¿Tenemos lo que nos merecemos?

La suerte no existe. Lo que consigas depende de ti. Lo que no consigas también. Por eso, no apuntes muy alto: aspira a poco. ¿Nos vamos volviendo cada día más conformistas y más indulgentes ante situaciones que no deberíamos tolerar?

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Vivimos en la era del desencanto. A mí no me gusta criticar, pero echando un vistazo a nuestro alrededor hay que reconocer que los individuos de las sociedades modernas adolecemos de un desengaño que llevamos aparejado a todo lo que hacemos y que, por supuesto, termina con cualquier dosis de idealismo.

Y no me extraña, oigan. Desde que somos pequeños vamos atesorando la supuestamente valiosa conciencia pragmática: no seas idealista, hay que ser prácticos, esto es lo que hay, las cosas son como son y tú no puedes cambiarlas… Es el eterno runrún del desaliento: no pidas más, que no lo vas a conseguir.

O sea, que lo que nos ofrecen es una mierda. Muy grande, además: trabajos insultantes, relaciones de pareja tormentosas con ineptos emocionales y tarados de primera categoría, amistades penosas en las cuales los valores brillan por su ausencia, pisos de doce metros cuadrados en los que no puedes tener un perro porque no hay aire para más de un ser vivo… ¡Sin duda la vida que todos hemos soñado!

En relación con todo esto, hay un concepto megaguay: la meritocracia. Resulta que ahora mismico, se supone que en tu cerebro (en el caso de que tengas uno) lo que subyace es la idea de que todos tenemos lo que nos merecemos. Por supuesto, gracias a grandes filosofías como la americana sobre la igualdad superchachi de oportunidades megaestupendas, crecemos creyendo que todos tenemos el mismo acceso a todos los recursos, que la suerte, mari, es sólo pa’ ganar el número de los ciegos: ¡no existe! Así que, claro, tú te planteas cuando eres un crío que vas a ser astronauta, Premio Nobel, guapísimo, estupendísimo, maravillosísimo, riquísimo, superpopular y, además, vas a tener un novio o marido tan genial como tú y juntos vais a vivir en una mansión con una piscina de chocolate con leche y rebanadas de pan de molde. Un show. Esa es la vida que te montas. Y te crees que si te esfuerzas lo suficiente la puedes conseguir; igualdad de oportunidades: cualquiera lo suficientemente bueno e inteligente puede conseguirlo.

Y resulta que creces, física y mentalmente (esto último sólo en determinados casos, claro), y te das cuenta, poco a poco, de que no es tan fácil, de que por mucho que te esfuerces no puedes conseguir todo lo que te has propuesto. Vamos, es que ni la quinta parte. Lo peor es que no caes en que, en estos tiempos en los que vivimos y en semejantes sociedades en las que prima el enchufismo (ser el primo hermano del jefe de una multinacional), la jardinería ojetil (tener una flor en el culo que te impulse a una multinacional de repente) y el rodillerismo (ser el que mejor se la chupa al jefe de una multinacional), el hecho de que te esfuerces y seas estupendo ni siquiera es el cincuenta por ciento. Y, sin embargo, tú crees que así es. Del mismo modo que te atribuirías el mérito de tus éxitos, también te responsabilizas de tus fracasos. ¿Pero por qué no lo he conseguido, si he aprendido a hacer hasta malabares con los testículos? Como si Paris Hilton hubiera obtenido su mansión como consecuencia de su esfuerzo o como si, sin ir más lejos, tu jefe fuera más inteligente y mejor persona que el resto de sus empleados. ¿Por qué él tiene lo que tiene y tú no, si él es un soplagaitas y tú un tío de pro? Esto desencadena… vamos, repitan todos conmigo, esto desencadena la… F-R-U-S-T-R-A-C-I-Ó-N. Mu’ bien, querubines, matrícula de honor en deletreo.

Pero no sólo desencadena la frustración. También el conformismo y la baja autoestima. Ergo no sólo nos ofrecen una mierda muy grande, sino que además la aceptamos sin protestar porque pensamos que, de hecho, no podemos aspirar a nada mejor. Precioso, no me digan que no. Por este motivo las empresas hoy en día ofrecen unos puestos de mierda con unas condiciones realmente insultantes para la formación que tenemos y las aceptamos porque la cosa está mu’ mala, porque hay crisis, porque no hay nada mejor, porque hay que pagar la letra del monovolumen y veinte mil excusas más… y, sobre todo, porque, en el fondo, terminamos conformándonos y pensando que es lo que nos merecemos (somos unos desgraciaos).

