El monstruo verde de los celos

Los celos se han normalizado tanto que hasta nos parece algo positivo que nuestra pareja nos controle los mensajes del móvil. ¿Seremos lerdas?

El monstruo verde de los celos: igualito que tu ex, pero en guapo.

El monstruo verde de los celos: igualito que tu ex, pero en guapo.

El amor forma parte de la vida de los seres humanos, tía. Como ya te habrás percatado (porque sabemos que eres un chico medianamente listo, a pesar de que estuviste con tu ex) dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos, nuestro tiempo y nuestro dinero (en ropa, en maquillaje, en psicólogos) a encontrar a nuestra media naranja, el amor de nuestras vidas, el principote sin el prin de nuestros sueños.

Que yo no digo que esto esté mal, pero es que resulta que nos han contado (y nos hemos creído ciegamente, como lerdas de manual) una idea bastante extraña e incoherente del amor. En ese abanico interminable de desaciertos que guían nuestras vidas de quinceañeras con coletas que hacen circulitos con el pie y que van por el mundo con la foto del capitán del equipo de rugby encerrada en un corazón y pegada en la carpeta de los apuntes del insti, hay una cosa específica sobre la que estamos muy equivocados. Naturalmente, me estoy refiriendo al asunto de los celos.

El tema de los celos está absolutamente normalizado en nuestra sociedad. Resulta que a la gente le parece fatal la última jugada del partido del Madrid, que hasta parece que se quieren cortas las venas con una cucharilla de café oxidada de lo mal que lo están pasando. Y, sin embargo, no sienten nada cuando alguien les cuenta que Feldesponcio, ese chico tan majo y tan buena gente que saluda a todas las vecinas del barrio, no deja salir de casa a Floripondia con una minifalda porque, vamos a ver, la van a mirar todos los tíos y ella tiene que entender que no puede ir por ahí provocando, que tiene que respetarle a él. Porque el problema no es que Feldesponcio esté como un puto cencerro, sino que Floripondia se pone esas faldas de guarra profesional, tócate los huevos a dos manos. Es lógico que él se ponga así porque eso es que la quiere mucho. Por lo visto.

Cuando sale a colación el tema de los celos nos volvemos unos auténticos retrasados porque hemos asumido que sentir celos es justificable. Es más, es hasta halagador. Según cuenta la sabiduría popular (mu’ lista ella) si tu novio no siente celos es que no te quiere, es que le da igual perderte, ¿sabes? O sea, que cuanto más celoso y posesivo sea más te ama en esa dimensión paralela de telenovela que nos hemos montado en la cabeza. Cuántas veces habré escuchado yo (casualmente, porque a mí no me gusta enterarme de las cosas ni pegar la oreja allí donde haga falta) conversaciones del tipo:

—Tía, menuda pelea he tenido con el Kevin. Todavía tengo el tanga del revés. Qué mal rato.

—¿Y eso, tía?

—Pues nada, que me vio hablando con el charcutero del Mercadona el otro día, cuando estaba en la compra y le pedí cien gramos de mortadela choped, y se puso hecho una fiera. Súperceloso. De cojones. No veas la que me ha montado. Que si yo le doy coba al charcutero, que si no tengo bastante con él, que si quiero que me la enchufe y me rellene como a una napolitana de crema…

—Qué fuerte, tía. Pero eso es porque te quiere mucho. Tiene mucho miedo de perderte.

Claro que sí, mujé. Lo justificamos y nos parece hasta romántico. En algún momento de la Historia, el viento de Canadá cambio de orientación, Saturno se alineó con el coño ‘mi prima y los seres humanos comenzamos a pensar que era bonito que nuestro novio o novia (váya usted a saber, hay gustos para todo) desconfiara de nosotros hasta límites insospechados y se comportara como un auténtico lunático de la hostia. Qué romántico, tía, qué bonito es que te controlen hasta las conversaciones que tienes con tu mejor amigo, con el cual, por cierto, tienes tanta tensión sexual no resuelta como con la minipimer. Qué bonito es que tu novio tenga arrebatos y ataques de celos y haga cosas como…:

-Enfadarse cuando hablas con otro hombre. Da igual que sea un amigo tuyo de toda la vida, tu primo, tu padre, tu vecino, el chófer del bus, el párroco del pueblo, un señor mayor o una estampita de Jesucristo (seguro que la miras para hacer cosas poco nobles. “Qué pasa, que te gusta más que yo, ¿no? Bien que te pones de rodillas delante de él”. “Pero si es para rezar, cari”. “Sí, sí, para rezar…”). Porque, claro, tú eres una cacho de zorra que está deseandito, pero deseandito, fíjate lo que te digo, guarrear con el primer tío que se te ponga a tiro. Incluso la frase “¿a qué piso va usted?” lleva implícito que estás pidiendo guerra y que el ojete te palpita con tal fuerza que es perceptible hasta por los habitantes de las Islas Mauricio.

-Prohibirte que te pongas un determinado tipo de ropa. Porque, claro, tía, es que vas por ahí provocando, poniendo palote al personal. No me digas que no, que es que te encantan que te miren, que lo vas buscando. Faldas, escotes, cosas ceñidas, camisas abiertas… ¿Qué es eso de ponerse un bañador para ir a la playa? ¿Y de slip? ¿Qué va a ser lo próximo, ponerte un letrero en la frente que diga que estás más caliente que el palo de un churrero y que te cabe el Titanic de lado con pasajeros y todo? Vamos, hombre. A la playa se va con cuello vuelto y ni se te ocurra meterte en el agua, que se te ponen los pezones como pomos de puertas de castillo, propios para colgar abrigos de pana mojados, y vas marcando y calentando pollas. Cuello vuelto y a la sombra.

Da igual que te enfrentes a él y le respondas que te vas a poner lo que te salga del papo, porque seguramente tu novio o tu novia, que no puede obligarte a las claras, adoptará técnicas más sibilinas y te dirá cosas como “esa camiseta no te queda nada bien” (casualmente es la más ceñida, fíjate tú), “no me gusta ese pantalón” (casualmente ese que te hace un culito de escándalo, para partir nueces), “con ese vestido vas hecha una facha” (casualmente ese que cuando te lo pones hace que te mire hasta el de los cupones). Esas prendas de vestir que, como no te sientan bien o a él o a ella no le gustan, irás apartando de tu vestuario habitual casi sin darte cuenta. Ahora es cuando alguien me dice: “la gente no es tan retorcida”. Qué va, para nada, si vivimos en un capítulo de Barrio Sésamo… Mira, ahí va Chema, el panadero.

-Mirarte el móvil, el email, el Facebook y el Twitter asiduamente para controlar bien con quien te relacionas. Pero lo hace por tu bien, cari, no vaya a ser que se te acerque cualquier loco y no te sepas defender. A mí me encantan estas parejas que se miran todos los días los teléfonos y los mensajes y las cuentas de correo y que te dicen, así, como muy sonriendo, como si tú fueras gilipollas o algo: “Es que nos queremos tanto que no tenemos secretos el uno para el otro. Lo compartimos todo”. No, cari, no es que os queráis mucho, es que eso que tú llamas “secretos” en la mente de las personas normales se denomina “intimidad”, y es tan sana que todo el mundo debería tener una. En serio, tía, cómo te lo cuento. Tener intimidad no solo no es malo, sino que es recomendable si no quieres terminar como un cencerro y estar más controlada que un perroflauta en un Corte Inglés.

-No dejarte ir solo a ninguna parte. A mí me encanta muchísimo, tanto que me muero de la excitación, esa gente que te dice sonriente y con cara de haber esnifado demasiado pegamento de barra: “Mi novio y yo nos queremos tanto que vamos juntos a todas partes”. Porque, claro, resulta que a tu novio, como es un pelín celoso, pero solo un poco, nada más, no le gusta que vayas sin él a ningún sitio, ni siquiera a tomar café con tu amiga Idelfonsa, la cual te quiere relatar hecha un mar de lágrimas que lo ha dejado con su último consolador de goma (que ya me contarás la gracia que le va a hacer explicártelo delante de tu novio). Por eso, si él no puede o no quiere ir, tú no sales. Es que no vaya a ser que por el camino le comas la polla a alguien, tía, que tú vas por ahí siempre con la boca abierta y puedes tropezarte y caerte encima de un cipote. ¿Cómo va a permitir él eso? No, no, tú a la calles no vas sola. “Qué encanto, me acompaña hasta para ir a comprar el pan”. Caaaaaalaaaaaro que sí. Y a mí me salen tostas de salmón y queso cheddar del coño. Todo el tiempo, además.

