Clásicos de ayer, hoy y siempre

“Ahora mismo no sé lo que quiero”, “no estoy preparado para una relación”, “no creo en el amor”… Hay determinados clichés que, a pesar de resultar de lo más manido, se siguen utilizado como excusa para terminar relaciones. La originalidad brilla por su ausencia…

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Lo que oigo cuando me hablas, tía.

Cuando uno es sociable, es decir, le echa un par de huevos para salir a la calle y conocer gente, con todo lo que ello conlleva (esto es, exponerte a los problemas mentales de todo cristo: que la gente no sabe dejarse sus traumas donde deben estar, leñe, enterrados en la infancia, que los psicoanalistas también tienen que comer) uno se da cuenta de muchas cosas. Entre ellas, quehay una lista de clichés fijos, de frases hechas, que son como comodines y que sirven para cualquier situación y/o maricón.

Querido lectora, la tele ha hecho mucho daño: la gente se cree que está todo el tiempo delante de una cámara interpretando el papel de su vida. El cole no estimula la imaginación y la creatividad, y, claro, el personal tira de películas o telenovelas de sobremesa. Y encima se creen que quedan de puta madre, cuando, en realidad, no están diciendo nada. Ya sabes, tía, lo típico: conoces a alguien, sea en el dentista, en una biblioteca o en un bar de ambiente, y resulta que cometes el fatídico error de hablar con las personas en lugar de poner el salvapantallas o, sencillamente, fornicar como un poseso con ellas. Entonces siempre se da una situación en la que surge la típica frase que has oído unas tres mil quinientas veces, tirando por lo bajo. Por ejemplo…

-Es que a mí me han hecho mucho daño. Y entonces, claro, me cuesta relacionarme con los maricones; porque, verás, yo lo he pasado muy mal. Yo conocí al que creí que era el amor de mi vida con 24 años y me dejó y ahora pues me cuesta mucho volver a relacionarme y a confiar en los hombres. Lo he pasado tan mal, que tienes que entender que se me vaya la pinza y tenga una conducta más errática que Melendi borracho en un avión. A mí esto me encanta porque yo no sé si los sujetos que dicen esto tan alegremente, como si sus vidas fueran unos auténticos dramas, se han parado a pensar que a estas alturas a todos nos han hecho pupa y no vamos por ahí balbuceando ni llorando en plan víctima. De manera que, querido, si a ti te han hecho mucho daño, a mí también. Así que, o nos comportamos como personas adultas que superan sus problemas y no los pagan eternamente con todos los posibles novios/rolletes/follamigos/rocescasualesnocturnos del presente y del futuro o pedimos el bono especial 2×1 en el psicólogo de la esquina. Como tú veas, pero dímelo ya.

-Es que yo soy así. Y tienes que respetarme. Es lo que hay. Y si soy un chulo de mierda pues te fastidias porque yo soy así. Y si me como el hocico con todo bicho viviente a pesar de que te estoy vendiendo la moto de que quiero una relación seria contigo, pues te jodes, porque es que yo soy así, ¿sabes? Y si ahora no te hago caso para que vengas detrás mía, pues tú me respetas y vienes detrás mía y haces lo que yo te mande, porque es que yo soy así. ¿Tú? ¿Que qué pasa contigo? Ay, perdona, yo es que desde que me han hecho tanto daño sólo pienso en mí mismo. Soy así. Esto es poner de tu parte para tener una relación y lo demás son tonterías. Guay.

-Es que tú no me conoces. No sabes nada de mí, no puedes juzgarme, no tienes ni idea. O sea, esta es la típica situación en la que le dices al tipo “mira, bonico, eres un gilipollas, un niñato y estás nominado por haberte comportado como un animal de bellota”. Y él te suelta lo de que es que tú no le conoces. Y es cierto, no le conoces. De hecho, si empezaste a relacionarte con él fue para conocerle y por eso tienes que establecer juicios de valor en base a su comportamiento. Ni más ni menos, lo que hace la gente cuando se relaciona, maricón. Que digo yo que si quieres que te conozca compórtate como una persona sana y equilibrada y déjate conocer, no me vengas con historias. Pero claro, como le han hecho tanto daño, se ha creado un escudo que oculta su verdadera personalidad. Superchuli, tía. Pero lo hace para que no le ataquen los demonios, en plan círculo protector de las Embrujadas (Charmeden el extranjero).

