¿Por qué no podemos besar a quien nos dé la gana?

A la hora de mostrar afecto en público, los gays y lesbianas preferimos reprimirnos para pasar desapercibidos y que no se nos señale con el dedo. A pesar de que todos somos muy guays y muy progres, a la hora de la verdad un beso homosexual se considera una provocación. Pero no sólo lo ven así los heterosexuales…

Sin lengua, cari, que si no a esa señora le va a dar un soponcio.

Sin lengua, cari, que a esa señora le va a dar un soponcio.

Hace un tiempo aparecía una noticia en la que, según uno de los últimos sondeos de Parship.es, sólo 3 de cada 10 homosexuales se atrevían a expresar cariño en público.

Es curioso, pero hay mucha gente heterosexual que todavía no se ha dado cuenta de que amar en estos tiempos de estómagos revueltos (¿lo pilláis?) es complicado, pero lo es mucho más si eres homosexual. Y no es por nada, es que si te encarta ir por la calle con alguien que te gusta y le quieres soltar un impúdico beso en los labios te puede caer la de Dios es Cristo porque sí, por la cara. Tiene lugar el tan temido efecto muñeca hinchable: esto es, en el momento en el que te decides a tomar de la mano a tu novio o a darle un besico de nada, la gente que hay alrededor se pone rígida, abre mucho los ojos y la boca y te mira como si hubiera visto a la virgen de Fátima en una mancha de yogur.

Pero que te miren no es lo peor que te puede pasar, porque lo más común es que ese simple gesto genere comentarios en los espectadores (conste que se convierten en espectadores, en público, por propia voluntad) e incluso que algún graciosete venga a hacerte un comentario, a reírse de ti o se ponga chulo y te quiera meter un guantazo mientras te acusa de maricón exhibicionista. En el caso de las lesbianas está muy claro, el tipo se acercará a ellas con la sonrisa doblada y recolocándose el paquete, y les propondrá ser el macho alfa y montárselo con las dos. Al pobre macho alfa éste las neuronas (en el caso de que pueda considerarse que las tenga) no le han dado para pensar que si dos chicas son lesbianas es porque les gustan las mujeres y que él no es ni tan estupendo, ni tan magnífico, ni tan maravilloso como para que de repente estas dos mujeres necesiten el pedazo de carne trémula que guarda él entre las piernas y la acepten redentoras a modo de salvación de su lesbianitis.

En definitiva, siendo homosexual es muy fácil convertirse en el centro convergente de las miradas de desaprobación, de las burlas, de los chistes y de la violencia de los que estén alrededor en ese momento. Muchos sostienen que esto se debe “a que no están acostumbrados” y que ver a dos personas del mismo sexo en actitud cariñosa les impacta. No les falta razón, pues me río yo de la escasa presencia que las actitudes homosexuales tienen fuera del ámbito específicamente homosexual. Por ejemplo, hay escenas de cama homosexuales en películas y series, pero sobre todo las hay en películas y series de temática homosexual. En cierto modo, es verdad que el hetero no se expone a estas imágenes que “le acostumbrarían” porque no consume productos culturales de índole homosexual. ¿Pero esto le da derecho a señalarte con el dedo, faltándote con ello al respeto, como si formaras parte del muestrario de un circo?

Por otro lado, esta actitud de escandalizarse ante lo homosexual es socialmente compartida y aprobada: es decir, si le das un beso a tu pareja y suscitas estas reacciones, siempre habrá alguien que diga, directa o indirectamente: “La culpa es tuya, que vas por ahí provocando”. Discurso que recuerda mucho a aquel de los ochenta en el que se señalaba que si las mujeres eran violadas se debía a que, claro, iban vestidas muy provocativamente (se lo merecían por vestir como putas, ergo el mariquita se merece la paliza por mariposear en público). Claro que sí, esto es cultura del humano simplón: la responsabilidad de que me comporte como un animal de bellota no está en mí, sino en ti que me provocas. Por eso, los mariconcetes y las bollichachis podemos serlo siempre y cuando no se nos note demasiado y no le vayamos comiendo la boca a otros mariconcetes y bollichachis por ahí. Hay que comportarse como una persona “normal y corriente” (citando a mis queridos amigos de Intereconomía, que a ver si follan más y joden menos) o si no recibirás un castigo, una sanción social para que te conviertas en un homosexual de provecho (o sea, un gay o una lesbiana sin pluma, recatado en el ámbito público y con una saneada cuenta corriente). Y lo peor es que somos nosotros mismos los que nos lo creemos y lo prodigamos.

A los homosexuales se nos ha enseñado a comedirnos en público, a sentir vergüenza por lo que somos y por lo que hacemos, a ocultarnos cuando alguien nos lo pide, a darles la razón a los que creen que escandalizamos y que somos un espectáculo entre bochornoso y repulsivo. Pero, por si se nos había olvidado, NO tenemos nada de lo que avergonzarnos por mucho que nos traten de hacer comulgar con ruedas de molino. El problema es que nos dejamos convencer, lo aceptamos, les damos la razón y en lugar de rebelarnos asentimos con la cabeza y dejamos que nos abracen con ese discurso paternalista que nos invita a comedirnos en público para cuidar nuestra integridad, ser niños buenos asexuados y no incomodar. Algunas veces por supervivencia, pero otras muchas porque es lo más cómodo y sencillo, no nos engañemos.

El mismo sondeo de Parship.es señalaba que les parecía sorprendente que a pesar de la aceptación social de la homosexualidad y de la legalización del matrimonio gay los encuestados tuvieran tanto miedo a hacer el mariquita en público. No es para menos, ya que aunque a mucha gente se le llena la boca diciendo que acepta a los homosexuales, no se trata más que del tan traído y llevado discurso políticamente correcto. Decir que sienten repulsión hacia los mariconchis y las bollos está mal, hay que buscar maneras encubiertas. Y a nosotros, para reprimirnos, nos transmiten la cultura del “piénsatelo dos veces antes de hacerlo” que nos agenciamos sin discutir porque creemos que tienen parte de razón cuando se escandalizan. Así, cuando te sientas tentado a mostrar cariño en público, las preguntas surgirán en tu cabeza: ¿Y si me miran? ¿Y si cuchichean a mi espalda? ¿Y si se lo cuentan a mis abuelos? ¿Y si les molesta a mis amigos y dejan de hablarme? ¿Y si me ve mi jefe? ¿Y si algún desgraciado se molesta y me pega?

Y mientras esas preguntas se sigan agolpando en la cabeza, yo continuaré pensando que esta sociedad no es, ni por asomo, ni tan diversa, ni tan plural, ni tan liberal, ni tan filoguay como le gusta autoproclamarse de cara a la galería; nosotros, gays y lesbianas, los primeros.

Y, por supuesto, me seguiré indignando porque no puedo besar a quien me dé la gana cuando me salga de las narices sin que aparezca el gilipollas de turno riéndose, burlándose, escandalizándose, ofendiéndose o sintiéndose provocado; el gilipollas de turno que ni vive ni deja vivir. El gilipollas de turno que, a veces, es incluso el mismo tipo al que queremos besar.

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