Si es simpático se quiere casar contigo

Te sonrío porque aunque te acabo de conocer ya está en trámite la adopación de nuestra niña china.

¡Uhhh! ¡Qué miedo! ¡Un gay que me sonríe y que es amable conmigo! ¡Qué horror!

Mucha gente cree que si su ligue de una noche es educado, agradable y simpático es sinónimo de que se está enamorando perdidamente y quiere casarse, tener 167 hijos y dos perros y envejecer en una cabaña junto a un lago mirando puestas de sol. Tratar a alguien como a un ser humano se interpreta como matrimonio para toda la vida. ¿Nos hemos vuelto locos ya?

—Hola, tía.

—Hola, tía. ¿Qué tal, tía? ¿Te estás masturbando con los ojos vueltos, que es lo que hacemos los maricones en nuestro tiempo libre?

—Pues estoy fatal. Porque anoche me acosté con un tío.

—¡Qué me dices! ¿Follar es malo? ¡No me digas que te has hecho numerario del Opus! ¡Y sin contármelo!

—Que no. Es que el tío al que me tiré era uno de esos tipos agobiantes que enseguida quieren una relación.

—¿Por qué? ¿Es que te pidió salir como hacíamos en el instituto? ¿Dibujó un corazón con tu nombre y el suyo? ¿Forró la carpeta con fotos tuyas?

—Fue superagobiante. Era como si quisiera casarse conmigo.

—¿Pero qué te dijo? ¿Qué hizo exactamente?

—Ser majo y tratarme bien. Y luego me pidió el teléfono. ¿Te lo puedes creer?

Esta conversación que habéis leído atentamente como si vuestra vida y vuestro próximo gintonic dependiera de ello, está absolutamente basada en hechos reales. De hecho yo la tengo con mis congéneres (a los que también denomino amigos) unas tres veces por semana. Porque el mal de nuestros tiempos no es la crisis, ni el paro, ni los discos de Bertín Osborne. El mal de nuestros tiempos es ser majo y educado con el tío que estás a punto de follarte o que acabas de poner mirando pa’ Cuenca.

Querida lector, a ti, a mí, a tu vecina Sebastiana y a tu primo de Alfarnate nos han enseñado que hay que ser educados con la gente, ayudar a las ancianitas a cruzar la calle, pedirle con amabilidad al verdulero nabos de la huerta y cederle a las preñadas el asiento en el autobús con una sonrisa. A todos nos han enseñado que hay que ser amable y considerado con el resto de seres humanos para hacer de esta vasta tierra llena de maricones que es el mundo un lugar mejor. Pero se ve que esto no se aplica a la gente a la que te follas. Porque, tía, tienes que ser un puto borde de mierda con la peña que te vayas a cepillar, no vayan a pensar que por ser majo estás queriendo transmitir la idea de que te quieres casar con ellos y tener 175 hijos, un perro, dos hámsters, una iguana, una planta trepadora y una cabaña junto a un lago en el que pasar los veranos.

Por ello, para que dejes de pedirle matrimonio a la gente sin darte cuenta y dejes de parecer una marica desesperada que le pide una relación seria a todo el mundo, desde esta columna vamos a ofrecerte un completo manual sobre cómo comportarte con los tíos para que se entienda que tú lo que quieres es mojar el churro y no una relación estable con cualquiera que se mete en tu cama.

1. La actitud. Si tú eres una de esas personas que cuando conoce a alguien es simpática y agradable, se interesa por las cosas del tipo en cuestión, mantiene conversaciones más allá del “tírame del pelo y llámame guarra” o “ponme la pierna aquí que ya verás lo que te hago con la campanilla”, le escucha cuando habla e incluso, fíjate lo que te digo, le invita a una cerveza, estás haciéndolo todo mal. Por lo visto, todas estas acciones, según los jeroglíficos de una piedra escondida en Grecia, en un cuarto oscuro, que revela la verdadera esencia del comportamiento, envían la señal inequívoca a la otra persona de que te estás enamorando de ella. ¿Es que no te has enterado de que uno no puede ser simpático y majo con el tipo que se va a follar hasta, por lo menos, la quinta cita, tía? Mientras tanto, y solo para que el otro no se confunda y se crea que tienes ya la alianza de matrimonio grabada con vuestras iniciales en el bolsillo de la chaqueta, tienes que tratar al tío que te vas a follar como si fuera un muñeco hinchable, como un saco de patatas, con desdén, y comportarte como un borde de mierda, un gilipollas redomado que ni escucha, ni se interesa ni dice nada más allá de “¿Follamos ya? Yo no busco nada serio, ¿eh? Nada serio. Nada serio. Nada serio…”. (Hay que repetirlo muchas veces, como si el otro fuera subnormal, no se le vaya a olvidar y empiece a fantasear con una relación.)

