Seximental

Una de las creencias más extendidas es la de que la atracción física es animal, se corresponde con una excitación sexual primitiva. Lo psicológico, la personalidad, se queda fuera de este tipo de atracción y se asocia más al enamoramiento. Lo físico es sexual, lo psicológico amoroso. Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto?

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El otro día estaba con un amigo cuando un tío bueno, de esos que quitan el hipo y aflojan el elástico de los calzoncillos por arte de magia marica, pasó a escasos metros. Ambos lo miramos (claro, mari, si no pa’ que me gasto yo el dinero en lentillas graduadas) y admiramos su excelente proporción de tiobuenismo; pero mi amigo, violentamente cachondo, casi se pone a dar saltos de excitación. Incluso aseguró que le pondría un piso en la Costa Brava al primer tío así que se le acercara. Este hecho tan cotidiano (a todos nos pasa. No, lo de ver tíos buenos no, lo de estar salidos) desencadenó una discusión en la que yo, más que nada por tocar las pelotas, le explicaba a mi amigo que no conocía al tío de nada y que había cosas más importantes que el físico. Mientras tanto, él me contradecía tomando como base la antropología, el sentimiento más primitivo de excitación sexual, defendiendo su tesis con la conocida frase de “en el fondo, somos animales”.

Normalmente, cuando se habla de atracción, se tiende a establecer una estricta separación entre lo físico y lo psicológico: lo animal para lo primero y lo sociocultural para lo segundo. Curiosamente, asociamos esta distinción a otra también muy común: lo físico es sexual y lo psíquico es amoroso. Si me acuesto con Pepe porque está muy bueno es sólo sexo. Ahora bien, si lo hago porque me gusta su manera de hablar, por su forma de reír o por que use calcetines de Snoopy y me parezca la mar de tierno estamos aludiendo a un plano más elaborado, más psicológico, y por tanto, menos animal. De hecho, en cuanto percibimos estas cosas en alguien a quien sólo nos estamos tirando, nos echamos a temblar porque pensamos que nos estamos colgando.

En el fondo, esta distinción no se encuentra del todo desencaminada. Inicialmente, no éramos muy diferentes del resto de animales: nosotros estábamos en mitad del campo, como quien dice, y elegíamos a nuestros novios (futuros exnovios) tomando como base rasgos visibles: señalábamos con el dedo al macho más estupendo y buenorro y le atrincábamos la polla en una sutil muestra de interés y nos lo tirábamos entre unos arbustos sin casi mediar palabra (puro cruising). Por eso, los que son superficiales de profesión (y únicamente miran lo bueno que esté un tío, la cantidad de músculos que tenga o que posea una entrepierna del tamaño de una autopista de peaje francesa) se defienden a sí mismos explicando que forma parte de nuestra biología el sentirnos sexualmente atraídos por cuestiones meramente físicas: la simpleza de sus preferencias por machos musculados y estupendérrimos responde a un instinto animal. Como contraposición, desprecian la parafernalia psíquica y, aunque no lo digan, piensan que, al fin y al cabo, eso del atractivo es algo que se inventaron los feos para ligar.

