hecho de que tú alcances la felicidad, puedes volverte un hijo de perra. O bien puedes ajustarte a unos valores y tomarte las cosas con cierta deportividad y asumir que el resto de la gente no tiene por qué pagar los errores que tú u otros gilipollas desgraciados con los que has tenido la mala suerte de toparte hayan cometido. Siempre se puede elegir. Siempre. ¿Vas a hacerlo lo mejor que puedes o no? Al final es la única elección importante.

O sea, que el que es un hijo de perra es porque quiere. Por eso mismo, cada día tengo más claro que compadecerse de este tipo de personas es una pérdida de tiempo y que lo mejor que puede hacer uno cuando se halla frente a uno de estos ejemplares es apartarlo con un palo y continuar con su vida. Es lo mejor.

Eso sí, la señorita Cínico y yo llegamos a la misma conclusión: es durísimo darse cuenta de esto. Es francamente demoledor percatarse de que puede haber y de hecho hay personas a tu alrededor dispuestas a comportarse así, a dañarte sin ningún tipo de escrúpulos para conseguir lo que quieren, a destrozarte sin ningún tipo de remordimientos. Es terrible y despreciable admitir que en la condición humana tienen cabida ese abanico de sentimientos y conductas deleznables. Es descorazonador asumir la aseveración de Hobbes de que el hombre es un lobo por el hombre.

Tal vez, es probable, que por esta misma razón tendamos a negar la evidencia, a girar la cabeza ante el horror. Quizás por este motivo solemos achacar el horror a unos motivos que lo expliquen y, sobre todo, que incluyan una cláusula de salvación futura, una posibilidad de cambio, de redimirse. Yo mismo ejecutaba este tipo de procedimientos con una frecuencia diaria en mi vida: justificaba absolutamente a todo el mundo creyendo que, muy en el fondo, eran buena gente que estaba sufriendo. Y tal vez sea verdad. Pero ahora ya no justifico a nadie. Ahora admito que el hijo de perra bastardo existe, está entre nosotros dispuesto a alimentarse de quien se deje. Sus motivos importan poco, porque, como ya he dicho, en cierta medida él ha elegido ser así. Lo justo no es que nos apiademos de él, sino que le demos lo que se merece.

Y es posible que no esté en lo cierto (no tengo respuestas para todo. Apenas tengo un puñado de esbozos frágiles para ofrecer ante las preguntas que se me agolpan en la cabeza). Sin embargo, la verdad es que desde que vivo de acuerdo a esta máxima, me va mucho mejor y soy mucho más feliz: los hijos de perra bastardos no merecen compasión. Ni pizca. Como mucho, lo que merecen es indiferencia.

El parque pa’ que los maricones follen

Estaba intentando contenerme, de verdad que sí, pero es que si no escribo sobre el tema reviento. Y miren ustedes que ando la mar de liadísimo, pero es que estaba a punto de darme un síncope, algo malo. Como el Lute, pero al uso, critico o reviento. Y digo que quería contenerme precisamente porque el creador de la idea que voy a exponerles a continuación no busca otra cosa más que publicidad, crear revuelo mediante un par de historias descabelladas y dárselas de importante y revolucionario.

La cosa es que desde hace unos días se viene hablando de convertir un enclave de la Axarquía malagueña en el primer pueblo mariquita. El creador de esto, como no, es el mismo de siempre (pueden verlo en la noticia, yo me niego a explicitar su nombre para que le sigan dando orgasmos cada vez que se busque en el Google). En resumen, se trata de que este señor, que parece que quiere sacar tajada de todo lo que tenga la más remota relación con el target gay, quiere hacer de Moclinejo el primer pueblo gay friendly, una especie de, agárrense, Ibiza sarasa.

Y no se piensen que la gente del pueblo se niega en redondo. Qué va. Al margen de lo políticamente correcto que quiera parecer Moclinejo, se trata más bien, presumo yo, de las promesas que este señor le ha hecho al Ayuntamiento y a sus habitantes en cuanto a las sustanciosas sumas de dinero y a la importancia en cuanto a centro turístico que van a obtener. De hecho, según anuncia él mismo en la noticia, ya hay gente dispuesta a pagar un dinero por su vivienda rosita en Moclinejo. Se podría pensar que lo dice para darse aires de que su idea es buena, pero francamente, visto lo visto, yo me lo creo. No es tan descabellado pensar que ya ha habido unos cuantos que se han lanzado a reservar su apartamentito en Maricalandia.

