A escala

Si una cosa está quedando clara con el asunto este de la crisis es algo que yo empecé a decir hace muchos años, cuando allá por el 2008 nos pensábamos que esto no iba a ser para tanto: esto no es una crisis económica, al menos no primordialmente. Esto es una crisis de valores. Una crisis muy profunda de valores humanos que ha desembocado en la catástrofe económica que ahora mismo nos vemos obligados a afrontar.

Por si hay alguien que no se haya dado cuenta todavía, vivimos en un mundo repleto de aprovechados. El problema no es que no haya dinero, sino que se ha instaurado una filosofía de hacerse rico a costa de otros, de dominar. Vamos, no se hagan los suecos, esto es algo que nos concierne a todos: hoy en día todo dios piensa que el que no aprovecha sus oportunidades es que es tonto, que hay que subirse al carro de los listillos. Las buenas personas, esas que se rigen por la empatía y el altruismo y por conductas prosociales, son mal vistas. Son los pardillos del instituto, no saben nada de la vida y tienen la cabeza llena de pajaritos. Y cuando sale algún caso de un político o cualquier otro lumbreras que ha robado lo más grande, se ha llenado los bolsillos y se está pegando la vida padre a costa de todos nosotros, una de nuestras partes interiores lo censura, pero otra (y he aquí la aberración) piensa: “si yo algún día estoy en su lugar haré lo mismo”.

Y ese es el quid de la cuestión: que hemos aceptado que quien detenta el poder adquiere también ciertos privilegios. Uno de ellos, sin duda alguna, es robar, aprovecharse del sistema y de los pobres incautos sin poder y, encima, salir indemne. El grave problema de esta sociedad no es que haya mucho mangante suelto, es que ya ni siquiera lo condenamos. Estafar, engañar, malversar, quedarse con la pasta y todo eso ya no está ni mal visto. Vemos normal que quien esté arriba nos robe. Y esto, en ciertos países como España, es todavía más marcado: la tendencia que tenemos los españoles a no condenar con demasiada insistencia al que roba porque algún día podemos ser nosotros lo que ocupemos su posición y, naturalmente, robaremos también es verdaderamente alarmante. En realidad, todo va de esperar nuestro turno para mangar. Maravilloso, ¿no?

Y la cuestión es que no nos hace falta ocupar esas posiciones de poder. Naturalmente, la mayoría de nosotros nunca llegará a ser banquero o político, así que hay que buscar nuevas opciones para enriquecerse, económicamente y de manera perversa, pisoteando a otros. ¿La solución? Reproducir la dinámica de las estructuras superiores en las inferiores. Como estafar se ha puesto tan de moda, cualquier mindundi con una brizna de poder sobre otros se toma la licencia de timar a los que tiene por debajo. Porque, claro, él es estafado desde instancias superiores y de algún modo tiene que pagar su frustración, recuperar su pequeña parcela de autoestima y de poder que le ha sido arrebatada. Así, el sistema se va reproduciendo desde las más altas cotas o niveles macro hasta los niveles micro, razón por la cual hasta el frutero de la esquina es capaz de hacerte el gato con tal de sacar unas perras. Pero no es una cuestión de dinero, sino de picaresca, de recuperar la confianza en uno mismo y sentirse menos pobrecito y ridículo. No pasa nada, que nos estafen. Siempre y cuando nosotros podamos estafar a otros. No solo los que salen en las noticias engañan. En realidad, todos estamos metidos en el ajo en mayor o menor medida. O, al menos, esperamos estarlo algún día.

El otro día, en Salvados, uno de los entrevistados lanzaba un mensaje que ejemplifica perfectamente lo que trato de explicar. Él decía que mientras todo el mundo espera que los banqueros y los políticos cambien, nadie o muy pocos son capaces de mirar para adentro y examinarse a sí mismo. Nos encanta ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Este señor propugnaba que el cambio empieza en uno mismo. En uno mismo. Cuando las personas, individualmente consideradas, estén en la posición que estén y tengan los puestos y responsabilidades que tengan, sean políticos o periodistas, fontaneros o tenderos, comiencen a hacer las cosas bien, en base a valores y al respeto a los demás y a sí mismos y cesen de perpetuar la cadena de la estafa, la crisis se acabará. En todas sus vertientes: económica, política y moral. Y tal vez y solo entonces haya un cambio a mejor y los seres humanos del mundo occidental comiencen a recuperar la dignidad para dejar de dar tantísima vergüenza cuando uno se para a mirarlos.

Mientras tanto, seguiremos teniendo el mismo perro pero con distinto collar: chorizos y corruptos a gran y a pequeña escala.

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