#05 – 2017

Vivir de brazos cruzados es negarse a dar, a entregarse al otro, al momento, a lo que sucede, a la vida.

Yo he vivido de brazos cruzados durante mucho tiempo. Ante el miedo, era mucho mejor rechazar antes de que me rechazaran a mí. Ello me proporcionaba una falsa sensación de control. Yo elijo. Yo no dependo. No te necesito. Mírame, qué autosuficiente soy. Mierda de esa clase.

Vivir de brazos cruzados es también negarse a recibir. Y es una lástima, porque el otro, el momento, lo que sucede y la vida tienen, por lo general, mucho que ofrecer.

Yo he vivido de brazos cruzados durante mucho tiempo, tanto que ahora poseo una extraña dificultad para recibir. Es como una disfunción. Me cuesta recibir abrazos sinceros, miradas tiernas, gestos de cariño. Me cuesta recibir halagos, palabras de agradecimiento y comentarios positivos sobre lo que hago o lo que digo. Una parte de mi cerebro, sin duda una parte defectuosa, no los integra, no los procesa. Es como si me hablaran en chino. No es que no me gusten. De hecho, me encantan, me encanta que me presten atención, que me obsequien, que me mimen, que me agasajen, que me reconozcan. Que me quieran. El problema es que abrir los brazos me conecta con una necesidad enorme, mi necesidad, que una vez dolió de un modo terrible. El problema es que abrir los brazos me conecta con una vulnerabilidad, mi vulnerabilidad, y con el miedo a que no haya nadie al otro lado.

Vivir de brazos cruzados puede equipararse a permanecer a salvo y conlleva una cierta sensación de seguridad. Pero también supone vivir en una mentira y una filosofía consistente en morir un poco con cada exhalación.

Ahora estoy un poco torpe y muevo mis extremidades como puedo. Se me han quedado un tanto entumecidas y parezco un Tiranosaurio Rex. De la mejor manera que sé ofrezco lo que tengo entre estas manos temblorosas. Espero, en algún momento, recuperar la movilidad completamente e ir aprendiendo a recibir aquello que me entregas tú, que estás al otro lado, para lentamente transportarlo hasta mi corazón. Tendrás que tener paciencia en mi periodo de rehabilitación y a veces, probablemente, me atasque o me equivoque. Estas cosas son así. El miedo no es algo que desaparezca de repente. Y, sin embargo, confío plenamente en que lo hará. ¿Sabes por qué? Porque yo aspiro a vivir una vida con los brazos abiertos.

Y contigo.

#04 – 2017

Aparentar. Todo es aparentar.

Aparentar que no me va la música comercial. Aparentar que sólo veo los programas de televisión y las películas más cultas. Aparentar que me gusta la mejor comida y que tengo paladar para degustar la alta cocina y el buen vino. Aparentar que tengo estilo escogiendo la mejor ropa. Aparentar que leo literatura “de la buena”. Aparentar que me informo en los medios de comunicación “más serios”. Aparentar que mantengo las conversaciones más inteligentes. Aparentar que tengo las opiniones más impresionantes. Aparentar que soy masculino y que no soy femenino. Aparentar que soy estupendo, fantástico y maravilloso. Aparentar que soy el más guay, el más chuli, el más creativo, el más interesante.

Qué cansancio.

Puede que a partir de ahora me arriesgue a hacer, decir, escuchar, comer, leer, vestir, hablar y sentir lo que me dé la gana en cada momento, sin que todo esté tan elaborado, sin dar explicaciones, sin justificaciones. A lo mejor dejo de ser tan guay, tan chuli, tan creativo, tan interesante, tan coherente, tan historiado, tan responsable. Y qué más da.

Al final aparentar no es más que mentir por miedo a lo más difícil y lo más sencillo a la vez: ser yo mismo.

Y cuanto menos miedo tengo, más yo soy.

Y cuanto más tiempo pasa, más valiente me siento.

#02 – 2017

A veces voy por ahí con una máscara.

Oh, no me compadezcas. Todos tenemos una máscara. Yo ya he visto la mía, ¿sabes? Está decorada con un montón de luces que distraen a la persona que mira de lo verdaderamente importante. Está muy bien diseñada, es muy amena a la vista, muy cuidada en los detalles, en los matices. Mi máscara cuenta además con un montón de cristales a través de los cuales otros pueden ver los reflejos de sus propias imágenes. Lo he hecho a propósito, pues uno de mis súperpoderes siempre ha sido convertirme en aquello que la otra persona quiera ver.

No puedo quejarme: la verdad es que ha sido muy eficaz. Mi máscara me ha permitido salir adelante con éxito y tengo que reconocer que, después de todo, no me ha ido tan mal. Ha sido necesaria y en algunos momentos de gran utilidad: no puedo negarlo.

Pero eso era antes.

Antes siempre iba por ahí con una máscara. Ahora sólo lo hago a veces. Sólo a veces, y sabiendo que la llevo puesta.