Pero no sólo se aprovechan de esto las empresas, también la gente en sus relaciones personales. Nos conformamos y soportamos demasiadas cosas que no deberíamos soportar, que una persona en su sano juicio no toleraría. Con el pretexto de la tolerancia y la aceptación, como consecuencia de haber desahuciado el idealismo del que hablaba antes, nos volvemos indulgentes. Y nos encogemos de hombros cuando nuestra pareja nos falta al respeto, nos pone los cuernos o pasa de nosotros como de la mierda o cuando un amigo nos utiliza y luego nos deja el 43 de su pie marcado en el culo. Y encima pensamos que es culpa nuestra, porque, al fin y al cabo, cada cual tiene lo que se merece: no encuentras un trabajo mejor porque no te mueves lo suficiente, porque no te mudas a Alburquerque, porque no haces un curso de piragua en líquido amniótico… y no encuentras pareja porque siempre te fijas en el mismo tipo de hombres, porque no estás hecho para compartir, porque tienes un problema de hormonas…

Apáñatelas como puedas, nos dice la sociedad en general mientras se lava las manos. Nosotros te vendemos unos valores de mierda, minamos tu autoestima, nos aprovechamos de ti, hacemos contigo lo que queremos, te usamos, te maltratamos, te sometemos, te humillamos… y después, si protestas, te decimos que la culpa es tuya, que es lo que hay, que las cosas funcionan así y que ajo y agua. Y nosotros, en lugar de rebelarnos y enfrentarnos a eso, lo que hacemos es reproducirlo. No pasa nada, pueden aprovecharse de nosotros siempre y cuando nosotros tengamos a alguien de quien aprovecharnos después.

Así nos va y así nos luce. Mientras sigamos permitiendo que nos despojen de nuestras aspiraciones, que nos hagan creer que todo es culpa nuestra, que los que tienen éxito se lo han currado y que los que no lo tienen no han trabajado lo suficiente, no sólo viviremos en un mundo de mierda con unas relaciones de mierda, sino que además contribuiremos a construirlo y perpetuarlo.

Si nos deshacemos del idealismo lo que nos queda es pura bazofia. Y de entrada creo que todos nos merecemos algo mucho mejor.

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Seximental

Una de las creencias más extendidas es la de que la atracción física es animal, se corresponde con una excitación sexual primitiva. Lo psicológico, la personalidad, se queda fuera de este tipo de atracción y se asocia más al enamoramiento. Lo físico es sexual, lo psicológico amoroso. Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto?

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El otro día estaba con un amigo cuando un tío bueno, de esos que quitan el hipo y aflojan el elástico de los calzoncillos por arte de magia marica, pasó a escasos metros. Ambos lo miramos (claro, mari, si no pa’ que me gasto yo el dinero en lentillas graduadas) y admiramos su excelente proporción de tiobuenismo; pero mi amigo, violentamente cachondo, casi se pone a dar saltos de excitación. Incluso aseguró que le pondría un piso en la Costa Brava al primer tío así que se le acercara. Este hecho tan cotidiano (a todos nos pasa. No, lo de ver tíos buenos no, lo de estar salidos) desencadenó una discusión en la que yo, más que nada por tocar las pelotas, le explicaba a mi amigo que no conocía al tío de nada y que había cosas más importantes que el físico. Mientras tanto, él me contradecía tomando como base la antropología, el sentimiento más primitivo de excitación sexual, defendiendo su tesis con la conocida frase de “en el fondo, somos animales”.

Normalmente, cuando se habla de atracción, se tiende a establecer una estricta separación entre lo físico y lo psicológico: lo animal para lo primero y lo sociocultural para lo segundo. Curiosamente, asociamos esta distinción a otra también muy común: lo físico es sexual y lo psíquico es amoroso. Si me acuesto con Pepe porque está muy bueno es sólo sexo. Ahora bien, si lo hago porque me gusta su manera de hablar, por su forma de reír o por que use calcetines de Snoopy y me parezca la mar de tierno estamos aludiendo a un plano más elaborado, más psicológico, y por tanto, menos animal. De hecho, en cuanto percibimos estas cosas en alguien a quien sólo nos estamos tirando, nos echamos a temblar porque pensamos que nos estamos colgando.

