La curiosidad mató al gato

Me acaban de comentar, así a bote pronto, que servidor tiene un problema. Estoy seguro de que más de uno cree que tengo problemas, incluso yo mismo creo que tengo alguno que otro, así que acotemos. Resulta que me acaban de comentar por ahí que le doy demasiadas vueltas a las cosas, incluso a la estupidez más nimia. Lo que parece traducirse, en definitiva, como que pienso demasiado, que me rayo, que me como la cabeza.

No es algo nuevo. Se trata de una historia que llevo escuchando toda mi vida. Al parecer, en esta vasta tierra que es el mundo cohabitan junto a nosotros una serie de personajillos que predican que lo más guay a la hora de sobrevivir a las tragedias cotidianas es no pensar. Hay mucho pamplina suelto que no se corta a la hora de expresar que pensar es una necedad, que no debería hacerse, que el darle vueltas al coco es patrimonio de pirados, como si todas las vueltas fueran iguales. A mí me encanta y me encanta mucho, porque, verán, miren ustedes, yo es que lo de pensar lo he llevado fatal en algunos momentos de mi vida. No por nada, sino porque en sociedades como la nuestra, que, precisamente, fomentan contextos propicios al holocausto neuronal, pensar te convierte en un bicho raro.

Pero seamos más exactos.

Yo creo que pensar, lo que se dice pensar, piensa todo el mundo. Es decir, partimos de la base de que los seres humanos tenemos un cerebro. Vamos, digo yo. ¿No me digan que me he precipitado? No, de veras, yo mantengo la creencia de que las personas tenemos un cerebro y que, chispa más o menos, todos lo usamos. En mayor o menor medida, más sabia o estúpidamente, todos tenemos cosas en la cabeza. Luego lo que verdaderamente te convierte en un bicho raro no es pensar, sino expresar tus pensamientos, sobre todo si estos son excéntricos, ya sea por descabellados o por demasiado sustanciales. Esto es lo que me ha traído por la calle de la amargura.

Siempre he sido un bocazas. En serio. No me he podido callar en, prácticamente, ninguna situación. Y esto no es nada bueno. Por mucho que se predique la sinceridad y la libertad de expresión como valores en alza, la gente te mira francamente mal cuando expresas algo para lo que no están preparados: un pensamiento, una reflexión o, sencillamente, algo que se te viene a la cabeza y que sueltas sin remedio, aunque sea la cosa más tonta del mundo, como por ejemplo gritar la palabra ojete en medio de un bar. Esto es una cosa maravillosa que le recomiendo a cada lector desde esta plataforma. OJETE, OJETE. Grítenlo. No se olviden. Me lo van a agradecer. Pero bueno, a lo que iba. Que se supone que somos libres, pero que uno no puede explicar lo que piensa y siente si eso se sale de los parámetros convencionales, porque si lo hace enseguida llega alguien y le dice que eso está mal, que tiene un problema y que chitón.

A mí me encantaría ser un tipo de encefalograma plano, más simple que el mecanismo de un yoyó, con la misma conversación que un manojo de acelgas y que lo más profundo que me interesara por leer fuera la etiqueta del champú anticaspa. Me encantaría ser uno de esos que emiten sonidos guturales y que no se plantean las pequeñas vicisitudes de la vida, que no se detienen a meditar acerca de los detalles y que, por descontado, ni siquiera se preocupan por el mecanismo de funcionamiento de las cosas. De esta calaña hay a patadas en el mundo, montones. Una barbaridad. Se cuentan por multitudes. Gente que no se preocupa lo más mínimo por ahondar en sí mismos ni en nada que tenga lugar a su alrededor. Gente que no se plantea absolutamente nada, que se deja llevar por la vida como si tal cosa y que tienen un mono con platillos en lugar de cerebro. Me encantaría ser así. ¿No?

En realidad, estoy mintiendo. No me encantaría ser así en absoluto. Como les he dicho, yo lo he pasado muy mal por eso de expresar pensamientos. Se pasa canutas. Eres un incomprendido social. En algún momento llegué a pensar que estaba enfermo, que de verdad tenía un problema. Durante años mantuve la obsesión de convertirme en una persona simple. Supongo que pensaba que si lo hacía sería más aceptado socialmente, que tendría más amigos, que follaría más y que la gente dejaría de mirarme con esa carita doblada y la mirada cargada de lástima después de decirme “he leído tu blog”.

Aun así, con el tiempo he reunido la suficiente inteligencia y he visto las cosas con la suficiente perspectiva como para darme cuenta de que pensar no es un defecto. Es cierto que hay mucha gente en el mundo simple, pero no creo que se deba a que no dispongan de un cerebro, o a que éste sea menos capaz o inferior al de los que piensan; yo creo que simplemente se niegan a usarlo. Como rezaba el título de aquel libro, “piensa, es gratis”. Está al alcance de cualquiera que quiera hacerlo.

Lo único que diferencia a los que nos rayamos y reflexionamos de los que no lo hacen es una ínfima predisposición, una voluntad, una curiosidad. Y creo que esa predisposición, voluntad o curiosidad es maravillosa. Porque sí, porque te pone en la tesitura de hacer grandes descubrimientos, de comprender, de valorar la complejidad, de admirar la diversidad y, en definitiva, de encontrar la plenitud en cada matiz y destello que uno es capaz de desglosar de su entorno. No es cierto eso de que los tontos y los ignorantes son más felices. Si acaso más inconscientes, pero nunca, jamás, más felices.

Por eso, a todos aquellos que intentan hacerme sentir mal y subrayar una supuesta superioridad basada en el culto a lo simple, sean cuáles sean sus motivos, les comunico:

PENSAR NO ES UNA DESGRACIA. ES UN PRIVILEGIO.

Puede que la curiosidad matara al gato, pero hasta que lo mató estoy seguro de que fue un gato jodidamente feliz.

Ahí queda eso.

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Un comentario en “La curiosidad mató al gato

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