Activos, pasivos y viceversa

Muchos gays continúan pensando que adquirir el rol de pasivo es, de algún modo, deshonroso y motivo de vergüenza. ¿Por qué nos empeñamos en establecer una relación de superioridad-inferioridad basada en la simple distinción entre meterla y dejar que te la metan?

 

Poner el culo: la deshonra. Comer pollas no, comer pollas es muy digno.

Poner el culo: la deshonra. Comer pollas no, comer pollas es muy digno.

A las personas nos gusta establecer jerarquías en nuestras relaciones con los demás. Nos empeñamos en recalcar nuestras diferencias y en usarlas como un modo de clasificarnos y establecer relaciones de poder entre nosotros porque así nos sentimos más guays. La jerarquía se manifiesta en cualquier grupo social, desde la familia hasta el lugar de trabajo, pasando por los típicos institutos americanos, ejemplo con el que vais a entender claramente el concepto: animadoras con pompones versus chicas feas y repipis. Las primeras son chachis y hacen cosas chupis. Las segundas son unas pobres desgraciadas. Mu’ buenas, sí, pero una pena de niñas. Esta distinción se basa en una serie de características cuyo valor de superioridad o de inferioridad está determinado socialmente: es decir, es la gente y la sociedad la que se encarga de decir que ser animadora está bien visto y ser empollona es lo peor que te puede pasar en la vida.

En el mundo marica parece haberse establecido una clara distinción basada en la preferencia por el rol sexual. Activos y pasivos se han constituido como dos grupos bien diferenciados. Y aunque nos cueste admitirlo porque la gran mayoría somos defensores de lo políticamente correcto, lo cierto es que el pasivo siempre ha estado peor visto que el activo, como si el hecho de dejar que te la metan fuera algo vergonzoso.

Sobre este tema yo siempre cuento una anécdota prestada. Se trata del caso de un amigo que le confesó a sus padres que era gay, ya sabes, esas típicas salidas del armario que los homosexuales hemos de soportar porque el mundo moderno se empeña en presuponer que somos heterosexuales perdidos de toda la vida. Mi amigo soltó la noticia un día como otro cualquiera y sus padres comenzaron a hacerle preguntas. Su padre lo miró a los ojos y le preguntó: “Hijo, pero tú eres de los que dan, ¿verdad?”. Se entiende que se refería a “de los que dan por culo”, no a de los que dan caramelos el día de sus cumpleaños. Mi amigo le contestó que sí, por decirle algo más que nada porque es que ni sabía lo que le gustaba más, y su padre se quedó en la gloria, puesto que eso era lo único que le preocupaba: salvar la masculinidad de su hijo a toda costa. Suspiró aliviado, le dio una palmada en el hombro y le dijo que le parecía muy bien, que fuera todo lo marica que quisiera. Claro que sí, pichita de oro, mientras seas tú el que rellenes a otros maricones cuales napolitanas de crema y no permitas que te rocen siquiera el ojete, todo irá bien.

Esta escena, de lo más costumbrista, nos conduce directamente al meollo del asunto: la sociedad, esa gran amiga que nos hace la puñeta como la que más, nos ha enseñado que hay gays de distintas categorías. Activos y pasivos quedan divididos por una relación de jerarquía según la cual los mariquitusos activos (unos machotes, parece ser; no hay homosexuales con pluma activos, qué va) están mucho mejor vistos que las mariquitorras pasivas (que, ya que estamos, se asocian con gayers de segunda categoría y mucha pluma. Como si no hubiera homosexuales muy masculinos a los que les gusta ser penetrados). Este es el motivo por el que muchos pasivos intentan salir del paso manifestando que son versátiles, del mismo modo que muchos homosexuales, en sus inicios, cuando se sienten demasiado amenazados e inseguros con respecto al mundo que les rodea, no se atreven a expresar tajantemente que son gays y se quedan en un cómodo bisexual que les sitúa entre dos aguas salvadoras, las cuales eximen de la tan temida etiqueta con la consiguiente atribución de rasgos y la crítica correspondiente. Es decir, “me gustan las personas de mi mismo sexo; pero no os preocupéis, no es el fin del mundo, también me gustan las del otro”, aunque en muchos casos esto sea tan real como el error informático que tuvo lugar con el libro de Ana Rosa Quintana.