En el fondo, esta distinción no se encuentra del todo desencaminada. Inicialmente, no éramos muy diferentes del resto de animales: nosotros estábamos en mitad del campo, como quien dice, y elegíamos a nuestros novios (futuros exnovios) tomando como base rasgos visibles: señalábamos con el dedo al macho más estupendo y buenorro y le atrincábamos la polla en una sutil muestra de interés y nos lo tirábamos entre unos arbustos sin casi mediar palabra (puro cruising). Por eso, los que son superficiales de profesión (y únicamente miran lo bueno que esté un tío, la cantidad de músculos que tenga o que posea una entrepierna del tamaño de una autopista de peaje francesa) se defienden a sí mismos explicando que forma parte de nuestra biología el sentirnos sexualmente atraídos por cuestiones meramente físicas: la simpleza de sus preferencias por machos musculados y estupendérrimos responde a un instinto animal. Como contraposición, desprecian la parafernalia psíquica y, aunque no lo digan, piensan que, al fin y al cabo, eso del atractivo es algo que se inventaron los feos para ligar.

En el fondo (otra vez) esta última afirmación es verdad. Según un señor muy psicólogo llamado Geoffrey Miller, los seres humanos hemos desarrollado unos rasgos llamativos que van más allá de lo guapos que seamos para impresionar a nuestros futuros exnovios. Fijaos que no lo digo yo, que lo dice ese señor que no os suena de nada, pero que tiene nombre de ser muy listo. Para él, la inteligencia, el talento, la creatividad, la expresión artística, las aficiones, la curiosidad, las capacidades, las convicciones, el sentido del humor, el valor, la perseverancia, la amabilidad… en definitiva, todas las características que conforman nuestra personalidad no fueron desarrolladas por instinto de supervivencia. Miller explica que si nuestros antepasados hubieran necesitado desarrollar estas aptitudes para sobrevivir, los chimpancés también las habrían desarrollado y, sin embargo, no lo hicieron (aunque yo conozco chimpancés más majos, simpáticos y macanudos que mi ex). Por tanto, según el tipo este la personalidad de los individuos se desarrolló con el fin de hacerlos más competentes a la hora de conseguir echar un casquete o echarse un novio. En resumidas cuentas, la personalidad llegó a ser un plus para poner palote al personal. De hecho, según la teoría de la selección natural, aquellos antepasados nuestros que eran capaces de desarrollar estas diferentes cualidades eran considerados más atractivos entre hombres y mujeres y por lo tanto eran elegidos para perpetuar la especie. Mientras los buenorros simplones se quedaban con la boca abierta y sin meterla en caliente. Así, poco a poco estas capacidades quedaron registradas en nuestro código genético hasta hoy, momento en el que tipos supuestamente inteligentes se relacionan entre sí mientras Lady Gaga suena en los altavoces de cualquier tugurio.

¿A dónde quiero llegar? Pues precisamente a que a pesar de que en nuestra cabeza establezcamos una separación tajante entre lo físico y lo psicológico y una asociación entre lo físico y lo sexual, esto no es del todo cierto. Para atraer sexualmente a un tipo no es necesario que estés rematadamente bueno y que te machaques hasta el esternón: el resto de abanico de cualidades psicológicas que los humanos hemos desarrollado responden a la necesidad de atraer mediante mecanismos más elaborados. O sea, que yo puedo estar deseando tirarme a Pepe y no hace falta que esté tremendo, porque mi parte animal, que también es inteligente (muy fuerte, tía) y no sólo se corresponde con el arquetipo de pegarle a alguien con la porra y arrastrarlo hasta una cueva, me empuja a sentir excitación por su gran sentido del humor, por su ternura, por su inteligencia o porque haga unas burbujas con el ojete estupendas (que es una capacidad como otra cualquiera). Me mola por su personalidad y esto no es menos animal y más cerebral, ni significa tampoco que me quiera casar con él. Y, oye, que te puedes querer follar a alguien porque te gusta su manera de ser, te cae simpático, te hace reír o tiene ese noséqué, no sólo porque tenga un cuerpazo y un máster en marcar el pliegue inguinal.

La cuestión es que a día de hoy y gracias a nuestra estupenda cultura visual del físico y de la edad, involucionamos, corremos hacia atrás, y nos han enseñado que lo único que debe importarnos de nuestros polvetes es que estén rebuenos y que la atracción y el atractivo de las personas se fundamenta, sobre todo, en el físico. Que sí, mari, que todos miramos el físico y a todos nos ponen los muchachotes. Pero, maricón, es una pena que nos quedemos ahí, porque nos estamos perdiendo multitud de cosas porque no somos capaces de ver más allá y porque tenemos miedo de que si miramos más allá de un trozo de carne estemos cayendo en la trampa sociocultural del amor. Y, lo que es más importante, como seres evolucionados que supuestamente somos, jamás obtenemos reconocimiento por esas características personales que nuestros antepasados desarrollaron para ganar en el juego del apareamiento, ya que nadie quiere reconocer que se fija en ellas. ¿Cuántas veces has dicho tú en el último año “le chupé la polla por majo”? No, no, lo que se dice es “le chupé la polla porque estaba tremendo”, hiperbuenorro, como un queso; oh, lo más de lo más del gym

Es verdad, antes era todo físico. Pero es que tampoco había más. El problema es que ahora lo hay, pero nadie lo ve. ¿Y no es frustrante para todos (guapos y feos, altos y bajos, musculados, canijos y gordos) ser inteligentísimos, sensibilísimos, simpatiquísimos, tener una personalidad de escándalo, y que lo único que se atrevan a ver y a valorar los demás sea el cacho de carne?