Damos y caballeras, dejemos de ser tan imbéciles y tolerar este tipo de situaciones. Que ya estoy harto, muy harto, de que pensemos que si nuestro novio nos sigue a todas partes, nos controla el Facebook o le pega un puñetazo en la boca al chico que te acaba de preguntar la hora es porque nos quiere cantidad, una cosa mala, tanto que pierde el sentido.  Eso ni es mono, ni es bonito, ni es romántico, ni leches. Es enfermizo. E intolerable.

El esfuerzo de los chinos

Estoy hasta los cojones de la gente que me habla del esfuerzo de los chinos para resaltar lo supuestamente vagos que somos los españoles.

Siento ser tan directo, pero es que no me sale empezar de otra manera este artículo. Últimamente, para justificar las barbaridades que se intentan imponer a los trabajadores en cuanto al aumento del número de horas de la jornada laboral y la disminución de los salarios, hay un sector que cada día es más grande de enteradillos que ostentan la bandera del progreso capitalista y del “es necesario que los trabajadores las pasen canutas” que afirman que tenemos mucho que aprender de los chinos y de su cultura. 

Yo no tengo nada en contra de los chinos. De verdad que no. Aunque no me parece bien que se les permita abrir sus comercios hasta las dos de la madrugada. Ni a ellos ni a nadie. Precisamente, porque sientan precedente y porque en este país todo se malinterpreta y se tergiversa según nos llegue el aire. No obstante, esto que está pasando se veía venir. Era lógico que llegara la hora en que los empresarios pensaran: “y si los chinos tienen un horario de práticamente un 24 horas, ¿por qué nosotros no?”.

Para empezar, esto no es un problema de cultura del esfuerzo. Es otro tipo de problema. Los chinos se esfuerzan mucho, es verdad, se pasan el día currando sin quejarse. Totalmente cierto. Pero, normalmente, lo hacen para sí mismos. Ellos no han descubierto la pólvora. Hace treinta años, sin ir más lejos, cuando las grandes empresas y superficies no nos habían comido tanto terreno y tanta moral, predominaban los negocios familiares. Todavía abundan en los pueblos. Familias que tienen una panadería, una tienda de alimentos o una frutería, una peluquería o un bar y que si descubren que un mes no les alcanza el dinero, al mes siguiente dedican más tiempo o más dedicación. Piden dinero prestado a otros familiares para meter más género y si es preciso abren los domingos. Mi familia, sin ir más lejos, tuvo varios negocios en los que todos nos veíamos obligados a arrimar el hombro, en mayor o menor medida dependiendo de las posibilidades de cada uno y del momento en que nos encontráramos (en Navidad, por ejemplo, hacía falta más gente). Y lo hacíamos encantados, porque de ello dependía nuestra subsistencia y del esfuerzo o la pasión que le pusiéramos obteníamos más ganancias o menos.

Hoy en día, la cuestión no estriba en que nos esforcemos menos. Qué va. La cuestión está en que trabajamos para otras personas y que estas personas raras veces son agradables siquiera para con nuestro esfuerzo. Los chinos, la mayoría de los que se encuentran en nuestro país, trabajan para sí mismos. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Su trabajo, al igual que el que llevaban a cabo las familias en sus negocios hace treinta o cuarenta años no puede compararse al que hace una persona asalariada para una pequeña, mediana o gran empresa (en este caso el tamaño no importa). A un asalariado le pagas por un trabajo durante una jornada determinada. Vayan las cosas mejor o peor.

Porque, quitando algunas excepciones, en los tiempos en los que las cosas han ido de puta madre ninguna empresa les ha dicho a sus trabajadores “oye, mira, que como nos va estupendamente, os vamos a subir el sueldo y os vamos a dar dos semanas más de vacaciones en recompensa”. Qué va. Mientras los directivos cobraban sueldos estupendérrimos e incluso astronómicos, los trabajadores de bajo nivel eran mileuristas, y eso con buena suerte, que ya se esforzaban bastante y que ya aguantaban suficientes injusticias. Que parece que antes de la crisis los trabajadores vivían de puta madre y es ahora y solo ahora cuando tienen que tragar con carros y carretas. Y lo que ha pasado, por si se nos olvidaba, es que hemos pasado de Guatemala a Guatepeor y de Málaga a Malagón.

Lo que quiero decir es que tú, como empresa, no puedes implicar a tus trabajadores únicamente cuando te conviene. No puede ser que durante los años de bonanza hayas estado ignorando las necesidades de tus trabajadores y ahora que las cosas están feas y que a duras penas puedes mantener los sueldos astronómicos de tus altos cargos les pidas que hagan un esfuerzo y, trayendo a colación a los chinos en un acto de total demagogia y poca vergüenza, les pidas que trabajen más por menos haciendo hincapié en el espíritu de sacrificio y esfuerzo.

A lo mejor, tal vez, se me ocurre, lo que debe mejorar no es el esfuerzo de los trabajadores en las empresas españolas, sino la relación que las empresas españolas mantienen con sus trabajadores. Si tratas a la gente bien, si la implicas, si la incentivas, si haces que se sientan valorados en sus puestos, tareas y funciones, si les das las gracias cuando proceda y les pides por favor ciertas cosas, es probable que la gente se esfuerce más, sin que tengas que pedírselo siquiera. Pero parece que no nos entra en la mollera, parece que no nos damos cuenta de la importancia que tienen las relaciones personales también en el trabajo. Queremos ser los reyes del mambo y aprovecharnos del esfuerzo de los demás cuando y como nos dé la gana y si encima nos dicen que no, nos echamos las manos a la cabeza porque hay que ver, qué putos vagos, si es que tienen que estar agradecidos de tener trabajo y besar el puto suelo que pisamos. Eso no es un problema de esfuerzo de tus currantes. Es un problema de poca vergüenza y de falta de respeto hacia los que trabajan para ti.

Que contraten las empresas estas chinos y los traten como nos han tratado a nosotros durante años. Ya verán que poco tardan los chinos en cruzarse de brazos y en decir que hasta las doce de la noche y por 600 euros se va a quedar trabajando Rita.

Curiosidades

Es curioso que muchas personas se empeñen en recalcar que otros, entre los que por supuesto me incluyo yo, exigen demasiado a los demás, que son hipercríticos e intransigentes. Es curioso que sólo lo señalen cuando saben que han hecho las cosas como el culo y no les conviene que les juzguen, sino que les pasen la mano. Es curioso cómo la ley del embudo hace su aparición estelar cuando se trata de pedir a los demás algo que nosotros no sólo no estamos haciendo sino que ni siquiera se nos pasa por la cabeza hacer.

Por lo que parece, yo vengo de otro mundo. Un mundo en el que la amistad y las relaciones personales en general son algo sagrado que vale la pena cuidar por encima de todo. Un mundo en el que la empatía es un valor en alza y no un handicap o algo directamente insignificante cuyo término se utiliza para quedar bien. (Sabes, ¿no? El “yo soy taco de empático” que se queda exactamente en eso, en una afirmación estupendérrima que se suelta, así por las buenas y de vez en cuando, para parecer guays y prosociales y que los demás no piensen que somos unos majaderos egoístas). Y, encima, por lo visto, este mundo del que yo vengo en el que se respetan los sentimientos de los demás y no se trata a la gente como cachos de carne es malo.

Y es que resulta que en estos tiempos inciertos en los que sobrevivir es un arte, hay que relativizarlo absolutamente todo y la amistad no es más que una simple y mera funcionalidad, una suerte de arte instrumental que se cultiva para poder echar mano de los contactos cuando nos haga falta algo. “Voy a llamar a Periquito, que me hace falta que alguien me lleve al mercado a comprar un bote de leche merengada”. Y cuando lo tenemos todo (o creemos tenerlo todo), no llamamos a Periquito ni para felicitarle las fiestas. Hasta que nos vuelva a hacer falta algo, claro. El problema es que Periquito está al otro lado del teléfono siempre, disponible. Porque es posible que Periquito conciba la amistad de la misma manera y piense “le voy a responder y de paso que me haga él a mí este favor”. Un intercambio fantástico de intereses.

Que nadie me malinterprete, a mí este tipo de relaciones personales instrumentales me parecen estupendas y tan válidas como cualquier otras. Yo te uso, tú me usas, y todos tan contentos: satisfacemos nuestras necesidades, nos conviene estar juntos. El problema es que esto no es amistad, esto son contactos.

