Es curioso que muchas personas se empeñen en recalcar que otros, entre los que por supuesto me incluyo yo, exigen demasiado a los demás, que son hipercríticos e intransigentes. Es curioso que sólo lo señalen cuando saben que han hecho las cosas como el culo y no les conviene que les juzguen, sino que les pasen la mano. Es curioso cómo la ley del embudo hace su aparición estelar cuando se trata de pedir a los demás algo que nosotros no sólo no estamos haciendo sino que ni siquiera se nos pasa por la cabeza hacer.
Por lo que parece, yo vengo de otro mundo. Un mundo en el que la amistad y las relaciones personales en general son algo sagrado que vale la pena cuidar por encima de todo. Un mundo en el que la empatía es un valor en alza y no un handicap o algo directamente insignificante cuyo término se utiliza para quedar bien. (Sabes, ¿no? El “yo soy taco de empático” que se queda exactamente en eso, en una afirmación estupendérrima que se suelta, así por las buenas y de vez en cuando, para parecer guays y prosociales y que los demás no piensen que somos unos majaderos egoístas). Y, encima, por lo visto, este mundo del que yo vengo en el que se respetan los sentimientos de los demás y no se trata a la gente como cachos de carne es malo.
Y es que resulta que en estos tiempos inciertos en los que sobrevivir es un arte, hay que relativizarlo absolutamente todo y la amistad no es más que una simple y mera funcionalidad, una suerte de arte instrumental que se cultiva para poder echar mano de los contactos cuando nos haga falta algo. “Voy a llamar a Periquito, que me hace falta que alguien me lleve al mercado a comprar un bote de leche merengada”. Y cuando lo tenemos todo (o creemos tenerlo todo), no llamamos a Periquito ni para felicitarle las fiestas. Hasta que nos vuelva a hacer falta algo, claro. El problema es que Periquito está al otro lado del teléfono siempre, disponible. Porque es posible que Periquito conciba la amistad de la misma manera y piense “le voy a responder y de paso que me haga él a mí este favor”. Un intercambio fantástico de intereses.
Que nadie me malinterprete, a mí este tipo de relaciones personales instrumentales me parecen estupendas y tan válidas como cualquier otras. Yo te uso, tú me usas, y todos tan contentos: satisfacemos nuestras necesidades, nos conviene estar juntos. El problema es que esto no es amistad, esto son contactos.
No es que yo no les pida favores a mis amigos o no se los haga, qué va. La cosa estriba en que yo entiendo que entre mis amigos de verdad y yo hay algo más que un interés puramente mercantil, que lo nuestro va mucho más allá de pedir un favor. Que hay un respeto, una empatía de verdad. Yo tengo montones de amigos, de buenos amigos, de amigos maravillosos que cuentan conmigo lo mismo para irse de cañas que para llorar. También tengo contactos para irme de cañas única y exclusivamente, claro. Sé diferenciarlos. No es tan complicado. Y tan mal no me va haciendo esta distinción y volcándome con los que me ofrecen una amistad desinteresada devolviéndoles exactamente eso, una amistad desinteresada. Y digo que no me va tan mal porque, verán ustedes, nunca me siento solo y siempre tengo a alguien con quien hablar. Es más, si me apuran, lo que me falta es tiempo para estar con todos. Por eso me cuesta tanto perder el tiempo con quienes me quieren sólo por el interés.
Esto lo digo porque hay quien se empeña en convencerme de que creer en la amistad y en estos valores es una especie de defecto intolerable e, incluso, algo que me hace más tonto y más débil. No creen en la amistad incondicional, en estos sentimientos que describo. Dicen estos lumbreras, listísimos y machotes. que en el mundo real las cosas no funcionan así, que las personas son un mero trámite para alcanzar lo que queremos. A lo mejor lo dicen porque se sienten más fuertes por el hecho de ridiculizar a otros o por aprovecharse de los sentimientos de otras personas. Es probable. “Mira el pringao’ este que se cree que las amistades sinceras y sanas existen”, dirán. O puede que únicamente lo digan porque se sienten incapaces de regirse por estos valores a la hora de mantener sus relaciones y prefieran engañarse a sí mismos y creer que todo el mundo es ruin y que la impureza es lo mejor si quieres salir ganando. Lo que sea. Cualquier excusa es buena para agarrarse a “El mundo de verdad no es así”.
Pues bien, en mi mundo las cosas y la amistad sí funcionan así. Y funcionan bastante bien. Por eso yo no soy Periquito.
Lo más curioso de todo es que luego, estas personas que te usan y que conciben las relaciones de amistad como una simple estratagema para satisfacer necesidades y conseguir lo que quieren, esta gente que se cree que los amigos tienen utilidades concretas y ya está, se quejan de lo solas que se sienten y se preguntan en su fuero interno por qué no tienen relaciones de verdad, sanas y equilibradas. La respuesta es muy sencilla: no se pueden obtener amigos incondicionales siendo egoísta. Y desde luego, para tener un gran amigo primero hay que aprender a ser uno.