Todo esto, sin embargo, tiene una razón de ser. Los griegos, que además nos vienen de perlas como juego de palabras para el tema que estamos tocando (jajaja, fíjate, es que soy lo súpermás, ¿te has dado cuenCa?), eran unos tipos taco de antiguos que existieron de verdad y que influyeron en nuestra sociedad, y no sólo para hacer fiestas temáticas con túnicas enrolladas alrededor del torso. Ellos establecían grandes diferencias entre activos y pasivos. Diferencias en la posición social (en la jerarquía, tía), claro. Para los griegos, ser activo se asociaba a la masculinidad y a un mayor estatus social y ser pasivo era directamente relacionado con la feminidad y con un menor estatus social. Sin embargo, para los griegos, esos tipos guarretes y sodomitas que por mucho que le pese a la posterior cultura cristiana nos dejaron un gran legado cultural, lo chungo no era poner el culete, sino que lo verdaderamente deshonroso era dejarse penetrar por alguien de un estatus social inferior.

Tampoco hay que ser muy listos para establecer una asociación directa entre dejarse penetrar y el género femenino, tradicionalmente denostado y maltratado por muy diversas culturas occidentales durante siglos y siglos. Si a las mujeres se las consideraba seres inferiores, no es extraño que a los hombres que se dejaban penetrar y que se consideraban erróneamente más cercanos al sexo femenino, se les concebiera también inferiores. Y es que, queridos, en el fondo no somos más que Historia.

Como digo, que me siento más divulgativo que la programación de La 2, esto viene de antiguo, pero yo, hoy en día, estoy un poco hasta las pelotas, y me vas a perdonar, de que se establezcan estas diferencias tan estúpidas como innecesarias para que unos tipos se sientan mejores que otros porque sí. Hoy, cuando somos lo más y todos nos sentimos superprogres porque se nos llena la boca al decir “somos todos iguales, yo no discrimino”, yo todavía me encuentro con tipos que aseguran que ellos son menos maricones porque no permiten que les metan en el ojete ni el bigote de una gamba. Y lo dicen con mucho orgullo, alardeando de una supuesta masculinidad cuyo uso para despreciar, a mí, a estas alturas de la vida, me parece simplemente vergonzoso. Otros incluso aprovechan esta distinción para montarse parejas arquetípicas a la antigua usanza, de las heterosexuales de hombre y mujer, en las que ellas eran siempre personas de segunda categoría, siguiendo un razonamiento que a mí me deja con la mandíbula desencajada: él deja que se la metan, él es la mujer de la relación. Claro que sí, y a mí me salen yemas de Santa Teresa del coño.

No sé si tú, querido lector, eres activo, pasivo o versátil, del mismo modo que no sé si te gustan más los bocadillos de chorizo o los de salchichón. Francamente, no creo que tenga la menor importancia y no creo que nadie tenga derecho alguno a hacerte sentir mal por tener una preferencia u otra, se mantenga ésta todo el tiempo o varíe dependiendo de cómo te pille el cuerpo, seas pasivo, activo o versátil. De cualquier manera, de lo que se trata es de que disfrutes de tu sexualidad, te guste lo que te guste, siempre y cuando lo hagas de manera sana y equilibrada. Y si te encuentras con un tipo que se ríe de ti porque te gusta mirar pa’ Cuenca, dile que sí, que a ti te gusta que te la metan por el culo, pero, a diferencia de él, no eres un gilipollas unineuronal que necesita ensartar hasta las rosquillas haciendo sentir mal a los demás para afianzar su autoestima y su virilidad y, así, sentirse menos insignificante y desgraciado.

 

Anuncios