Automatismos

Si hay algo de lo que podemos estar seguros a estas alturas de la vida (aparte de que Gloria Estefan necesita reinventar su carrera musical o retirarse) es de que el estrés es malo, malo malo. De hecho, el otro día leí en un libro (porque yo leo y todo) que el estrés puede llegar a ser más perjudicial para la salud que el tabaco.

—¿Entonces por qué se estresa la gente?

Lo ha preguntado esa niña con trenzas del público que casualmente tiene un micrófono de Bob Esmonja en la mano. Pues bien, querida, la gente se estresa por muchas razones: porque no sabe llevar su vida de otra manera, porque así se siente más eficiente, porque asume responsabilidades que no le corresponden para satisfacer a los demás, porque teniendo muchas tareas los individuos se olvidan de sus verdaderos problemas, porque piensan que si no realizan determinadas cosas sus amigos y sus familiares las van a dejar de querer y las van a abandonar en una gasolinera y un extensísimo etcétera que si desgranara aquí explotaría la Tierra en mil pedazos (pero Sara Montiel seguiría viva, eso seguro. Si el meteorito de los dinosaurios no pudo con ella…). Pero sobre todo la gente se estresa porque el estrés se asocia en estos días inciertos en los que sobrevivir es un arte a algo habitual e incluso deseable. Lo normal, vamos.

Deja de mirarte la pelusilla del ombligo durante tres segundos y observa a tu alrededor, tía. La gente vive totalmente estresada. No para ni un segundo. Que si estar mona, que si llevar a los niños al cole, que si ir al trabajo, que si hacer la comida, que si limpiar la casa, que si hacer deporte para bajar los kilos, que si el curso de hacer burbujas con el coño para reciclarte, que si comprarle un regalo a los 3454 amigos que tienes en el Facebook, que si actualizar el blog, que si escribir en mi diario, que si llamar a tu tía Sebastiana para preguntarle qué tal está del callo que le salió la semana pasada, que si comprarle pilas al vibrador, que si hablar con tu novio de las estrellas, que si ponerte crema después de lavarte, que si limarte las uñas, que si comerte un plátano al día porque eso es bueno para el colesterol, que si hacer la compra, que si pasarle la ITV al coche… ¡LA MADRE DEL CORDERO!

Como veis, es muy sencillo terminar loco del coño en cuestión de tres suspiros. Sin embargo, hacemos todo esto y mucho más porque, además, así nos sentimos eficientes y fuertes. Está comprobadísimo que llenándonos la vida de obligaciones y llevándolo todo para adelante como si fuéramos superhéroes nos sentimos como si lo pudiéramos todo, como si nadie pudiera con nosotros. “Mira la de cosas que he hecho hoy”, nos decimos. Y da igual que en ese momento nos estén sangrando los ojos, lo importante es que hemos hecho todo lo que estaba en la lista de tareas.

—¿Pero si nos sentimos fuertes no es, entonces, algo bueno?

Lo ha preguntado ese señor del público con pinta de irle el sadomaso que casualmente tenía un micrófono en la mano. Para que nos entendamos, querida lector, el estrés es un mecanismo del cuerpo mediante el cual aumenta la actividad del organismo en periodos de intensidad, sea por una amenaza o por una demanda muy alta del entorno. Para afrontar la situación determinada que se nos presenta nuestro organismo ejecuta un sobreesfuerzo. Como el sobreesfuerzo que haces para leer las noticias diarias sin echarte a llorar desconsoladamente. De hecho, el estrés es un mecanismo la mar de útil para el ser humano (luego tu ex no cuenta) e indispensable para su supervivencia.

El problema surge cuando esta situación concreta se extiende en el tiempo: convertimos el sobreesfuerzo en algo crónico, en un estilo de vida habitual: vivimos estresados. Completamente, tía. Y claro, luego vienen los disgustos: el estrés nos pasa factura. Nos dan crisis, nos agotamos, nos volvemos irascibles, nos olvidamos de lo que de verdad importa. Sin darnos cuenta dejamos de disfrutar de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Nos movemos y vivimos a través de meros automatismos, nos transformamos en una especie de robots programados para realizar una serie de tareas diarias con eficiencia y esmero, forzándonos al máximo, pero sin dejar lugar alguno para el entretenimiento, la diversión, la creatividad para solucionar problemas y la imaginación. Con tantas cosas que hacer el engranaje debe funcionar perfectamente, no debe dejar ni un solo resquicio a probar cosas nuevas, a hacer algo diferente.

¿Y si paramos? Si paramos una vocecita interior muy puñetera nos dice que somos unos débiles, que no somos lo suficientemente fuertes, que cualquier otro soportaría toda esa presión infinitamente mejor que tú. Vaya puta mierda de vocecita interior, ¿eh, tía? Parar consiste en reconocer que no puedes vivir así siempre. ¡Pero es que nadie puede hacerlo, so memo! Los demás sólo lo fingen, como tú. Hasta que petan. Y para nada son felices.

Las personas (tu ex sigue sin contar) necesitamos descansar. Y por descansar no me refiero a dormir únicamente. Descansar también significa desconectar, dejar de pensar en la ingente cantidad de obligaciones que tienes, apartar las cosas que tienes que hacer, dejar la mente en blanco y hacer algo chuli que te guste mucho de verdad, como pintar anacardos o bailar sardanas porque siempre lo deseaste desde que eras pequeño. Descansar significa dedicar tu tiempo a ti mismo de verdad, sin coger el teléfono, sin mirar el What’s up cada dos minutos, sin atender todas y cada una de las demandas de tu entorno. Descansar conlleva disfrutar y olvidarse de todo lo demás. Y si para eso hay que mandar a tomar viento unas cuantas obligaciones, procastinar, no cogerle el móvil a tu prima Jacinta y no comerte un plátano al día sino a la semana pues se hace.

Porque yo no sé tú, pero Patricia, yo no he venido a esto; yo he venido aquí a pasarlo bien y a disfrutar.

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