-No eres el tipo de chico que me gusta. Eres muy majo, pero no eres mi tipo. O sea, tía, espero que no me hayas malinterpretado, pero es que tú y yo no funcionaríamos. Es que ni de coña. Eso sí, esto lo dicen cuando se han pasado horas, días e incluso semanas llamándote a todas horas, haciendo comentarios tendenciosos y bromas sexuales, habiéndote comido el hocico y habiendo mantenido un flirteo explícito entre maricones tan enorme, evidente y mayestático que a Rouco Varela se le habrían saltado los empastes. Porque los que te dicen esto no se han dado cuenta en ningún momento de que estaban tonteando contigo, qué va. Y, lo que es mejor, te harán pensar que eres tú, que es que los has malinterpretado y que te arrimas y te haces ilusiones con cualquiera que te haga una chispa de caso. Pues claro, que hablaras de los 25 hijos que íbamos a tener juntos no debería haber dado pie a que yo pensara que podríamos tener algo. Qué tonta.

-Es que ahora mismo no sé lo que quiero. Estoy hecho un lío. Yo soy una persona supercomplicada. Claro. Porque tú sí, tú sabes perfectamente lo que quieres y lo que vas a hacer con tu vida de aquí a los 57 años, habiendo planificado día a día lo que te vas a poner, lo que vas a decir, lo que vas a comer y hasta el número de veces que te la vas a cascar. Él no ha planificado su vida. Animalico. Qué desastre. Que se haga perroflauta, que lo del rollo caótico alternativo vende mucho y también tiene su público.

-No estoy preparado para mantener una relación. Por supuesto, tía. Entiéndelo. Es que él no hizo el cursillo gratuito aquel para desempleados sobre “cómo prepararse para hacer vida en pareja con otros maricones”. Tú sí, lo tienes ahí, junto a tus otros 2345 títulos y hasta sacaste matrícula de honor en el módulo “cómo identificar al tonto del pueblo”.

-Yo es que soy muy sincero. Y me encanta la sinceridad. Entonces, por eso te digo las cosas a la cara. Aunque te esté faltando al respeto. Qué más da si destrozo tu autoestima, yo estoy siendo sincero y si te ofendes tienes un problema. Por supuesto, ni se te ocurra decir algo sobre mí o sobre mi persona, que es que, además de sincero, soy muy sensible.

-Yo es que ya no creo en el amor. ¿Sabes? Estoy por encima de eso. Y me he desenamorado. El amor no existe, es una invención. Yo ya no. Y digo yo… si no crees en el amor ¿para qué coño te haces un perfil en cada página de contactos buscando pareja y por qué te estás empeñando en contarme tu vida aquí, tirado en la cama, semidesnudo, después de haber echado un polvo, si ya deberías haberte subido las bragas y haberte largado a follar con otro?

-Me gustas mucho. Por eso creo que debemos dejarlo. ¿Hola? Me he perdido, ¿me prestas los apuntes?

-Tenemos que dejarlo. Pero podemos ser amigos. ¡Qué chuli! Mira, es que, no sé, ¿sabes? Así, por decir algo. Yo no quiero que seamos amigos. Yo ya tengo muchos, muchísimos amigos. Y, por si se te había olvidado, estoy enamorado de ti. Pero gracias por ser tan considerado. Eres tan bueno y generoso ofreciéndome tu amistad como premio de consolación… Gandhi a tu lado era un mero aficionado.

-Dame tu número y ya si eso te llamo para tomar café. Claro que sí. Para tomar café. No para follar, no. Para tomar café. Y lo peor es que no te llama ni para una cosa ni para la otra. Pero de algún modo hay que rellenar las 500 entradas de la agenda que traen los móviles de hoy en día.

En fin, que al final, lo que te queda es resignarte y concluir que el día que tú vayas a dejar a alguien al menos vas a tomarte la molestia de inventarte algo nuevo, original y creativo. Por variar, vamos.

 

Miedo

Ser hermético no sirve de nada. De nada en absoluto. A pesar de lo que a muchas personas les encanta afirmar con rudeza y cierto aire de condescendencia hacia aquellos que no siguen su ejemplo, parapetarse en la dureza acusada de las rocas como mecanismo de supervivencia es una tontería de proporciones mayestáticas. Al menos cuando se toma por costumbre.

No puedo remediarlo: odio a la gente indolente. Y a veces, muchas veces, tengo miedo de convertirme en uno de esos individuos con el paso del tiempo. Oh, no es que crea que va a ocurrir de la noche a la mañana, pero los sucesos fortuitos que pueden acontecer en mi existencia pueden ser muy variados. Ya sabes, es un proceso harto habitual, eso que tiene lugar cuando eres muy sensible y algo que te pasa te hace tanto daño que eres incapaz de lidiar con tanto dolor: mutas, cambias, asesinas tus emociones y algunos valores aparejados. O, tal vez, únicamente los escondes. En cualquier caso, da lo mismo: es sucumbir, rendirse, doblegarse. Pusilánimes.

