Principio de inconformismo

Por regla general, si quieres avanzar, evolucionar y conseguir algo auténtico y que merezca medianamente la pena estás obligado a tirarte al fango y a bucear.

Y digo fango por no decir mierda.

En fin, allá vamos. Ya tengo las aletas puestas.

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Cariño, rey, prenda, cielo, vida…

Apelativos amorosos de muy diferente calaña que se dicen por amor. Porque cuando la gente se enamora llama al objeto de sus desvaríos de formas muy peculiares; y sí, a veces peculiar quiere decir ridículo…

Te voy a llamar "manzanita de amor que sale de mi ojete". ¿Ves que bien?

Te voy a llamar “manzanita de amor que sale de mi ojete”. ¿Ves que bien?

Esta semana ha sido San Valentín. Sí, sí, San Valentín, la fiesta esta del amor que la gente celebra y en la que aparece un tipo con un arco y unas flechas en la espalda. No, el de verde es Robin Hood; yo me refiero a Cupido. ¿Cómo? ¿No sabías que era San Valentín? No me digas que se te ha pasado, tía… No me extraña que no te hayas percatado de que se acercaba el 14 de febrero, el Día de los Enamorados, porque, al fin y al cabo, durante las semanas previas uno solo se encontraba corazones hasta en la sección de congelados del Mercadona… Allí, entre las espinacas y los palitos de merluza, hasta las gambas congeladas te miraban y te gritaban al paso: ¡compra, compra, compra, compra algo para tu novio, que es el día del amor, coño! Un agobio, que incluso fui a comprar pipas y a la quiosquera se le escapaban corazones del ojete. Vamos, un no parar.

El caso es que en estas fechas tan entrañables y superespeciales la gente se pone un poco tierna y ligeramente moña. También es verdad que es la época: si no te pones un poco ñoño con el tipo que te gusta en San Valentín es que ya no sientes nada y has muerto por dentro, ergo ahora ya serías capaz de asesinar a un oso amoroso sin piedad mediante un estrangulamiento cómodo y rápido utilizando un arco iris. Ahí, a lo bruto, sin mariconadas. Sin embargo, hay determinadas personas que no necesitan un San Calentín para ponerse melosas y pegajosas y llegan a sobreactuar su papel de desaforado amor cualquier día del año, hasta el punto de provocar vomitonas en sus congéneres. Sin ir más lejos, una vez estaba yo en mitad de una calle abarrotada de gente bebiendo un vaso de agua y de repente un tipo cachas pasó corriendo junto a mí. A los pocos segundos, hizo su aparición una chica bastante peculiar que gritaba con tanta fuerza que el bótox que llevaba estuvo a punto de reventar y ahogarnos a todos los habitantes de la Tierra, rollo Deep Impact. La chica exclamaba con devoción:

—¡Espera! ¡Voy contigo! ¡Espérame, pequeño bebé de amor!

Como es normal, miré a mi alrededor buscando la cámara oculta. Se me quedó la misma cara que cuando abro un libro de matemáticas avanzadas y, acto seguido, me pedí otro vaso de agua pa’ el mal rato. Es que, no es por nada, pero yo le eché un ojo al muchacho y era un tío de dos metros diez de altura; su bíceps debía tener un diámetro de, chispa más o menos, lo que viene siendo mi talla 40 de pantalón y sus espaldas se asemejaban muy demasiado al colchón de viscolátex de matrimonio que anunciaba Pikolin. Es decir, que lo que se dice precisamente un pequeño bebé de amor aquel muchacho no era. Y, al margen de esto, ¿qué nivel de perjuicio mental hay que poseer para gritarle a tu novio a lo largo de toda una calle llena de gente hasta los topes algo así?

Total, que si uno se para a mirar a los demás, aunque sólo sea para dejar de mirarse el ombligo un ratico, se dará cuenta de que las parejas utilizan con mucha frecuencia apelativos cariñosos de muy diversa índole. Algunos tienen su pase. Otros, en cambio, son bastante ridículos y dan un poco de vergüenza ajena. Pero todos, más o menos, se pueden agrupar de la siguiente manera:

1. Los clásicos románticos. Ya sabes, tía, la gente ve muchas películas de amor y es capaz de decirse casi cualquier cosa, por horrenda que sea y por mucho que recuerde a un culebrón venezolano, con tal de creerse que sus relaciones son tórridas y apasionadas. Por eso usan palabras como amor, amorcito, cariño, vida, alma mía, tesorito, cielo, lindo, sol, rey, príncipe, princesa, corazón, ángel caído, amor de mi vida y de mi corazón, peque, cosita, luz de la mañana, bella, regalo inesperado del cielo, dios griego del Olimpo, Bella Durmiente, Ricitos de Oro, Los Tres Cerditos (por aquello de los tríos), luz de mi vida, peluchín, pitufina (que no “putifina”, que eso puede dar lugar a malentendidos) y, en general, cualquier cosa que posea la capacidad de provocarte una subida de azúcar y acabar con tu fe en el género humano. También se dan en otros idiomas: darling, baby, heaven, sugar, honey, sunshine, love, mon amour, mi amol…