2. Los piropos. Por supuesto, si te vas a follar a alguien, ni se te ocurra piropearlo, ni decir cosas como “me lo estoy pasando muy bien contigo”, “que a gustito estoy” o “me pareces chachi”. No, porque estas oraciones son automáticamente procesadas por el cerebro de ciertos mariquitusos como “quiero ponerte un piso en Torrevieja y hacerte el amol (que es como incluso más romántico que el amor) todos los días sobre un lecho de rosas”. Todo el mundo sabe que cuando un rollo de una noche te dice un piropo es porque tiene mariposas en el estómago del tamaño de Castilla La-Mancha y está a punto de vomitar purpurina, arco iris y corazones rojos por ti.

3. El sexo. En la cama, no seas considerado con esa persona ni nada. ¿Qué es eso de darle placer a los demás? Tú has ido a darte placer a ti mismo, así que nada de hacer cosas para darle gustito al otro, no se vaya a pensar que es que estás sintiendo algo por él. Tú a lo tuyo. Además tiene que ser intenso, como una película porno. Besos en la boca los justos (que besarse es de enamorados), huye de los abrazos como Álex Ubago de la alegría y cuando te corras tú, ni se te ocurra esperar a que el otro lo haga. Que hubiera sido más listo y hubiera descargado las pelotas antes. En el caso de que logre terminar, ni se te ocurra ofrecerle un clínex, que darle algo para que se limpie implica una playa, luz de luna, delfines saltando y una auténtica declaración de intenciones. Pasarle un clínex a la persona a la que te acabas de follar es un sinónimo claro de compromiso. Y una toallita húmeda ya ni te cuento, ¡amor eterno le estás jurando! De eso nada, que se limpie él con lo que pille o que no se limpie directamente. Vamos, hombre, a ver si se va a pensar que te gusta. Se empieza compartiendo el rollo de papel higiénico y se termina adoptando a una niña china.

4. Dormir juntos. Pero si hay algo que no debes hacer cuando te acuestas con alguien es quedarte a dormir. No, porque dormir es una cosa superimportante que implica abracitos, cucharita y, por tanto, afecto a raudales. Como dejes que el tío se quede a dormir y no lo eches a patadas de tu casa (aunque esté teniendo lugar el diluvio universal) te vas a despertar a la mañana siguiente con el tipo al lado observando cómo duermes, enrollándose un mechón de pelo en el dedo y con el ojete en forma de corazón. Te mirará con ojos de quinceañera y te dirá: “Buenos días, princesa” y observarás con terror que ha aprovechado para mudarse en medio de la noche.

5. El teléfono. Por descontado, lo peor que puedes hacer con tu rollo sin compromiso es pedirle el teléfono. Si le pides su número al maromo que te ha estado lamiendo el prepucio all night long cual chupachups, como si no hubiera un mañana, estás dando por sentado que vais a envejecer juntos en un porche, en sendas mecedoras, viendo el atardecer, por los siglos de los siglos. Mira que eres intensa, tía, qué enamoradiza, de verdad. ¿Qué derecho tienes tú a pedirle su número a la persona que te acaba de meter la lengua hasta el esternón y con la que has compartido babas durante algo más de hora y media? No, mari, estás muy equivocada. Pedirle esos dígitos implican una relación estable y bailes apretados al son de canciones de Luis Miguel.

Por último, pero no por ello menos importante, cuando te folles a alguien en ningún momento exijas coherencia, sinceridad o que te traten como a un ser humano. ¡Eso es de desesperadas enamoradizas y de estar buscando un marido como el comer!

Ironías aparte, si un día de estos te tiras a alguien majo y cálido, que te trata con cariño, que se interesa por lo que dices y que es atento y considerado contigo, no lo flipes tanto. No es que se haya enamorado perdidamente de ti y te vaya a agobiar en el futuro a llamadas, ramos de flores y declaraciones de amor. Simplemente, se está comportando como una persona normal. Porque, por si te has hecho la picha un lío, ya te lo aclaro yo: lo anormal es comportarse como un borde y un gilipollas.

