Latigazos de verano

Queridos lectoras, queridas lectores, el tiempo pasa, los minutos corren a la velocidad de la luz, tu cuenta corriente cada vez tiene menos dinero y las arrugas hacen estragos… Por mucho que te cueste admitirlo en un intento de prolongar lo que se llama la Operación Bikini porque empezaste hace tres días con la esperanza de tener una tabla de abdominales en menos de tres semanas (animalico, te acompaño en el sentimiento) las estaciones cambian. De modo que lo inevitable ha sucedido:

El verano ha llegado. Chán chán chán. O, por lo menos, el preverano, que viene a ser casi lo mismo.

No me di cuenta al pasar delante de El Corte Inglés y ver los escaparates (si así hubiera sido, este post habría sido escrito en el mes de diciembre), ni siquiera por el extraño hecho de que un día llevaba el plumón puesto y al siguiente me estorbaban hasta los gayumbos del calor que estaba pasando. Me percaté de tan enorme acontecimiento gracias a los tíos (sí, mira, sirven para algo más que para ocupar sitio). Y es que, no es por nada, pero cuando llega el verano el personal se pone superligerito de ropa. También es verdad que hay gente que está deseando que la temperatura suba dos grados para ir medio en pelotas por la calle: yo he visto a tíos en mangas de camiseta en pleno mes de enero sólo para lucir bíceps. Y es que, es normal, yo entiendo que cuando uno pasa cuatro horas diarias en el gimnasio, a poco que puede se quita la ropa para amortizar el esfuerzo y el dinero. Qué más dan las pulmonías…

Hace unos días salí con algunos amigos míos (esto lo pongo para que veáis que a veces salgo a la calle y que a pesar de lo que pueda parecer mi vida no sólo se limita al Facebook y al Twitter. A veces me relaciono con personas de carne y hueso. Mi muñeco hinchable está súperorgulloso de mí). Estábamos en la terracita de un bar, a pleno sol, y entonces me di cuenta: soy un bicho raro (vaya novedad, maricón, me van a contratar para el CSI fijo. Menudo lince). Es que si comparaba mi persona con la de todos los tíos (que, por cierto, eran calcados, idénticos unos de otros) reunidos en aquella terraza encontraba, inevitablemente, unas cuantas diferencias. A saber:

1. Ellos, por debajo de la ropa, vestían un bonito traje de músculos. Yo no. Lo mismo los venden en el Zara, pero yo nunca los he visto, la verdad.

2. Ellos tenían un culo estupendo. Yo no. Os lo aseguro. Uno de ellos se puso a partir nueces con las nalgas. En serio. Una cosa brutalísima.

3. Ellos eran gays. No es que a mí me gusten las mujeres, no me malinterpreten. Es que mientros ellos eran lo que se conoce como “gays de moda”, de esos que te vendía la Zero en sus números, superguays y estupendos, con mucho estilo, mucho cosmético, mucho viaje y mucho poder adquisitivo, yo no era más que un simple mariquituso con escasas o ninguna posibilidad de ser como ellos. Siempre ha habido clases, tía.

4. Ellos tenían el moreno de Whitney Houston. Yo no. Tanorexia, la enfermedad de moda: gente achicharrada y negra como el sobaco de un grillo en pleno mes de abril. Joder, macho, si empiezas así, ya te digo yo que en agosto te carbonizas. No, cabronizas no, eso lo haces todo el año…

5. A ellos les quedaba la ropa de escándalo. Y mira que algunas de las cosas que llevaban eran de un hortera… Algunos parecían el payaso de Micolor, con tantas tonalidades chillonas en la misma camisa. Hasta Agatha Ruiz de la Prada se habría escandalizado. Lo mío también era escandaloso, pero en otro sentido y porque me paso horas buscando camisetas de la talla S en las tiendas (hay una conspiración en contra de los gays delgados, que yo lo sé, que lo leí el otro día en… en… una revista editada por mi imaginación paranoica).

6. A ellos todo el mundo les miraba babeando. A mí no. No es que me miraran con ganas de vomitar. Es que nadie me miraba. Hecho que, por otro lado, no llegué a entender del todo teniendo en cuenta que yo era el ser masculino que más desentonaba en aquella amena reunión. Aunque sólo fuera por ser más extraño que un piojo verde, digo yo que me podrían haber echado una mirada. Pero ni ahí te pudras, maricón, me dijeron. Como mucho alguno me lanzaba una mirada de soslayo con cara de oler mierda en un palito. Yo creo que pensaban que los mariquitusos como yo somos la vergüenza de la especie mariconil.

Evidentemente no pude reprimir mis comentarios al contemplar la escena, cuando pasé por alto que todos estaban más buenos que un poloflan de aguamarina:

Esto va a ser que es que aquí al lado hay un gimnasio nuevo muy grande que ha hecho una promoción especial de rayos uva. Salen medio deshidratados y se vienen aquí a tomarse una coca cola.

Además se ve que han sudado mucho y que no tenían nada que ponerse y han tenido que echar mano de la ropa del hermano chico, lo cual explica por qué parece que a más de uno le va a estallar la camiseta en cualquier momento.