No es que yo no les pida favores a mis amigos o no se los haga, qué va. La cosa estriba en que yo entiendo que entre mis amigos de verdad y yo hay algo más que un interés puramente mercantil, que lo nuestro va mucho más allá de pedir un favor. Que hay un respeto, una empatía de verdad. Yo tengo montones de amigos, de buenos amigos, de amigos maravillosos que cuentan conmigo lo mismo para irse de cañas que para llorar. También tengo contactos para irme de cañas única y exclusivamente, claro. Sé diferenciarlos. No es tan complicado. Y tan mal no me va haciendo esta distinción y volcándome con los que me ofrecen una amistad desinteresada devolviéndoles exactamente eso, una amistad desinteresada. Y digo que no me va tan mal porque, verán ustedes, nunca me siento solo y siempre tengo a alguien con quien hablar. Es más, si me apuran, lo que me falta es tiempo para estar con todos. Por eso me cuesta tanto perder el tiempo con quienes me quieren sólo por el interés.

Esto lo digo porque hay quien se empeña en convencerme de que creer en la amistad y en estos valores es una especie de defecto intolerable e, incluso, algo que me hace más tonto y más débil. No creen en la amistad incondicional, en estos sentimientos que describo. Dicen estos lumbreras, listísimos y machotes. que en el mundo real las cosas no funcionan así, que las personas son un mero trámite para alcanzar lo que queremos. A lo mejor lo dicen porque se sienten más fuertes por el hecho de ridiculizar a otros o por aprovecharse de los sentimientos de otras personas. Es probable. “Mira el pringao’ este que se cree que las amistades sinceras y sanas existen”, dirán. O puede que únicamente lo digan porque se sienten incapaces de regirse por estos valores a la hora de mantener sus relaciones y prefieran engañarse a sí mismos y creer que todo el mundo es ruin y que la impureza es lo mejor si quieres salir ganando. Lo que sea. Cualquier excusa es buena para agarrarse a “El mundo de verdad no es así”.

Pues bien, en mi mundo las cosas y la amistad sí funcionan así. Y funcionan bastante bien. Por eso yo no soy Periquito.

Lo más curioso de todo es que luego, estas personas que te usan y que conciben las relaciones de amistad como una simple estratagema para satisfacer necesidades y conseguir lo que quieren, esta gente que se cree que los amigos tienen utilidades concretas y ya está, se quejan de lo solas que se sienten y se preguntan en su fuero interno por qué no tienen relaciones de verdad, sanas y equilibradas. La respuesta es muy sencilla: no se pueden obtener amigos incondicionales siendo egoísta. Y desde luego, para tener un gran amigo primero hay que aprender a ser uno.

Te perdonan la vida

El otro día volvió a surgir otra de esas conversaciones inevitables. Alguien habló de un amigo suyo (seguramente, era más bien un primo de un hermano de una tía de su vecina Sebastiana, no lo recuerdo bien, pero el grado de parentesco y de cercanía tampoco es tan importante. No se preocupen por los detalles). Resulta que el tipo era canario o algo así y estaba en la península porque se había venido a dar una vuelta. Había encontrado trabajo (fíjense, ¡trabajo! Pero un trabajo de verdad, por el que se cobra, no eso que hago yo cuando escribo). El pobre chico se quejaba de que aunque su hora de salida eran las 5 de la tarde no había ni un solo día que consiguiera salir antes de las 7 de la tarde. Así que, ingenuamente, fue y le dijo a su empresario-jefe:

-Oiga, mire, usté perdone. Es que, verá, se va a reír, resulta que he pensado que ya que usted no me paga ni una sola de las horas extra que echo cada día, podría darme libre algún que otro viernes o algún que otro lunes. Que no digo yo que usté tenga que dármelos todos (aunque con las horas que echo, los cubro de sobra), sino que… Mire, verá, resulta que yo soy de Canarias. ¿No lo sabía? Ya. A lo mejor es porque nunca se ha molestado siquiera en mirarme a la cara o en escuchar algo de lo que digo. Pues sí, soy de Canarias y como tengo que cogerme un avión y todas esas cosas para ir a visitar a mi familia… ¿En coche? No, no, señor, desde Málaga no se puede ir a Canarias en coche. Si me apura, creo, tengo la impresión, me parece, que a Canarias no se puede ir en coche desde ningún otro sitio. En definitiva, que ya que todos los días echo como poco dos horas sin ver un duro, me preguntaba si usted podría darme algún que otro viernes libre para que pueda pasar algo más de tiempo allí.

-No.

Y es que, claro, seamos sinceros: esto es cultura de España. Es lo que hay. Seguramente, el jefe de este chico lo miró como si le estuviera contando un chiste buenísimo. “Pero qué dices, chalao‘, que te voy a dar yo libre…”. Está claro, es así. En los tiempos que corren se supone que la cosa está tan malita que todos hemos de conformarnos y aguantar estoicamente los latigazos que recaen sobre nuestras espaldas porque “con tener trabajo ya podemos darnos con un canto en los dientes”. Y no digo yo que en parte esto no sea verdad, que tener trabajo hoy en día es casi un privilegio. Pero miren, verán, aquí hay un enorme problema (por no llamarlo abuso de poder). Y es que mientras las empresas exigen un compromiso impertérrito por parte de sus empleados, no son capaces de dar nada a cambio de ese compromiso. En resumen: que exigen sangre, sudor y lágrimas de sus empleados sin ceder ni un ápice.

Y luego se sorprenden de que sus empleados se desmotiven y terminen cobrándose sus pequeñas venganzas, que normalmente se traducen en un desempeño del trabajo totalmente ineficiente. Porque todo el mundo sabe que cuando uno está a gusto trabaja mucho mejor. Y, sin embargo, aunque todo el mundo afirma saberlo orgullosamente y con aires de progreso y de inteligencia, luego, a la hora de la verdad, lo que les va es tiranizar. Por ejemplo, si este jefe le hubiera dado al chico de Canarias un viernes libre al mes (algo totalmente lógico, nada descabellado), lo habría incentivado. Y así, la siguiente semana, cuando tuviera que quedarse dos horas más de lo estrictamente estipulado, a lo mejor le habría pesado menos hacerlo.

Pero no sé de qué me sorprendo cuando en una ingente cantidad de relaciones interpersonales las cosas funcionan de un modo muy similar. No saben ustedes la cantidad de cazurros que hay ahí fuera dispuestos a exigirlo absolutamente todo con cara de merecerse eso y más y luego no mover un dedo en contrapartida. Y, oyes, es que hay quienes se tienen en tan alta estima que piensan que el hecho de dar un poco de amor o de amistad es un regalo megaestupendo que te están haciendo ante el cual debes postrarte y mostrar una actitud agradecida y sumisa, como si no te lo merecieras, como si te estuvieran regalando algo o como si te estuvieran perdonando la vida por tener una relación de amistad o de pareja contigo. Es decir, mientras ellos pueden exigirte lo más de lo más, que casi te mueras por ellos, que hagas de todo por contarles y satisfacerles, que te desvivas… Mientras ellos no tienen por qué mover un dedo ni aguantar la más mínima, en una fantástica y maravillosa interpretación de la ley del embudo, tú tienes que aguantarlo absolutamente todo, tirar p’alante como si tal cosa, aceptar como natural que mientras tú pones toda tu maldita carne en el asador, desde el otro lado nadie te hará un gesto de agradecimiento siquiera, sino que, es más, exigirán todavía más y te chuparán hasta la última gota de sangre que les permitas.

Exactamente la misma actitud que mantienen ciertos jefes con sus empleados, quienes asumen que por darte trabajo te están haciendo un enorme favor.

Así que sí, la gente seguirá muy preocupada por la economía y por la crisis, por los bancos, por el dinero y por todo eso, pero la triste realidad es asistimos a una crisis de relaciones interpersonales que afecta a todos los ámbitos, y el laboral es uno de ellos. Y lo peor es que esta crisis no sólo se acentúa, sino que además el abuso de poder se vuelve a legitimar cada día más. Aprovecharse de la coyuntura, que se llama.

Qué estúpida pulsión del ser humano la de querer pisotear a sus congéneres.