Sí, yo tengo una máscara. Forma parte de mí. No puedo deshacerme de ella así, a lo bruto, de la noche a la mañana. Sé que debajo estoy yo y ahora, al menos, puedo respirar. Me he dado cuenta de que lo grave no es ir por ahí con una máscara puesta sino hacerlo y creerme auténtico, convencerme de que esa máscara es mi auténtico yo.

A veces ya no voy por ahí con una máscara. A veces voy a cara descubierta. Y sólo puedo decir que es sensacional sentir el aire en cada centímetro de mi piel.

#01 – 2017

Sólo quiero ser mi amigo.

Llevo demasiado tiempo peleándome conmigo, peleándome con otros que en realidad siempre son yo, batallando con otras personas a las que no veo, a las que no conozco, porque siempre son yo.

Estoy cansado. ¿Qué tal si hacemos las paces?

Sólo quiero ser mi amigo. Y, para variar, encontrarme conmigo en lugar de enfrentarme. Escucharme en vez de discutir. Mirarme y no reprocharme. Respetarme y no despreciarme.

¿De qué sirven tantas obligaciones, tantas imposiciones, tantos reproches, tantos y tantos castigos ocultos, velados, cuya responsabilidad pongo en otros pero que en realidad son autoinfligidos? Para qué sirve hacerme tanto daño pudiendo concederme la tranquilidad de ser yo, de estar conmigo, de aceptarme tal y como soy con lo que tengo, con lo que siento, con aquello de lo que dispongo, que no es poco. Por supuesto que no es poco. Abandonar la imagen idealizada de alguien que no soy y que probablemente no seré jamás para mirarme en ese espejo que hay justo delante de mí, que siempre está ahí, y descubrir quién soy ahora, ahora mismo, justo en este puto momento al que no presto atención, tan ocupado exigiéndome, reprobándome, peleándome, desacreditándome. Yo soy yo, yo soy yo y ya está bien de mirar hacia otra parte, de esconderme, de avergonzarme, de desalentarme.

Sólo quiero ser mi amigo y comprender de una vez por todas que no soy tan malo como me he hecho creer a mí mismo.

Sólo quiero ser mi amigo. Nada más.

Nada más.

Lo que fui capaz de hacer para que me quisieran

Yo sólo quería que me quisieran.

Hace muchos, muchos, años emprendí, sin saberlo una heroíca hazaña: encontrar el amor. Yo no tenía ni idea de que me había embarcado en aquella aventura, no me percaté de que la había elegido hasta mucho más tarde. No puedo calificarla de bonita, ni alentadora, por muy romántico que suene; más bien al contrario. Me encontraba triste y desolado. Estaba desesperado.

Yo sólo quería que me quisieran. Pero pensaba que era imposible que alguien me quisiera.

Y como era imposible que alguien pudiera quererme tal y como era yo, creí conveniente hacer un trabajo extra para lograr esa suerte de “trofeo” del amor que tanto ansiaba. Así, comencé por anular las partes de mí que creía que la otra persona podía rechazar. Dejé de expresar mis verdaderos sentimientos y emociones, dejé de hablar de las cosas que me gustaban y me interesaban, dejé de desear y de respetar mis necesidades: yo nunca quería ni necesitaba nada, siempre estaba bien. Me reí de las bromas, mofas y burlas que hicieron sobre mí (aunque en mi fuero interno me dolieran), permití que me invadieran, fingí una adoración insana por los otros y llevé a cabo actos en contra de mi voluntad autoconvenciéndome de que era lo mejor. Fui en contra de mí mismo e incluso me humillé. Llegué a castigarme y a exponerme al sufrimiento de una manera continua sólo por un motivo: que entre todo aquel marasmo una pequeña pizca de amor, por diminuta que fuera, atravesara el tumulto hasta acariciarme y hacerme sentir durante un instante querido, aprobado, deseado, aceptado. Amado.

Es increíble las cosas que pude llegar a hacer para que me quisieran.

Durante años me he avergonzado de mí mismo por todo lo que fui capaz de hacer y me he juzgado, castigado e insultado, una vez más, por haberme colocado en aquella posición: tan pequeño, tan frágil, tan vulnerable. Hoy vengo aquí a perdonarme, a respetar a mi yo del pasado y a aceptar públicamente lo que fui, que en suma es lo que también soy hoy. Soy pequeño, frágil y vulnerable; entre otras muchas cosas. Y un día estuve tan desesperado, tan necesitado, por conseguir que alguien me quisiera que me perdí a mí mismo y me sumergí en un inmenso dolor. Lo acepto. Lo comprendo. Me respeto y acojo con ternura aquella parte de mí en lugar de despreciarla, desdeñarla, maltratarla. No, ya no, basta ya. Hice lo que pude y lo hice lo mejor que pude. Y ya está. Sin más.

No sé si volverá a suceder en el futuro, nadie puede saberlo. Pero sí sé que no va a suceder ahora, en este momento. La razón es muy sencilla: ahora tengo algo de lo que antes carecía completamente. Ahora dispongo de todo mi amor.

No estaba fuera, sino dentro de mí, la persona que más iba a quererme de todas, de manera incondicional y tal cual soy.