2. Los que derivan de piropos. Muchos nos levantamos con alma de obrero (aunque digan ciertos partidos políticos que somos unos vagos y no queremos trabajar) y nos sale la vena del piropo. Hay que aclarar que el piropo no se dice con voz de pito, sino utilizando una voz ronca y chulesca, de machote, rollo instinto rural y primitivo. No se dice “cuerpo”, sino “cuerrrrrrrrpooooooo”, como queriendo transmitir “ven acá p’acá, quien fuera cabra pa’ comerte to’ lo verde”. También están ojazos, preciosa, guapo, culito, morenazo, macizorro, buenorro, “ven aquí que te voy a dar lo tuyo y lo de tu primo”, “te vas a enterar de lo que es bueno en cuanto me termine el bocata de chorizo, tío bueno”, “me pica lo que me pica y me lo vas aarrascar” y otros similares que provienen del más puro embrutecimiento.

3. Los de comidas. A todos nos encanta engullir y más en estos tiempos de ansiedad y estrés ocasionados por el inminente embargo del piso de dos metros cuadrados en el que vivimos, el nuevo disco de Melendi o la cara de Belén Esteban. Esas cosas normales que hacen que te conviertas en una auténtica gorda de profesión para superar los sinsabores de la vida moderna. Por ello, no hay nada mejor que hacer de tu cocina una auténtica fuente de inspiración: es abrir la nevera y surgen millones de ideas. Así, es muy común encontrar que la gente llama a sus novios buñuelito, caramelito, bombón, corazón de melón, labios de fresa, boquita de piñón, terroncito, pastelito, yogurcito, ciruelita, manzanita, dulce de leche, galletita, “choco crispis de Kellog’s” (un poco largo, pero mira), “calabacín maduro” (no pretendamos averiguar por qué), “cocido madrileño” o “mamá, esta leche cuánto tiempo lleva abierta, que me la voy a beber y no quiero que me siente mal y me dé un apretón de camino al trabajo, en el autobús de línea”.

4. Los de animales. Porque casi todos, en nuestra más tierna e insoportable infancia tuvimos esa fase en la que afirmábamos que de mayores íbamos a ser veterinarios para poder acariciar perros, gatos, caballos, elefantes, jirafas, rinocerontes… (anda que no teníamos moral, maricón, que nos pensábamos que ser veterinario era lo mismo que ser Félix Rodríguez de la Fuente). Todo para que muchos de nosotros nos pasemos la vida huyendo de los conejos. Ironías de la vida. Pero los animales molan. Así bien, mucha gente llama a sus parejas mediante apelativos tan magníficos como gallinita, gatita, conejito, ratita, bichito, osito, fiera, tigre, cachorrito, pinchoncito, abejita, ranita… vaca, foca, perra, zorra… A mi ex estos últimos le encantaban; lo digo por si su novio de ahora lee esto, rollo consejo de tú a tú.

5. Los de plantas. La botánica, ese apasionante mundo en el que más de un romántico se pierde, no porque le gusten las flores, sino porque siempre quiso cepillarse a un jardinero. Florecilla, amapola, orquídea, margarita, blancaflor, rosita, azucenita, dama de noche, jacinto, petunia mía, cardo borriquero, matojo (hay quien lo de depilarse lo lleva fatal)…

6. Los cachondos. Nada mejor que tomarse la cosa con regodeo y un poco de chispa. Gordi, rechonchi, churri, chorbi, pariento, cuchi-cuchi, pichurri, pichagorda, chochete, picha de oro… Mucha “ch”.

