Te perdonan la vida

El otro día volvió a surgir otra de esas conversaciones inevitables. Alguien habló de un amigo suyo (seguramente, era más bien un primo de un hermano de una tía de su vecina Sebastiana, no lo recuerdo bien, pero el grado de parentesco y de cercanía tampoco es tan importante. No se preocupen por los detalles). Resulta que el tipo era canario o algo así y estaba en la península porque se había venido a dar una vuelta. Había encontrado trabajo (fíjense, ¡trabajo! Pero un trabajo de verdad, por el que se cobra, no eso que hago yo cuando escribo). El pobre chico se quejaba de que aunque su hora de salida eran las 5 de la tarde no había ni un solo día que consiguiera salir antes de las 7 de la tarde. Así que, ingenuamente, fue y le dijo a su empresario-jefe:

-Oiga, mire, usté perdone. Es que, verá, se va a reír, resulta que he pensado que ya que usted no me paga ni una sola de las horas extra que echo cada día, podría darme libre algún que otro viernes o algún que otro lunes. Que no digo yo que usté tenga que dármelos todos (aunque con las horas que echo, los cubro de sobra), sino que… Mire, verá, resulta que yo soy de Canarias. ¿No lo sabía? Ya. A lo mejor es porque nunca se ha molestado siquiera en mirarme a la cara o en escuchar algo de lo que digo. Pues sí, soy de Canarias y como tengo que cogerme un avión y todas esas cosas para ir a visitar a mi familia… ¿En coche? No, no, señor, desde Málaga no se puede ir a Canarias en coche. Si me apura, creo, tengo la impresión, me parece, que a Canarias no se puede ir en coche desde ningún otro sitio. En definitiva, que ya que todos los días echo como poco dos horas sin ver un duro, me preguntaba si usted podría darme algún que otro viernes libre para que pueda pasar algo más de tiempo allí.

-No.

Y es que, claro, seamos sinceros: esto es cultura de España. Es lo que hay. Seguramente, el jefe de este chico lo miró como si le estuviera contando un chiste buenísimo. “Pero qué dices, chalao‘, que te voy a dar yo libre…”. Está claro, es así. En los tiempos que corren se supone que la cosa está tan malita que todos hemos de conformarnos y aguantar estoicamente los latigazos que recaen sobre nuestras espaldas porque “con tener trabajo ya podemos darnos con un canto en los dientes”. Y no digo yo que en parte esto no sea verdad, que tener trabajo hoy en día es casi un privilegio. Pero miren, verán, aquí hay un enorme problema (por no llamarlo abuso de poder). Y es que mientras las empresas exigen un compromiso impertérrito por parte de sus empleados, no son capaces de dar nada a cambio de ese compromiso. En resumen: que exigen sangre, sudor y lágrimas de sus empleados sin ceder ni un ápice.

Y luego se sorprenden de que sus empleados se desmotiven y terminen cobrándose sus pequeñas venganzas, que normalmente se traducen en un desempeño del trabajo totalmente ineficiente. Porque todo el mundo sabe que cuando uno está a gusto trabaja mucho mejor. Y, sin embargo, aunque todo el mundo afirma saberlo orgullosamente y con aires de progreso y de inteligencia, luego, a la hora de la verdad, lo que les va es tiranizar. Por ejemplo, si este jefe le hubiera dado al chico de Canarias un viernes libre al mes (algo totalmente lógico, nada descabellado), lo habría incentivado. Y así, la siguiente semana, cuando tuviera que quedarse dos horas más de lo estrictamente estipulado, a lo mejor le habría pesado menos hacerlo.

Pero no sé de qué me sorprendo cuando en una ingente cantidad de relaciones interpersonales las cosas funcionan de un modo muy similar. No saben ustedes la cantidad de cazurros que hay ahí fuera dispuestos a exigirlo absolutamente todo con cara de merecerse eso y más y luego no mover un dedo en contrapartida. Y, oyes, es que hay quienes se tienen en tan alta estima que piensan que el hecho de dar un poco de amor o de amistad es un regalo megaestupendo que te están haciendo ante el cual debes postrarte y mostrar una actitud agradecida y sumisa, como si no te lo merecieras, como si te estuvieran regalando algo o como si te estuvieran perdonando la vida por tener una relación de amistad o de pareja contigo. Es decir, mientras ellos pueden exigirte lo más de lo más, que casi te mueras por ellos, que hagas de todo por contarles y satisfacerles, que te desvivas… Mientras ellos no tienen por qué mover un dedo ni aguantar la más mínima, en una fantástica y maravillosa interpretación de la ley del embudo, tú tienes que aguantarlo absolutamente todo, tirar p’alante como si tal cosa, aceptar como natural que mientras tú pones toda tu maldita carne en el asador, desde el otro lado nadie te hará un gesto de agradecimiento siquiera, sino que, es más, exigirán todavía más y te chuparán hasta la última gota de sangre que les permitas.

Exactamente la misma actitud que mantienen ciertos jefes con sus empleados, quienes asumen que por darte trabajo te están haciendo un enorme favor.

Así que sí, la gente seguirá muy preocupada por la economía y por la crisis, por los bancos, por el dinero y por todo eso, pero la triste realidad es asistimos a una crisis de relaciones interpersonales que afecta a todos los ámbitos, y el laboral es uno de ellos. Y lo peor es que esta crisis no sólo se acentúa, sino que además el abuso de poder se vuelve a legitimar cada día más. Aprovecharse de la coyuntura, que se llama.

Qué estúpida pulsión del ser humano la de querer pisotear a sus congéneres.

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