Los indolentes van de fuertes porque creen que el hecho de que nada les afecte o les desequilibre los convierte en seres indestructibles y valientes. La fachada vende, es así. Sin embargo, la verdadera fortaleza y la valentía heroica se halla en aquellos que son capaces de dejarse afectar por todo y por todos y aun así continuar mirando hacia delante sin que eso les modifique ni un ápice esa cualidad de permeables. Nunca me cansaré de repetirlo: ser más fuerte no es ser más insensible.

Yo quiero ser permeable, quiero que las cosas me afecten, quiero exponerme al mundo y sentir todo eso que me ofrece, sea lo que sea. Para eso estamos aquí, ¿no? Pero, en ocasiones, me desconecto sin querer de mis sentimientos porque tengo miedo. Normalmente, el miedo huele a humillación, denota debilidad y me traslada a esos instantes de mi niñez en los que me sentía indefenso y vulnerable. El miedo me hace sentir como un crío asustado. Estoy aterrado. Tengo miedo de que si enseño lo que soy y lo que siento, el mundo vuelva a hacerme daño. Sé que es un sentimiento pueril. No debería dejarme llevar por él. Por eso, en ocasiones, me convierto en la sombra de todo lo que siento y pienso, apenas un amago de aquello que podría ser o de aquello que alguna vez fui. Enseño la patita en un patético intento de poner a prueba mi entorno, saber si de nuevo van a sacudirme tanto y tan fuerte que el mapa que habitualmente llevo se me va a volver a borrar.

Muchas veces tengo miedo, pero, ¿sabes una cosa? Todos lo tenemos. Estamos acojonados. Y ser hermético no sirve de nada, en absoluto. Lo tengo visto y comprobado. El miedo no se combate escondiéndote en tu carcasa e impidiendo que el resto de la gente pueda ver quien eres. El miedo se combate saliendo al mundo y exponiendo tus heridas más profundas. Por supuesto que tiene sus riesgos. Es probable que haya quienes al verlas se asusten y salgan corriendo. Muchos, en cambio, se acercarán a ti frotándose las manos y les añadirán sal a propósito para que escuezan. Otros las ignoraran porque es mucho más fácil engañarse pensando que no existe el dolor. Sin embargo, es probable que haya algunos, muy pocos tal vez, que se queden a tu lado y te ayuden a curarlas y a cicatrizarlas como auténticos enfermeros expertos. Es la única manera de identificar la calidad humana y descubrir lugares en los que sentirse confortado: brazos que acogen, que no asfixian ni rompen huesos.

Ser hermético y fingir que no tienes miedo es estar sin estar, es vivir sin vivir. Es como estar muerto sin estarlo. Y a mí me encanta sentirme vivo. Manías que tiene uno. Probablemente, vaya a seguir enseñándote mis heridas y mostrando mi miedo. Pero, ¿sabes qué? Lo peor de las personas suele ir unido inevitablemente a lo mejor. Tengo el defecto de ofrecerlo todo cuando creo que merece la pena, cuando descubro algunos de esos brazos acogedores. Es que eso no ocurre muy a menudo, qué quieres que te diga: son un bien escaso, los aprecio como oro en paño y me despiertan el querer. Y como dice esa canción que tanto me gusta, “yo cuando quiero, quiero, quiero”.

Latigazos de verano

Queridos lectoras, queridas lectores, el tiempo pasa, los minutos corren a la velocidad de la luz, tu cuenta corriente cada vez tiene menos dinero y las arrugas hacen estragos… Por mucho que te cueste admitirlo en un intento de prolongar lo que se llama la Operación Bikini porque empezaste hace tres días con la esperanza de tener una tabla de abdominales en menos de tres semanas (animalico, te acompaño en el sentimiento) las estaciones cambian. De modo que lo inevitable ha sucedido:

El verano ha llegado. Chán chán chán. O, por lo menos, el preverano, que viene a ser casi lo mismo.

No me di cuenta al pasar delante de El Corte Inglés y ver los escaparates (si así hubiera sido, este post habría sido escrito en el mes de diciembre), ni siquiera por el extraño hecho de que un día llevaba el plumón puesto y al siguiente me estorbaban hasta los gayumbos del calor que estaba pasando. Me percaté de tan enorme acontecimiento gracias a los tíos (sí, mira, sirven para algo más que para ocupar sitio). Y es que, no es por nada, pero cuando llega el verano el personal se pone superligerito de ropa. También es verdad que hay gente que está deseando que la temperatura suba dos grados para ir medio en pelotas por la calle: yo he visto a tíos en mangas de camiseta en pleno mes de enero sólo para lucir bíceps. Y es que, es normal, yo entiendo que cuando uno pasa cuatro horas diarias en el gimnasio, a poco que puede se quita la ropa para amortizar el esfuerzo y el dinero. Qué más dan las pulmonías…