Mi móvil y yo

Aprovechando que en mi artículo semanal de Universo Gay hago alusión a los operadores de telefonía móvil y sus incesantes llamadas para que me cambie (los que me conocen saben que cuando Vomistar me llama dieciocho veces en un día me vuelvo ligeramente irascible con el tema), me he puesto a recapacitar sobre mi relación con el teléfono móvil. No se vayan a pensar que me lo monto con el teléfono, que lo de “relación” a todo el mundo le suena a metesaca y a orgías tórridas y no es plan que ustedes me imaginen con un smartphone incrustado en el ojete. Bastante tiene ya uno con lo que lleva encima.

La cosa es que servidor le debe mucho al teléfono móvil. Algunas de mis mejores relaciones de amistad no habrían sido nada sin este gran invento que es el teléfono. Cuántas y cuántas conversaciones habré mantenido yo con amigos (de verdad, de los que se quedan en tu vida, y de los otros, porque de todo tiene que haber. Qué le vamos a hacer, tía) durante horas enteras como sustitutivo del café o la cerveza que no podíamos tomarnos juntos. Por desgracia (aunque algunas veces tiene su punto bueno) algunos de mis mejores amigos no viven en la misma ciudad que yo. No me malinterpreten con lo del punto bueno: no es que me alegre de que mis amigos estén bien lejos. Lo que ocurre es que con la cosa de que uno no puede disponer de ellos tan a menudo, los momentos que pasamos juntos se valoran enormemente. Algo tan cotidiano y tan normal como tomarte un wisky con seven up en una terraza o dar un paseo por la playa se convierte en una delicatesen. Por buscarle un punto bueno y positivo a la distancia, vamos, y contrarrestar esos otros momentos en los que te apetecería abrazarlos o pasar a verlos y no puedes hacerlo.

Éste fue y sigue el siendo el caso de una de mis mejores amigas. Nos conocimos hace mucho, mucho tiempo (aunque no lo parezca, uno ya tiene sus años, ¿saben?). Estamos hablando de aquellos tiempos lejanos en los que tener Internet era un privilegio al que aspiraban sólo unos pocos (desde luego yo no era uno de ellos), de modo que en tales circunstancias el teléfono se convirtió en una tabla de salvación. Cuando tu mejor amiga, la mejor mariliendres que puede tener un marica de quince años, vive a muchos kilómetros de distancia, el hecho de poder coger el teléfono y hablar durante horas con ella era prácticamente un salvavidas en ese mar de dramatismo en el que se sumen los adolescentes (muchísimo más, y con razón, los adolescentes homosexuales). Ella era la única persona que me entendía al cien por cien y la única que estaba dispuesta a escucharme se tratara de lo que se tratara. De manera que mi teléfono móvil cobró una importancia casi vital. Tanto así que he tenido algún sueño en el que un teléfono gigante terminaba adquiriendo extremidades y convirtiéndose en cuestión de segundos en mi amiga (me pregunto qué diría Freud acerca de mis sueños. Alguna guarrada, seguro).

Sin embargo, los quince años no son, desde luego, los veintitantos (bueno, casi treinta, pero no se lo digan a nadie). A los quince uno dispone de pocas cosas que hacer (desde luego esa es otra de las razones por las que se sume en el dramatismo más extremo). Tiene todo el tiempo del mundo para aburrirse. Pero conforme transcurre el tiempo, uno se va echando a la espalda multitud de responsabilidades. Ya saben, trabajo (en el caso de que ustedes tengan la suerte de tener uno), familia, estudios, deportes, aficiones… yo que sé, mil cosas).

Cuando comencé con esto de los blogs, hará unos seis o siete años, mi vida social aumentó considerablemente. En la época en la que nació “Navegando a la Deriva” era todavía muy frecuente conocer a gente a través del mundo de las bitácoras. No había Facebook, ni Twitter, ni redes sociales, o al menos no estaban tan extendidas. Uno se sentaba a escribir y a leer blogs y cuando venía a darse cuenta tenía como diez personas nuevas agregadas al Messenger. Y, oiga, que había personas que eran interesantísimas, por mucho que vivieran en Albacete o en La Coruña. De modo que uno terminaba dando el número de teléfono (lo de hablar directamente siempre me ha parecido mucho más cálido que lo de escribir a través de una pantalla) a ciento y la madre. Debo decir que conocí a mucha gente, todos, o la gran mayoría, de fuera de Málaga. Uno, que es muy majo, aunque por ahí el personal vaya diciendo lo contrario.

No hay que ser muy listo para deducir que ello desembocó en un torrente de llamadas de teléfono diarias. Como ya he señalado en otras ocasiones, yo tenía un problema y es que me creía que le debía algo al mundo por el mero hecho de existir, razón por la cual asumía la obligación de responder a todas las llamadas a cualquier hora. Para colmo, yo nunca he sido de poco hablar (prueba de ello son los posts interminables que siempre he escrito. La síntesis nunca ha sido mi fuerte, qué le vamos a hacer). Cada llamada podía durar entre media hora y hora y media. Había tardes en las que lo único que hacía era hablar por teléfono. Recordemos que fue la época en la que los operadores de telefonía comenzaron a hacer ofertas: dúo, 60 minutos x 1, llama y sólo paga el primer minuto, paga un céntimo por minuto si llamas a tu prima la del pueblo… Había tardes en las que me encerraba en mi habitación a las cuatro de la tarde y a las diez de la noche continuaba hablando por teléfono. Una llamada llevaba a otra y esa a otra posterior. Mi sensación de deberle algo al mundo también me impedía dejar a mis nuevos amigos con la palabra en la boca. Y aunque a veces me armaba de valor y trataba de acortarlas para dedicarme a otros menesteres (como, por ejemplo, vivir y esas cosas) mis interlocutores se molestaban o no consentían que redujera el tiempo de la conversación. Puede parecer una tontería, pero llega un momento en el que, por muy confortantes que puedan ser las relaciones de amistad (y muchas de estas lo eran) uno necesita tener tiempo para sí mismo o para dedicarse a otras cosas. Incluso, si me apuran, hay tardes y noches en las que a uno no le apetece hablar en absoluto, sea cara a cara o por teléfono.

Total, que me dominaba la ansiedad, de modo que tomé la costumbre de no responder a las llamadas que me hacían.

Y no vean ustedes qué drama, porque mis amigos se empezaron a poner furiosos. No es que dejara de cogerles el teléfono sin más, sino que les explicaba que no tenía tiempo, que tenía que ocuparme de otras cosas, que tenía que dedicarme a otras cuestiones. Ni siquiera se trataba de que yo estuviera hablando con otras personas y ya no quisiera tener trato con ellos. Claro está, algunos se lo tomaron como una verdadera ofensa, como que yo era un ser malvado (esto me suena) y no sé cuántas historias más. Se enfadaron mucho. No es que yo tomara la determinación así como así: a veces me asaltaba la idea de que me estaba equivocando e incluso los chantajes emocionales que algunos me hicieron surtieron efecto en ciertas ocasiones. Es que aparte de majo, uno también es muy memo.

Sin embargo, al final, todos aquellos que se empeñaron en presionarme para que hiciera lo que ellos quisieran (o sea, que estuviera siempre ahí al otro lado de la línea, lloviera, nevara o tronara) y que no respetaron ni escucharon mis explicaciones (que en verdad eran más un grito de súplica, de ayuda, de “por favor, necesito tiempo para mí y mis cosas”) terminaron fuera de mi vida y bastante lejos. Porque me ha costado mucho darme cuenta de ello, pero estoy cansado de la ley del embudo, esa que reza que mientras a mí se me exige todo, yo no puedo exigirle nada a nadie. No, cariño, no. Sólo te estoy pidiendo que comprendas que no puedo pasarme doce horas diarias colgado de un teléfono y que hay días en los que necesito desconectar y desaparecer. Creo que estoy en mi derecho.

Desde luego, no todos mis amigos fueron iguales: algunos de ellos lo entendieron, no se lo tomaron como una ofensa (y es que en realidad nunca lo fue) y todavía siguen formando parte de mi vida. Aunque hablemos de higos a brevas y aunque el señor Facebook nos ayude considerablemente a seguir en contacto.

Ahora, por supuesto, sigo utilizando el teléfono móvil, pero continúo manteniéndome firme en la idea de que no puedo pasarme el día colgado de él. Por eso muchas veces lo desconecto o lo pongo en silencio y otras no contesto salvo que sea mi querida y santa madre. Porque aunque me pese, aunque me dé mucha pena, prefiero vivir lo que esté ocurriendo en ese momento (una cena, una juerga, una reunión de amigos, un almuerzo familiar).

