El plumómetro

El utensilio ideal para responder a preguntas existenciales que a veces te formula gente que no te conoce del tipo: ¿Tienes mucha pluma? ¿Cuánto aceite pierdes? ¿Quién es más maricón, Paco Clavel o tú? Ya en tu pantalla, mari.

Tener pluma: un drama cotidiano.

Si tienes pluma eres un marica. Si te comes las pollas a manojos no.

Mariconas, maricones y otros seres derivados de la esfera homochachi: esta semana vengo a hablaros de un tema sumamente escabroso. Yo me he dado cuenta (porque soy taco de observadora) que hay mucha gente que repudia con un énfasis inaudito lo de la pluma. A algunos se les va la vida en recalcar que no la tienen y se obsesionan como si lo de tener pluma fuera equiparable a tener una enfermedad contagiosa muy mala o a ser Mariah Carey o algo. De hecho, una vez yo estaba ligand… conversando animadamente con un tío a través de aquel instrumento del Pleistoceno que era el Messenger y me preguntó (antes siquiera de preguntarme cómo me llamaba):

—¿Tienes mucha pluma?

La verdad es que ante tamaña cuestión de la Humanidad, digna de ser equiparada al quiénes somos, al de dónde venimos, al a dónde vamos y al qué pasa al final de Perdidos, me quedé ojiplático y patidifuso. Porque, me lo expliquen, ¿qué se entiende por mucha pluma? ¿Qué es mucho? ¿Qué es poco? La verdad es que nunca me la he medido (la pluma), ni siquiera he encontrado un test en la Nueva Vale que te lo averigüe tras unas exhaustivas preguntas llenas de sexualidad implícita. Y yo me pongo en plan filósofa y me digo: ¿a dónde estamos llegando, nenas, qué nos pasa, qué clase de problema mental estamos desarrollando? Y lo peor de todo, ¿cuándo alguien va a inventar el plumómetro, un artefacto que nos podamos enchufar directamente al ojete y con una rayita morada tipo predictor nos diga el nivel de mariconismo que poseemos? ¡Es que no podemos con este sinvivir! ¡Que alguien nos diga la cantidad de aceite que perdemos, por favor!

Como la ciencia está tan preocupada por cosas tan tontas como encontrar vacunas a enfermedades mortales (ya ves, hijo, se entretienen con cualquier minucia) y dado que observo una preocupación infinita en la comunidad mariconense por averiguar el grado de pluma de cada uno, he venido a salvar al mundo con un bañador rosa chicle y unos slips celestes por encima (inspirándome en Madonna en el Hung Up. Estoy igualito, me falta abrirme de patas en una pista de baile) y os he fabricado un escalímetro, con el fin de que cuándo os pregunten si tenéis mucha pluma esos desconocidos con los que chatéais a diario podáis responder basándoos en estudios de rigor científico irrefutable como los que se publican periódicamente en este blog.

El plumómetro (ay, mari, y yo con estos pelos):

Nivel 1: Que te gusten los tíos. Esto está claro, ¿no? ¿O queréis que os haga un croquis? Y vosotros os preguntaréis… ¿sólo porque me gusten los hombres ya se puede considerar que tengo pluma nivel 1? Pues claro, porque mira, cari, a los machotes auténticos, los masculinos, los tíos tíos (si lo dices dos veces es como más verdad, más macho) no les gustan los hombres. Qué va. Ellos estaban paseando un día por la playa y de repente tropezaron y se cayeron al suelo, y accidentalmente se comieron una polla. ¿Me entiendes? A ellos no les van los rabos, sólo que a veces buscan experiencias de ese tipo, pero sin perder de vista su heterosexualidad. Esto es como lo que dicen muchas “lesbianas de una noche”… Sí, mujer, aquello de “a mí no me gustan las tías, sólo tú”. ¡Ja! Total, que si admites que te gustan los tíos abiertamente y sin tapujos, ya se puede considerar que tienes un nivel 1 de pluma.

Nivel 2: salir por el ambiente. Por alguna extraña conjunción del ojete de mi vecina con el cometa Halley, resulta que el mero hecho de salir por el ambiente ya hace que se te pueda considerar un plumífero de nivel 2. No lo digo yo, lo dicen los miles de perfiles que afirman buscar “a alguien que no se mueva por el ambiente”, como si eso fuera cosa mala. Es que, tía, todo lo malo se pega. Que yo no sé qué se piensan estos maricones que es el ambiente, pero que al final no es más que un garito lleno de gente borracha y/o drograda. Vamos, como todos los garitos del mundo.

Nivel 3: tener muchas amigas. Todos sabemos que lo de ir por ahí con mujeres nunca trae nada bueno. Las maneras femeninas se pegan. Si tú fuiste uno de esos niños marginados en el patio de colegio que preferías pirarte con las niñas a jugar al elástico en lugar de irte con esa panda de niños embrutecidos y cazurros que hablaban a voces mientras le pegaban patadas a un balón, cariño, ya tienes un nivel 3 de mariconismo. Y no es por nada, es porque seguramente el pasado se habrá extendido a tu presente en forma de un montón de amigas mariliendres con las que habitualmente te vas de compras y que te acompañan a los bares de ambiente solícitas y dispuestas a cotillear todo el rato sobre si el camarero es gay o si por el contrario es más hetero que Bertín Osborne y solo le gusta calentar para subirse la autoestima.

