Losers

El otro día leí un estupendo artículo sobre el fracaso. A decir verdad, fue una amiga la que amablemente me lo puso ante las narices, porque llevo algunos días (y quien dice días dice semanas) dándole demasiadas vueltas a la cabeza. Podría ir de guay y decir que esas vueltas me están llevando a un buen sitio, pero lo cierto (y lo que más me joroba) es que esas vueltas no hacen sino despertar y traer a la mente demonios que, en muchos casos, ya creía derrotados. Al parecer, como ocurre con las tormentas, únicamente amainan y cuando ya las crees olvidadas y respiras tranquilamente, el sosiego se ve interrumpido y vuelves a sobresaltarte por culpa de un trueno. Así es mi cabeza y supongo que la de todo hijo de vecino: una putada con la que se ha de convivir de la mejor manera posible.

Yendo al grano (que me gusta entretenerme por el camino), el artículo hablaba sobre que estos días inciertos se nos presentan como un aparentemente inofensivo engranaje perfecto que conjuga el binomio éxito-fracaso y que controla nuestros impulsos y acciones de un modo muy particular en torno a ellos. El meollo del asunto es que vivimos una era compuesta por triunfadores, aquellos que son capaces de conseguir lo que quieren siempre, las cabezas salientes que suponen un ejemplo para todos los individuos de estas sociedades. Se habla de ellos todo el tiempo, son los que copan nuestra atención: deportistas, artistas, actores y actrices, cantantes, escritores… Y si aludimos a la gente de a pie, personas que por un motivo u otro han logrado superar una situación terrible o que se han hecho a sí mismas y saborean los efluvios más dulces de la vida. Algunos trabajan muy duro y luchan contra viento y marea para alcanzar sus méritos.

Son esos casos que normalmente se nos presentan para que entendamos que el éxito se encuentra al alcance de cualquiera que se esfuerce lo suficiente y que, por lo tanto, nos hacen responsables de su satisfactoria consecución o, por contra, del fracaso más estrepitoso. Así es, la premisa sería tan simple como “inténtalo, no tengas miedo, pero tanto si lo consigues como si no has de saber que te responsabilizarás de ello”. Ergo cabe la posibilidad de que te sientas muy satisfecho de ti mismo en el remoto caso de que logres rebozarte en las mieles del éxito, pero también hemos de contemplar la situación, que además suele ser mucho más probable, de que no lo consigas y, por ende, te veas obligado a albergar la sensación de que eres escoria.

Así es cómo funciona lo de autoculparse, ¿saben? No estoy siendo dramático como otras veces, sino que, más bien, estoy siendo sincero. El fracaso es una de las cosas peores vistas en estos tiempos que corren. Aquello de “lo importante es participar” es un cuento superguay que alguien se inventó para guardar las apariencias, pero la realidad es que cuando uno intenta hacer algo, lo que quiera que sea, espera conseguirlo, ganar, lograr el éxito. “Lo importante es participar” es el consuelo de los patéticos que no superaron las adversidades. Entre otras cosas porque se nos ha enseñado, y esta idea se refuerza día tras día, que los fracasos son manchas irrevocables en nuestro historial que ponen de relieve nuestra incapacidad, nuestros fallos, nuestros defectos: precisamente, esos demonios que todos albergamos y que de cuando en cuando pensamos muertos, cuando en realidad únicamente se hallan en dulce letargo.

Los fracasos subrayan todo lo malo de nuestra personalidad y nos hunden en la miseria. Parece ser que a la hora de juzgar, el imaginario colectivo, toda esa gente que cuando no logras ser el mejor en todo lo que te propones se sitúa a tu alrededor, bien para darte ánimos, no sin una pizca de condescendencia o, peor, de sentimiento de compañerismo entre fracasados, bien para reírse a mandíbula batiente de ti, se ha olvidado de que lo que esconde cada éxito, cada triunfo, cada carrera ganada, cada reconocimiento, es un reguero de fracasos y de intentos fallidos. Fracasos e intentos fallidos que son necesarios para dotarnos de la humildad necesaria para aprender de nuestros errores o perfeccionar nuestras virtudes. Todo eso se olvida, cada cima culminada se convierte en el único elemento visible para todos los que, con admiración, se hacen eco de la noticia. Y la historia que esa cima lleva detrás se oculta, porque los fracasados quedan muy mal; incluso cuando han conseguido superar ese fracaso no logran deshacerse de la etiqueta de perdedores.

Así es cómo se desarrolla un miedo enfermizo a fracasar en cualquier cosa que nos propongamos y así es cómo muchos de nosotros nos tornamos en unos puñeteros obsesos de la perfección cuando se trata de evaluarnos a nosotros mismos, nuestro trabajo, nuestra personalidad o cualquier conducta que llevemos a cabo. Algunos de nosotros nos transformamos e incluso llegamos a aceptarnos como losers crónicos que se hacen conscientes a cada paso que dan de su incapacidad para estar a la altura de las expectativas sociales (algunas de ellas reales, otras conformadas e interiorizadas a través del delirio paranoide del neurótico).

Es una verdadera pena, porque es este miedo al fracaso el que nos impide hacer muchas cosas, el que en infinidad de instantes clave en los que hay que arriesgar, nos paraliza y nos hace esclavos del látigo de siete puntas que mentalmente todos sujetamos, alzado sobre nosotros. Y, encima, nos impide disfrutar de aquellas que llegamos a hacer, aquellas que despiertan las ganas suficientes como para traspasar la barrera del miedo a no estar a la altura, a fracasar y, con ello, a decepcionar, tanto a los demás como a uno mismo.

Tal vez deberíamos ser un poco más inteligentes y darnos cuenta, pero de verdad, no para quedar muy bien en reuniones sociales, que intentarlo no garantiza el éxito, pero sí debería garantizar la satisfacción; que ganar está bien, pero es lo de menos. Y que, aun así,, después de todo, uno no llega al final de ningún camino sin haber tropezado con unas cuantas piedras.

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Un comentario en “Losers

  1. Hola Charly el fracaso esconde la misma proporción de negación que la victoria, pues en ambas perdemos algo, no sé cómo la gente no se da cuenta de esto. Lo importante es hacer lo que hagamos con interés y amor, sin esperar nada a cambio, para estar por encma de los juicios mediáticos.

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