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Automatismos

Si hay algo de lo que podemos estar seguros a estas alturas de la vida (aparte de que Gloria Estefan necesita reinventar su carrera musical o retirarse) es de que el estrés es malo, malo malo. De hecho, el otro día leí en un libro (porque yo leo y todo) que el estrés puede llegar a ser más perjudicial para la salud que el tabaco.

—¿Entonces por qué se estresa la gente?

Lo ha preguntado esa niña con trenzas del público que casualmente tiene un micrófono de Bob Esmonja en la mano. Pues bien, querida, la gente se estresa por muchas razones: porque no sabe llevar su vida de otra manera, porque así se siente más eficiente, porque asume responsabilidades que no le corresponden para satisfacer a los demás, porque teniendo muchas tareas los individuos se olvidan de sus verdaderos problemas, porque piensan que si no realizan determinadas cosas sus amigos y sus familiares las van a dejar de querer y las van a abandonar en una gasolinera y un extensísimo etcétera que si desgranara aquí explotaría la Tierra en mil pedazos (pero Sara Montiel seguiría viva, eso seguro. Si el meteorito de los dinosaurios no pudo con ella…). Pero sobre todo la gente se estresa porque el estrés se asocia en estos días inciertos en los que sobrevivir es un arte a algo habitual e incluso deseable. Lo normal, vamos.

Deja de mirarte la pelusilla del ombligo durante tres segundos y observa a tu alrededor, tía. La gente vive totalmente estresada. No para ni un segundo. Que si estar mona, que si llevar a los niños al cole, que si ir al trabajo, que si hacer la comida, que si limpiar la casa, que si hacer deporte para bajar los kilos, que si el curso de hacer burbujas con el coño para reciclarte, que si comprarle un regalo a los 3454 amigos que tienes en el Facebook, que si actualizar el blog, que si escribir en mi diario, que si llamar a tu tía Sebastiana para preguntarle qué tal está del callo que le salió la semana pasada, que si comprarle pilas al vibrador, que si hablar con tu novio de las estrellas, que si ponerte crema después de lavarte, que si limarte las uñas, que si comerte un plátano al día porque eso es bueno para el colesterol, que si hacer la compra, que si pasarle la ITV al coche… ¡LA MADRE DEL CORDERO!

Como veis, es muy sencillo terminar loco del coño en cuestión de tres suspiros. Sin embargo, hacemos todo esto y mucho más porque, además, así nos sentimos eficientes y fuertes. Está comprobadísimo que llenándonos la vida de obligaciones y llevándolo todo para adelante como si fuéramos superhéroes nos sentimos como si lo pudiéramos todo, como si nadie pudiera con nosotros. “Mira la de cosas que he hecho hoy”, nos decimos. Y da igual que en ese momento nos estén sangrando los ojos, lo importante es que hemos hecho todo lo que estaba en la lista de tareas.

—¿Pero si nos sentimos fuertes no es, entonces, algo bueno?

Lo ha preguntado ese señor del público con pinta de irle el sadomaso que casualmente tenía un micrófono en la mano. Para que nos entendamos, querida lector, el estrés es un mecanismo del cuerpo mediante el cual aumenta la actividad del organismo en periodos de intensidad, sea por una amenaza o por una demanda muy alta del entorno. Para afrontar la situación determinada que se nos presenta nuestro organismo ejecuta un sobreesfuerzo. Como el sobreesfuerzo que haces para leer las noticias diarias sin echarte a llorar desconsoladamente. De hecho, el estrés es un mecanismo la mar de útil para el ser humano (luego tu ex no cuenta) e indispensable para su supervivencia.

El problema surge cuando esta situación concreta se extiende en el tiempo: convertimos el sobreesfuerzo en algo crónico, en un estilo de vida habitual: vivimos estresados. Completamente, tía. Y claro, luego vienen los disgustos: el estrés nos pasa factura. Nos dan crisis, nos agotamos, nos volvemos irascibles, nos olvidamos de lo que de verdad importa. Sin darnos cuenta dejamos de disfrutar de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Nos movemos y vivimos a través de meros automatismos, nos transformamos en una especie de robots programados para realizar una serie de tareas diarias con eficiencia y esmero, forzándonos al máximo, pero sin dejar lugar alguno para el entretenimiento, la diversión, la creatividad para solucionar problemas y la imaginación. Con tantas cosas que hacer el engranaje debe funcionar perfectamente, no debe dejar ni un solo resquicio a probar cosas nuevas, a hacer algo diferente.