Total, que no nos falta creatividad para poner sobrenombres cariñosos y cada uno tiene sus preferencias. Y, bueno, al margen de la vergüenza ajena, todo es respetable, ¿eh? Sin ir más lejos, el otro día una amiga me contaba que le encanta que su novio le tire del pelo y la llame guarra. Chica, pa’ gustos, colores…

 

Monólogos vs. Diálogos

La gente, así en general, tiene serios problemas de comunicación. Y esto no lo digo yo, que lo dicen unos señores que tienen muy mala pinta, de perroflautas y eso, pero que en realidad tienen carreras universitarias y todo y se hacen llamar sociólogos. Ya sabéis, esos tipos que dicen cosas que no sirven para nada según algunos listos que se creen que lo saben todo. Pues bien, en plena era de la comunicación, cuando tienes tres mil quinientas sesenta y cuatro maneras diferentes de conectar con tus amigos y de comunicarte con personas tan relevantes como la vecina del primo del hermano de Belén Esteban (taco de importante para llevar una vida feliz) resulta que somos memos de manual y no sabemos comunicarnos. Porque, veréis, queridos lectoras, comunicarse no es sólo sentarse delante del messenger a abrir ventanas como loco, ni siquiera conectar la cam y empezar a desnudarse. Eso, en cualquier caso, puede convertirte en un poco casquivana, pero desde luego no te hace más comunicativa. Y comunicarte no consiste tampoco en sentarte delante de cualquiera y soltarle el discurso de la historia de tu vida sin parar.

Todos hemos conocido a la típica persona higocéntrica que un día te encuentras andando por la calle, en la cola del supermercado, en un bar de ambiente de maricas modernas o en una biblioteca de barrio y empieza a contarte su vida compulsivamente, como si le hubieran dado cuerda. Y así se pasa dos horas y treinta y dos minutos de reloj contándote cosas tan interesantes como que se le ha enconado un pelo del escroto o como que su canario se ha torcido un tobillo y lo está pasando muy mal. O, incluso, esa persona comienza a relatarte a bocajarro, de repente, sus traumas infantiles y contemporáneos desde una perspectiva tan dramática que los guionistas de Al Salir de Clase se hubieran frotado las manos. Se trata de esas típicas personas que hablan y hablan sin parar, sin hacer un simple inciso para preguntarte cómo estás, mientras tú, incapaz de interrumpir ese discurso, esa verborrea digna de un crío de tres años, te preguntas (interiormente, claro) qué has hecho para merecer semejante suplicio, dónde han situado la cámara oculta o si es que de repente se te ha puesto cara de teléfono de la esperanza o algo.

Este blog, consciente del sufrimiento humano que generan este tipo de personas, se ha decidido a llenar de luz y de color las vidas de sus lectores elaborando una diferenciación la mar de útil. Y es que, entendámoslo, si Coco en Barrio Sésamo se hubiera dejado de tanto cerca y lejos y tanto encima y debajo y hubiera dedicado un episodio a esto, todo sería muy diferente y no tendríamos que soportar que individuos de muy diversa calaña nos tomen por idiotas y por sus psicoanalistas gratis. Así, para solucionaros la vida, os presento la diferencia entre monólogo y conversación o diálogo. Taco de básico, tía, para imprimir y llevar a todas partes y según el caso estampárselo en la cara a más de uno y de una (o, en su defecto, introducirles una bola hecha de calcetines sucios en la boca, algo que es moda y se lleva mucho en, Barcelona, por ejemplo).

1. En primer lugar, en un monólogo hablas tú solo. Sí, es así, no interactúas con nadie. En una conversación, que es lo que normalmente se tiene con la gente que te encuentras por ahí, hablan otras personas. Sí, tía, es increíble, porque aunque no te lo hayas planteado, el resto de las personas también saben hablar, lo aprendieron en su infancia igual que tú. Alucinante. Sus bocas se mueven y emiten sonidos con significado (no aplicar en el caso de la Duquesa de Alba). Aunque tú, en tu cerebro, no proceses esa información porque lo único que ves cuando te hablan, en los extraños casos en los que les permites hablar, es un mono tocando los platillos, el resto de las personas también pueden comunicar cosas. Y algunas hasta son interesantes, fíjate, muy fuerte.

2. En un monólogo tú dominas los temas de los que se habla. Sabemos, querido y adorado ser con complejo de cotorra que para ti los tres temas más importantes del mundo son tres: tú, tú y tú. Querido lectora, sabemos que tú crees que tu vida es simple y llanamente apasionante y que por eso debes contársela a todo el mundo, pero hay otras cosas de las que hablar en las que el resto de las personas también pueden participar. A eso, sacar temas que tengan algún punto en común con la persona que tienes delante con cara de gilipollas sin hablar, se le llama iniciar una conversación. Vamos, sabemos que puedes hacerlo, sabemos que puedes callarte la boca durante, al menos, dos minutos y escuchar lo que el otro tipo tiene que decir sin estar pensando en la lista de la compra. Ningún rayo te fulminará ni nada si lo haces y así, calladito, se te pone la lengua como un gatete con menos frecuencia y bebes menos agua; y ser ecológico es moda, se lleva mucho en, por ejemplo, Barcelona.

