Monólogos vs. Diálogos

La gente, así en general, tiene serios problemas de comunicación. Y esto no lo digo yo, que lo dicen unos señores que tienen muy mala pinta, de perroflautas y eso, pero que en realidad tienen carreras universitarias y todo y se hacen llamar sociólogos. Ya sabéis, esos tipos que dicen cosas que no sirven para nada según algunos listos que se creen que lo saben todo. Pues bien, en plena era de la comunicación, cuando tienes tres mil quinientas sesenta y cuatro maneras diferentes de conectar con tus amigos y de comunicarte con personas tan relevantes como la vecina del primo del hermano de Belén Esteban (taco de importante para llevar una vida feliz) resulta que somos memos de manual y no sabemos comunicarnos. Porque, veréis, queridos lectoras, comunicarse no es sólo sentarse delante del messenger a abrir ventanas como loco, ni siquiera conectar la cam y empezar a desnudarse. Eso, en cualquier caso, puede convertirte en un poco casquivana, pero desde luego no te hace más comunicativa. Y comunicarte no consiste tampoco en sentarte delante de cualquiera y soltarle el discurso de la historia de tu vida sin parar.

Todos hemos conocido a la típica persona higocéntrica que un día te encuentras andando por la calle, en la cola del supermercado, en un bar de ambiente de maricas modernas o en una biblioteca de barrio y empieza a contarte su vida compulsivamente, como si le hubieran dado cuerda. Y así se pasa dos horas y treinta y dos minutos de reloj contándote cosas tan interesantes como que se le ha enconado un pelo del escroto o como que su canario se ha torcido un tobillo y lo está pasando muy mal. O, incluso, esa persona comienza a relatarte a bocajarro, de repente, sus traumas infantiles y contemporáneos desde una perspectiva tan dramática que los guionistas de Al Salir de Clase se hubieran frotado las manos. Se trata de esas típicas personas que hablan y hablan sin parar, sin hacer un simple inciso para preguntarte cómo estás, mientras tú, incapaz de interrumpir ese discurso, esa verborrea digna de un crío de tres años, te preguntas (interiormente, claro) qué has hecho para merecer semejante suplicio, dónde han situado la cámara oculta o si es que de repente se te ha puesto cara de teléfono de la esperanza o algo.

Este blog, consciente del sufrimiento humano que generan este tipo de personas, se ha decidido a llenar de luz y de color las vidas de sus lectores elaborando una diferenciación la mar de útil. Y es que, entendámoslo, si Coco en Barrio Sésamo se hubiera dejado de tanto cerca y lejos y tanto encima y debajo y hubiera dedicado un episodio a esto, todo sería muy diferente y no tendríamos que soportar que individuos de muy diversa calaña nos tomen por idiotas y por sus psicoanalistas gratis. Así, para solucionaros la vida, os presento la diferencia entre monólogo y conversación o diálogo. Taco de básico, tía, para imprimir y llevar a todas partes y según el caso estampárselo en la cara a más de uno y de una (o, en su defecto, introducirles una bola hecha de calcetines sucios en la boca, algo que es moda y se lleva mucho en, Barcelona, por ejemplo).

1. En primer lugar, en un monólogo hablas tú solo. Sí, es así, no interactúas con nadie. En una conversación, que es lo que normalmente se tiene con la gente que te encuentras por ahí, hablan otras personas. Sí, tía, es increíble, porque aunque no te lo hayas planteado, el resto de las personas también saben hablar, lo aprendieron en su infancia igual que tú. Alucinante. Sus bocas se mueven y emiten sonidos con significado (no aplicar en el caso de la Duquesa de Alba). Aunque tú, en tu cerebro, no proceses esa información porque lo único que ves cuando te hablan, en los extraños casos en los que les permites hablar, es un mono tocando los platillos, el resto de las personas también pueden comunicar cosas. Y algunas hasta son interesantes, fíjate, muy fuerte.

2. En un monólogo tú dominas los temas de los que se habla. Sabemos, querido y adorado ser con complejo de cotorra que para ti los tres temas más importantes del mundo son tres: tú, tú y tú. Querido lectora, sabemos que tú crees que tu vida es simple y llanamente apasionante y que por eso debes contársela a todo el mundo, pero hay otras cosas de las que hablar en las que el resto de las personas también pueden participar. A eso, sacar temas que tengan algún punto en común con la persona que tienes delante con cara de gilipollas sin hablar, se le llama iniciar una conversación. Vamos, sabemos que puedes hacerlo, sabemos que puedes callarte la boca durante, al menos, dos minutos y escuchar lo que el otro tipo tiene que decir sin estar pensando en la lista de la compra. Ningún rayo te fulminará ni nada si lo haces y así, calladito, se te pone la lengua como un gatete con menos frecuencia y bebes menos agua; y ser ecológico es moda, se lleva mucho en, por ejemplo, Barcelona.