¿Y si paramos? Si paramos una vocecita interior muy puñetera nos dice que somos unos débiles, que no somos lo suficientemente fuertes, que cualquier otro soportaría toda esa presión infinitamente mejor que tú. Vaya puta mierda de vocecita interior, ¿eh, tía? Parar consiste en reconocer que no puedes vivir así siempre. ¡Pero es que nadie puede hacerlo, so memo! Los demás sólo lo fingen, como tú. Hasta que petan. Y para nada son felices.

Las personas (tu ex sigue sin contar) necesitamos descansar. Y por descansar no me refiero a dormir únicamente. Descansar también significa desconectar, dejar de pensar en la ingente cantidad de obligaciones que tienes, apartar las cosas que tienes que hacer, dejar la mente en blanco y hacer algo chuli que te guste mucho de verdad, como pintar anacardos o bailar sardanas porque siempre lo deseaste desde que eras pequeño. Descansar significa dedicar tu tiempo a ti mismo de verdad, sin coger el teléfono, sin mirar el What’s up cada dos minutos, sin atender todas y cada una de las demandas de tu entorno. Descansar conlleva disfrutar y olvidarse de todo lo demás. Y si para eso hay que mandar a tomar viento unas cuantas obligaciones, procastinar, no cogerle el móvil a tu prima Jacinta y no comerte un plátano al día sino a la semana pues se hace.

Porque yo no sé tú, pero Patricia, yo no he venido a esto; yo he venido aquí a pasarlo bien y a disfrutar.

Invasión Gay

Ahora que podemos casarnos, los maricones y las bolleras tenemos permiso para sacar a la luz nuestro plan secreto de hacernos con el mundo y someter a la especie humana. ¡Somos malos y tra tra traviesos! ¡Acabaremos con vosotros, familias heterosexuales, JAJAJA! Esto va a ser Sodoma y Gomera.

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Esta semana estoy que no quepo en mí de gozo. Y al contrario de lo que muchos sectores conservadores de esta sociedad puedan estar pensando, no es porque me haya comprado un dildo enorme y mejor. Estoy muy feliz porque unos señores a los que la gente popularmente llama Tribunal Constitucional han dicho que me puedo casar con otro maricón de pura cepa. ¿No es fantástico? Un despiporre. Es Sodoma y Gomera; salvo que lo único que se pone como una piedra es mi miembro viril.

Por fin, invertidos e invertidas, ha llegado el ansiado momento que estábamos esperando pacientemente, agazapados en nuestras madrigueras, en esos antros de lujuriay sexo desenfrenado y tras esos perfiles con nombres tan originales comopollon28cm. Ya es hora de que lo confesemos, de que maricones y bolleras saquemos a la luz nuestros pensamientos perversos de destruir la sociedad. Ahora que podemos casarnos con quién nos salga del papo, vamos a llevar a cabo el plan de destrucción de la especie humana que venimos urdiendo durante siglos (porque los maricones venimos de antaño, de antes que Sara Montiel, pero nos conservamos muy bien porque usamos cremas reafirmantes hasta en el escroto). Malditos ingenuos heterosexuales, vamos a acabar con vosotros, JAJAJAJA (risa maquiavélica o de perturbado emocional —o sea, que la risa se parece mucho a la de cualquiera de tus exs—). Quede claro que nosotros siempre hemos soñado con destruir lo que se conoce como familia tradicional. Es que no pensábamos en otra cosa. Destruir, destruir, matar, matar… Bueno, y en follisquear, en eso también pensábamos.

Pero vayámonos al principio. Todo comenzó en la época de las cavernas, tía. Mientras los machos heteros se entretenían arrastrando a las hembras por el pelo hasta su cueva y hacían unos dibujos horribles que aun así tienen más calidad artística que los truños que dibujabas en el colegio en la asignatura de Plástica,nosotros nos reuníamos secretamente en un sitio con muchas flores rosas, con mucha purpurina, unicornios, arco iris y tarimas en las que bailar canciones de la versión Mónica Naranjo Neardental y consensuábamos las diferentes maneras de acabar con la Humanidad. Nos quitábamos las pieles de animales muertos que nos poníamos para disimular, para que creyerais que éramos como vosotros, y nos poníamos pelucas y tutús de plumas.