Espero que lo entiendan. Que a veces no conteste no quiere decir que los quiera menos. Y lo siento, y me entristece no hablar con algunas personas tanto como lo hacía antes. Seguramente me esté perdiendo muchas cosas, pero he aprendido a la fuerza y a las malas (como todas las lecciones verdaderamente valiosas) que no puedo estar en todas partes y a todas horas. Tal vez haya quien sí pueda, pero yo no sé hacer las cosas mejor.

Traidores

¿Sabe el traidor quién es? En México existe una comarca en donde se practica la costumbre cruel de los “cultivos”. Consiste en que la comunidad, para burlarse de alguien, le “cultiva” una creencia sobre sí mismo. Es un trabajo lento, colectivo, minucioso. Por ejemplo, pongamos que los vecinos le dicen a un pobre hombre, a lo largo de meses o de años, que es un clavadista formidable. No es más que una broma, pero una broma grave; porque el desgraciado, para hacer honor a su prestigio, puede terminar arrojándose de cabeza a un cenote sin tener ni idea de cómo hacerlo, desparramando sus sesos por las rocas.

¿Sabe el traidor quién es? Si, como es evidente, dependemos para construir nuestra identidad de lo que los demás opinan de nosotros, el traidor ha de ser por fuerza un sujeto confuso. Hay traidores que practican la impostura prolongada, como los espías, y otros que cometen su traición de manera definitiva e instantánea. Pero todos defraudan la confianza que los demás han depositado en ellos. Esto es, rompen la continuidad de su propia imagen, matan su identidad. El traidor, en realidad es un suicida.

(…)

¿Sabe el traidor que es un traidor? El traidor siempre puede alegar, en la traición, un motivo imperioso y suficiente. Como el riesgo a perder la vida o el miedo insuperable. O, por el contrario, el convencimiento de que al traicionar está contribuyendo a un bien superior. En realidad, la palabra traición es muy traidora: basta con girar levemente el punto de vista para que el contenido cambie por completo, como las rosas movedizas de los caleidoscopios. Quien se aparta de nuestras ideas y se va con nuestros oponentes es un traidor, pero los enemigos [nuestros oponentes] dirán de él que ha evolucionado felizmente y se ha enmendado. Aunque hay un mundo elemental, un territorio descarnado de primeras necesidades y primeras muertes, en donde no existen estas confusiones relativistas y todos parecen conocer lo que es un traidor y qué suerte merece.

“El Corazón del Tártaro”.
ROSA MONTERO.

Clásicos de ayer, hoy y siempre

“Ahora mismo no sé lo que quiero”, “no estoy preparado para una relación”, “no creo en el amor”… Hay determinados clichés que, a pesar de resultar de lo más manido, se siguen utilizado como excusa para terminar relaciones. La originalidad brilla por su ausencia…

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Lo que oigo cuando me hablas, tía.

Cuando uno es sociable, es decir, le echa un par de huevos para salir a la calle y conocer gente, con todo lo que ello conlleva (esto es, exponerte a los problemas mentales de todo cristo: que la gente no sabe dejarse sus traumas donde deben estar, leñe, enterrados en la infancia, que los psicoanalistas también tienen que comer) uno se da cuenta de muchas cosas. Entre ellas, quehay una lista de clichés fijos, de frases hechas, que son como comodines y que sirven para cualquier situación y/o maricón.

Querido lectora, la tele ha hecho mucho daño: la gente se cree que está todo el tiempo delante de una cámara interpretando el papel de su vida. El cole no estimula la imaginación y la creatividad, y, claro, el personal tira de películas o telenovelas de sobremesa. Y encima se creen que quedan de puta madre, cuando, en realidad, no están diciendo nada. Ya sabes, tía, lo típico: conoces a alguien, sea en el dentista, en una biblioteca o en un bar de ambiente, y resulta que cometes el fatídico error de hablar con las personas en lugar de poner el salvapantallas o, sencillamente, fornicar como un poseso con ellas. Entonces siempre se da una situación en la que surge la típica frase que has oído unas tres mil quinientas veces, tirando por lo bajo. Por ejemplo…

-Es que a mí me han hecho mucho daño. Y entonces, claro, me cuesta relacionarme con los maricones; porque, verás, yo lo he pasado muy mal. Yo conocí al que creí que era el amor de mi vida con 24 años y me dejó y ahora pues me cuesta mucho volver a relacionarme y a confiar en los hombres. Lo he pasado tan mal, que tienes que entender que se me vaya la pinza y tenga una conducta más errática que Melendi borracho en un avión. A mí esto me encanta porque yo no sé si los sujetos que dicen esto tan alegremente, como si sus vidas fueran unos auténticos dramas, se han parado a pensar que a estas alturas a todos nos han hecho pupa y no vamos por ahí balbuceando ni llorando en plan víctima. De manera que, querido, si a ti te han hecho mucho daño, a mí también. Así que, o nos comportamos como personas adultas que superan sus problemas y no los pagan eternamente con todos los posibles novios/rolletes/follamigos/rocescasualesnocturnos del presente y del futuro o pedimos el bono especial 2×1 en el psicólogo de la esquina. Como tú veas, pero dímelo ya.

-Es que yo soy así. Y tienes que respetarme. Es lo que hay. Y si soy un chulo de mierda pues te fastidias porque yo soy así. Y si me como el hocico con todo bicho viviente a pesar de que te estoy vendiendo la moto de que quiero una relación seria contigo, pues te jodes, porque es que yo soy así, ¿sabes? Y si ahora no te hago caso para que vengas detrás mía, pues tú me respetas y vienes detrás mía y haces lo que yo te mande, porque es que yo soy así. ¿Tú? ¿Que qué pasa contigo? Ay, perdona, yo es que desde que me han hecho tanto daño sólo pienso en mí mismo. Soy así. Esto es poner de tu parte para tener una relación y lo demás son tonterías. Guay.

-Es que tú no me conoces. No sabes nada de mí, no puedes juzgarme, no tienes ni idea. O sea, esta es la típica situación en la que le dices al tipo “mira, bonico, eres un gilipollas, un niñato y estás nominado por haberte comportado como un animal de bellota”. Y él te suelta lo de que es que tú no le conoces. Y es cierto, no le conoces. De hecho, si empezaste a relacionarte con él fue para conocerle y por eso tienes que establecer juicios de valor en base a su comportamiento. Ni más ni menos, lo que hace la gente cuando se relaciona, maricón. Que digo yo que si quieres que te conozca compórtate como una persona sana y equilibrada y déjate conocer, no me vengas con historias. Pero claro, como le han hecho tanto daño, se ha creado un escudo que oculta su verdadera personalidad. Superchuli, tía. Pero lo hace para que no le ataquen los demonios, en plan círculo protector de las Embrujadas (Charmeden el extranjero).

-No eres el tipo de chico que me gusta. Eres muy majo, pero no eres mi tipo. O sea, tía, espero que no me hayas malinterpretado, pero es que tú y yo no funcionaríamos. Es que ni de coña. Eso sí, esto lo dicen cuando se han pasado horas, días e incluso semanas llamándote a todas horas, haciendo comentarios tendenciosos y bromas sexuales, habiéndote comido el hocico y habiendo mantenido un flirteo explícito entre maricones tan enorme, evidente y mayestático que a Rouco Varela se le habrían saltado los empastes. Porque los que te dicen esto no se han dado cuenta en ningún momento de que estaban tonteando contigo, qué va. Y, lo que es mejor, te harán pensar que eres tú, que es que los has malinterpretado y que te arrimas y te haces ilusiones con cualquiera que te haga una chispa de caso. Pues claro, que hablaras de los 25 hijos que íbamos a tener juntos no debería haber dado pie a que yo pensara que podríamos tener algo. Qué tonta.

-Es que ahora mismo no sé lo que quiero. Estoy hecho un lío. Yo soy una persona supercomplicada. Claro. Porque tú sí, tú sabes perfectamente lo que quieres y lo que vas a hacer con tu vida de aquí a los 57 años, habiendo planificado día a día lo que te vas a poner, lo que vas a decir, lo que vas a comer y hasta el número de veces que te la vas a cascar. Él no ha planificado su vida. Animalico. Qué desastre. Que se haga perroflauta, que lo del rollo caótico alternativo vende mucho y también tiene su público.

-No estoy preparado para mantener una relación. Por supuesto, tía. Entiéndelo. Es que él no hizo el cursillo gratuito aquel para desempleados sobre “cómo prepararse para hacer vida en pareja con otros maricones”. Tú sí, lo tienes ahí, junto a tus otros 2345 títulos y hasta sacaste matrícula de honor en el módulo “cómo identificar al tonto del pueblo”.