Reconozcámoslo: a los maricones nos encanta, en parte, ese segregacionismo. Estamos tan ávidos de que se nos tenga en cuenta que en cuanto aparece el primer gilipollas vendiendo paquetes de chorizo para gays, nos lanzamos como alma que lleva el diablo a comprarlos, cuesten lo que cuesten, aunque sea el mismo chorizo marca hacendado de toda la vida. Ah, pero es que ahora lleva la bandera del arco iris en el plástico… Jo, tía, cómo voy a negarme a comprar este chorizo. Y así pasa lo que pasa, que nos venden todo el humo que quieren y hace negocio con nosotros cualquiera. Oiga, por favor, un poquito de perspectiva no viene nada mal… De vez en cuando y eso, para variar.

Las medidas que piensa tomar para convertir esta población de unos mil habitantes en pueblo mariquituso no tienen desperdicio: pintar las casas de rosa, ponerle nombres a las calles de artistas maricones… Una cosa estupenda y que no responde en absoluto a estereotipos, qué va. Pero lo que más fuerte me ha parecido ha sido que en el proyecto se contempla la creación de un parque de cruising. Sí, tía, lo que acabas de leer. O sea, se trata de un parque especial en el que los maricones pueden pasear y mantener los encuentros sexuales que estimen oportunos. Es que los gays no pensamos en otra cosa, ¿sabes? Hay gente que se dedica a hacer punto de cruz. Nosotros nos dedicamos a follar con desconocidos todo el tiempo. Yo los colecciono, como los cromos.

A ver, que yo no es por nada, pero que me parece un poco fuerte que se habilite un parque para follar. No me malinterpreten, no se trata de que los que vayan a copular como si no hubiera mañana en ese parque sean de la acera de enfrente, sino que así, en general, habilitar una zona pública para que cualquiera se haga la caidita de Roma me parece excesivo. Y una gilipollez del tamaño del culo de Mariah Carey, porque aunque este señor me hable de que ya está bien de tanta hipocresía y de que necesitamos libertad, a saber, por si todavía no se ha enterado, lo de practicar el cruising hoy en día se debe más a una curiosidad morbosa, una práctica sexual alternativa, que a una vía de escape consecuencia de la represión. Porque, miren, yo les explico, hace tiempo existió un dictador con bigote y del tamaño de un tapón de alberca que todavía debe estar bien enterraíco en el Valle de los Caídos. Este tipo se llamaba Franco y metía a los maricones en la cárcel. En semejantes circunstancias, y teniendo en cuenta que no había ni Internet, ni páginas de perfiles con fotos de pollas ni nada, la gente mantenía encuentros sexuales en ciertos lugares acordados extraoficialmente. Por eso era tan frecuente el cruising, entre otras cosas porque era una forma de expresión sexual necesaria.

Y ahora el tío este viene a salvarnos de nuestra represión (¿Mande? ¿Este no se ha paseado por los bares de ambiente últimamente o qué? Oigan, que el otro día había dos a punto de quedarse preñados contra una columna -y uno de ellos era yo-. Esto… ejem. ¿He escrito la parte en voz baja?). Que digo yo que si el parque este está hecho para hacer cruising, uno no podrá ir a allí a tomar el fresco tranquilamente ni nada, ¿no? Pongamos que estás leyendo un libro (sí, tía, los maricones leen. Algunos. Pero mira como el tipo éste no ha creado bibliotecas para maricones. No, no, un parque para follar sí, una biblioteca ni de coña. ¿A dónde vamos a llegar?)… Pongamos que estás leyendo un libro en el parque y entonces llega uno y te llena la boca con… con su… con… vamos, que te pone en la tesitura de tener que hacer una felación. ¿Habrá que hacérsela, no? Hombre, es que para eso es un parque de cruising. Si quieres leer, vete a la biblioteca. Ah, no, que no hay…

Ironías aparte, me encanta el hecho de que se entienda la homosexualidad como el color rosa y parques en los que la gente puede follar libremente. Yo no sé ustedes, pero a mí no me gusta tirarme a cualquier desconocido que me encuentro caminando por la calle y porque sí. Y aunque me gustara, me lo zumbaría en mi casa o en la habitación de un hostal, que no veo la necesidad de hacerlo detrás de un matorral y al lado de un columpio. Yo que sé, llámenme raro.

Por eso no es de extrañar que el presidente de Colega se haya indignado y haya criticado semejante proyecto expresando que se trata de una iniciativa segregacionista y discriminatoria, que se debe luchar por la libertad de las personas y la igualdad. Porque, verán, con la excusa de intentar sacar unos duros, cosas como la descrita suponen, no un paso, sino una carrera hacia atrás en lo que viene siendo una lucha por la igualdad y la equiparación de la homosexualidad con la heterosexualidad en las sociedades modernas. Vamos, hombre, que ya está bien, con la cantidad de gente que se ha dejado el culo y en ocasiones la vida luchando por nuestros derechos, iniciativas como esta no deberían permitirse de ninguna manera.

