Hazte fan

Presentamos el arte de subirte la autoestima a costa de alguien haciéndole creer que podrías tener algo con él sin pillarte los dedos, engañando, mareando, calentando y manipulando sin ningún tipo de escrúpulos y demostrando la misma empatía y consideración que una polla de plástico. Pasen y lean.

 

Jueeeeeegooooo con tus sentimieeeeentoooooooos...

Jueeeeeegooooo… con tus sentimieeeeentoooooooos…

 

Desde que años atrás apareciera aquel grupo de amigas chachi guay llamado Spice Girls, en el que una era deportista, la otra pija, la otra cañera, la otra más puta que las gallinas y otra iba de niña buena, ese grupo de amigas que no habían sido seleccionadas en un cásting para nada ni habían sido convenientemente caracterizadas, el mundo se ha transformado. Y esto no lo digo sólo porque desde que aquéllas dijeran que era una formación musical a pesar de que cantaban menos que un grillo mojao’ empezaran a salir grupos de cuatro o cinco pseudoadolescentes con los huevos negros por doquier, no. Lo digo porque se hizo patente con una intensidad inaudita el fenómeno fan, con hordas de tipos y tipas rasgándose las vestiduras, sufriendo desmayos y tirando bragas a la cara de sus ídolos. Como todo tiene repercusiones y consecuencias (incluso cuando te tocas), el mundo de las relaciones también ha sufrido su conveniente transformación.

Una de las modas que más arrasan en el fantástico ámbito de las relaciones personales es esa de conseguir fans. El ser humano, memo porque el mundo le ha hecho así, carece de autoestima. Resulta que, debido a múltiples factores como traumas infantiles, anuncios de colonia con buenorros musculados y exnovios con un alto grado de cabronismo en sangre, la gente no tiene amor propio, no se quiere. Y para solucionarlo no crean ustedes, queridas lectores, que estas personas dicen “uy, mira, estoy fatal de lo mío, voy a ir a un psicólogo a que me trate y me ayude a solventar mi ineptitud emocional”; no, qué va. Lo que hace el personal es crearse un club de fans para entretenerse y subirse la moral.

Seamos sinceros: a nadie le amarga un dulce. A todos nos gusta gustar. La idea de que alguien nos encuentre lo suficientemente estupendos y asequibles como para babear por nosotros nos alegra la pajarilla sobremanera. Tener un fan que nos siga cual perrito faldero y que esté disponible para nosotros cada vez que queramos hablar, salir, divertirnos, follar, mirar las estrellas, dormir junto a alguien, tejer jerseys de petit point, hacer puzles de castillos, que nos lleven la mochila del insti, que nos den su bocadillo en el recreo y etecé es megachuli, el no va más. De hecho, hoy en día, si no dispones de al menos un fan que bese el suelo que pisas no eres nadie. Esto es normal, sobre todo teniendo en cuenta que en los tiempos modernos lo de ser autosuficiente y tener autoestima por uno mismo es tan común como ver a Belén Esteban leyendo un ensayo sesudo. Necesitamos la mirada de los demás para engordarnos la poll… el ego. Eso.

Operación Triunfo ha hecho mucho daño. Desde que la tele nos dijera que cualquiera de la calle podía ser cantante famoso y tener una ristra de locas histéricas a su alrededor, todo ha cambiado. La democratización de la fama ha conseguido que se establezca una competencia mariconil por obtener un mayor número de fieles seguidores. Cuánto más entregados son tus fans, más gorda la tienes… Lo tienes. El ego. Eso. Así que se trata de ir por la vida acumulando seguidores.