-Yo es que soy muy sincero. Y me encanta la sinceridad. Entonces, por eso te digo las cosas a la cara. Aunque te esté faltando al respeto. Qué más da si destrozo tu autoestima, yo estoy siendo sincero y si te ofendes tienes un problema. Por supuesto, ni se te ocurra decir algo sobre mí o sobre mi persona, que es que, además de sincero, soy muy sensible.

-Yo es que ya no creo en el amor. ¿Sabes? Estoy por encima de eso. Y me he desenamorado. El amor no existe, es una invención. Yo ya no. Y digo yo… si no crees en el amor ¿para qué coño te haces un perfil en cada página de contactos buscando pareja y por qué te estás empeñando en contarme tu vida aquí, tirado en la cama, semidesnudo, después de haber echado un polvo, si ya deberías haberte subido las bragas y haberte largado a follar con otro?

-Me gustas mucho. Por eso creo que debemos dejarlo. ¿Hola? Me he perdido, ¿me prestas los apuntes?

-Tenemos que dejarlo. Pero podemos ser amigos. ¡Qué chuli! Mira, es que, no sé, ¿sabes? Así, por decir algo. Yo no quiero que seamos amigos. Yo ya tengo muchos, muchísimos amigos. Y, por si se te había olvidado, estoy enamorado de ti. Pero gracias por ser tan considerado. Eres tan bueno y generoso ofreciéndome tu amistad como premio de consolación… Gandhi a tu lado era un mero aficionado.

-Dame tu número y ya si eso te llamo para tomar café. Claro que sí. Para tomar café. No para follar, no. Para tomar café. Y lo peor es que no te llama ni para una cosa ni para la otra. Pero de algún modo hay que rellenar las 500 entradas de la agenda que traen los móviles de hoy en día.

En fin, que al final, lo que te queda es resignarte y concluir que el día que tú vayas a dejar a alguien al menos vas a tomarte la molestia de inventarte algo nuevo, original y creativo. Por variar, vamos.

 

Hazte fan

Presentamos el arte de subirte la autoestima a costa de alguien haciéndole creer que podrías tener algo con él sin pillarte los dedos, engañando, mareando, calentando y manipulando sin ningún tipo de escrúpulos y demostrando la misma empatía y consideración que una polla de plástico. Pasen y lean.

 

Jueeeeeegooooo con tus sentimieeeeentoooooooos...

Jueeeeeegooooo… con tus sentimieeeeentoooooooos…

 

Desde que años atrás apareciera aquel grupo de amigas chachi guay llamado Spice Girls, en el que una era deportista, la otra pija, la otra cañera, la otra más puta que las gallinas y otra iba de niña buena, ese grupo de amigas que no habían sido seleccionadas en un cásting para nada ni habían sido convenientemente caracterizadas, el mundo se ha transformado. Y esto no lo digo sólo porque desde que aquéllas dijeran que era una formación musical a pesar de que cantaban menos que un grillo mojao’ empezaran a salir grupos de cuatro o cinco pseudoadolescentes con los huevos negros por doquier, no. Lo digo porque se hizo patente con una intensidad inaudita el fenómeno fan, con hordas de tipos y tipas rasgándose las vestiduras, sufriendo desmayos y tirando bragas a la cara de sus ídolos. Como todo tiene repercusiones y consecuencias (incluso cuando te tocas), el mundo de las relaciones también ha sufrido su conveniente transformación.

Una de las modas que más arrasan en el fantástico ámbito de las relaciones personales es esa de conseguir fans. El ser humano, memo porque el mundo le ha hecho así, carece de autoestima. Resulta que, debido a múltiples factores como traumas infantiles, anuncios de colonia con buenorros musculados y exnovios con un alto grado de cabronismo en sangre, la gente no tiene amor propio, no se quiere. Y para solucionarlo no crean ustedes, queridas lectores, que estas personas dicen “uy, mira, estoy fatal de lo mío, voy a ir a un psicólogo a que me trate y me ayude a solventar mi ineptitud emocional”; no, qué va. Lo que hace el personal es crearse un club de fans para entretenerse y subirse la moral.

Seamos sinceros: a nadie le amarga un dulce. A todos nos gusta gustar. La idea de que alguien nos encuentre lo suficientemente estupendos y asequibles como para babear por nosotros nos alegra la pajarilla sobremanera. Tener un fan que nos siga cual perrito faldero y que esté disponible para nosotros cada vez que queramos hablar, salir, divertirnos, follar, mirar las estrellas, dormir junto a alguien, tejer jerseys de petit point, hacer puzles de castillos, que nos lleven la mochila del insti, que nos den su bocadillo en el recreo y etecé es megachuli, el no va más. De hecho, hoy en día, si no dispones de al menos un fan que bese el suelo que pisas no eres nadie. Esto es normal, sobre todo teniendo en cuenta que en los tiempos modernos lo de ser autosuficiente y tener autoestima por uno mismo es tan común como ver a Belén Esteban leyendo un ensayo sesudo. Necesitamos la mirada de los demás para engordarnos la poll… el ego. Eso.

Operación Triunfo ha hecho mucho daño. Desde que la tele nos dijera que cualquiera de la calle podía ser cantante famoso y tener una ristra de locas histéricas a su alrededor, todo ha cambiado. La democratización de la fama ha conseguido que se establezca una competencia mariconil por obtener un mayor número de fieles seguidores. Cuánto más entregados son tus fans, más gorda la tienes… Lo tienes. El ego. Eso. Así que se trata de ir por la vida acumulando seguidores.

Pongamos por caso que tienes un tonteo con alguien. Ya sabes, una de esas extrañas ocasiones en las que te encuentras lo suficientemente lerdo como para relacionarte con uno de los muchos maricones perturbados que ocupan sitio en el mundo sin aportar nada a nadie. Estás de buen rollo, puede incluso que te hayas acostado con esa persona alguna vez, y tú piensas que, hombre, no es que te vayas a casar con el puñetero maricón en cuestión, pero os lleváis bien y se supone que hay algo. Insisto: entendamos por “algo” únicamente que hay un mero contacto entre personas, aunque sea un folleteo. Que es que la gente se cree que cuando uno dice “algo” está pensando en el traje de madrina de boda para su puta madre. Y no, no es eso. Pues bueno, la cosa es que el maricón en cuestión, en lugar de comportarse como una persona normal y decir sí o rechazarte sin más (esto es, dejarse llevar y echar un ratico porque le molas o bien decirte que no le interesas una mierda y dejarte tranquilico plantando nabos en el huerto de tu casa), se dedica a marearte. Un día te llama doce veces y te muestra un interés excesivo y al siguiente te dice que le estás agobiando porque le has puesto un triste eseemeese. Puede incluso que te diga que te va a comer la polla dentro de un rato y te pegue un morreo pero luego te haga saber que lo has malinterpretado todo porque él no quiere nada contigo y se vaya con otro. ¿Coherencia? ¿Qué es eso? ¿El nuevo perfume de Calvin Klein?

Y es que para tener un fan no hay nada como ofrecer verdades a medias y hacerle creer a la otra persona que podríais tener algo “especial”. Y, claro, esa persona pues se lo cree. Llamadme raro, pero si un tipo me presta atención, me llama, me besa en la boca, me busca, queda conmigo y me dice que me quiere follar, yo diría, no sé, a ver si me estoy precipotando, mari, que no quiero yo ver cosas dónde no las hay, yo diría que el susodicho quiere tener algo conmigo. Como mínimo que quiere morder almohada en cualquier motel de carretera. Pero resulta que no, porque en el País de Nunca Jamás te Relaciones con Maricones Perturbados, el personal es como el perro del hortelano: ni come ni deja comer. Y cuando creas que todo el monte es orégano debido a las señales que te ha mandado, que hay carricoche asegurado y vayas todo confiado a devorarle el hocico al tipo con el condón ya puesto y el bote de lubricante en la mano, este te dirá que está cansado, que hay gente alrededor, que mejor mañana, que lo has malinterpretado, que no está preparado para liarse contigo (pero sí con un cuarto de la población mundial) y que aunque le molas, es mejor esperar un poco (otro día, si eso, nos comemos las pollas con fruición y encanto. Esta noche ya tengo plan de comérsela a este de aquí. Pero tú eres diferente, tú eres especial).