Yo no sé ustedes, mis queridas lectores, pero yo no quiero que se saquen Maricalandia de la manga y que nos vendan casas rosas y parques de cruising. Yo lo que quiero es poder vivir con la tranquilidad de que mi orientación sexual no supone ningún estigma social, ni aquí, ni en Moclinejo, ni en Egipto, ni en Japón. Yo lo que quiero es poder vivir tranquilamente e incluir la dimensión homosexual en todo el conjunto de mi persona, sin peligro de que me discriminen o me miren mal. Yo lo que quiero es que se me deje de encasillar como gay porque lo gay deje de ser una forma de clasificación estereotípica. Yo lo que quiero es que todos seamos iguales.

Así que ya está bien de gilipolleces, por favor. Por favor.

Traidores

¿Sabe el traidor quién es? En México existe una comarca en donde se practica la costumbre cruel de los “cultivos”. Consiste en que la comunidad, para burlarse de alguien, le “cultiva” una creencia sobre sí mismo. Es un trabajo lento, colectivo, minucioso. Por ejemplo, pongamos que los vecinos le dicen a un pobre hombre, a lo largo de meses o de años, que es un clavadista formidable. No es más que una broma, pero una broma grave; porque el desgraciado, para hacer honor a su prestigio, puede terminar arrojándose de cabeza a un cenote sin tener ni idea de cómo hacerlo, desparramando sus sesos por las rocas.

¿Sabe el traidor quién es? Si, como es evidente, dependemos para construir nuestra identidad de lo que los demás opinan de nosotros, el traidor ha de ser por fuerza un sujeto confuso. Hay traidores que practican la impostura prolongada, como los espías, y otros que cometen su traición de manera definitiva e instantánea. Pero todos defraudan la confianza que los demás han depositado en ellos. Esto es, rompen la continuidad de su propia imagen, matan su identidad. El traidor, en realidad es un suicida.

(…)

¿Sabe el traidor que es un traidor? El traidor siempre puede alegar, en la traición, un motivo imperioso y suficiente. Como el riesgo a perder la vida o el miedo insuperable. O, por el contrario, el convencimiento de que al traicionar está contribuyendo a un bien superior. En realidad, la palabra traición es muy traidora: basta con girar levemente el punto de vista para que el contenido cambie por completo, como las rosas movedizas de los caleidoscopios. Quien se aparta de nuestras ideas y se va con nuestros oponentes es un traidor, pero los enemigos [nuestros oponentes] dirán de él que ha evolucionado felizmente y se ha enmendado. Aunque hay un mundo elemental, un territorio descarnado de primeras necesidades y primeras muertes, en donde no existen estas confusiones relativistas y todos parecen conocer lo que es un traidor y qué suerte merece.

“El Corazón del Tártaro”.
ROSA MONTERO.

Portada “E+C”

No, no es una fórmula matemática. Las siglas “E+C” aluden directamente al título de mi nueva novela “Entrada + Consumición”, que va a ser publicada en la editorial Stonewall en un mes, chispa más o menos.

Con prólogo de Libertad Morán, aquí tenéis la portada. La foto está hecha por Celia Roca. Todo lujos para esta primera novela publicada a nivel nacional.

En breve sinopsis y fechas de presentación.

El alma está en la boca

Sssshhh, no digas nada. Las palabras emocionadas salen de la boca demasiado deprisa y suelen terminar diciendo cosas que no son del todo verdaderas. Y debemos ser respetuosos con las palabras, porque son la vasija que nos da la forma. Los tiempos crueles son siempre mentirosos y vienen preñados de palabras malas. El hacha del verdugo no cortaría y la hoguera de la intolerancia no quemaría si no estuvieran sustentadas por palabras falsas. Ya lo dice la Biblia: al principio fue el Verbo. Es la palabra lo que nos hace humanos, lo que nos diferencia de los otros animales. El alma está en la boca. Pero, para nuestra desgracia, los humanos ya no respetan lo que dicen. Escucha con atención a fray Angélico y descubre la ponzoña escondida en su verbo sedoso. Es como su maestro: a Bernardo de Claraval le llaman el Doctor Melifluo porque sus palabras son como miel. Pero las palabras no deben ser como la miel, pegajosas y espesas, dulces trampas para moscas incautas, sino como cristales transparentes y puros que permitan contemplar el mundo a través de ellas.

“Historia del Rey Transparente”.
Rosa Montero.

