Navidad, Navidad

Vale. Lo admito. Es verdad. Cada año que pasa la Navidad me gusta menos. Y no es por el rollo ese de ir de transgresor que muchos han tomado como bandera para hacerse los guays y los antisistema. Es simple y llanamente porque cada vez me siento menos inmerso en eso que algunos llaman espíritu navideño. Tampoco es que me posea el Grinch. Pero que no, que no me sale.

Y es que, nos cueste más o menos admitirlo, el espíritu navideño va inevitablemente unido a la familia. Oyes, que yo conozco a gente que tiene familias unidas, en la medida de lo tolerable. Con sus problemillas y todo eso, pero unidas. Fíjense, que yo antes me moría sólo de pensar que llegaban estas fechas, pero de gustirrinín, porque me hacía mucha ilusión y todo eso. Y ahora es como que me deja frío y con muy poco que decir pero mucho que regurgitar. Es decir, que podría decir mucho sobre el tema, pero normalmente, y menos en estas fechas, a la gente no le suele gustar que hables de determinadas cosas. Yo por eso me callo. Y porque uno vale más por lo que calla que por lo que habla. Por eso no actualizo desde el año cuatro. Fue encender el alumbrado y yo quedarme mudo y patidifuso.

Que digo yo, ¿el espíritu navideño es recuperable o ya no hay vuelta atrás?

Y a mí que me da que es más bien lo segundo…

Ay, sí. Que Felices Fiestas y todo eso.

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