Hace unos días salí con algunos amigos míos (esto lo pongo para que veáis que a veces salgo a la calle y que a pesar de lo que pueda parecer mi vida no sólo se limita al Facebook y al Twitter. A veces me relaciono con personas de carne y hueso. Mi muñeco hinchable está súperorgulloso de mí). Estábamos en la terracita de un bar, a pleno sol, y entonces me di cuenta: soy un bicho raro (vaya novedad, maricón, me van a contratar para el CSI fijo. Menudo lince). Es que si comparaba mi persona con la de todos los tíos (que, por cierto, eran calcados, idénticos unos de otros) reunidos en aquella terraza encontraba, inevitablemente, unas cuantas diferencias. A saber:

1. Ellos, por debajo de la ropa, vestían un bonito traje de músculos. Yo no. Lo mismo los venden en el Zara, pero yo nunca los he visto, la verdad.

2. Ellos tenían un culo estupendo. Yo no. Os lo aseguro. Uno de ellos se puso a partir nueces con las nalgas. En serio. Una cosa brutalísima.

3. Ellos eran gays. No es que a mí me gusten las mujeres, no me malinterpreten. Es que mientros ellos eran lo que se conoce como “gays de moda”, de esos que te vendía la Zero en sus números, superguays y estupendos, con mucho estilo, mucho cosmético, mucho viaje y mucho poder adquisitivo, yo no era más que un simple mariquituso con escasas o ninguna posibilidad de ser como ellos. Siempre ha habido clases, tía.

4. Ellos tenían el moreno de Whitney Houston. Yo no. Tanorexia, la enfermedad de moda: gente achicharrada y negra como el sobaco de un grillo en pleno mes de abril. Joder, macho, si empiezas así, ya te digo yo que en agosto te carbonizas. No, cabronizas no, eso lo haces todo el año…

5. A ellos les quedaba la ropa de escándalo. Y mira que algunas de las cosas que llevaban eran de un hortera… Algunos parecían el payaso de Micolor, con tantas tonalidades chillonas en la misma camisa. Hasta Agatha Ruiz de la Prada se habría escandalizado. Lo mío también era escandaloso, pero en otro sentido y porque me paso horas buscando camisetas de la talla S en las tiendas (hay una conspiración en contra de los gays delgados, que yo lo sé, que lo leí el otro día en… en… una revista editada por mi imaginación paranoica).

6. A ellos todo el mundo les miraba babeando. A mí no. No es que me miraran con ganas de vomitar. Es que nadie me miraba. Hecho que, por otro lado, no llegué a entender del todo teniendo en cuenta que yo era el ser masculino que más desentonaba en aquella amena reunión. Aunque sólo fuera por ser más extraño que un piojo verde, digo yo que me podrían haber echado una mirada. Pero ni ahí te pudras, maricón, me dijeron. Como mucho alguno me lanzaba una mirada de soslayo con cara de oler mierda en un palito. Yo creo que pensaban que los mariquitusos como yo somos la vergüenza de la especie mariconil.

Evidentemente no pude reprimir mis comentarios al contemplar la escena, cuando pasé por alto que todos estaban más buenos que un poloflan de aguamarina:

Esto va a ser que es que aquí al lado hay un gimnasio nuevo muy grande que ha hecho una promoción especial de rayos uva. Salen medio deshidratados y se vienen aquí a tomarse una coca cola.

Además se ve que han sudado mucho y que no tenían nada que ponerse y han tenido que echar mano de la ropa del hermano chico, lo cual explica por qué parece que a más de uno le va a estallar la camiseta en cualquier momento.

Por descontado, todos son familia, porque la verdad es que son bastante parecidos. No entiendo cómo una mujer ha podido parir a todos estos tíos así, de repente, sin anestesia ni nada.

Tengo que decir en mi defensa que mis acompañantes desentonaban tanto como yo (eso, yo aquí implicando al personal, acusándolos con el dedo). Yo no soy el único al que por la Comunión le regalaron un estuche blanco con una paloma de la paz pintada por delante en lugar de una suscripción al gimnasio, que es lo que parece que ocurre en estos tiempos. Es que, veréis, allí había muchachos de dieciocho años, que a esas edades los músculos no han tenido tiempo ni de desarrollarse, leñe, que a los gays estos les sale antes la tableta de chocolate que los dientes de leche… Mientras tanto, yo miraba hacia al suelo llamando insistentemente a Bobby (no, no me llevé a mi perro, es el apelativo cariñoso que le he puesto a mi autoestima, a la cual buscaba más desesperada que Marta Sánchez y sin éxito alguno). Entonces fue cuando me hice la semptiterna pregunta de todos los años: ¿Por qué no me apunté al gimnasio el verano pasado cuando tuve exactamente esta misma sensación? Porque sí, porque aunque te pongas chulo y quieras quedar de digno soltando frases como:

-Bah, yo al menos me distingo de ellos, tengo mi personalidad, soy diferente. Y cuento con elegancia interior, que es más relevante. Yo no soy guapo, soy atractivo.