Pongamos por caso que tienes un tonteo con alguien. Ya sabes, una de esas extrañas ocasiones en las que te encuentras lo suficientemente lerdo como para relacionarte con uno de los muchos maricones perturbados que ocupan sitio en el mundo sin aportar nada a nadie. Estás de buen rollo, puede incluso que te hayas acostado con esa persona alguna vez, y tú piensas que, hombre, no es que te vayas a casar con el puñetero maricón en cuestión, pero os lleváis bien y se supone que hay algo. Insisto: entendamos por “algo” únicamente que hay un mero contacto entre personas, aunque sea un folleteo. Que es que la gente se cree que cuando uno dice “algo” está pensando en el traje de madrina de boda para su puta madre. Y no, no es eso. Pues bueno, la cosa es que el maricón en cuestión, en lugar de comportarse como una persona normal y decir sí o rechazarte sin más (esto es, dejarse llevar y echar un ratico porque le molas o bien decirte que no le interesas una mierda y dejarte tranquilico plantando nabos en el huerto de tu casa), se dedica a marearte. Un día te llama doce veces y te muestra un interés excesivo y al siguiente te dice que le estás agobiando porque le has puesto un triste eseemeese. Puede incluso que te diga que te va a comer la polla dentro de un rato y te pegue un morreo pero luego te haga saber que lo has malinterpretado todo porque él no quiere nada contigo y se vaya con otro. ¿Coherencia? ¿Qué es eso? ¿El nuevo perfume de Calvin Klein?

Y es que para tener un fan no hay nada como ofrecer verdades a medias y hacerle creer a la otra persona que podríais tener algo “especial”. Y, claro, esa persona pues se lo cree. Llamadme raro, pero si un tipo me presta atención, me llama, me besa en la boca, me busca, queda conmigo y me dice que me quiere follar, yo diría, no sé, a ver si me estoy precipotando, mari, que no quiero yo ver cosas dónde no las hay, yo diría que el susodicho quiere tener algo conmigo. Como mínimo que quiere morder almohada en cualquier motel de carretera. Pero resulta que no, porque en el País de Nunca Jamás te Relaciones con Maricones Perturbados, el personal es como el perro del hortelano: ni come ni deja comer. Y cuando creas que todo el monte es orégano debido a las señales que te ha mandado, que hay carricoche asegurado y vayas todo confiado a devorarle el hocico al tipo con el condón ya puesto y el bote de lubricante en la mano, este te dirá que está cansado, que hay gente alrededor, que mejor mañana, que lo has malinterpretado, que no está preparado para liarse contigo (pero sí con un cuarto de la población mundial) y que aunque le molas, es mejor esperar un poco (otro día, si eso, nos comemos las pollas con fruición y encanto. Esta noche ya tengo plan de comérsela a este de aquí. Pero tú eres diferente, tú eres especial).

Ante semejante situación te quedas con la boca más abierta que una muñeca hinchable y, confuso, caes en la trampa. Al fin y al cabo no te ha rechazado plenamente: te ha dicho que le molas e incluso te ha arrimado el culo al paquete mientras agitaba sus calzoncillos por encima de tu cabeza. Sin saberlo te has convertido en un paluego: el tipo en cuestión ha conseguido que te metas en su recámara para cuando tenga un calentón o para aquellos casos en los que no encuentre a nadie disponible en un bar de ambiente, sauna, biblioteca o sala de chat. No tiene más que alargar la mano y decirte “mira, mono, que esta noche he decidido que tengo el ojete disponible para ti”, como si tú fueras un simple CD que se toma de una estantería cuando te sale de la churra escuchar música celta, un cacho de carne sin más.

Pero no sólo te has convertido en un recurso para follar. Resulta que también te has convertido en el capullo que le va a subir la autoestima cada vez que tenga un mal día. Si hoy se levanta, se mira al espejo y se siente una mierda no tiene más que recurrir a su fan de confianza para que le haga la ola, le diga lo guapo y lo estupendo que es y le engorde la polla. Y aunque es posible que para aliviar su conciencia el tipo lo disfrace de amistad o atracción, en realidad lo único que está haciendo es utilizarte para subirse la autoestima porque él, por sí mismo, es incapaz de tener una.

Total, que queridas lectores, tengan mucho cuidado con hacerse fans de nadie, que puede resultar muy peligroso. Cuando alguien les deje la puerta abierta, no duden un segundo en cerrarla de una patada y en comunicarle al susodicho que si quiere fans que al menos se haga un traje de salchichones como Lady Gaga y que, por si no se ha dado cuenta, él no es ni tan guapo, ni tan divertido, ni tan inteligente, ni tan estupendo, ni folla tan bien como para tener a otros maricones satisfaciendo sus deseos de grandeza y curando su complejo de inferioridad.

Y es que, aunque para algunos esto sea una revelación, el mundo no gira alrededor de la polla de nadie. No.

 

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