El hijo de perra pragmático

Que la vida es larga y dura (sin chistes. ¡Agárrame la vida! Vaya por Dior, ya salió el gracioso de turno de entre bastidores) lo sabemos todos. Resulta que vivimos en tiempos difíciles, en los que la economía va mal, la cola del paro crece como si fuera un pito que se empalma (en el caso de que usted haya conocido varón. Yo desde luego que no), en los bares huele de pena como consecuencia de haber eliminado el humo del tabaco, las guerras, el hambre, los concursos de Eurovisión, la destrucción del abrigo de la capa de ozono, Marta Sánchez y su charco de vómito disco de duetos… Todo apunta al desastre y si nos ponemos tontos es muy fácil caer en la que, seguramente, será la enfermedad del futuro: la depresión galopante. El mundo está fatal de los nervios, mire usté por donde, y lo que es peor: trata de contagiarnos desquiciándonos.

Y resulta que uno le pone carácter, oiga, que no se deja llevar por la corriente de heces que trata de arrastrarle al acabose, que se planta todas las mañanas delante del espejo y se dice a sí mismo: “Buenos días, princesa. El mundo es una mierda del tamaño de la cabeza de Berlusconi (va con segundas, claro), pero tú vas a hacer que las cosas sean estupendas a tu modo, aportando tu pequeño granito de arena, dando lo mejor de ti mismo a tu alrededor y haciendo con los demás lo que esperas que hagan contigo”. Jo, qué bonito, los vellos como escarpias. Y lo haces, y si es preciso te practicas una lobotomía para pasar por alto la tocada de huevada de todos los días de la gente.

Pero, querida lector, resulta que vivimos en un mundo de hijos de perra. Y, en concreto, hay un tipo, un pequeño hijo de perrilla, que se dedica a joderte por el simple hecho de que tú sigas creyendo en el mundo, en la gente y en que las cosas pueden ser chachi pirulis si nos lo proponemos: estamos hablando del hijo de perra pragmático.

El hijo de perra pragmático fue probablemente un ser maravilloso que corría por un campo de amapolas cuando era niño. Pero los avatares de su existencia le llevaron a perder toda la fe en sus mitos a base de palos hasta en el cielo de la boca (o eso es lo que piensa él. Si le preguntas no dudará en decirte que él lo ha pasado muy requetemal, tía. Animalico). Esto se traduce en una falta absoluta de fe en el ser humano que no es más que un egoísmo exacerbado y pueril: como me han hecho pupa, ahora me voy a portar mal y mis pensamientos prioritarios a la hora de desenvolverme en el mundo son los siguientes:

a.Yo
b. La pelusilla de mi ombligo.
c. Mi aparato genital (alrededor del cual describe su órbita la Tierra, que es plana).
d. Yo.

Así que se transforma en una especie de cabroncete y, como les pasa a todos los hijos de puta, sigue el pensamiento del ladrón: cree que todos son de su condición: yo soy un egoísta, pero la gente más. Si Freud levantara la cabeza diría que esto es una proyección del pensamiento para justificar la propia conducta sesgada. Hale. A tomar por culo la patineta.

Por eso, los hijos de perra pragmáticos no pueden tolerar que tú seas buena persona, te portes bien con los demás y hasta hagas algo para arreglar el mundo, de manera que intentarán por todos los medios amedrentarte, hacerte ver que estás perdiendo el tiempo y que su visión del mundo, en el cual el hombre es un hijo de puta lobo para el hombre es la adecuada y correcta (porque ellos, no sé de qué modo, me lo expliquen, piensan que con este pensamiento van a ser taco de felices). Para conseguirlo, acudirán a coletillas muy elaboradas como:

-Eres un idealista y te vas a caer con todo el equipo. (Gracias por tus ánimos, mariccccccón.)

-Hay que ser más egoísta y no pensar tanto en los demás. (La empatía es un nuevo sabor de helado del Mercadona, ¿verdad?)

-Todo el mundo va a la suyo y tú eres un ingenuo. (¿Mande? Pero si yo solo le he dado los buenos días a ese señor, oiga…)

-No sé para qué haces Trabajo Social, ¿para ayudar a los despojos sociales? (Ignorando que él es el mayor despojo que hay sobre la faz de la Tierra por realizar semejante afirmación).