3. En un monólogo las preguntas son retóricas o están dirigidas a ti mismo y el interés se centra en ti, en lo que tú tengas que contar. En un diálogo, en cambio, aunque no puedas creértelo, se realizan preguntas a la otra persona destinadas a saber cosas de ella. Sí, sí, saber cosas de ella. Aunque ya nos queda claro que no te interesa lo más mínimo lo que los otros te pueden contar, forma parte de la cortesía mostrar interés por las vidas de otra gente. Para ello se utilizan las siguientes fórmulas, totalmente novedosas para ti, lo sabemos, pero la mar de útiles si no quieres que tu vida social se vea reducida a hablarle a un nabo de plástico; para hacerlas más fáciles de recordar Alejandro Sanz las sintetizó en una canción: “cómo estás”, “qué tal te va”, “allí es de día o es de noche”, “es bonita esa ciudad para ir de vacaciones”. Muy sabiamente, Alejandrito tituló la canción Mi soledad y yo, o sea, tú soledad y tú, más o menos los que asistiréis a tu próxima fiesta de cumpleaños si no sigues mis sabios consejos. Por supuesto, hay que permitir que la persona a la que se dirige las preguntas las conteste, no vale cambiar de tema antes de que haya vocalizado el predicado de la primera frase de la respuesta.

4. En un monólogo puedes contar lo que te salga de las bolas chinas con todos los detalles que quieras. Incluso puedes relatar cómo te comiste una naranja como la cosa más importante del mundo y con todo lujo de detalles, aunque sea un coñazo insoportable y aporte tanto como el último disco de Mariah Carey a la historia de la música. En un diálogo, consciente de que los momentos de comunicación se reducen y no son infinitos y de que la gente tiene mejores cosas que hacer que oír tus gilipolleces, uno debe resumir, sintetizar, contar lo más relevante y únicamente entrar en detalles cuando el interlocutor se interesa, en plan “¿y esto cómo fue?”. No es necesario que le cuentes hasta las bragas que llevabas el día de tu Primera Comunión, hay información que es tan importante como tu opinión sobre la extinción de la garrapata sureña. O sea, nada.

5. En un monólogo, las personas que hay a tu alrededor se denominan público y normalmente están ahí bien porque lo que cuentas es realmente ingenioso, bien porque esperan que te calles en algún momento para que empiece a hablar otro en plan terapia de grupo. En un diálogo, las personas que hay a tu alrededor se llaman amigos y conocidos y tienen tanto derecho como tú a hablar. Que no, mona, que no eres el centro del Universo ni tienes más problemas que nadie, no eres la mayor víctima del mundo ni hay una conspiración contra ti ahí fuera. Dosíficate, querida, no tengas tanto afán de protagonismo, que te estás tomando un café, no estás actuando en un escenario; ni siquiera eres una silueta de Confesiones.

6. En un monólogo le puedes contar a unos desconocidos cosas superíntimas. Si lo haces en plan cómico, estás en El Club de la Comedia y deberías esmerarte para que te contraten en LaSexta aunque sea para llevarles los cafés al Gran Gwyoming. Si lo haces en plan drama, estás en una consulta psicológica o en El Diario con Sandra Daviú. Y es que, aunque no te lo creas, hay formas y formas de contar las cosas y hacer que los invitados a una fiesta se quieran cortar las venas no es muy sano que digamos. En una conversación, hay una cosa que se llama confianza y que se adquiere con el tiempo y a medida que conoces a esas personas y que hasta puede llegar a desembocar en una amistad si no asustas a la gente relatando con lágrimas en los ojos que tu profesor de gimnasia rítmica te metió mano en los vestuarios del instituto y tú acudiste a casa a lavarte con un estropajo Nana (los que son casi de lija) para restregarte con fruición y violencia la piel mientras gritabas en la bañera “¡Sucia, sucia!” . Eso no está bonito ni es bueno para tu salud mental ni para la de los demás.

Y ya está, esto es todo. Es muy sencillo, ¿verdad? No ha sido necesario aprenderse la lista de los Reyes Godos ni nada. Pues esta lista podéis imprimirla y entregársela a esas personas en las que habéis pensado al leerla. Quién sabe, lo mismo hasta le cambiáis la vida a alguien.

Por último, lo que hay que dejar claro es que la comunicación es otra cosa, que la comunicación es compartir, un intercambio, una reciprocidad, algo que puede ser realmente maravilloso si se hace bien, por muy necesitadas que anden algunas personas de atención o de que se las escuche.

Y a veces, cuando uno deja de hablar y se pone a escuchar puede llevarse auténticas sorpresas…