Por descontado, todos son familia, porque la verdad es que son bastante parecidos. No entiendo cómo una mujer ha podido parir a todos estos tíos así, de repente, sin anestesia ni nada.

Tengo que decir en mi defensa que mis acompañantes desentonaban tanto como yo (eso, yo aquí implicando al personal, acusándolos con el dedo). Yo no soy el único al que por la Comunión le regalaron un estuche blanco con una paloma de la paz pintada por delante en lugar de una suscripción al gimnasio, que es lo que parece que ocurre en estos tiempos. Es que, veréis, allí había muchachos de dieciocho años, que a esas edades los músculos no han tenido tiempo ni de desarrollarse, leñe, que a los gays estos les sale antes la tableta de chocolate que los dientes de leche… Mientras tanto, yo miraba hacia al suelo llamando insistentemente a Bobby (no, no me llevé a mi perro, es el apelativo cariñoso que le he puesto a mi autoestima, a la cual buscaba más desesperada que Marta Sánchez y sin éxito alguno). Entonces fue cuando me hice la semptiterna pregunta de todos los años: ¿Por qué no me apunté al gimnasio el verano pasado cuando tuve exactamente esta misma sensación? Porque sí, porque aunque te pongas chulo y quieras quedar de digno soltando frases como:

-Bah, yo al menos me distingo de ellos, tengo mi personalidad, soy diferente. Y cuento con elegancia interior, que es más relevante. Yo no soy guapo, soy atractivo.

-Ellos van al gimnasio porque son feísimos de cara y tienen que curtir sus cuerpos para destacar de alguna manera y comerse un colín. También conocido como la teoría de la gamba: me quedo con el cuerpo y tiro la cabeza. O como dijo una de las presentes: me lo beneficio poniéndole una bolsa de papel en la cabeza y en paz. Espero que la chica le haga un par de agujeros a la bolsa a la altura de la nariz por lo menos… Si tiene unos ojos bonitos, también se los puede hacer a la altura de los ojos y ya verás el sex appeal que desprende el sujeto en cuestión, tirado en la cama desnudo y con cara de nazareno de Semana Santa.

-Yo soy feo, pero follo como un guapo.

… al final siempre te acabas planteando que por mucho que se prodiguen comentarios que indiquen lo contrario, si llega el verano y no tienes unos pectorales a punto de asfixiarte porque te oprimen la nuez y puedes caminar con normalidad porque tus piernas no se juntan por tanto músculo (con la debida consecuencia de que parezca que estás escocido o de que te han puesto mirando pa la Meca)… cariño, no eres nada.

No eres nada en según qué sitios. Porque servidor, mariquituso de pro que se niega a seguir la corriente y a cambiar y que es rebelde porque el mundo le ha hecho así tiene la solución perfecta a estos momentos de baja autoestima causada por tener un físico normal y no uno despampanante: ¡dejar de frecuentar estos lugares de gente tan megachuli y discofashion!

Con la de bares que hay, de todos los estilos y de todos los gustos, y con gente mucho menos preocupada porque se le marque el pliegue inguinal cuando flexiona el pulgar… ¿pa qué leñe tengo yo que volver allí a sufrir de esta manera si la servesita fresquita me la ponen en todos lados y sin tener que plantearme cuestiones existenciales sobre mi físico ni tener que flagelarme ni nada?

Ea, gimnasio, ni gimnasio, mira qué pronto soluciono yo estos problemas: a disfrutar del verano, claro que sí 😀

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3 comentarios en “Latigazos de verano

  1. don vito dijo:

    Si, si, pero bien que luego estas en la playa y empiezas a gritar a los cuatro vientos que te encanta el verano y las pollas de agua…, si estamos de acuerdo en que estar dos horas al dia (como poco) en el gimnasio para estar como una caja de galletas es aburrido y no lleva ningún sitio, a ninguno excepto a la cama de algún que otro adorador de la cultura griega-
    Pero tampoco esta mal que el personal se gaste el dinero en gimnasios, cumplen dos funciones, a saber:
    a) mantienen a flote una industria como la del culto al cuerpo, que solo con las maris y los heteros de barriga cervecera como yo, se extinguiria
    b) adornan las calles
    Me parece que son razones suficientes ¿o no?, lastima que a mi como varon heterosexual convencido la opcion b, me aporte poco, las chicas de gimnasio, en general, no me llaman la atención de “esa” manera.
    Por cierto, te quiero, maricon hijodeputa

  2. Paperboat dijo:

    Hay que decir que el comentario sobre las pollas de agua venía motivado por cierta conversación entre la maricona hija de puta loser, Sonia y yo. Jjajajaja

    En cierto modo, el gimnasio cumple una gran función social: Dior los cría y ellos se juntan. Es bonito, ¿no? De algún extraño modo.

    Yo también te quiero, macho alfa!!!!!

  3. La verdad es que los ciclados enseñan palmito todas las noches del año en la discoteca xD

    Yo la frase de autoconvencimiento y dignidad a la que recurro es “yo, por lo menos, tengo conversación” aunque el año pasado lo llevaba peor, este ya me he acostumbrado a las musculocas, es que en Zgz no abundaban tanto jajaja

    Saludos!

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