Absolutismos

Esta semana escribí en Universo Gay un artículo sobre las generalizaciones. Como ya es habitual, me centré en el amor, en esa frase tan manida de “todos los tíos son iguales” con la que a veces se nos llena la boca, la misma que nos creemos a pies juntillas y que nos impide ver con claridad y conocer a los demás de verdad (en este caso a los hombres). Pero luego me puse a pensar y me di cuenta de que últimamente nuestra vida está regida por absolutismos.

No hay más que echar un vistazo rápido a la prensa para toparse con montones de generalizaciones. El mundo, la crisis, el 2012, nos está radicalizando. Y no sólo hablo del Gobierno o de la clase política. Al final todos nos estamos acercando sospechosamente a los extremos y realizamos afirmaciones dañinas.

Estos días hemos leído atrocidades de enorme calibre como que todos los desempleados pasan de buscar trabajo porque prefieren acomodarse y cobrar el paro, que el cobro del paro desincentiva la búsqueda de empleo y por eso hay que reducirlo o quitarlo; que los inmigrantes vienen a España a aprovecharse de nuestra Sanidad (aparte de a quitarnos el trabajo a los españoles, claro); que los maricones son unos pervertidos lujuriosos salidos de familias desestructuradas y están enfermos; que los viejos abusan de los medicamentos y que por eso hay que cortales el grifo; que la gente de izquierda son radicales perroflautas; que los andaluces somos unos vagos y unos comunistas; que todos los que hacen cultura son unos payasos vagos; que la gente que se manifiesta es peligrosa y terrorista y pertenecen a una suerte de guerrilla urbana; que todos los trabajadores españoles son pocos productivos; que todos los que secundan la huelga son unos flojos y no aman España; que todos los recortes son necesarios; que no se puede hacer nada; que nadie puede solucionar esto; que todos los de la derecha son mejores que los de la izquierda; que todos los de la izquierda son mejores que los de la derecha.

Cuando terminé de escribir el artículo de Amar en tiempos de estómagos revueltos no pude evitar seguir pensando y me percaté de que “el todos los tíos son iguales” se ha extendido y ha terminado eclipsando cualquier percepción sana de la realidad que podamos tener. Porque cuánto más lejos llega un extremo, inevitablemente, más lejos llega el extremo opuesto, para hacer peso, contrapunto, para equilibrar. Vale que los políticos nos lo cuenten así para desmantelar el mundo tal y como lo conocemos, ¿pero de verdad somos tan tontos de entrar en ese juego y dejarnos dividir, creernos todos esos absolutismos y asumirlos como realidades irrefutables? No no estamos equilibrando, sino construyendo un mundo en el que las afirmaciones sin conocer, sin saber, sin tener en cuenta los casos aislados, sin tener en cuenta la heterogeneidad. Un mundo en el que no hay cabida para la unicidad, sólo para el todo o el nada. Un mundo de ignorantes. Un mundo en el que todos pierden, excepto unos pocos que no somos ni tú ni yo, sólo unos pocos que se aprovechan de nuestra ceguera y nuestra estupidez.