-Ellos van al gimnasio porque son feísimos de cara y tienen que curtir sus cuerpos para destacar de alguna manera y comerse un colín. También conocido como la teoría de la gamba: me quedo con el cuerpo y tiro la cabeza. O como dijo una de las presentes: me lo beneficio poniéndole una bolsa de papel en la cabeza y en paz. Espero que la chica le haga un par de agujeros a la bolsa a la altura de la nariz por lo menos… Si tiene unos ojos bonitos, también se los puede hacer a la altura de los ojos y ya verás el sex appeal que desprende el sujeto en cuestión, tirado en la cama desnudo y con cara de nazareno de Semana Santa.

-Yo soy feo, pero follo como un guapo.

… al final siempre te acabas planteando que por mucho que se prodiguen comentarios que indiquen lo contrario, si llega el verano y no tienes unos pectorales a punto de asfixiarte porque te oprimen la nuez y puedes caminar con normalidad porque tus piernas no se juntan por tanto músculo (con la debida consecuencia de que parezca que estás escocido o de que te han puesto mirando pa la Meca)… cariño, no eres nada.

No eres nada en según qué sitios. Porque servidor, mariquituso de pro que se niega a seguir la corriente y a cambiar y que es rebelde porque el mundo le ha hecho así tiene la solución perfecta a estos momentos de baja autoestima causada por tener un físico normal y no uno despampanante: ¡dejar de frecuentar estos lugares de gente tan megachuli y discofashion!

Con la de bares que hay, de todos los estilos y de todos los gustos, y con gente mucho menos preocupada porque se le marque el pliegue inguinal cuando flexiona el pulgar… ¿pa qué leñe tengo yo que volver allí a sufrir de esta manera si la servesita fresquita me la ponen en todos lados y sin tener que plantearme cuestiones existenciales sobre mi físico ni tener que flagelarme ni nada?

Ea, gimnasio, ni gimnasio, mira qué pronto soluciono yo estos problemas: a disfrutar del verano, claro que sí 😀

La curiosidad mató al gato

Me acaban de comentar, así a bote pronto, que servidor tiene un problema. Estoy seguro de que más de uno cree que tengo problemas, incluso yo mismo creo que tengo alguno que otro, así que acotemos. Resulta que me acaban de comentar por ahí que le doy demasiadas vueltas a las cosas, incluso a la estupidez más nimia. Lo que parece traducirse, en definitiva, como que pienso demasiado, que me rayo, que me como la cabeza.

No es algo nuevo. Se trata de una historia que llevo escuchando toda mi vida. Al parecer, en esta vasta tierra que es el mundo cohabitan junto a nosotros una serie de personajillos que predican que lo más guay a la hora de sobrevivir a las tragedias cotidianas es no pensar. Hay mucho pamplina suelto que no se corta a la hora de expresar que pensar es una necedad, que no debería hacerse, que el darle vueltas al coco es patrimonio de pirados, como si todas las vueltas fueran iguales. A mí me encanta y me encanta mucho, porque, verán, miren ustedes, yo es que lo de pensar lo he llevado fatal en algunos momentos de mi vida. No por nada, sino porque en sociedades como la nuestra, que, precisamente, fomentan contextos propicios al holocausto neuronal, pensar te convierte en un bicho raro.

Pero seamos más exactos.

Yo creo que pensar, lo que se dice pensar, piensa todo el mundo. Es decir, partimos de la base de que los seres humanos tenemos un cerebro. Vamos, digo yo. ¿No me digan que me he precipitado? No, de veras, yo mantengo la creencia de que las personas tenemos un cerebro y que, chispa más o menos, todos lo usamos. En mayor o menor medida, más sabia o estúpidamente, todos tenemos cosas en la cabeza. Luego lo que verdaderamente te convierte en un bicho raro no es pensar, sino expresar tus pensamientos, sobre todo si estos son excéntricos, ya sea por descabellados o por demasiado sustanciales. Esto es lo que me ha traído por la calle de la amargura.

Siempre he sido un bocazas. En serio. No me he podido callar en, prácticamente, ninguna situación. Y esto no es nada bueno. Por mucho que se predique la sinceridad y la libertad de expresión como valores en alza, la gente te mira francamente mal cuando expresas algo para lo que no están preparados: un pensamiento, una reflexión o, sencillamente, algo que se te viene a la cabeza y que sueltas sin remedio, aunque sea la cosa más tonta del mundo, como por ejemplo gritar la palabra ojete en medio de un bar. Esto es una cosa maravillosa que le recomiendo a cada lector desde esta plataforma. OJETE, OJETE. Grítenlo. No se olviden. Me lo van a agradecer. Pero bueno, a lo que iba. Que se supone que somos libres, pero que uno no puede explicar lo que piensa y siente si eso se sale de los parámetros convencionales, porque si lo hace enseguida llega alguien y le dice que eso está mal, que tiene un problema y que chitón.

