Seguimos siendo mariquitas y bolleras

La homobia no sólo es un asunto de leyes, es un problema de mentalidad. Aunque las formas son más sutiles y la sociedad más políticamente correcta, continuamos encontrándonos en la tesitura de sentirnos bichos raros, algo que ocurre con relativa frecuencia en nuestro día a día. Aunque nos pese, seguimos siendo motivo de burla, asombro y escándalo.

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Muchos colores, pero al final blanco y negro y encima ni rechistes.

Hoy, 17 de mayo, es el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. A mí no me gusta ponerme pesado, pero de vez en cuando me siento en la obligación de tocarle un poco las pelotas a la sociedad políticamente correcta en la que nos ha tocado vivir. Y lo cierto es que los Días Internacionales están mu’requetebien, por mucho que haya un sector de la población que se empeñe en recalcar que los gays, las mujeres, los negros, los moros, los periodistas, los pelirrojos, los vegetarianos, Lady Gaga y en general todos los discriminados por algún motivo (me niego a llamarnos minorías. Visto lo visto, minoría son aquellos que no son discriminados por nada en absoluto) nos quejamos de vicio y vamos llorando por las esquinas sin razón.

Por si alguien no lo sabe, el 17 de mayo coincide con el día en que la Organización Mundial de la Salud decidió quitar la homosexualidad de la lista de enfermedades. Esto, no me lo negarán, es una cosa estupenda y ocurrió en 1990. Fíjense ustedes en que de algo tan sumamente trascendente y tan básico para nuestra convivencia social han transcurrido sólo 21 años. Podemos decir que hace poco más de dos décadas la OMS continuaba considerando que los homosexuales estábamos fatal de la chota y que lo que nos pasaba era que, amén de ser unos degenerados y unos desviados, teníamos como poco un cacao maravillao en la sesera, un desorden mental. De esto saben mucho los homosexuales que vivieron durante los años del franquismo y que fueron perseguidos como seres peligrosos que presumiblemente podían contagiar su enfermedad haciendo ostentación de su moñez, algo que ocurrió hasta entrada la transición.

Nadie niega que esto de la OMS es un gran paso, como lo es el reconocimiento de las uniones homosexuales en España. Que te puedas casar con tu noviete es chachi piruli. Que ya no se te pueda acusar legalmente de enfermo mental o que no se te persiga de forma normativa por ser sarasa es genial. Por supuesto. Todo son avances. Y por eso mucha gente cree que a los maricones nos va de fábula ya, que no deberíamos quejarnos y que lo de manifestarnos y eso, bueno, que ya podríamos dejarlo ya; tanto Orgullo, tanta carroza y tanto mariquituso invadiendo las calles, si ya no hay derechos que reivindicar… Incluso muchos gays y lesbianas lo piensan también.

Sin embargo, servidor es inconformista por naturaleza, qué le vamos a hacer. Como firme seguidor del “si no lo veo no lo creo” y “hechos son amores, las palabras se las lleva el viento”, tengo que decir que eso de que estamos de lo más normalizados me lo creo sólo un poco. A ratos más bien. Es difícil creérselo, por ejemplo, cuando uno va caminando por la calle y un tipo se asoma por la ventanilla de un coche y le grita maricón poniéndole el corazón en la boca. Es complicado creérselo cuando uno besa a su pareja en un autobús y automáticamente un corrillo de personas se disponen a comentar la jugada sin el menor atisbo de discreción. Es imposible creérselo cuando viene el típico graciosete y te pregunta si haces de hombre o de mujer cuando te acuestas con un tío. No me digan que no les suenan todas estas situaciones, porque ocurren continuamente a nuestro alrededor, en contra de la moto que nos intentan vender de que los maricones y las bolleras estamos integradísimos en la sociedad porque, mire usté, hemos metido a un gay en una serie de televisión y ahora todas las adolescentes de entre 15 y 45 años (cada vez la etapa de la pubertad es más larga) piensan que tener un amigo de la acera de enfrente con el que ir de tiendas y que las peine los sábados por la noche antes de ir a la disco de ambiente es supermoda.

Es posible que haya habido avances en el terreno legal e incluso a nivel internacional, pero eso no quiere decir que no existan parámetros de discriminación,represión y agresión que se aplican cotidianamente a homosexuales, incluso en una sociedad tan pretendidamente avanzada como la nuestra. Hoy no es frecuente (aunque ocurre) que alguien te dé una paliza cuando besas a una persona de tu mismo sexo en un lugar público. Las personas no se sienten con la misma libertad a la hora de expresar su rechazo o su indignación ni de llamarnos desviados o enfermos a la cara. Pero esto no quiere decir que no lo piensen, pongan ojo. Algunos, más de lo que creemos, lo piensan, aunque no se atrevan a decirlo. Esto está ahí, por mucho que nos duela, por mucho que nos guste mirar hacia otro lado y fingir que somos superguays porque podemos casarnos y todo eso. Se nos sigue mirando mal y acusando de cierta anormalidad amable, aceptada, pero anormalidad al fin y al cabo. En definitiva, los parámetros de discriminación, represión y agresión que tenían vigencia antes (las leyes, la persecución, la ideología, la religión, la educación…) no han desaparecido; sencillamente se han hecho más sutiles. Siguen estando ahí, pero de una forma ambigua y ambivalente, difícilmente identificable, y cumpliendo la misma función de hacernos sentir extraña y vagamente repudiados.

Hay homofobia, aunque esté encubierta. Y la seguirá habiendo durante mucho tiempo. Por mucho que nos pese. Sobre todo porque la homofobia no es un problema de leyes, ni de organismos internacionales, ni es un asunto político, ni sociológico, ni biológico, ni antropológico. Es más que eso. La homofobia es un asunto que atañe al común de los mortales todos los días a todas horas: es una realidad mundada, de a pie, y, como tal, sólo puede ser cambiada por los principales artífices de la cotidianeidad. Me encanta que la Organización Mundial de la Salud haya dejado de incluirme en su lista de enfermos mentales, pero lo que de verdad me importa es que la gente que tengo a mi alrededor deje de mirarme como si tuviera que comedirme y ser discreto para no molestar y no violar normas sociales forjadas a base de costumbres, que deje de tratarme como a un elemento circense sobre el que hay que comentar en reunión, que deje de pensar en su fuero interno que soy el rarito del patio del colegio.

En resumen, nos queda la tarea más ardua de todas: conseguir que la gente con la que nos vemos en la obligación de relacionarnos directa e indirectamente a diario nos deje en paz de una puñetera vez. No es un problema de organizaciones internacionales ni de legislación: es cosa nuestra; es un asunto de convivencia social. Porque aunque podamos casarnos y ya no seamos técnicamente enfermos, para la gente seguimos siendo mariquitas y bolleras.

 

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