-Todo el mundo es malo, malísimo. (Esto es producto de que le quitaran su tractor de juguete en el cole).

-Te crees la Madre Teresa porque piensas que vas a cambiar el mundo. (Desde luego, es mucho mejor creerse primo hermano de Hitler, de Rouco Varela, de Ana Botella, de alguien terriblemente malo y dedicarse a joder. Mucho más satisfactorio, donde va a parar).

-Te han hecho daño por tonto. (Sí, la verdad es que hay mucho subnormal suelto, sobre todo en su casa.)

-Te lo mereces por confiar en los demás. (Frase que es taco de útil, viene en todos los libros de autoayuda.)

-Todo vale. (Todo vale excepto cuando la cosa les perjudica, claro. Viva la ley del embudo, ¡viva! Viva el holocausto neuronal, ¡hurra!)

-Hay que ser pragmáticos y dejar a un lado las ensoñaciones. (Es que ahora resulta que como sinónimo de pragmático la RAE ha añadido la acepción “comportarte como si fueras un desgraciao”. Por lo visto.)

Y otras tantas lindezas que reflejan su absoluta falta de valores y su gilipollitis congénita (decir que una polla de plástico dispone de más valores y de más inteligencia emocional que ellos ofendería al colectivo de pollas de plástico que nos leen desde todos los lugares del mundo).

En realidad, lo que les pasa a este tipo de hijos de puta es que el hecho de que tú te portes mejor que ellos los deja mal, puesto que piensan que la reacción lógica y normal es volverse un cabrón conforme va pasando el tiempo. Tomar el camino de portarte mal y ser rebelde porque el mundo te ha hecho así (angelicos, pobres víctimas, si lo han pasado muy mal. Nadie más, sólo ellos, el resto vivíamos en el mundo de la piruleta mientras sufrían problemas tan graves como que les dejara un novio, un dramas muy por encima de el de los supervivientes de Haití) es mucho más fácil que pensar que los acontecimientos que nos suceden son hechos aislados, que nadie tiene la culpa y que hay gente que de verdad vale la pena por ahí y que no se merece que nos comportemos como memas de manual. O sea, ser maduros y superar nuestros traumas sin lanzarle nuestra mierda a la cara a nadie, mari, que no es tan complicado si uno se lo propone.

Por eso, queridas lectoros, cuando se crucen con uno de estos ejemplares de la subespecie humana hijoputesca que os diga que sois unos idealistas, que hay que ser pragmáticos y que os señale que sois tontos por confiar en los demás y por el hecho de que vuestra conducta se rija por valores como la empatía, el respeto, la coherencia y la bondad humana, no se dobleguen, no piensen que ellos tienen la razón y, sobre todo, no duden ni un instante en levantar los puños; no para pegarles, sino para enseñar a continuación la longitud de sus dedos corazones. Acójanse a ellos. La Igartiburu realizaba un auténtico alarde de sapiencia cuando decía aquello de os quiero, corazones.

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3 comentarios en “El hijo de perra pragmático

  1. lakittywoo dijo:

    “Nosotros tenemos

    la alegría de nuestras alegrías

    y también tenemos

    la alegría de nuestros dolores,

    porque no nos interesa una vida indolora

    que la civilización del consumo

    venda en los supermercados

    y estamos orgullosos

    del precio de tanto dolor

    que con tanto amor pagamos

    Tenemos la alegría de nuestras derrotas

    porque

    la lucha por la justicia y la belleza

    vale la pena

    también cuando se pierde

    Y sobre todo, sobre todo tenemos

    la alegría de nuestras esperanzas

    en plena moda del desencanto,

    cuando el desencanto se ha convertido en artículo de

    consumo masivo y universal,

    nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes

    del abrazo humano”

    Eduardo Galeano

  2. lakittywoo dijo:

    Saber que, al menos, hay gente de tu raza por ahí hace que uno se sienta menos solo. Seremos unos ingenuos, pero al menos podemos mirarnos al espejo por las mañanas.

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