A ti, que lo sabes todo sobre mí

A menudo pienso en ti. Sé que lo sabes. Desde que te has ido no pasa un día sin que recuerde alguno de tus gestos o alguna de las muchas conversaciones que mantuvimos. Te echo mucho de menos. Sé que también lo sabes. Echo de menos tu voz, tus llamadas de teléfono y esas noches en las que terminábamos los dos solos, a las tantas de la madrugada, en un Village vacío tomándonos la última. Echo de menos las conversaciones de parada de autobús y las interminables diatribas políticas. Pero lo que más extraño de todo, sin duda alguna, es que contigo todo era sumamente fácil.

Estoy cansado, ¿sabes? Lo sabes. He pasado unos meses muy ocupado, extremadamente desbordado por la ingente cantidad de obligaciones que a principios de año me eché encima. Sé que te parecerá una tontería y que de estar aquí me dirías que soy idiota, pero con frecuencia me recrimino no haber pasado más tiempo contigo durante los últimos meses, haberme centrado demasiado en mis obligaciones, haberme dejado absorber por las ocupaciones. Aunque no sirva de excusa, se trataba de algo temporal. Se suponía que en junio acabaría todo, que volvería a disponer de tiempo libre y que nos íbamos a pegar un verano estupendo de playas, cenas en la Quesería, campings, vinos y gintonics. Se suponía que ibamos a recuperar el tiempo perdido. Pero tú te fuiste y ya no es posible.

Contigo todo era muy sencillo. Siempre me sentía cómodo, incluso cuando discutíamos, incluso cuando me sacabas de mis casillas con ciertos temas políticos. No me exigías que hiciera nada que no quisiera hacer, no te enfadabas por las tonterías por las que habitualmente se enfada la gente. No me manipulabas ni me hacías sentir mala persona cuando no hacía lo que tú querías. Estoy cansado de que haya personas a mi alrededor que me exijan cosas que no me apetece hacer o que no puedo cumplir. Me encantaría que todo el mundo fuera como tú, que se limitaran a aceptarme tal y como soy.

Sé que no me reprochas algunas de las cosas que otros esperan que haga. Sé que lo comprenderías perfectamente. Te has convertido en una especie de concepto, como dice nuestra Muri, una idea enrarecida que apenas tiene nada que ver con lo que tú eras en realidad. Una idea dolorosa que muchos utilizan como una suerte de chantaje emocional al que no me apetece acceder. Ya sabes cómo soy: nunca me ha gustado doblegarme a la voluntad ajena y el solo hecho de que una persona desee obligarme a hacer algo ya se convierte en un motivo suficiente para negarme. Yo sé que tú lo entenderías.

Nuestra amistad nunca, jamás, en ningún momento, se midió mediante esas “obligaciones” o “compromisos” que habitualmente conminan a la gente a mantener relaciones basadas en el “tienes que hacer esto por mí y si lo haces yo haré esto otro por ti”. Nosotros nunca fuimos así.

No tengo por qué demostrarle a nadie cuánto te quería ni lo amigos que somos. Son cosas entre tú y yo. Y lo mejor de nosotros es que nunca tuvimos que demostrarnos nada porque confiábamos el uno en el otro y sabíamos lo que teníamos que saber.

Me martiriza pensar que alguna vez te hice daño. Seguramente fue así. Los humanos somos seres imperfectos y yo estoy como un cencerro. Tengo días muy malos. Pero incluso así tengo la certeza de que no me lo tuviste en cuenta.

Te quiero mucho. Sé que lo sabes del mismo modo que yo sé cuánto me querías tú a mí. Y no habrá nada ni nadie que pueda cambiar eso, de la misma forma que nadie pudo cambiarlo cuando estabas aquí.

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