El flirteo que no cesa

Estamos obsesionados con excitar a los demás. El coqueteo se ha convertido en la forma más habitual de subirnos la autoestima. Es tan frecuente y se ha normalizado tanto que hoy en día se puede flirtear en cualquier sitio, a cualquier hora, con cualquier persona y en cualquier circunstancia. Incluso cuando tienes pareja…

Una cosa es ser picante y otra una cacho guarra.

Una cosa es ser picantón y otra una cacho guarra.

 

—Ayer tuve una pelea con mi novio.

—¡No me digas! Espera, que saco mi carpeta a lo Diario de Patricia. Cuéntame, maricón.

—Resulta que se puso a flirtear con un tío.

—¿En una discoteca?

—Qué va, en el Mercadona. Se puso a tontear con un reponedor del supermercado. Pero en plan tonteo total. Vamos, si es que parecía que se iban a dar el teléfono en cualquier momento…

—¿Y qué pasó?

—Pues que me mosqueé con mi novio y le dije que de qué iba. ¿Sabes qué me contestó?

—Ilumíname.

—Me contestó que no pasaba nada por tontear, que no iba a pasar de ahí, que no estaba haciendo nada malo y que no tenía que enfadarme, ya que, al fin y al cabo, al final con quien se iba a casa era conmigo.

—Qué majo tu novio. Léete mi artículo de esta semana, anda, mona.

Si a mis queridas lectores les ha dado por mirar a su alrededor durante un intervalo mayor a cinco segundos se habrán dado cuenta de que hay una cosa que la gente hace todo el tiempo. No, no estoy hablando de tocar las pelotas, aunque éste es uno de los deportes favoritos de nuestros días (deberían hacerlo olímpico, yo creo que habría una dura competición por el oro). Lo que la gente hace muy a menudo es flirtear con sus semejantes.

El flirteo es una cosa de lo más cotidiana. El rollo este de aparearse y de que forniquemos unos con otros como si el mañana no existiera se rige a través de un juego de seducción en el que se siguen unas pautas de cortejo, unas señales para llamar la atención de los posibles sujetos con los que copular. Algunas son más sutiles: un guiño a destiempo (un guiño disimulado, no cerrar el ojo durante cuarenta y cinco minutos), una caída de pestañas (es decir, poner cara de putita), una sonrisa precoital (es decir, poner cara de puta), fruncir los labios haciendo una O (es decir, poner cara de putón), un juego de miradas insinuantes, algún comentario con segundas (que guapo estás hoyqué majo eresme encantaría volver a quedar contigo) e invitaciones formales a copas, cenas, cafeses y otras bebidas y comidas aparentemente no sexuales (no me seas memo, no vayas a invitar al tío al que te quieres cepillar a merendar un plátano, que eso no está bonito).

Sin embargo, hay otras señales que son un poco más explícitas para aquellos más atrevidos: un jadeo de perra en celo en la oreja del sujeto, tirarle tus bragas a la cara, piropos claramente dispuestos para señalar la poca vergüenza que se tiene y propios de obreros de la construcción (te voy a hacer un traje de salivaquien fuera calzones para tocarte bien los cojonestienes unos pezones como para colgar abrigos de pana mojaos) y, siguiendo esta línea taco de avanzada, pegarle con una porra y arrastrarlo del pelo hasta tu cueva (puro siglo XXI, oye).

Pues bien, resulta que los seres humanos de estos tiempos tenemos una autoestima un par de puntos por debajo de la de Kafka. O sea, que para sentirnos chachis con nosotros mismos nos da por querer poner palote a todo el mundo (como ya dije una vez, la filosofía de este tiempo es si no excitas no eres nadie). El flirteo es una buena manera de comprobar el grado en que gustamos a los demás. Cuando coqueteamos con alguien e intercambiamos señales, estamos reafirmando nuestra autoestima, nuestra capacidad de seducir. Y esto, lo de sentir que estamos rebuenos, es la mayor obsesión de los habitantes de nuestra sociedad. Y, concretamente, en el tema que nos ocupa, tiene consecuencias. A saber:

a. Que la gente flirtee a todas horas y en cualquier lugar. Ya no se tontea sólo de madrugada en bares y discotecas, sino que uno va a comprar una barra de pan a las nueve de la mañana y descubre que el panadero la fricciona al meterla en la bolsa con una pasión desmesurada mientras le mira a los ojos con una cara muy parecida a la que ponen las guarrillas de las portadas de la Interviú. Los gimnasios, los centros comerciales, las tiendas, los autobuses, las bibliotecas (esos sitios en donde hay libros, ya sabes), las bodas, los bautizos, las comuniones e incluso los entierros. Cualquier circunstancia es susceptible de convertirse en escenario de flirteo.

b. Que cualquier comentario o gesto sea interpretado como una puerta abierta al flirteo. Ya no puedes preguntarle la hora a un tío sin que éste piense que te lo quieres montar con él. Y si miras a alguien distraídamente, pensando en tus cosas, es probable que ese alguien se acerque a ti alegremente y te dé su número de teléfono y hasta las llaves de su piso. Y si ya le das los buenos días al cartero, te digo yo que éste termina llamando dos veces, sí, pero con la punta de la polla.

c. Que la gente flirtee incluso cuando tiene novio. Y encima venga con el cuento, como en el caso de nuestra querida amiga del diálogo inicial, de que tontear no está mal, que no pasa nada, que es algo superchuli que se puede hacer a cada momento sin que eso de tener novio influya para nada. Normalmente, los que te cuentan esta milonga se escudan en que aunque flirtean hasta con las columnas, sus señales son sutiles y nunca cruzan la línea, nunca se acuestan con nadie, con lo que no ponen los cuernos y, por tanto, su comportamiento no es reprobable.Porque, cari, no te enfades, si no pasa nada. Lo que cuenta es que te elijo a ti, no a esos con los que me restriego y a los que me gusta poner cachondos. Hay que joderse.

Asumiendo los riesgos, voy a decir una cosa superfuerte: flirtear con otros tíos cuando se tiene novio está mal. Ya sé que eso de subirse uno la autoestima mola mucho, que es guay, que a todos nos gusta sentirnos deseados y que encima esta sociedad es propensa a que lo hagamos porque no nos enseñan a reafirmarnos de otro modo. Pero, mira, hay una cosa que se llama empatía, y que significa que si te pones en el lugar de tu novio descubrirás que a él no le hace ninguna gracia que te vayas restregando contra todo bicho viviente pidiendo guerra; entre otras cosas porque esto es una falta de respeto. Que no, que no se trata de celos ni de infidelidad, que no es que le preocupe que te vayas a zumbar a todos esos tíos con los que flirteas.

Se trata de que cuando te subes la autoestima de este modo, es muy probable que la autoestima de tu novio descienda. Y sentirte bien a costa de que otra persona se sienta mal está muy, pero que muy, feo. Y más si esa otra persona es tu novio…