A mí me encantaría ser un tipo de encefalograma plano, más simple que el mecanismo de un yoyó, con la misma conversación que un manojo de acelgas y que lo más profundo que me interesara por leer fuera la etiqueta del champú anticaspa. Me encantaría ser uno de esos que emiten sonidos guturales y que no se plantean las pequeñas vicisitudes de la vida, que no se detienen a meditar acerca de los detalles y que, por descontado, ni siquiera se preocupan por el mecanismo de funcionamiento de las cosas. De esta calaña hay a patadas en el mundo, montones. Una barbaridad. Se cuentan por multitudes. Gente que no se preocupa lo más mínimo por ahondar en sí mismos ni en nada que tenga lugar a su alrededor. Gente que no se plantea absolutamente nada, que se deja llevar por la vida como si tal cosa y que tienen un mono con platillos en lugar de cerebro. Me encantaría ser así. ¿No?

En realidad, estoy mintiendo. No me encantaría ser así en absoluto. Como les he dicho, yo lo he pasado muy mal por eso de expresar pensamientos. Se pasa canutas. Eres un incomprendido social. En algún momento llegué a pensar que estaba enfermo, que de verdad tenía un problema. Durante años mantuve la obsesión de convertirme en una persona simple. Supongo que pensaba que si lo hacía sería más aceptado socialmente, que tendría más amigos, que follaría más y que la gente dejaría de mirarme con esa carita doblada y la mirada cargada de lástima después de decirme “he leído tu blog”.

Aun así, con el tiempo he reunido la suficiente inteligencia y he visto las cosas con la suficiente perspectiva como para darme cuenta de que pensar no es un defecto. Es cierto que hay mucha gente en el mundo simple, pero no creo que se deba a que no dispongan de un cerebro, o a que éste sea menos capaz o inferior al de los que piensan; yo creo que simplemente se niegan a usarlo. Como rezaba el título de aquel libro, “piensa, es gratis”. Está al alcance de cualquiera que quiera hacerlo.

Lo único que diferencia a los que nos rayamos y reflexionamos de los que no lo hacen es una ínfima predisposición, una voluntad, una curiosidad. Y creo que esa predisposición, voluntad o curiosidad es maravillosa. Porque sí, porque te pone en la tesitura de hacer grandes descubrimientos, de comprender, de valorar la complejidad, de admirar la diversidad y, en definitiva, de encontrar la plenitud en cada matiz y destello que uno es capaz de desglosar de su entorno. No es cierto eso de que los tontos y los ignorantes son más felices. Si acaso más inconscientes, pero nunca, jamás, más felices.

Por eso, a todos aquellos que intentan hacerme sentir mal y subrayar una supuesta superioridad basada en el culto a lo simple, sean cuáles sean sus motivos, les comunico:

PENSAR NO ES UNA DESGRACIA. ES UN PRIVILEGIO.

Puede que la curiosidad matara al gato, pero hasta que lo mató estoy seguro de que fue un gato jodidamente feliz.

Ahí queda eso.

Decidido

Dios tendrá que jubilarse. Tarde o temprano acabará hasta las pelotas de todas nuestras súplicas, de que pasemos de él, de que los maricones nos casemos, de que la gente mencione su nombre en vano (Manolo, por Dios, te he dicho mil veces que no intentes metérmela por el culo). Estoy seguro de que a Dios le quedan tres días en ese cargo que lleva ostentando desde hace tanto tiempo. A pesar de que no lo hace demasiado bien (con la de años que lleva) no lo suelta el tío ni p’atrás. No es que crea que lo vaya a dejar para trabajar en algo mejor (aunque lo mismo lo deja para ser Satanás durante un tiempo, como quien trabaja en un McDonald’s mientras decide qué quiere hacer con su vida), sino que más bien lo hará para pegarse la vida padre, mandarnos al carajo y todo eso.

Y digo yo que cuando Dios se jubile es muy probable que salga la oferta de empleo en Infojobs. Ya saben ustedes, uno de esos portales aparentemente la mar de útiles en los que hay chorrocientas ofertas de trabajo. Porque, eso sí, como dicen los enteraillos, haber trabajo hay, quien no curra es porque no le da la gana. Lo dicen siempre esos que, casualmente, tienen un trabajo de puta madre y media vida resuelta (ya se sabe que en este país nos encanta hablar sin fundamento). Y lo dicen, sobre todo, refiriéndose a los jóvenes de hoy en día, entre los cuales me incluyo a pesar de estar ya al borde de la treintena. No es que me incluya porque me sienta taco de jovial y me encante emborracharme hasta las siete de la mañana fin de semana sí, fin de semana también, sino que lo hago porque mi vida es muy parecida a la que llevaba cuando tenía veinte años. De hecho, tengo las mismas, las mismicas, posibilidades de encipot… de emanciparme. Con decirles que es mucho más probable que mi madre se vaya de casa a que lo haga yo… La cosa es que nos critican, que esos señores que se las dan de listos nos dicen que los jóvenes no trabajamos porque no queremos.

