Tu mierda (y cada día la de más gente)

Todos tenemos una mochila adosada a la espalda que contiene nuestros traumas y variadas pajas mentales: la mierda de cada uno. Sin embargo, hay quienes creen que su mierda no huele y se dedican a tirársela a los demás como deporte. ¿Tan complicado es que cada uno limpie lo suyo?

 

Hay que hacer popó en casa, tía.

Hay que hacer popó en casa, tía.

 Los seres humanos somos unos capullos de primera categoría (qué barbaridad, qué bien me han sentado las vacaciones, fíjate que amable vengo). Esto hay que tenerlo muy en cuenta, sobre todo cuando uno lleva a cabo ese maravilloso deporte de riesgo que es salir a la calle y relacionarse con otras personas, desde los tíos del Grindr a la quiosquera y a tu masajista de las seis. Lo de que la gente es mema no lo digo porque me hayan dejado por what’s up y esté resentido (y lo estaría con razón), ni porque tenga depresión postvacacional, ni porque cada día entienda menos qué clase de dios permitiría que Mariah Carey continuara sacando discos. Lo digo porque la gente en general es muy dada a tirar su mierda a los demás a la cara cuando interactúa. Y eso, queridos, nos convierte en seres despreciables.

Voy a formular una gran revelación: todos tenemos mierda en nuestro interior. Y no me refiero a la mierda física, ni a nada escatológico en el sentido estricto de la palabra (esa, al fin y al cabo, se expulsa y se limpia frecuentemente sin más, nuestro cuerpo sabio se encarga de ello), sino a esa suerte de diarrea mental que hace que bregar con personas se convierta en una hazaña similar a leer las noticias sobre el Gobierno de España sin llorar. Esa mierda que si no nos ocupamos de ella expresamente no sale por ningún orificio, sino que puede quedarse dentro de nosotros durante el resto de nuestras vidas. 

¿Pero de qué clase de mierda estamos hablando? 

Podríamos decir que, debido a nuestra educación, a la experiencia personal, a los programas de Sálvame y de Mujeres, hombres, chonis y viceversa que hayamos visto, cada uno de nosotros poseee unas determinadas pajas mentales, unos conflictos concretos con nosotros mismos y con el mundo que desembocan en unas rutinas de comportamiento definidas. Esto es lo que se conocería como “la mierda de cada uno”. La mierda de cada uno va siempre en una mochila adosada a la espalda de cada cual y, en resumidas cuentas, condiciona nuestras relaciones interpersonales y marca nuestras reacciones, actitudes y comportamientos con respecto a personas y situaciones de la vida diaria. Sí, eso es justo lo que estoy insinuando: en el fondo estamos todos traumatizados por lo que hemos vivido. Lo flipas. Y los psicólogos muriéndose de hambre mientras nosotros nos matamos vivos.

¿Y qué hace la gente normalmente con su mierda? 

Bien, muchos la ignoran abiertamente y pretenden ir por ahí como si ellos fueran seres pulcros y equilibrados que no necesitan cagar, que no generan mierda, sino tallos de lavanda y figuritas de Lladró. El problema es que esto es mentira: aunque la ignoren sigue estando ahí y prueba de ello es que la mierda aparece en cualquier momento de la manera más insospechada. 

Por ejemplo, imaginemos que Feldesponcio tuvo una vez un novio que le puso los cuernos 767627678 veces. Nada más y nada menos. El pobre tuvo algunos deslices (ya sabes: no es que él fuera un cabrón, sino que los maricones somos muy promiscuos, tía, no lo podemos evitar). Feldesponcio se traumatizó, pero comoadmitir que estás traumatizado y de mierda hasta las cejas está tan mal visto en esta sociedad, se hizo el sueco y le dijo a todo quisqui que no pasaba nada, que lo había superado y que comprándose un iPhone con el dinero que debería haberse gastado en un psicólogo todo iba de puta madre pa’rriba. Pero un día Feldesponcio se echó novio (otro distinto, porque hay muchos maricones en el mar) y una tarde, dando un paseo por Chupilandia, un tipo se le acercó a su novio nuevo y le preguntó la hora. Feldesponcio armó la de Dios es Cristo, porque su novio le respondió al desconocido “son las siete y veinticinco” e interpretó que eso implicaba sexo salvaje y húmedo y que el nuevo novio era una zorra hija de puta que deseaba follarse a ese señor con todas sus fuerzas y violentamente contra una pared llena de lubricante y dildos adosados. 

