Hay que ver el trabajo que me cuesta últimamente sentarme a escribir con la intención de publicar. Llevo como una hora empezando artículos y borrándolos al finalizar el primer párrafo porque nada de lo que me sale me convence o me congratula lo suficiente como para darle a “Publicar”. Dita sea, ¡he perdido la inspiración! ¡Las musas me han abandonado y toda esa mierda que se suele decir en estos casos!
Es difícil de expresar y de explicar. No me pasa todo el tiempo esto, qué va. Cuando me pongo a escribir sabiendo que lo que tengo entre manos es para mí mismo y nadie más va a tener la oportunidad de leerlo, me explayo y hasta me siento satisfecho con respecto a lo que va saliendo. Lo releo, me sonrío a mí mismo encantado de ser yo y de haberme conocido, me enciendo un puro y me pongo una copa de coñac, y me salgo en batín a la terraza a sentirme superior al resto de los mortales. Esas cosas que hacemos los escritores, ¿sabes? Pues eso.
Sin embargo, si me abro el editor de WordPress o el de UniversoGay y me pongo a teclear me atranco inevitablemente, como si el hecho de saber que lo que estoy vertiendo a través del texto va a ser expuesto a la vista de todos me cohibiera sobremanera. A todos nos da reparos enseñar nuestras vergüenzas, por eso no vamos bajándonos los pantalones a diestro y siniestro para enseñar la pilila (pilila, ha dicho pilila, jijiji). Sin ir más lejos, un amigo que va a publicar un libro en un par de días me contaba esta mañana que se sentía un poco nervioso ante la idea sempiterna que nos asalta a los autores de “qué pensarán cuando lean esto”, ese miedo al qué dirán y al cómo me juzgarán y esas ansias de gustar y recibir aprobación que todos sentimos.
Lo entiendo, tengo fichado ese sentimiento, pero la verdad es que a mí este miedo, este terror, aunque existía, antes no me paralizaba en la medida en que lo hace ahora.
Si lo pienso bien, esto es en parte normal. Publicar libros tiene, como todo, su lado bueno y su lado malo. Desde que el pasado septiembre “Entrada + Consumición” saliera a la venta no he dejado de recibir críticas por todas partes. La mayoría de ellas buenas, es verdad, algunas incluso extremadamente buenas, pero no dejan de ser opiniones, puntos de vista, la constatación palpable de que ahí hay alguien examinando lo que escribo o dejo de escribir. El ojo que te mira y que escruta y que no es más que algo que imaginas y que se convierte en una especie de demonio mental imposible de sortear según te pille el día.
Supongo que se me pasará, que tarde o temprano recuperaré el placer de sentarme frente al ordenador y dejarme llevar para contar lo que me dé la real gana, lo que me salga de las narices, sin pensar si lo que estoy escribiendo es demasiado triste o demasiado frívolo; si va a ofender a alguien, si queda de resentido o de llorica expresar algunas de las ideas que se me pasan por la cabeza; si es de mediocres hijos de puta o si es típico de un blog de marica amargada escribir sobre determinados temas. Y sin que me dé el momento drama de decir con lágrimas en los ojos eso de “¡¡¡Pues ya no escribo nunca más!!!”. Todos sabemos que es mentira, que es como eso que se dice cuando uno anda de resaca y afirma que no va a volver a probar el alcohol. Caaalaaaaaaaaaaaaro. Nunca más. Hasta el sábado siguiente, maja.
En fin, son etapas, épocas, tiempos de introspección en los que uno no tiene más remedio que replegarse para un día no muy lejano volver a expandirse y volver a bajarse los pantalones hasta los tobillos para enseñar lo que haya que enseñar. En cualquier momento lo hago. No me quitéis ojo.