En parte tienen razón. Infojobs está lleno de ofertas de empleo superchulis. El otro día, sin ir más lejos, me llegó al correo una oferta para ser mozo de cuadra y otra para ser frigorista. Que no es que no me parezcan empleos superdignos, pero es que tienen tanto que ver con mi formación en Periodismo como Paulina Rubio con afinar y cantar bien: vamos, nada, cero. Por no hablar de que si usted decide echar un vistazo en esa página llena de ofertas de empleo encontrará que el noventa por ciento de las posibilidades de trabajar se circunscriben a vender, a ser comercial, a ser uno de esos tipos que llaman por teléfono o paran a desconocidos por la calle para que se hagan de esta compañía o de otra. Esos tipos que, usted y yo lo sabemos, miramos con cierto miedo y que si podemos evitamos: cambiamos de acera si es preciso con tal de que no se nos acerque el de la carpetita a comernos la cabeza y a suplicarnos con ojos de cordero degollado (o, lo que es lo mismo, de joven en la veintena con título universitario y ninguna posibilidad de insertarse en el mundo laboral) que le hagamos un poco de caso. Que es que te dan ganas de apadrinarlos y todo de la penica que dan, del nudo que se te coge en el estómago.

Total, que los enteraillos dicen que si no trabajamos es porque no queremos. Y es entonces cuando alguno de nosotros, el que no se deja amilanar por esos listos, dice eso de “es que yo quiero trabajar de lo mío”. Esto ya es el acabose, porque es justo en este momento cuando sale otro más listo todavía y te suelta eso de: “¿y por qué no te vas fuera? Es que los jóvenes de hoy lo queréis todo hecho. Pues vete fuera, que hay trabajos de lo tuyo a patadas“. Sí, tía, la gente sabe mogollón sobre el mercado laboral internacional: de repente, todo Cristo se ha convertido en experto y está al tanto de las estadísticas de paro en Eslovenia.

Y es verdad, es probable que haya algún trabajo de lo tuyo en un pueblo perdido de Soria. No voy a entrar en detalles sobre las ganas que me entran a mí de pirarme allí donde Matusalén perdió la alpargata izquierda para no herir sensibilidades de la gente que vive en pueblos de la España profunda. Lo peor no es que te tengas que ir a tomar por culo para trabajar de lo tuyo, que en un momento dado, pues si hay que ir para meter la cabeza, pues se va. Lo peor es que el trabajo que te ofrecen en un pueblo perdido de Soria tiene las siguientes condiciones:

-Contrato temporal nefasto: categoría auxiliar administrativo. Ni se vayan a pensar que los van a contratar en su categoría profesional… Eso sólo ocurre en los cuentos de la factoría Disney.

-Horario laboral puteante: o sea, pongamos como ejemplo el atractivo trabajo de periodista: de 12 de la mañana a 2 de la tarde y de 5 de la tarde a cierre. Entendamos por cierre una hora indeterminada y fluctuante entre las 11 de la noche y las 2 de la mañana. Por supuesto, descansando dos días cada 10 o 12. Olvídese de tener vida.

-Sueldo mísero e irrisorio: lo de no tener vida le va a venir muy bien, porque con la media de 600-700 euros brutos que le van a pagar no le va a dar ni para pipas. Es más que probable que tenga usted que compartir piso con siete u ocho personas y que sus padres tengan que hacerle algún que otro ingreso monetario para que pueda usted pegarse el lujo de… comer.

O sea, vamos a ver, que nos entendamos: para trabajar de lo mío, no sólo tengo que irme a tomar por culo, sino que además tengo que hacerlo por una mierda de puesto de trabajo donde no me dan ni para comer arroz y pasta a diario y donde las posibilidades de aprender algo que no sea “cagarse en los muertos del gilipollas de tu jefe” son tantas como las de que Jesulín sea Premio Nobel. ¿Y a la gente le sorprende que nos quejemos? Pues sí, les sorprende. Que es que dicen que nos quejamos de vicio, que pedimos demasiado por querer que no nos timen, que no nos contraten por enésima vez como becarios, cobrando un sueldo de mierda (si es que llegan a pagarte, si es que tu genial jefe no se lo ha gastado en alcohol y en putas), trabajando la leche de horas (sin cobrar, por supuesto, horas extra) y aguantando que la gente se pase tu trabajo por el ojete como deporte. Hay que ver… mira que quejarnos con lo bien que estamos…