Tras varias mamadas (porque los maricones somos unos guarros que solo pensamos en follar desde el principio de los tiempos) elegíamos al que la tuviera más larga, más gorda y más espesa como jefe de los sarasas. Él recibía el título de Marica Primera, Reina del Cuarto Oscuro y de Holanda y nos pervertía a todos. Lo apodábamos Satán, nombre en clave que servía para gritar cuando copulábamos con él (sí, sigue, Satán, dámelo toro, toro y toro, tírame del pelo y llámame Mari Carmen). Nos lo pasábamos chachi y si en algún momento nos aburríamos uno de nosotros imitaba a la Pantoja y… ¡qué risas!

Luego la gente se dio cuenta de que existíamos y empezó a perseguirnos. Primero dijeron que éramos contra natura (fíjate, nosotros, que somos la mar de naturales y espontáneos). Luego que estábamos enfermos; que yo no es por nada, pero mucho decir y decir, pero a mí mi médico no me quiere dar la baja por estar maricón perdido ni me permiten pedir una pensión de invalidez. Ni siquiera nos ponen un especialista, un Mariconólogo, que uno vaya a la Seguridad Social y pueda pedir cita tranquilamente, o al menos alguien del gremio del aceite que nos haga un ajuste. Nada. Pero poco a poco fuimos conquistando la sociedad. Mientras os distraíamos y confundíamos vuestras mentes con luces de néon, colores chillones, peinados imposibles, mariliendres a las que absorbíamos el cerebro y que luego difundían nuestra palabra e ideología, ritmos alegres y fiesteros y capítulos de Sexo en Nueva York y Glee, nos hemos ido adentrando en vuestra sociedad heterochachi hasta invadiros por completo. Ya es hora de que lo sepáis. Controlamos el sector de la moda, de la belleza, del cine, del teatro, de la música, de la danza y las artes escénicas, de la publicidad y el diseño gráfico, de la peluquería y el maquillaje y la producción mundial de artículos de folleteo (porque somos unos guarros que sólo pensamos en que nos rellenen como napolitanas de crema). Estamos en todas partes y tenemos infiltrados en la política, en la educación, en la sanidad y le ponemos una sustancia rara a la carne y al pescado que consumís para que os confundáis de borrachera y especialmente en la época de la Universidad.

Ahora que habéis bajado la guardia y que por fin se ha aprobado nuestro derecho a casarnos pilila con pilila y potorro con potorro, ahora que por fin podemos fundar nuestras propias uniones y familias, podemos afirmar sin miedo que vamos a acabar con vuestra sociedad heterosexual de normales (porque nosotros somos anormales) JAJAJAJAJA JAJAJAJA JAJAJAJA JAJAJAJAJA JAJAJA me vierto toda JAJAJAJAJA JAJAJAJA no va a quedar ni un hetero vivo, ni una familia tradicional JAJAJAJA JAJAJAJAAJJA la vamos a liar parda JAJAJAJA JAJAJA JAJA de esta no os salvan ni los Power Rangers JAJAJJA…

Lo primero que vamos a hacer es sodomizaros a todos (pues claro). Os vamos a poner los ojetes como plazas de toros. Ya veréis qué gustito. Luego vamos a pervertir a vuestros hijos enseñándoles que pueden vivir perfectamente con dos mamás o con dos papás y obligándoles a comportarse con mucha pluma y a hacer coreografías de Lady Gaga en las funciones del colegio, y todo eso porque estamos locas del coño y somos incapaces de criar niños sanos y equilibrados. También tenemos un plan para que a los bares sólo entre gente de la acera de enfrente (si vemos a un tío y a una tía dándose el lote, los echamos e incluso llamamos a la policía gay para que los metan en un programa de reinserción basado en ver repetidas veces Una jaula de grillos, In & Out y Priscila reina del desierto. Prohibiremos los besos heteros en pantalla (puaf, qué asquerosidad, qué perversión) y los partidos de fútbol dejarán de televisarse porque lo realmente relevante es lo que ocurre en el vestuario y en las duchas, el resto no nos interesa. Se podrá hacer cruising en la sección de lácteos del Mercadona. Bertín Osborne será mariconizado y transformado en un mariclon de Jorge Javier, Intereconomíapasará a llamarse InterojetetíaLa Gaceta será una revista de moda solo apta para homosexuales y La Razón un catálogo de tías en tetas y chulazos en ropa interior. Por último, Dios dejará de ser un tipo rancio que no aprueba nuestra existencia a ser un tipo enrollado que cree que molamos mazo y que lo de casarse, adoptar y formar una familia es algo que podemos hacer perfectamente.