¿Será por esto por lo que nuestra autoestima es una porquería?

 

Hazte fan

Presentamos el arte de subirte la autoestima a costa de alguien haciéndole creer que podrías tener algo con él sin pillarte los dedos, engañando, mareando, calentando y manipulando sin ningún tipo de escrúpulos y demostrando la misma empatía y consideración que una polla de plástico. Pasen y lean.

 

Jueeeeeegooooo con tus sentimieeeeentoooooooos...

Jueeeeeegooooo… con tus sentimieeeeentoooooooos…

 

Desde que años atrás apareciera aquel grupo de amigas chachi guay llamado Spice Girls, en el que una era deportista, la otra pija, la otra cañera, la otra más puta que las gallinas y otra iba de niña buena, ese grupo de amigas que no habían sido seleccionadas en un cásting para nada ni habían sido convenientemente caracterizadas, el mundo se ha transformado. Y esto no lo digo sólo porque desde que aquéllas dijeran que era una formación musical a pesar de que cantaban menos que un grillo mojao’ empezaran a salir grupos de cuatro o cinco pseudoadolescentes con los huevos negros por doquier, no. Lo digo porque se hizo patente con una intensidad inaudita el fenómeno fan, con hordas de tipos y tipas rasgándose las vestiduras, sufriendo desmayos y tirando bragas a la cara de sus ídolos. Como todo tiene repercusiones y consecuencias (incluso cuando te tocas), el mundo de las relaciones también ha sufrido su conveniente transformación.

Una de las modas que más arrasan en el fantástico ámbito de las relaciones personales es esa de conseguir fans. El ser humano, memo porque el mundo le ha hecho así, carece de autoestima. Resulta que, debido a múltiples factores como traumas infantiles, anuncios de colonia con buenorros musculados y exnovios con un alto grado de cabronismo en sangre, la gente no tiene amor propio, no se quiere. Y para solucionarlo no crean ustedes, queridas lectores, que estas personas dicen “uy, mira, estoy fatal de lo mío, voy a ir a un psicólogo a que me trate y me ayude a solventar mi ineptitud emocional”; no, qué va. Lo que hace el personal es crearse un club de fans para entretenerse y subirse la moral.

Seamos sinceros: a nadie le amarga un dulce. A todos nos gusta gustar. La idea de que alguien nos encuentre lo suficientemente estupendos y asequibles como para babear por nosotros nos alegra la pajarilla sobremanera. Tener un fan que nos siga cual perrito faldero y que esté disponible para nosotros cada vez que queramos hablar, salir, divertirnos, follar, mirar las estrellas, dormir junto a alguien, tejer jerseys de petit point, hacer puzles de castillos, que nos lleven la mochila del insti, que nos den su bocadillo en el recreo y etecé es megachuli, el no va más. De hecho, hoy en día, si no dispones de al menos un fan que bese el suelo que pisas no eres nadie. Esto es normal, sobre todo teniendo en cuenta que en los tiempos modernos lo de ser autosuficiente y tener autoestima por uno mismo es tan común como ver a Belén Esteban leyendo un ensayo sesudo. Necesitamos la mirada de los demás para engordarnos la poll… el ego. Eso.

Operación Triunfo ha hecho mucho daño. Desde que la tele nos dijera que cualquiera de la calle podía ser cantante famoso y tener una ristra de locas histéricas a su alrededor, todo ha cambiado. La democratización de la fama ha conseguido que se establezca una competencia mariconil por obtener un mayor número de fieles seguidores. Cuánto más entregados son tus fans, más gorda la tienes… Lo tienes. El ego. Eso. Así que se trata de ir por la vida acumulando seguidores.