Por eso digo que Dios tendrá que jubilarse, tarde o temprano tendrá que hacerlo. Y en el momento en que lo haga pienso conseguir su empleo. Está decidido. Lo primero que haré cuando sea Dios será adjudicar el puesto de trabajo de todos esos listos bien colocados que nos critican y que afirman que nos quejamos de vicio a jóvenes parados y sobradamente cualificados que se lo merezcan (los hay a patadas, por cada oficina de empleo debe haber unos cuantos miles). A ver cómo se las apañan esos enteraillos para desenvolverse en esta mierda de mundo laboral sin sentirse estafados, frustrados y denostados y sin pensar una y otra vez que todo esto que sucede a nuestro alrededor es un insulto a la dignidad y a la inteligencia. Ya verán ustedes cómo les canta otro gallo y cómo cambian el cuento que se atreven a contar.

Bueno, y ya que estoy, lo segundo que haré cuando sea Dios será dejar irreversiblemente mudos a Carlos Baute y a Melendi.

No me digan que no tengo aptitudes para ser Dios, que no abogo por un mundo mejor…

El comeback

Hay veces en las que uno se aturrulla, pierde el Norte y no sabe demasiado bien qué hacer con su vida. Entonces prueba a hacer cosas diferentes. Sí, sí, no me miren así. ¿O qué es lo que hace mucha gente cuando le deja el novio? Se cambian de peinado, se compran ropa nueva, se operan las tetas… la cosa es cambiar, a ver si eso nos hace sentir mejor. Algunas veces uno se encuentra cómodo con los cambios y otras no.

Pues bien, yo cambié este blog. Lo hice porque estaba un poco harto de lo de siempre y porque tenía un atasco creativo. Concluí que ambas cosas estaban conectadas, aunque lo cierto es que poco después descubrí que no era así, que mi falta de inspiración no tenía nada en absoluto que ver con el hecho de llevar ya demasiados años siendo Paperboat y escribiendo en Navegando a la Deriva. Ya saben ustedes, hice exactamente eso que dicen muchos de mis conocidos que van a hacer: encontrarme a mí mismo.

-No, mira, es que me voy una temporada a Londres, a aprender inglés y a encontrarme a mí mismo.

-Verás, me voy de ruta por Centroeuropa. No lo hago por placer, es que me apetece encontrarme a mí mismo.

-¿Trabajar? No, qué va, he decidido tomarme un año sabático para encontrarme a mí mismo.

-Voy a follarme a todo el mundo. No es que sea una zorra, es que quiero encontrarme a mí mismo.

Como yo no tengo ni el dinero, ni el tiempo, ni las oportunidades, ni la poca vergüenza para llevar a cabo acciones de envergadura similar a las descritas con el fin de encontrarme a mí mismo, me he visto en la obligación de probar sobre la marcha. Y así me ha ido, maricón, que cuando me di cuenta de que había cambiado una cosa que verdaderamente estaba estupenda como estaba se me ha venido el mundo encima. A puntito he estado de buscarme un psicólogo para contárselo y encima pagarle cincuenta euros por la sesión. Pero luego me he dado cuenta de que tal y como cambié hacia “Hijos de puta” también podía volver a atrás hacia “Navegando a la Deriva”, ¿sabes? Rollo vuelta al pasado. Es mucho más sencillo, dónde va a parar.

Total, que esto es un comeback. Si todos los putos cantantes lo hacen, vuelven con un disco o un hit cuando les sale del coño, aunque éste sea más malo que las películas de Pajares y Esteso, yo no iba a ser menos. Además, yo no les abandoné del todo, que seguí escribiendo semanal y religiosamente en la columna de Universo Gay. No se me pongan lloricas, no me sean nenazas, coñe.

Así que ahora estoy aquí otra vez. No lo voy a decir con la boca muy llena, porque a lo mejor sigo sin escribir asiduamente, pero eso es lo que pretendo. Escribir como hacía antes, crear de nuevo el hábito de llenar este espacio de letras. Y refugiarme de paso un poquito de los sinsabores de la vida moderna, ya saben, como antes, justo como antes.

No prometo nada. A ver, no me sean tozudos, simplemente, relájense y déjense llevar. Si han sido capaces de largarse a casa de un desconocido, con el que han contactado por primera vez completamente borrachos, sin saber si iban a echar el polvo de su vida o si, por el contrario, iban a sufrir una experiencia de lo más traumática, tampoco creo que sea mucho pedir que se arriesguen conmigo, que sencillamente hagan clic y se pasen por aquí, a ver qué se cuece.

Les quiero tanto y tan poco como siempre.