Sin duda, os espera un Apocalipsis. Una ola de sexo gay destruirá la Tierra, como enDeep Impact, pero en versión maricona, con mucha purpurina y una banda sonora compuesta íntegramente por Rafaella Carrá. No sé cómo habéis permitido que lleguemos a casarnos, JAJAJAJAJA. Maricones al poder, os vais a arrepentir de todo esto, vamos a corromperlo absolutamente todo. TODO. Se acabó el mundo tal y como lo conocíais. Vamos a sembrar el terror.

Y así, queridos y queridas lectoras es como mucha gente ignorante e idiotizada nos ve. Qué pena, ¿verdad?

 

Cosas para las que sirve un título de Periodismo

Aprovechando el estupendo programa de Salvados de esta semana, recupero este post de hace unos cuatro años, cuando no se hablaba de la crisis ni nada, tía.

Todos hemos oído desde nuestra más tierna infancia eso de “estudia, niño, estudia, que tienes que llegar a ser alguien en la vida”. El abuelo, la abuela, tu padre, tu madre, ese señor que miraba con lascivia a tu hermana en el rellano de la escalera… todos coincidieron en subrayar que si queríamos ser hombres y mujeres de provecho, lo mejor era estudiar una carrera universitaria. Y es que estudiar es la mar de importante, de verdad; ¿o es que te crees que Ana Obregón hubiera protagonizado una serie tan enormemente estupenda como es Ana y los 7 sin su imprescindible título de bióloga?

Y es que la gente habla del paro, de esa gripe que no es porcina sino gorrina, que día tras día, aumenta sus filas, y se piensa que los casi seis milloncejos de nada que están parados tocándose las bolas chinas por no tener nada mejor que hacer están así porque no tienen títulos en su haber. Evidentemente esto es discutible. Tan discutible como que el resto de la población activa esté empleada en buenos trabajos, con condiciones que no sean infrahumanas y que, por supuesto, vayan acorde a su formación. Que todo el mundo dice que hay seismillones de parados, pero nadie habla de la mierda de trabajos que desempeñan el resto.

Desde luego, hay títulos más inútiles que otros. Sin ir más lejos, yo debí haber sido dentista o algo así, pero no sé por qué extraña coincidencia de la órbita de Saturno con la única neurona viva de mi cerebro en el instante de decidir carrera, quise gastarme el dinero y cuatro preciosos años de mi juventud en sacarme un título que muchos se agencian porque sí. Es decir, yo quise hacer no sé cuántos trabajos, dar no me acuerdo cuántas horas de clase y hacer chorrocientos exámenes para algo que los concursantes de Gran Hermano consiguen justo al salir de la casa. O, ya puestos, cualquiera que sale en la tele criticando (con lo bien que se me daba a mí criticar, qué barbaridad, lo fácil que me hubiera sido).

Pues bien, en estos tiempos de crisis, en los que encontrar un trabajo acorde a tus expectativas es tan probable como que Anne Igartiburu tenga una noche salvaje con Pozí, hemos de buscar salidas y soluciones. Querida lector, ya que tienes ese papelote enorme en casa, ¿para qué puede servirnos un título de Periodismo?

 
—Para coger polvo en lo alto de la estantería. Es lo típico, lo tienes ahí, todavía sin enmarcar (es que no te dan muchas ganas de enmarcarlo, la verdad; el título de Periodismo no se enmarca, no es algo de lo que uno se sienta orgulloso), atrayendo todas las partículas de mierda que flotan en el ambiente (el Periodismo es así). Da igual cuantas veces lo limpies, siempre tendrás que limpiarlo otros trillones de veces más antes de que te llamen para hacer una entrevista de trabajo.