En el fondo (otra vez) esta última afirmación es verdad. Según un señor muy psicólogo llamado Geoffrey Miller, los seres humanos hemos desarrollado unos rasgos llamativos que van más allá de lo guapos que seamos para impresionar a nuestros futuros exnovios. Fijaos que no lo digo yo, que lo dice ese señor que no os suena de nada, pero que tiene nombre de ser muy listo. Para él, la inteligencia, el talento, la creatividad, la expresión artística, las aficiones, la curiosidad, las capacidades, las convicciones, el sentido del humor, el valor, la perseverancia, la amabilidad… en definitiva, todas las características que conforman nuestra personalidad no fueron desarrolladas por instinto de supervivencia. Miller explica que si nuestros antepasados hubieran necesitado desarrollar estas aptitudes para sobrevivir, los chimpancés también las habrían desarrollado y, sin embargo, no lo hicieron (aunque yo conozco chimpancés más majos, simpáticos y macanudos que mi ex). Por tanto, según el tipo este la personalidad de los individuos se desarrolló con el fin de hacerlos más competentes a la hora de conseguir echar un casquete o echarse un novio. En resumidas cuentas, la personalidad llegó a ser un plus para poner palote al personal. De hecho, según la teoría de la selección natural, aquellos antepasados nuestros que eran capaces de desarrollar estas diferentes cualidades eran considerados más atractivos entre hombres y mujeres y por lo tanto eran elegidos para perpetuar la especie. Mientras los buenorros simplones se quedaban con la boca abierta y sin meterla en caliente. Así, poco a poco estas capacidades quedaron registradas en nuestro código genético hasta hoy, momento en el que tipos supuestamente inteligentes se relacionan entre sí mientras Lady Gaga suena en los altavoces de cualquier tugurio.

¿A dónde quiero llegar? Pues precisamente a que a pesar de que en nuestra cabeza establezcamos una separación tajante entre lo físico y lo psicológico y una asociación entre lo físico y lo sexual, esto no es del todo cierto. Para atraer sexualmente a un tipo no es necesario que estés rematadamente bueno y que te machaques hasta el esternón: el resto de abanico de cualidades psicológicas que los humanos hemos desarrollado responden a la necesidad de atraer mediante mecanismos más elaborados. O sea, que yo puedo estar deseando tirarme a Pepe y no hace falta que esté tremendo, porque mi parte animal, que también es inteligente (muy fuerte, tía) y no sólo se corresponde con el arquetipo de pegarle a alguien con la porra y arrastrarlo hasta una cueva, me empuja a sentir excitación por su gran sentido del humor, por su ternura, por su inteligencia o porque haga unas burbujas con el ojete estupendas (que es una capacidad como otra cualquiera). Me mola por su personalidad y esto no es menos animal y más cerebral, ni significa tampoco que me quiera casar con él. Y, oye, que te puedes querer follar a alguien porque te gusta su manera de ser, te cae simpático, te hace reír o tiene ese noséqué, no sólo porque tenga un cuerpazo y un máster en marcar el pliegue inguinal.

La cuestión es que a día de hoy y gracias a nuestra estupenda cultura visual del físico y de la edad, involucionamos, corremos hacia atrás, y nos han enseñado que lo único que debe importarnos de nuestros polvetes es que estén rebuenos y que la atracción y el atractivo de las personas se fundamenta, sobre todo, en el físico. Que sí, mari, que todos miramos el físico y a todos nos ponen los muchachotes. Pero, maricón, es una pena que nos quedemos ahí, porque nos estamos perdiendo multitud de cosas porque no somos capaces de ver más allá y porque tenemos miedo de que si miramos más allá de un trozo de carne estemos cayendo en la trampa sociocultural del amor. Y, lo que es más importante, como seres evolucionados que supuestamente somos, jamás obtenemos reconocimiento por esas características personales que nuestros antepasados desarrollaron para ganar en el juego del apareamiento, ya que nadie quiere reconocer que se fija en ellas. ¿Cuántas veces has dicho tú en el último año “le chupé la polla por majo”? No, no, lo que se dice es “le chupé la polla porque estaba tremendo”, hiperbuenorro, como un queso; oh, lo más de lo más del gym

Es verdad, antes era todo físico. Pero es que tampoco había más. El problema es que ahora lo hay, pero nadie lo ve. ¿Y no es frustrante para todos (guapos y feos, altos y bajos, musculados, canijos y gordos) ser inteligentísimos, sensibilísimos, simpatiquísimos, tener una personalidad de escándalo, y que lo único que se atrevan a ver y a valorar los demás sea el cacho de carne?

¿Será por esto por lo que nuestra autoestima es una porquería?

 

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