Esto, queridas lectoras, es un conflicto causado por la mierda de Feldesponcio, que ha decidido eliminar sus detritus arrojándoselos a la cara a su nuevo novio. Lo malo es que como Feldesponcio continúa pensando que a él no le pasa nada y que su mierda no huele y es inexistente, situaciones como la descrita se repetirán. La primera vez ese nuevo novio pensará que se le va la pinza un poquito, la segunda que Feldesponcio debe usar calzoncillos que le quedan pequeños y le oprimen los huevos (de ahí su mal humor) y la tercera que está más perturbada que un fan de Justin Bieber. A continuación procederá a darle una patada en el ojete auspiciado por una frase tan simple como verdadera: “niñata, esa mierda no es mía, sino tuya”.

Hay muchísimo tiparraco como Feldesponcio en esta vasta tierra que es el mundo. Son lanzadores de excrementos que se niegan a responsabilizarse de sus deshechos. Cada vez que algo les molesta o les hace daño adquieren una actitud defensiva y proyectan sus pajas mentales. Porque lo de mirar para adentro está muy bien para los personajes de Anatomía de Grey, ¿sabes? Pero para ellos no.

Pero… ¿todos son iguales?

Sin embargo, no todos somos iguales (los maricones sí, somos todos unos promiscuos por lo visto). Hay otro tipo de personas (las menos, no te voy a engañar a estas alturas, amiga Acuario) que, conscientes de que tienen su propia mierda, intentan analizarla detenidamente con el fin de no hacer pagar a los demás por sus propias historias: se detienen a reflexionar antes de actuar, antes de ponerse a la defensiva, y tratan de identificar si la fuente de su malestar es interior o exterior. Antes de liársela parda a quien sea o soltarle tiritos en plan pasivo agresivo se preguntan interiormente: “Un momentito: ¿esta mierda es tuya o es mía?”. Y si es necesario hacen reparto a la hora de limpiar, que está muy bien, ¿sabes? O se ayudan mutuamente, que para eso estamos, no para comportarnos como animales de bellota y hacernos la vida imposible.

Y ya te digo yo que si todos hiciéramos esto más a menudo nos iría infinitamente mejor y las calles y las relaciones interpersonales dejarían de oler tan mal.

Que digo yo que no creo que sea tan difícil ni pedir demasiado que nos comportemos como adultos y que cada uno se ocupe de sus propias cositas.

 

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Infierno

He hecho alusión a esta cita en mil ocasiones, pero creo que merece la pena darle cabida una vez más.

El infierno de los vivos no es algo que está por venir: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos. 

Hay dos maneras de no sufrirlo. 

La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué en medio del infierno no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio.

Las ciudades invisibles, Italo Calvino.

La enésima crisis existencial

Las crisis existenciales siempre llegan en los momentos más oportunos. Parece mentira, pero es así. Las muy condenadas aparecen inesperadamente y repletas de angustia, listas para ponerte el nudo en la garganta en el lugar preciso para que no pase ni la comida, ni la saliva, ni el aire. Poseen un carácter dantesco que logra que en pocos segundos uno se perciba a sí mismo como una especie de desequilibrado. “Estoy fatal de lo mío”, se dice uno, intentando quitar hierro al hecho de que se está planteando demasiados interrogantes. Y, sin embargo, las crisis existenciales se agradecen porque, en cierto modo, consiguen que te percates de cosas muy importantes que estabas pasando por alto.

Este año he cumplido esa especie de propósito que en el fondo no era más que la firme obediencia a mis deseos más profundos: no he pisado la Feria. Y no, no ha sido por repelús hacia el diseño del cartel aquel, sino, simple y llanamente porque no me apetecía una mierda. Es que parece mentira, la enorme cantidad de cosas que solemos hacer solo porque nos vemos obligados por las circunstancias o por quedar bien. Eso mismo le comentaba el otro día yo a una que yo me sé en una ciudad completamente diferente a la mía, lo mucho que detesto el escaso margen de libertad que nos deja esta vida moderna para ser quienes somos. Qué trabajo cuesta hacerse sitio y mantenerse firme, qué ardua labor la de no permitir que lo más auténtico de uno mismo se pierda entre los entresijos de la cotidianeidad y otras memeces. Sí, memeces, porque lo importante, lo verdaderamente relevante es otra cosa.