Ante semejante situación te quedas con la boca más abierta que una muñeca hinchable y, confuso, caes en la trampa. Al fin y al cabo no te ha rechazado plenamente: te ha dicho que le molas e incluso te ha arrimado el culo al paquete mientras agitaba sus calzoncillos por encima de tu cabeza. Sin saberlo te has convertido en un paluego: el tipo en cuestión ha conseguido que te metas en su recámara para cuando tenga un calentón o para aquellos casos en los que no encuentre a nadie disponible en un bar de ambiente, sauna, biblioteca o sala de chat. No tiene más que alargar la mano y decirte “mira, mono, que esta noche he decidido que tengo el ojete disponible para ti”, como si tú fueras un simple CD que se toma de una estantería cuando te sale de la churra escuchar música celta, un cacho de carne sin más.

Pero no sólo te has convertido en un recurso para follar. Resulta que también te has convertido en el capullo que le va a subir la autoestima cada vez que tenga un mal día. Si hoy se levanta, se mira al espejo y se siente una mierda no tiene más que recurrir a su fan de confianza para que le haga la ola, le diga lo guapo y lo estupendo que es y le engorde la polla. Y aunque es posible que para aliviar su conciencia el tipo lo disfrace de amistad o atracción, en realidad lo único que está haciendo es utilizarte para subirse la autoestima porque él, por sí mismo, es incapaz de tener una.

Total, que queridas lectores, tengan mucho cuidado con hacerse fans de nadie, que puede resultar muy peligroso. Cuando alguien les deje la puerta abierta, no duden un segundo en cerrarla de una patada y en comunicarle al susodicho que si quiere fans que al menos se haga un traje de salchichones como Lady Gaga y que, por si no se ha dado cuenta, él no es ni tan guapo, ni tan divertido, ni tan inteligente, ni tan estupendo, ni folla tan bien como para tener a otros maricones satisfaciendo sus deseos de grandeza y curando su complejo de inferioridad.

Y es que, aunque para algunos esto sea una revelación, el mundo no gira alrededor de la polla de nadie. No.

 

Tengo un amigo perfecto para ti

Casi siempre hay alguien con complejo de Celestina que te quiere presentar a un amigo perfecto para que hagáis migas y surja un amor tórrido y apasionado. Casi siempre accedes a conocerle. Y casi siempre sale mal…

¿Cueces, enriqueces... o gilipolleces?

“Tenéis mucho en común: los dos sois sodomitas”. ¿Cueces, enriqueces… o gilipolleces?

 

Una de las maneras más habituales de ligar en los tiempos que corren es la de tirar de amigos de amigos. Resulta que los habitantes de la era moderna, angelicos, recurrimos con cierta frecuencia a una estrategia que podríamos resumir fácilmente mediante aquella canción tan famosa (y antigua, que ya tenemos una edad aunque nos encante parecer adolescentes) de Objetivo Birmania, que rezaba: uff, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos. Un jitazo de su momento que describía fielmente la realidad (desde luego mucho más fielmente que La Razón, ese gran diario de corte taco de progresista).

Porque la verdad es que la costumbre de presentar a personas y hacer las veces de Celestina está de lo más extendida. Esto ocurre, efectivamente, en la cultura heterosexual con cierta frecuencia; no es nada extraño. Pero en la cultura gay, eso de que te quieran presentar a alguien es el pan nuestro de cada día. La gente demuestra un afán verdaderamente descorazonador por emparejar a las lesbianas y a los gayers. Yo creo que tiene que ver con las modas, las tendencias y el Vogue. Resumiendo: desde que se puso de moda eso de tener un amigo marica para parecer cool y estar a la última, todo el mundo se ha hecho con uno. Ojo, que digo uno. Amigos heterosexuales los tendrán a puñaos, pero maricones, lo que se dice maricones, con uno solo basta (más no, claro. Con uno se cubre el cupo de lo políticamente correcto. Un negro, un chino, un pelirrojo, un amigo marica y ya tenemos hecho el anuncio de Benetton o disco nuevo de las Sugababes). Total, que como todo el mundo tiene un amigo marica y la gente es muy considerada y vela constantemente por la vida sexual de sus amigos y conocidos, se ha convertido en una práctica muy habitual eso de encontrarse en una reunión social (en un parque, en un cine, en un bar, en una biblioteca, en la sección de congelados del Supersol) y que alguien, que suele ser una mujer con un alto grado de mariliendrenismo en sangre, te diga:

—Pues tengo un amigo lo mar de mono, estupendo, divertido y maravilloso para ti.

Y es que, en este caso al menos, quien tiene un amigo soltero que presentar tiene un tesoro. Es fascinante cómo la persona Celestina se preocupa por vender admirablemente bien a su amigo. Siempre son guapísimos, majísimos, maravillosísimos, amiguísimos de sus amigos, sensibilísimos y, por hache o por be, están asqueadísimos del rollo que hay entre los maricas, de lo de ligar en bares de ambiente, de encontrarse con memos y de lo dura que es la vida para un homosexual estándar. Todos lo están pasando francamente mal y son hipercríticos con los maricones, con su promiscuidad, con su afán por follar a todas horas y con el poco valor que les dan a las relaciones de pareja. Eso, por supuesto es lo que les cuentan a sus amigas mariliendres, porque la verdad es que luego son los primeros en ser partícipes de todo eso que critican.

—Haríais muy buena pareja: tenéis muchas cosas en común.

Lo que intenta decirte tu amiga mediante señales de humo es que su amigo es un gayer de provecho con el que, presumiblemente, podrías tener una cita normal, una relación sexual normal (algo que no es ni tan común ni tan fácil de encontrar como se piensa) y hasta un noviazgo normal. El no va más, oiga. La cosa es que accedes, que te convencen, coñe, y dices que sí, que bueno, que venga, que vale, que en esta vida no hay que cerrarse a nada y que hay que probarlo todo. Si el amor llama a tu puerta, ábrela, no te lo pienses más. En el fondo es que somos un poco memos y pensamos que conocer a alguien a través de una tercera persona, en plan presentación formal, puede ser mucho más normal y efectivo que conocer tíos en un bar de ambiente o a través de las páginas de perfiles de Internet. Como si no se tratara de los mismos maricones, que estamos hasta en la sopa. Piensas que el desconocido puede ser, por fin, ese alguien que estaba esperando esa parte de ti con cara de lela quinceañera romántica y que ha llegado el momento de que el destino os una por fin.

Las primeras veces que te van a presentar a alguien te emocionas un poco. El ser humano, ese ingenuo por naturaleza (animalico) que necesita escarmentar de la forma más dolorosa para aprender y ser como Chenoa (cuando tú vas, yo vengo de allí) y vérselas venir, se deja llevar y hasta empieza a fantasear en su cabeza con ceremonias de boda, demostraciones de amor a lo peli de Meg Ryan y polvos fantásticos con fuegos artificiales ojeteros. Claro, es normal, tu amiga te lo ha pintado tan bien que poco más o menos parece que vas a conocer al superhombre y que tus continuas lamentaciones de marica desgraciada y poco suertuda van a llegar a su fin.

Y entonces sucede lo inevitable: hay una cita a ciegas o tu amiga se trae a la próxima reunión al superhombres de marras. Los expertos en la materia (o sea, yo, y mi gato a veces, cuando se queda cerca de mí para escuchar mis paridas) aseguran que en un 99’9 por ciento de las ocasiones las características del tipo que vas a tener ante ti no se van a corresponder en absoluto con lo que tu amiga te ha contado. Y a medida que lo conozcas te darás cuenta de que no es tan fantástico, ni tan maravilloso, ni tan genial como aseguraban tus fuentes. Si es que no puedes fiarte, que los mariquitusos somos la mar de majos con nuestras amigas mariliendres, pero es tener un hombre a menos de dos metros y nos volvemos de un gilipollas subidito que no se nos aguanta…

Así que, sin más remedio, descubres que el tipo no te atrae en absoluto y que cuando tu amiga te dijo aquello de “tenéis muchas cosas en común”, se refería, básicamente, a que a los dos os gustan los rabos más que a Massiel un chupito de pacharán. O sea, que la gente asume que dos gays, por el mero hecho de ser gays, tienen que gustarse y arrancarse la ropa a mordiscos, que es tanto como decir que podríamos follar con cualquiera que se dejara. Y es que, reconozcámoslo, tu amiga no tiene mucho futuro que digamos como directora de agencia matrimonial. Y lo peor es que encima se enfada porque tras conocer a su amigo no has decidido que tu proyecto de vida a partir de ahora será rellenar a su amigo como a una napolitana de crema. Pero si es majísimo, te dirá.