Pongamos por caso que tienes un tonteo con alguien. Ya sabes, una de esas extrañas ocasiones en las que te encuentras lo suficientemente lerdo como para relacionarte con uno de los muchos maricones perturbados que ocupan sitio en el mundo sin aportar nada a nadie. Estás de buen rollo, puede incluso que te hayas acostado con esa persona alguna vez, y tú piensas que, hombre, no es que te vayas a casar con el puñetero maricón en cuestión, pero os lleváis bien y se supone que hay algo. Insisto: entendamos por “algo” únicamente que hay un mero contacto entre personas, aunque sea un folleteo. Que es que la gente se cree que cuando uno dice “algo” está pensando en el traje de madrina de boda para su puta madre. Y no, no es eso. Pues bueno, la cosa es que el maricón en cuestión, en lugar de comportarse como una persona normal y decir sí o rechazarte sin más (esto es, dejarse llevar y echar un ratico porque le molas o bien decirte que no le interesas una mierda y dejarte tranquilico plantando nabos en el huerto de tu casa), se dedica a marearte. Un día te llama doce veces y te muestra un interés excesivo y al siguiente te dice que le estás agobiando porque le has puesto un triste eseemeese. Puede incluso que te diga que te va a comer la polla dentro de un rato y te pegue un morreo pero luego te haga saber que lo has malinterpretado todo porque él no quiere nada contigo y se vaya con otro. ¿Coherencia? ¿Qué es eso? ¿El nuevo perfume de Calvin Klein?

Y es que para tener un fan no hay nada como ofrecer verdades a medias y hacerle creer a la otra persona que podríais tener algo “especial”. Y, claro, esa persona pues se lo cree. Llamadme raro, pero si un tipo me presta atención, me llama, me besa en la boca, me busca, queda conmigo y me dice que me quiere follar, yo diría, no sé, a ver si me estoy precipotando, mari, que no quiero yo ver cosas dónde no las hay, yo diría que el susodicho quiere tener algo conmigo. Como mínimo que quiere morder almohada en cualquier motel de carretera. Pero resulta que no, porque en el País de Nunca Jamás te Relaciones con Maricones Perturbados, el personal es como el perro del hortelano: ni come ni deja comer. Y cuando creas que todo el monte es orégano debido a las señales que te ha mandado, que hay carricoche asegurado y vayas todo confiado a devorarle el hocico al tipo con el condón ya puesto y el bote de lubricante en la mano, este te dirá que está cansado, que hay gente alrededor, que mejor mañana, que lo has malinterpretado, que no está preparado para liarse contigo (pero sí con un cuarto de la población mundial) y que aunque le molas, es mejor esperar un poco (otro día, si eso, nos comemos las pollas con fruición y encanto. Esta noche ya tengo plan de comérsela a este de aquí. Pero tú eres diferente, tú eres especial).

Ante semejante situación te quedas con la boca más abierta que una muñeca hinchable y, confuso, caes en la trampa. Al fin y al cabo no te ha rechazado plenamente: te ha dicho que le molas e incluso te ha arrimado el culo al paquete mientras agitaba sus calzoncillos por encima de tu cabeza. Sin saberlo te has convertido en un paluego: el tipo en cuestión ha conseguido que te metas en su recámara para cuando tenga un calentón o para aquellos casos en los que no encuentre a nadie disponible en un bar de ambiente, sauna, biblioteca o sala de chat. No tiene más que alargar la mano y decirte “mira, mono, que esta noche he decidido que tengo el ojete disponible para ti”, como si tú fueras un simple CD que se toma de una estantería cuando te sale de la churra escuchar música celta, un cacho de carne sin más.

Pero no sólo te has convertido en un recurso para follar. Resulta que también te has convertido en el capullo que le va a subir la autoestima cada vez que tenga un mal día. Si hoy se levanta, se mira al espejo y se siente una mierda no tiene más que recurrir a su fan de confianza para que le haga la ola, le diga lo guapo y lo estupendo que es y le engorde la polla. Y aunque es posible que para aliviar su conciencia el tipo lo disfrace de amistad o atracción, en realidad lo único que está haciendo es utilizarte para subirse la autoestima porque él, por sí mismo, es incapaz de tener una.

Total, que queridas lectores, tengan mucho cuidado con hacerse fans de nadie, que puede resultar muy peligroso. Cuando alguien les deje la puerta abierta, no duden un segundo en cerrarla de una patada y en comunicarle al susodicho que si quiere fans que al menos se haga un traje de salchichones como Lady Gaga y que, por si no se ha dado cuenta, él no es ni tan guapo, ni tan divertido, ni tan inteligente, ni tan estupendo, ni folla tan bien como para tener a otros maricones satisfaciendo sus deseos de grandeza y curando su complejo de inferioridad.

Y es que, aunque para algunos esto sea una revelación, el mundo no gira alrededor de la polla de nadie. No.