El hecho de haberme alejado ha sido el pistoletazo de salida para sumergirme en mi crisis existencial, que ya llevaba unas cuantas semanas esperando pacientemente el momento de apoderarse de mí. Está bien, no me quejo, los viajes sirven para eso, para pensar en lo que uno deja atrás, en lo que le gustaría encontrarse al volver y en aquello que le sume en el tedio y la desidia más profunda.

Quizás sean tiempos para averiguar, una vez más, lo que quiero y lo que he dejado de querer. Hay cosas que quiero hacer y que no estoy haciendo y hay cosas que estoy haciendo que nunca quise hacer. Es complicado comprenderlo, pero a la vez es muy sencillo. Lo último que deseo es convertirme en un amargado contrito que se detesta a sí mismo más que a cualquier cosa. Así que puede que sea el momento idóneo de tomar decisiones y hacer cambios, perseguir sueños y buscar luces. En suma, volver al principio sólo para reflexionar acerca de lo que de verdad deseo.

Si algo he aprendido de las crisis existenciales que me han asolado a lo largo de mi vida es que de todas ellas he salido mejor parado de lo que pensaba.

Duele

Cada vez que intento poner en orden mis pensamientos y mis emociones, termino llorando. Es así y necesito decirlo aunque no suene divertido. Ya no puedo frivolizar más, estoy cansado de fingir que las cosas no me duelen tanto, estoy harto de salir a la calle con una máscara y pretender que todo va bien cuando es más que evidente que no es así.

Se me escapan lágrimas que duelen. Puede que sean las lágrimas que más me han dolido en la vida. Se me tuerce el gesto. Y lo peor es que, lo sé y lo siento, esas lágrimas no son más que la punta del iceberg.

Apenas llego a sumergirme en esas emociones contenidas y ya se desata un maremágnum de proporciones considerables. Y muchas veces me pregunto: “¿Qué me he pasado? Yo antes sabía llorar, era un llorica de primera, ganaba todos los premios”. Porque es verdad, yo antes lloraba lo que hiciera falta, buceaba en mi propia mierda que era un gusto y lograba sacarle brillo hasta a los lugares más recónditos del fondo de esa ciénaga que todos llevamos dentro. Y así me renovaba por dentro y por fuera y era capaz de estar bien conmigo mismo y seguir creciendo. Tirar p’alante. Y ahora pues no.

Ahora, ni siquiera he terminado de mirar de reojo a la ciénaga y ya me veo obligado a apartar la vista. ¿Desde cuándo he desarrollado semejante estrategia para no encararme con el horror? Con lo que yo he sido, que el neopreno me sentaba como un guante… Ahora busco excusas todo el tiempo: tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro, tampoco es para tanto, voy a terminar aquello, el neopreno me hace michelín… Cualquier excusa es buena. Estoy estancado en mi cobardía. Tengo un miedo atroz a lo que quiera que pueda encontrar ahí debajo. (Es que, no es por autocompadecerme, pero vaya telita, nena.) 

Siento que algo muy importante se ha roto y que ahora ya no hay manera de arreglarlo. Como un jarrón, ¿sabes? De la Dinastía Ming si quieres, lo que te dé la real gana. El caso es que se ha hecho añicos. Por completo. Estoy convencido de que lo que hay que hacer es pegar los trozos y aprender a vivir con la reconstrucción aunque sea vean las fisuras, apreciar las zonas resquebrajadas (que son heridas de guerra) y no echar de menos (o quizás no con semejante desgarro) esos pequeños fragmentos que en el impacto salieron despedidos y volaron a sitios inaccesibles. Sé perfectamente lo que hay que hacer. El problema es que no tengo la menor idea de cómo hacerlo. Y es importante que lo sepa, porque eso que se ha roto es lo que logra que todo mi engranaje funcione. Un drama. Y una putada.

Duele. (Por fin: que duela es bueno.)