Si me pinchas, sangro

Que digo yo así, a bote pronto, que lo más normal es que cuando te pinchen, sangres. El cuerpo y la mente, al menos en teoría, son sabios: cuando perciben ataque, se defienden. Esta perogruyada la suelto así, sin anestesia ni nada, porque es que últimamente parece haber una conjunción astral que hace que los tocapelotas del reino se hayan unido para hacer fuerza común. Al parecer, esos seres abominables que viven junto a nosotros y llevan a cabo exactamente el mismo conjunto de actividades cotidianas camuflándose entre los seres normales han decidido no sólo que pueden hacernos la puñeta cada vez que les dé la gana, sino que encima no tenemos ningún derecho a quejarnos por ello. En otras palabras, ellos tiran la piedra y no sólo esconden la mano, sino que encima se quejan de que les devuelvan la pedrada.

Porque la nueva moda no es hacer la puñeta y quedarse tan pancho soltando una risotada de madrastra de Blancanieves. No. Resulta que, por lo visto, esos señores que hacen pupa tienen algo que se conoce con el nombre de conciencia. Verán ustedes, en el mundo de los cuentos de hadas y en las películas que vemos desde que somos unos tiernos, inocentes y cándidos críos, los personajes malos se caracterizan por un factor común, una carencia que los sitúa en el mismo nivel humano (o infrahumano si se quiere). Los malos a los que nos hemos habituado a través de las historias que hemos leído, visto y oído no tenían ni pizca de conciencia. Es decir, ellos hacían el mal para conseguir sus propósitos y en absoluto se arrepentían o sentían un remordimiento por haberse comportado como animales de bellota. Qué va. Ellos se aceptaban a sí mismos como seres innobles y actuaban coherentes con su escasez de principios. En ningún momento uno adquiere la impresión de que esos personajes malvados se sientan buenas personas o lo pasen muy mal.

Pero, en realidad, los malos de este mundo también tiene conciencia. Sí, sí, se comen la cabeza. Se sienten mal por lo que hacen. Esto no quiere decir que esa conciencia les impida hacer el mal y portarse como garrulos sin sentimientos, ni coherencia, ni nada que se le parezca, como ingenuamente creemos. El ser humano es inteligente, aunque sea para dar por culo, y busca maneras de esquivar la autocrítica. El malo del mundo real busca la manera de engañarse a sí mismo y encima sentirse chachiguay. Como te lo cuento, mari. El no va más de estos tiempos es portarte mal aduciendo motivos (sean reales o inventados) para justificar tu comportamiento porcino, quedarte tan ancho y encima nadar tranquilamente en la idea de que eres una magnífica persona. Hago lo que me sale del ojete con quien me sale del ojete. ¿Razones? Da igual, si no las hay ya me invento un par esta noche mientras me limo las uñas. Así tenga que inventarme una realidad paralela. Poderosos motivos me impulsan a tirarte un montón de piedras.

O sea, que el arte de tocar las pelotas se sofistica, porque ya no se trata de joderte la vida sino además de convencerte de que hay buenas razones para ello.

Pero es que todavía la cosa puede ser más enrevesada. Si por algún casual a usted le tocan las pelotas (ergo le hacen una pizca de pupa) y usted reacciona defendiéndose, ¡automáticamente pasará a ser la mala de la película! Es superchuli. ¡Me lío a pedradas contigo, pero ni se te ocurra tirarme una piedrecita a mí! Resulta que por lo que parece usted tiene que dejarse manipular y utilizar, permitir que la gente que tiene a su alrededor la use (y, créame, usted tiene muchos usos) y la insulte y no sólo ha de permitirlo y transigir como si no estuviera pasando nada, sino que encima no debe defenderse en ningún momento. ¡Mucho menos responder con la misma moneda! Porque eso sí, la Ley del Embudo continúa vigente desde tiempos inmemoriales. Yo puedo hacer lo que quiera, pero tú no. Es más, yo puedo chuparte la sangre, pero tú no puedes defenderte siquiera. Practica la indolencia.

La cosa es que si respondes a la ofensa, eres malísimo. Como si al pincharnos no sangráramos, como si nos viéramos obligados constantemente a poner la otra mejilla mientras ciertas personas se dedican a comportarse como les viene en gana. En lugar de admitir sus errores, se quejan de que sangres, de que hables, de que te expreses, de que no te calles y agaches la cabeza mientras pasas por alto el daño que te han hecho. ¿Nos hemos vuelto locos ya?

Y es que, animalicos, tienen que chuparle la sangre a alguien, es su razón de ser. Mira que eres malo por negárselo… Al final ellos son las víctimas y tú el malvado de cuento. Aunque, eso sí, yo para ser malvado de cuento tengo mucha conciencia, sólo que está la mar de tranquilica. Por una razón muy sencilla: solo me defiendo cuando me atacan. Mi actitud nunca ha sido ofensiva, sino defensiva. Es una reacción, un comportamiento natural. Tengo por costumbre únicamente sangrar cuando me pinchan.

Así que cuando vean sangre a mi alrededor deduzcan que alguien ha pegado unas cuantas pedradas primero.