3. En un monólogo las preguntas son retóricas o están dirigidas a ti mismo y el interés se centra en ti, en lo que tú tengas que contar. En un diálogo, en cambio, aunque no puedas creértelo, se realizan preguntas a la otra persona destinadas a saber cosas de ella. Sí, sí, saber cosas de ella. Aunque ya nos queda claro que no te interesa lo más mínimo lo que los otros te pueden contar, forma parte de la cortesía mostrar interés por las vidas de otra gente. Para ello se utilizan las siguientes fórmulas, totalmente novedosas para ti, lo sabemos, pero la mar de útiles si no quieres que tu vida social se vea reducida a hablarle a un nabo de plástico; para hacerlas más fáciles de recordar Alejandro Sanz las sintetizó en una canción: “cómo estás”, “qué tal te va”, “allí es de día o es de noche”, “es bonita esa ciudad para ir de vacaciones”. Muy sabiamente, Alejandrito tituló la canción Mi soledad y yo, o sea, tú soledad y tú, más o menos los que asistiréis a tu próxima fiesta de cumpleaños si no sigues mis sabios consejos. Por supuesto, hay que permitir que la persona a la que se dirige las preguntas las conteste, no vale cambiar de tema antes de que haya vocalizado el predicado de la primera frase de la respuesta.

4. En un monólogo puedes contar lo que te salga de las bolas chinas con todos los detalles que quieras. Incluso puedes relatar cómo te comiste una naranja como la cosa más importante del mundo y con todo lujo de detalles, aunque sea un coñazo insoportable y aporte tanto como el último disco de Mariah Carey a la historia de la música. En un diálogo, consciente de que los momentos de comunicación se reducen y no son infinitos y de que la gente tiene mejores cosas que hacer que oír tus gilipolleces, uno debe resumir, sintetizar, contar lo más relevante y únicamente entrar en detalles cuando el interlocutor se interesa, en plan “¿y esto cómo fue?”. No es necesario que le cuentes hasta las bragas que llevabas el día de tu Primera Comunión, hay información que es tan importante como tu opinión sobre la extinción de la garrapata sureña. O sea, nada.

5. En un monólogo, las personas que hay a tu alrededor se denominan público y normalmente están ahí bien porque lo que cuentas es realmente ingenioso, bien porque esperan que te calles en algún momento para que empiece a hablar otro en plan terapia de grupo. En un diálogo, las personas que hay a tu alrededor se llaman amigos y conocidos y tienen tanto derecho como tú a hablar. Que no, mona, que no eres el centro del Universo ni tienes más problemas que nadie, no eres la mayor víctima del mundo ni hay una conspiración contra ti ahí fuera. Dosíficate, querida, no tengas tanto afán de protagonismo, que te estás tomando un café, no estás actuando en un escenario; ni siquiera eres una silueta de Confesiones.

6. En un monólogo le puedes contar a unos desconocidos cosas superíntimas. Si lo haces en plan cómico, estás en El Club de la Comedia y deberías esmerarte para que te contraten en LaSexta aunque sea para llevarles los cafés al Gran Gwyoming. Si lo haces en plan drama, estás en una consulta psicológica o en El Diario con Sandra Daviú. Y es que, aunque no te lo creas, hay formas y formas de contar las cosas y hacer que los invitados a una fiesta se quieran cortar las venas no es muy sano que digamos. En una conversación, hay una cosa que se llama confianza y que se adquiere con el tiempo y a medida que conoces a esas personas y que hasta puede llegar a desembocar en una amistad si no asustas a la gente relatando con lágrimas en los ojos que tu profesor de gimnasia rítmica te metió mano en los vestuarios del instituto y tú acudiste a casa a lavarte con un estropajo Nana (los que son casi de lija) para restregarte con fruición y violencia la piel mientras gritabas en la bañera “¡Sucia, sucia!” . Eso no está bonito ni es bueno para tu salud mental ni para la de los demás.

Y ya está, esto es todo. Es muy sencillo, ¿verdad? No ha sido necesario aprenderse la lista de los Reyes Godos ni nada. Pues esta lista podéis imprimirla y entregársela a esas personas en las que habéis pensado al leerla. Quién sabe, lo mismo hasta le cambiáis la vida a alguien.

Por último, lo que hay que dejar claro es que la comunicación es otra cosa, que la comunicación es compartir, un intercambio, una reciprocidad, algo que puede ser realmente maravilloso si se hace bien, por muy necesitadas que anden algunas personas de atención o de que se las escuche.

Y a veces, cuando uno deja de hablar y se pone a escuchar puede llevarse auténticas sorpresas…

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2 comentarios en “Monólogos vs. Diálogos

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