 
—Para enseñárselo a tus amigos (en el caso de que tengas amigos. Si no, se aceptan conocidos o repartidores de butano; si están semidesnudos mejor) y que éstos lo miren con cara de asco y digan: “¿En esto has empleado cuatro años y no sé cuántos euros? Ya podrías haberte ido de ruta por Centroeuropa… Total, el resultado sería el mismo, aunque al menos te habrías tirado a un par de alemanes buenorros”. Y no, no te sulfures, tienen toda la razón (los amigos, cuando te critican, aunque estén destrozando tu autoestima, lo hacen por tu bien. O eso se empeñan en recalcar ellos).

 
—Para enseñárselo a tus nietos. “Mirad, niños, el abuelo Venancio, que ahora se dedica a plantar nabos en su huerto, en una época de su juventud fue periodista”. “¿Periodista? Qué valor, qué kamikaze era el abuelo”, dirán los niños llevándose las manos a la cabeza (confío en que las generaciones futuras serán conscientes de los peligros y la inutilidad de esta profesión).

 
—Para limpiarte el trasero cuando el papel higiénico se acabe. Como serás pobre (no, no habrás encontrado trabajo ni de coña) siempre puedes recurrir al papel de marras. Es bastante grande, yo creo que da para unas cuantas sentadas… Y eso de pasarte el nombre del rector por el ojete debe dar un gustirrinín…

 
—Para envolver los bocadillos del puesto nocturno de comestibles que pondrás en el centro de tu ciudad para sacar unas perrillas. Seamos sinceros, envolverle a un adolescente en plena vomitona etílica un bocata de chorizo para que se le pase con tu título de periodismo es digno de ser llevado a la gran pantalla (a El Diario o a Callejeros) por lo menos.

 
—Para pegarle a los violadores y atracadores. Pegar con un título de Periodismo no mata, pero desmoraliza un taco (ya hay que ser desgraciao…).

 
—Para contárselo a las marujas y viejecitas de la tienda de regalos y complementos en la que, seguramente, terminarás trabajando. “Mira, Puri, que yo soy periodista”. “Periodista, fíjate, qué inteligenta, mari, qué currrtaaaaa…”, dice la Puri mientras mira un bolso rojo de lentejuelas para la nueva temporada.

 
—Para ligar. “Sí, mira, es que yo soy periodista, ¿sabes?”. Siempre queda un poco rollito cliché de personalidad desordenada, adicto y con ese talante de escritorzuelo de izquierdas que quiere cambiar el mundo, algo que tiene su público, no creas .

 
—Para criticar los medios sin que nadie pueda rebatirte.La Razón es un periódico de mierda”. “Hala, ¿por qué dices eso?”. “Que yo soy periodista”. Y con eso pues ya está todo dicho. Si no, también puedes decir cosas como rating, prime time, “audiencia”, “fuente sesgada”, “libro de estilo” o “Alex Grijelmo”. Todos se quedarán con la boca abierta, aunque no recuerdes el significado de ninguna de estas palabras, sólo que se las copiaste al de al lado en una asignatura que se llamaba Construcción periodística de la realidad, que sí, que sonaba muy bien, pero que te ha sido menos útil que lo de hacer un joyero de plastilina para tu madre en clase de plástica.

 
—Para encontrar trabajo. No, espera, ¡para encontrar trabajo! Sí, querido lector, el título de periodismo puede servirte, en extrañas y contadas ocasiones, para encontrar un fantástico trabajo de periodista en el que tendrás que hacer de todo, hasta el pino con un bollicao en la boca cantando la última de Camela; poniendo tú tu propio coche; aguantando al subnormal de tu jefe (todos los jefes de empresas periodísticas tienen un acusado grado de gilipollitis aguda porque se piensan más guays que nadie); soportando a duras penas a los políticos locales de turno; echando más horas que un reloj (ni para comprar el pan tendrás tiempo); convirtiendo el estrés en tu mejor compañero de cama; siendo puteado por tus compañeros de profesión que se convertirán en el reparto de Falcon Crest y que querrán hacerte la vida imposible porque piensan que estás compitiendo con ellos para conseguir el Pulitzer; y, todo ello, ¡a cambio de una mierda de sueldo!

¡Quién está tan loco para no querer algo así, por todos los rizos de Bisbal, si es lo más!

Ánimo a todos los compañeros periodistas que tienen este título en su haber y que a veces se preguntan para qué coño sirve.