La gente no sabe hablar

¿Te ha pasado alguna vez que te ha costado la vida mantener una conversación con un desconocido porque éste tenía la misma predisposición para hablar que una farola? Aunque vivimos en la era de la comunicación, la gente no sabe relacionarse. Por eso es tan infeliz…

Lo que tú "dises" no puedo "entendel".

Lo que tú “dises” no puedo “entendel”.

Seguro que tú también has escuchado alguna vez eso de: “yo quiero a alguien con quien pueda hablar de todo, desde comentar estilísticamente un poema de Neruda a la última expulsión de Gran Hermano, que se nos vaya la noche conversando”. Superguay, tía. Pero luego, a la hora de la verdad, cuando conoces a alguien…

Tú:—Hola.

Él:—Hola.

Tú:—¿Qué tal? ¿Cómo llevas la semana?

Él:—Bien.

Segundos de perplejidad absoluta frente a la pantalla del ordenador o frente a la cara del sujeto en los que lo único que pasa es una planta rodadora del desierto. Ni siquiera te devuelve la pregunta, que ya puestos… Todavía no conozco a nadie que se haya muerto por poner o decir un ¿y tú?

Tú:—¿Has hecho algo interesante?

Él:—Trabajar.

Tú:—¿En qué trabajas?

Él:—Oficina.

O_O’ Más segundos de perplejidad absoluta. ¿Oficina? ¿Haciendo qué, maricón? Estás sudando la gota gorda intentando sacar tema de conversación, no me digas que no.

Tú:—Y qué buen tiempo hace hoy, ¿no?

Él:—Psé.

Tú:—¿A qué dedicas tu tiempo libre?

Él:—Un poco de todo.

U_U’ Vamos, no es tan difícil, esfuérzate, cuéntame algo, coño, que ya que me has añadido al Messenger o me has aceptado (me da lo mismo) o estamos hablando en este garito de mierda en el que cobran el garrafón a seis euros, al menos podrías hablar. Sí, ya sabes, esos sonidos que los seres humanos emiten al hacer vibrar las cuerdas vocales y que sirven para comunicarse… Aunque puede ser que en un momento, movido por el crecimiento exponencial de su entrepierna, te suelte:

Él:—Mmmm… Guapo.

Tú ser guapo, apo, apo. Amigo, cama. Follar, masturbar, fornicar, chupar. ¿Tú querer ser mi uka chaka esta noche? Yo Tarzan Mongolo, tú Pobre Marica Jane.

Tú:—Uy, pero qué tarde es. Me marcho, que tengo que escupirle a los geranios a ver si crecen. Por cierto, mi semana estupenda, gracias por preguntar. Eres taaaaanagradable, comprensivo, comunicativo y simpático… de verdad, me has calado hondo. Creo que un gato de escayola me importa más que tú en este momento de mi vida.

Esto, que yo cuento así de dicharachero porque tengo taco de desparpajo es una constante de los tiempos modernos. Y, además, es uno de los motivos por los que las cifras de personas que padecen depresión suben cada día más que el recibo de la luz. No es que lo diga yo porque tenga unas relaciones comunicativas estupendas y orgásmicas con mis amigos y con mis amantes. No. Unos señores que son muy sociólogos, muy psicólogos y muy antropólogos cuentan, rumorean, comentan, que el ser humano es un ser social: necesita relacionarse con otros seres humanos para sentirse realizado como persona. Hablar, expresarse, contar cosas, transmitir sentimientos e información es vital. Vamos, que por algo nos inventamos el lenguaje, coño, que no fue porque estuviéramos aburridos una tarde del mes de agosto y se nos pinchara la pelota de playa.

Una vez más, no se me ha ido la cabeza. Como prueba dejo unas palabras de unos expertos en la materia: el individualismo extremo, el aislamiento, el cambio acelerado de las formas de producción, conocimiento y relación están provocando el analfabetismo relacional. Éste se define como la ausencia de las habilidades sociales básicas que permiten una interacción social adecuada, una inclusión positiva en nuestro entorno.

O sea, mari, que nos hemos acostumbrado a vivir solicos, contar sólo con nosotros mismos y a mirar única y exclusivamente por nuestro culo promovidos por un valor social en alza que promulga el egoísmo y usar al resto de la gente como si fueran clínex (me relaciono contigo si me sirves para algo y en cuanto dejes de servirme te pego una patada en el ojete). Y esto, que algunos dicen que es necesario para protegerse porque la gente es mala, mala, mala y hasta que es muy guay porque “yo hago lo que me sale del papo, no me importan los demás, no doy explicaciones y así soy muy feliz” (palabras basadas en hechos reales. Animalico…), no es positivo en absoluto sino que constituye una espiral según la cual cuanto menos nos relacionamos de forma sana y altruísta, menos capaces de hacerlo somos y menos posibilidades de sentirnos bien tenemos a nuestro alcance. Por tanto, es natural que cuando miramos a nuestro alrededor y vemos que nuestras relaciones son tan profundas como las letras de las canciones de La Oreja de Van Gogh nos deprimamos. Haberte comunicado mejor, leñe.

Vivimos en sociedad pero no sabemos relacionarnos porque la ideología que sustentamos nos sumerge hasta ahogarnos en un sueño de autosuficiencia. Y es un sueño porque, nos guste más o nos guste menos, necesitamos de los demás para sentirnos bien. Necesitamos experimentar la amistad, la lealtad, la cooperación, el altruismo, la complicidad, el respeto. No sólo para conseguir objetivos y resolver problemas que solos no podríamos conseguir ni de coña (como dice Marina, “necesitamos de la sociedad para alcanzar nuestros objetivos personales”); también para experimentar nuestra propia identidad y conocernos a nosotros mismos. El problema es que eso de necesitar a los demás nos hace sentir débiles y aquí todo el mundo quiere ser el fuertote de la reunión.

Necesitamos relacionarnos de manera sana para ser felices. Después de todo, la felicidad no es algo que ocurre porque sí, de la nada: es una actitud constante ante la vida. Comunicarse forma parte de ella. Estoy totalmente convencido. ¿Y tú?

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