Lo estoy pasando supermal

“Es que a mí me han hecho mucho daño”, “es que me han hecho muchas putadas”, “es que las estoy pasando canutas”… Mucha gente utiliza su sufrimiento, sus preocupaciones y sus traumas como excusa para hacer lo que le da la gana sin dar explicaciones. ¿Pero acaso sus problemas son más importantes que los nuestros?

Como me han hecho pupa, puedo hacer contigo lo que me salga del papo.

Como me han hecho pupa, puedo hacer contigo lo que me salga del papo.

Como sabéis, mis queridas lectores, a mí no me gusta criticar. El problema es que la gente, así en general, me lo pone muy a huevo; me provocan, mari, me provocan mucho, yo no lo puedo remediar. Es como si se plantaran delante de mí y me suplicaran “critícame, Carlos, critícame”. Y, claro, yo no me puedo resistir.

Hay una cosa que me enerva profundamente y es cuando el personal te exige comprensión, así, por narices. Resulta que, mira, yo te lo explico, a las personas nos pasan cosas. Dicen que buenas y malas, pero la verdad es que siempre terminamos centrándonos en las segundas, tal vez porque nos encanta el drama o quizás se deba a una inhóspita incapacidad para disfrutar de la vida (en caso de duda, consulte a su psicólogo más cercano). Y cuando nos ocurren cosas malas nos aferramos a la tragedia, la proclamamos a los cuatro vientos ante todo aquel que quiera oírnos y la transformamos en nuestro estilo de vida. Que esto, en sí, es hasta cierto punto normal. El problema que tengo yo es cuando el drama que se ha vivido o se está viviendo se convierte en la excusa perfecta que se esgrime para justificar ciertos comportamientos poco apropiados. Es decir, no sólo quiero que me comprendas (algo dentro de lo que cabe normal), sino que además espero que me eximas de toda culpa y responsabilidad por mis actos. Veamos algunos ejemplos:

1. Conoces a Fulanito. Y resulta que por obra y gracia de San Palomo Cojo, Fulanito te mola y parece que tú le molas a él. La primera vez que os veis todo va bien. Pero en la segunda cita, Fulanito comienza a mostrar un comportamiento errático ytontolculesco: flirtea hasta con una escoba vestida y se frota con todo el mundo cual Aladín con su lámpara maravillosa. Entonces vas y, de buen rollo y eso, sin acordarte de su puta madre ni nada, le preguntas qué carajo le sucede. Y él te contesta:

—Es que mi novio me hizo mucho daño y lo pasé fatal. 

Esta sencilla frase, al parecer, explica que se muestre como un gilipollas integral de nivel 1. Claroquesímujé. Le sigue la exposición del suceso, que suele ser algo parecido a “entiéndeme, es que éramos muy felices, pero le cogieron en Operación Triunfo, se fue de gira con Chenoa, me dejó por ella y me costó mucho superarlo y reinventarme”. Una cosa superoriginal que nunca le ha pasado a nadie, porque, por supuesto, ninguno de nosotros hemos tenido un novio hijoputa que nos ha hecho trizas y por el cual hemos llorado más que Mariah Carey cuando supo que Papa Noel no existía. Nadie nunca, jamás, en toda la Historia ha sufrido por amor.

2. Tu mariliendres de confianza, un día como otro cualquiera, se pone a gritarte de manera desaforada por algo tan sumamente importante como que no has comprado el chorizo de la marca que a ella le gusta. Unos gritos que hasta te hacen un nuevo peinado e insultos que ni siquiera yo podría reproducir que quedan zanjados poco después con un:

—Tienes que entenderme. Es que lo estoy pasando hipermal.

Pues la chiquilla puede estar pasándolo fatal por muchos motivos, desde la grave ruptura de una uña hasta una pelea con su juguete sexual favorito. Ya sabes, esas cosas que únicamente le pasan a ella: tú nunca tienes problemas porque vives con los osos amorosos (que no es lo mismo que crearte un perfil en el bear, ojo).

3. Conoces un tío que es un cabrón. Sin más. Para más información sobre qué es un cabrón, manden privado y les envío foto de unos cuantos de mis exs. La cosa es que el cabrón se justifica de la siguiente manera:

—Soy un cabrón porque me han hecho muchas putadas en la vida.

O lo que es lo mismo, yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así. Un verdadero clásico. Porque, por supuesto, sólo a él le han hecho putadas. Tú has vivido en una nube de caramelo sin que nadie te haya hecho la trece catorce de mala manera dejándote con esa cara de memo embrutecido que se nos pone a todos cuando nos traicionan o nos engañan. Qué va, dónde va a parar, a mí no me han hecho ni una putada, ¡ni una!

Una vez entendido el concepto, vayamos a la idea principal: estoy hasta las pelotas de que la gente se justifique en su victimismo para hacer lo que le da la gana como norma y estilo de vida y exijan que se les dé un trato especial tomando como excusa su sufrimiento. Que sí, que pobrecitos, que lo están pasando mal y que hay que comprenderlos. Desde luego que sí. Yo soy el primero que pongo la oreja cuando hace falta, que empatizo. Pero es que, ya puestos, si yo tengo que empatizar con ellos, que empaticen ellos también con los demás, que se pongan en su lugar del mismo modo que exigen. Porque, no sé, así, por decir algo, todos lo pasamos mal. Todos sufrimos. A todos nos ocurren cosas. Y, por descontado, todos tenemos problemas. Pero eso no nos da derecho a volvernos unos hijos de puta, o a tratar mal a la gente, o a gritarle e insultarle, o a montarle un expolio por una gilipollez. O a manipular a los demás con ese victimismo por bandera para conseguir que hagan lo que queremos porque es que, mira, de verdad, lo estamos pasando fatal.

O sea, que por muy mal que lo estés pasando y por muy sumido en tu propia tragedia que estés, es mucho mejor que entiendas que todos tenemos nuestras propias preocupaciones y sufrimos a nuestro modo y que no vamos por ahí tirándoselas a la cara a cualquiera. No eres más mártir que nadie. Y, por supuesto, tus problemas y tu sufrimiento ni son más importantes que los del resto ni te dan ningún derecho especial para comportarte como un animal de bellota.

Empatía, queridos, empatía, que si unos podemos, otros también.