Nivel 4: Escuchar música divas gays. Pierdes aceite hasta estos niveles si en tus listas musicales se encuentran Kylie Minogue, Katy Perry, Beyoncé, Britney, Rihanna, esa muñeca gritona que a veces aparece de la nada que es Christina Aguilera u otras menos conocidas en cuyas portadas de álbumes y singles y en cuyos videoclips utilicen mucha purpurina, maquillajes exagerados y hombres musculosos (maricones) como bailarines. Yo creo que si entre la gente normal se suele decir eso de “yo tengo muchos amigos gays”, las divas, cuando se encuentran en una entrega de premios, se dicen entre ellas “yo tengo muchos bailarines gays”, sólo para reafirmar lo friendlys que son. Aunque vayas de culta musical y digas que te decantas por el moderneo, el jazz, el flamenco o las techno rancheras, si cuando suena algunas de las divas gayers te vuelves literalmente loca y te lías a bailar y a tararear como si fueras uno de las concursantes de Operación Truño, ya te digo yo que tienes una pluma de nivel 4 como poco.

Nivel 5: la ropa ceñida y de colores alegres, especialmente el rosa. Los machos usan colores sobrios y siempre parece que van vestidos igual (tú los miras un lunes, un martes, un miércoles, un jueves, un viernes y un sábado —el domingo no, que es el día del Señor— y no notas diferencia alguna). ¿Qué es eso de tener distintos tipos de camisetas según el cuello y utilizar colores cálidos y fluorescentes? ¿Qué es eso de llevar chalecos, camisas sin mangas o camisetas de rejilla? ¿Qué pasa, que le quitas la ropa a tu hermana o qué? ¿Qué te crees, Lady Gaga?

Nivel 6: Pero la ropa no es nada sin todos esos complementos con los que la acompañamos y que alguno que otro manga del H&M (os he pillado). Sin lugar a dudas, llevar complementos es un indicativo muy exacto de lo maricón que eres. Si usas bolsos de bandolera, si llevas unas gafas de sol como las de Jennifer López, si entre tus enseres hay pulseras, pines, chapas, colgantes, collares, anillos, cinturones de colores, pendientes, pañuelos, fulares, velos o pamelas pierdes aceite nivel 6. Los hombres viriles sólo se permiten llevar reloj, y Varon Dandy como mucho.

Nivel 7: hablar en femenino, tía. Tienes este nivel si dices cosas como “estoy hasta el coño”, “me estoy poniendo mala, mari”, “soy una mujer caliente”, “hoy tengo la regla” y otras similares en las que hablas de ti misma en femenino; y de tus amigas también. Quién no le ha dicho alguna vez a su amigo mariquita de la noche frases como: “Eres muy chica para ser tan puta, tía”.

Nivel 8: Hacer gestos con la mano. La gestualidad, el amaneramiento, es una de las cosas que más molestan a muchos. Y yo no lo entiendo, con lo divertido que puede llegar a ser hacer gestos de negra chunga a esa perra loba que intenta quitarte a tu ligue, ponerte la mano en la frente a lo Escarlata O’Hara cuando estás dramática perdida o coger del brazo en plan abuela a la persona con la que estés cotilleando. Lo más sano del mundo.

Nivel 9: Bailar. Si bailas tienes pluma. Esto es una creencia popular muy extendida y que además tiene su parte de razón, sobre todo cuando hablamos de bailar en el sentido exclusivo de discoteca. Yo he visto a heteros bailando que perdían aceite como para montar una refinería (oye, que por mí estupendo, ¿eh?, mejor eso que parecer un gato de escayola toda la noche a excepción del movimiento del pie al ritmo de la música). Indudablemente, bailar canciones de divas gays como si estuvieras en un casting de fama y bailar siguiendo la coreografía del célebre Saturday Nite de Whigfield (tema también conocido como el Saririnait), imitar a Madonna en el Vogue, el paso de las pistolas o el paso de la seño hacen de ti un maricón con nivel 9 de pluma. Una pasada.

Nivel 10: ser pasivo. Fundamentalmente, poner el culo es con diferencia lo que peor se ve por mucha gente. Si dejas que te den en tu flor, estás actuando como un supermaricón. Porque cometer las pollas de tres en tres no te resta virilidad en absoluto, pero ser pasivo sí.

Una vez dicho todo esto, os voy a contar un supersecreto: tener pluma no es nada malo. Al contrario de lo que muchos piensan: el maricón con pluma no es un ser inferior. Que no pasa nada, que uno no se muere por perder aceite ni tiene por qué sentirse menos hombre. Que ya está bien de ponernos topes y barreras y de prejuzgar. Somos como somos. Hablando en plata: haced lo que os salga del papo, expandiros, dejaros llevar. Y si los demás quieren pensar que tenéis mucha o poca pluma es su puto problema. Así que cuando el ligue de turno por Internet os pregunte cuánta pluma tenéis, responded:

—No seas gilipollas y conóceme, COÑO.

Atalaya

A veces pienso que desde tu atalaya nos estás observando atentamente y sufres con nosotros nuestras idas y venidas, nuestras locuras, nuestros más y nuestros menos. Sé que sonríes cuando nos cuidamos los unos a los otros como tú solías hacer, cuando nos apoyamos y nos abrazamos como el pequeño club de gente incomprendida que alcanza niveles de entendimiento elevado que siempre hemos sido. Es curioso: cada ocasión en la que me encuentro mal te siento muy cerca de mí, como si me estuvieras acompañando, como si me cogieras de la mano y me sonrieras de ese modo que sólo tú sabías hacer. Has conseguido algo muy bello, tal vez lo más bonito que puede hacer una persona por otra: a pesar de que te has ido para no volver, tu esencia continúa reconfortándome.