¿Quién hace de hombre y quién de mujer?

Es la eterna pregunta que muchos heterosexuales y algunos homosexuales plantean ante una pareja de dos hombres o de dos mujeres: uno de ellos, a la fuerza, tiene que ejercer un papel masculino y el otro uno femenino. Pero, ¿por qué esta necesidad de establecer roles diferenciados y aparentemente complementarios?

El novia y la novio.

El novia y la novio.

El otro día, conversando con unos amigos heterochachis, surgió un debate en torno a la gran pregunta, ésa que te hacen cuando logras lo imposible, cuando consigues eso tan increíblemente difícil que trae por el camino de la amargura a la Humanidad desde el principio de los tiempos, cuando corríamos encorvados y llenos de pelo y huíamos de los depredadores y cuando las técnicas de cortejo se limitaban a pegarle al ser amado con la porra y arrastrarlo del pelo a una cueva: encontrar pareja.

Cuando por obra y gracia de San Palomo Cojo los mariquitusos y las bolliguays conseguimos algo parecido a un noviete/novieta, a los especímenes heterosexuales se les plantea una duda impepinable. Ellos te miran atentamente, con la interrogación de los grandes enigmas dibujada en sus ojos, se acercan a ti muy serios y entonces te plantean una cuestión vital para el ser humano y la Historia: en tu relación de pareja, ¿quién de los dos hace de mujer y quién hace de hombre?

Ojo, que la pregunta tiene miga y hay que decir que yo conozco a más de uno y de dos que aunque no la hayan formulado en pos de perpetuar lo políticamente correcto (y no quedar como un gilipollas con la misma capacidad de razonamiento de un mosquito), se la han callado, pero aun así la han pensado. Y digo que tiene miga porque, de algún modo, lleva implícita una segunda cuestión, mucho más grave (si cabe) que la principal: entre tu novio y tú ¿quién es más maricón? / entre tu novia y tú, ¿quién es más machorra? Tope chuli. ¡Vivan las rebajas neuronales!

Tengo que decir a favor de los individuos heteroguays que este pensamiento no sólo es propio de los de su orientación sexual; los mismos homosexuales interiorizamos esta idea e incluso la reproducimos en determinados casos. Sin ir más lejos, hay un estereotipo bastante común entre mariquitusos: el gay machorro, el cual no es más que un varón heterosexual machista adaptado al uso que busca en sus parejas a gays afeminados (en el peor sentido de la palabra, estableciendo equivalencias entre feminidad y debilidad de carácter y de autoestima) con el fin de establecer una relación de poder que lo sitúe en una posición de superioridad basada en su cualidad masculina (en lo machote que es). Algo que también es equiparable a ciertas relaciones lésbicas, en las que se sigue, exactamente, el mismo patrón descrito.

Por descontado, esta suposición acerca de los roles entre maricones y bolleras en las relaciones de pareja no es fortuita. Parte, sobre todo, de una premisa fundamental: la necesaria complementariedad entre hombre y mujer; o sea, que es un asunto de género y en nuestro caso recae sobre la pluma (ergo el aceite vertido) y los roles (si haces cosas de tío o de tía, tía).

En cuanto a la pluma, el pensamiento popular cree que cuanta más pluma tenga un hombre, más tendente será a convertirse en la mujer de la pareja. En el caso de nuestras amigas las lesbianas es igual: cuánto más pluma, más hombretona será. Esta apreciación, que algunos consideran inofensiva (porque dicen que los gays nos quejamos de cuarto oscur… de puro vicio) va seguida de una idea fundamental: los gays machotes se casan con los gays nenazas y forman un perfecto matrimonio de maricones complementarios. Mire usted qué bien. Dos gays machotes son incompatibles, vamos, es que ni siquiera pueden sentirse atraídos. Y dos gays con pluma jamás harán nada juntos salvo ir de compras y ponerse las mechas los lunes por la mañana mientras despellejan el último maxi single de Chistina Aguileña. O sea, que tanto maricones como lesbianas debemos reproducir los patrones masculino-femenino de las relaciones heterosexuales; otra cosa no vale.

En cuanto a los roles, parece claro que el gay machote es el que sale de casa a ganarse el pan en un trabajo de verdad en el que cobra un pastizal (abogado, contable, empresario…); mientras que el gay nenaza tiene un trabajo menos importante y peor remunerado (dependiente, camarero…), razón por la cual tiene más tiempo para ocuparse de las tareas domésticas. Pero lo más revelador es lo que piensan nuestros amigos los heterochachis: al parecer está clarísimo que el gay que hace de activo sexualmente hablando es el macho y por tanto hace de hombre en la relación, mientras el que hace de pasivo y pone el culete es el más femenino y asume el rol de mujer. La palabra versátil no existe demasiado en este pensamiento, dado que los roles deben estar perfectamente marcados y delimitados: ¿un gay pasivo machote? ¡Qué disparate!

Ironías aparte, esto pasa por muchos motivos, pero el principal es que tanto muchos heterosexuales como una cantidad considerable de homosexuales, tienen la firme creencia de que las relaciones de pareja entre dos personas del mismo sexo deben basarse en los tradicionales preceptos que han seguido las relaciones heterosexuales. Y esto no lo digo como defensor de las relaciones gays, que también, porque yo, qué quieren que les diga, cuando me eche un novio no pienso ser el hombre ni la mujer de la relación; y si alguien me pregunta quién es la mujer de la relación le contestaré, sin más, que no sé, que no veo ninguna mujer, que a lo mejor la mujer de mi noviazgo no es otra que su santa y puñetera madre. Lo digo porque mientras no se superen estas ideas antiguas asociadas a los supuestos roles que las mujeres y los hombres deben mantener, las relaciones de pareja en general estarán abocadas al fracaso y serán susceptibles de convertirse en relaciones de poder, en las que un miembro (el que hace de hombre, claro) tiene muchos más privilegios que el otro. Por mucho que hagamos campañas de igualdad de oportunidades, contra la violencia de género, para compartir las tareas del hogar, de maternidad y paternidad igualitaria… las cosas no van a evolucionar hacia donde supuestamente deseamos, porque ni siquiera estamos mirando hacia ese lugar. Seguimos pensando que el mundo se divide en hombres y en mujeres y que entre ellos, al margen de las características físicas evidentes, hay diferencias innatas que los sitúan en un plano superior o inferior.

Mientras no superemos esto, mientras no dejemos de pensar que en las relaciones debe haber a la fuerza, un lado masculino y otro femenino que se complementan, no habrá igualdad. En ningún sentido. Y es que las únicas alianzas buenas son las que hacen los hombres y las mujeres que actúan y se ven a sí mismos y a los demás simplemente como personas. Ni más ni menos.

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Un comentario en “¿Quién hace de hombre y quién de mujer?

  1. pua dijo:

    Cuantisimos casos hay de estos,y no olvidemos el miedo que tienen muchisimos heteros en reconocer que les gusta que les metan el dedo en el culo. Algunos siguen pensando que este tipo de practicas los vuelven de la hacera de enfrente.
    aparte de todo este tema de quien es el macho alpha y quien laa cabra que tira al monte, no olvidemos los prejuicios sue sigue habiendo con las personas que tienen cierta pluma y que no pertecen al mundo del ambiente, al igual que hay gfnte que no tienen nada de pluma y que a simple vista nadie pidria pensar su orientacion sexual.

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