Es justo decir que, aun a pesar de todo, en contadas ocasiones te acuestas con el susodicho y pasas un buen rato; y otras veces te echas unas risas y haces un amigo. Otro amigo. Otro amigo que en cualquier momento te dirá aquello de:

—Pues tengo un amigo lo mar de mono, estupendo, divertido y maravilloso para ti. Tenéis muchas cosas en común. Haríais muy buena pareja.

Hay que ver qué duro es ser soltero… Pues más duro es tener amigos.

Activos, pasivos y viceversa

Muchos gays continúan pensando que adquirir el rol de pasivo es, de algún modo, deshonroso y motivo de vergüenza. ¿Por qué nos empeñamos en establecer una relación de superioridad-inferioridad basada en la simple distinción entre meterla y dejar que te la metan?

 

Poner el culo: la deshonra. Comer pollas no, comer pollas es muy digno.

Poner el culo: la deshonra. Comer pollas no, comer pollas es muy digno.

A las personas nos gusta establecer jerarquías en nuestras relaciones con los demás. Nos empeñamos en recalcar nuestras diferencias y en usarlas como un modo de clasificarnos y establecer relaciones de poder entre nosotros porque así nos sentimos más guays. La jerarquía se manifiesta en cualquier grupo social, desde la familia hasta el lugar de trabajo, pasando por los típicos institutos americanos, ejemplo con el que vais a entender claramente el concepto: animadoras con pompones versus chicas feas y repipis. Las primeras son chachis y hacen cosas chupis. Las segundas son unas pobres desgraciadas. Mu’ buenas, sí, pero una pena de niñas. Esta distinción se basa en una serie de características cuyo valor de superioridad o de inferioridad está determinado socialmente: es decir, es la gente y la sociedad la que se encarga de decir que ser animadora está bien visto y ser empollona es lo peor que te puede pasar en la vida.

En el mundo marica parece haberse establecido una clara distinción basada en la preferencia por el rol sexual. Activos y pasivos se han constituido como dos grupos bien diferenciados. Y aunque nos cueste admitirlo porque la gran mayoría somos defensores de lo políticamente correcto, lo cierto es que el pasivo siempre ha estado peor visto que el activo, como si el hecho de dejar que te la metan fuera algo vergonzoso.

Sobre este tema yo siempre cuento una anécdota prestada. Se trata del caso de un amigo que le confesó a sus padres que era gay, ya sabes, esas típicas salidas del armario que los homosexuales hemos de soportar porque el mundo moderno se empeña en presuponer que somos heterosexuales perdidos de toda la vida. Mi amigo soltó la noticia un día como otro cualquiera y sus padres comenzaron a hacerle preguntas. Su padre lo miró a los ojos y le preguntó: “Hijo, pero tú eres de los que dan, ¿verdad?”. Se entiende que se refería a “de los que dan por culo”, no a de los que dan caramelos el día de sus cumpleaños. Mi amigo le contestó que sí, por decirle algo más que nada porque es que ni sabía lo que le gustaba más, y su padre se quedó en la gloria, puesto que eso era lo único que le preocupaba: salvar la masculinidad de su hijo a toda costa. Suspiró aliviado, le dio una palmada en el hombro y le dijo que le parecía muy bien, que fuera todo lo marica que quisiera. Claro que sí, pichita de oro, mientras seas tú el que rellenes a otros maricones cuales napolitanas de crema y no permitas que te rocen siquiera el ojete, todo irá bien.

Esta escena, de lo más costumbrista, nos conduce directamente al meollo del asunto: la sociedad, esa gran amiga que nos hace la puñeta como la que más, nos ha enseñado que hay gays de distintas categorías. Activos y pasivos quedan divididos por una relación de jerarquía según la cual los mariquitusos activos (unos machotes, parece ser; no hay homosexuales con pluma activos, qué va) están mucho mejor vistos que las mariquitorras pasivas (que, ya que estamos, se asocian con gayers de segunda categoría y mucha pluma. Como si no hubiera homosexuales muy masculinos a los que les gusta ser penetrados). Este es el motivo por el que muchos pasivos intentan salir del paso manifestando que son versátiles, del mismo modo que muchos homosexuales, en sus inicios, cuando se sienten demasiado amenazados e inseguros con respecto al mundo que les rodea, no se atreven a expresar tajantemente que son gays y se quedan en un cómodo bisexual que les sitúa entre dos aguas salvadoras, las cuales eximen de la tan temida etiqueta con la consiguiente atribución de rasgos y la crítica correspondiente. Es decir, “me gustan las personas de mi mismo sexo; pero no os preocupéis, no es el fin del mundo, también me gustan las del otro”, aunque en muchos casos esto sea tan real como el error informático que tuvo lugar con el libro de Ana Rosa Quintana.

Todo esto, sin embargo, tiene una razón de ser. Los griegos, que además nos vienen de perlas como juego de palabras para el tema que estamos tocando (jajaja, fíjate, es que soy lo súpermás, ¿te has dado cuenCa?), eran unos tipos taco de antiguos que existieron de verdad y que influyeron en nuestra sociedad, y no sólo para hacer fiestas temáticas con túnicas enrolladas alrededor del torso. Ellos establecían grandes diferencias entre activos y pasivos. Diferencias en la posición social (en la jerarquía, tía), claro. Para los griegos, ser activo se asociaba a la masculinidad y a un mayor estatus social y ser pasivo era directamente relacionado con la feminidad y con un menor estatus social. Sin embargo, para los griegos, esos tipos guarretes y sodomitas que por mucho que le pese a la posterior cultura cristiana nos dejaron un gran legado cultural, lo chungo no era poner el culete, sino que lo verdaderamente deshonroso era dejarse penetrar por alguien de un estatus social inferior.

Tampoco hay que ser muy listos para establecer una asociación directa entre dejarse penetrar y el género femenino, tradicionalmente denostado y maltratado por muy diversas culturas occidentales durante siglos y siglos. Si a las mujeres se las consideraba seres inferiores, no es extraño que a los hombres que se dejaban penetrar y que se consideraban erróneamente más cercanos al sexo femenino, se les concebiera también inferiores. Y es que, queridos, en el fondo no somos más que Historia.

Como digo, que me siento más divulgativo que la programación de La 2, esto viene de antiguo, pero yo, hoy en día, estoy un poco hasta las pelotas, y me vas a perdonar, de que se establezcan estas diferencias tan estúpidas como innecesarias para que unos tipos se sientan mejores que otros porque sí. Hoy, cuando somos lo más y todos nos sentimos superprogres porque se nos llena la boca al decir “somos todos iguales, yo no discrimino”, yo todavía me encuentro con tipos que aseguran que ellos son menos maricones porque no permiten que les metan en el ojete ni el bigote de una gamba. Y lo dicen con mucho orgullo, alardeando de una supuesta masculinidad cuyo uso para despreciar, a mí, a estas alturas de la vida, me parece simplemente vergonzoso. Otros incluso aprovechan esta distinción para montarse parejas arquetípicas a la antigua usanza, de las heterosexuales de hombre y mujer, en las que ellas eran siempre personas de segunda categoría, siguiendo un razonamiento que a mí me deja con la mandíbula desencajada: él deja que se la metan, él es la mujer de la relación. Claro que sí, y a mí me salen yemas de Santa Teresa del coño.

No sé si tú, querido lector, eres activo, pasivo o versátil, del mismo modo que no sé si te gustan más los bocadillos de chorizo o los de salchichón. Francamente, no creo que tenga la menor importancia y no creo que nadie tenga derecho alguno a hacerte sentir mal por tener una preferencia u otra, se mantenga ésta todo el tiempo o varíe dependiendo de cómo te pille el cuerpo, seas pasivo, activo o versátil. De cualquier manera, de lo que se trata es de que disfrutes de tu sexualidad, te guste lo que te guste, siempre y cuando lo hagas de manera sana y equilibrada. Y si te encuentras con un tipo que se ríe de ti porque te gusta mirar pa’ Cuenca, dile que sí, que a ti te gusta que te la metan por el culo, pero, a diferencia de él, no eres un gilipollas unineuronal que necesita ensartar hasta las rosquillas haciendo sentir mal a los demás para afianzar su autoestima y su virilidad y, así, sentirse menos insignificante y desgraciado.