Yo ya he pasado página

Ese empeño por negar que las cosas malas que nos suceden en la vida no sólo nos afectan sino que además influyen en cómo somos y en cómo sentimos. Tía, lo chungo forma parte de la existencia y pasar página no es olvidar y actuar como si no pasara nada, sino aceptarlo, integrarlo y evolucionar.

Maricón, como te descuides pasas la enciclopedia entera.

                                   Yo ya he pasado paja. Que diga, página. Claro que sí, mujé. 

Viernes, once y media de la noche, varias cervezas mediante. Conversación basada en hechos reales:

—… y entonces vi cómo a mi novio le cambiaba el color de la piel, se volvía verde, aumentaba tres veces de tamaño rompiendo la ropa, le empezaban a salir espumarajos por la boca, le nacían unos cuernos del tamaño de los pechos de las chungas de Gandia Shore y empezaba a bailar La lambada con mi mejor amigo moviendo la cadera más que Shakira con un ataque de nervios. Pero bailaban muy de cerca, ¿sabes? Tan cerca que si el culo de mi mejor amigo hubiera sido un papel de lija y la polla de mi novio una cerilla, habríamos salido todos ardiendo. A todo esto, se empezaron a enrollar delante de mí y entonces mi novio mordió el cuello de mi mejor amigo, le contagió una enfermedad rara que le hizo transformarse en Belén Esteban y empezaron a perseguirme por todas las calles de la ciudad mientras cantaban una canción de Álex Ubago, sedientos de sangre. Hasta que finalmente me encontré una cerbatana en un callejón, dentro de un cubo de basura que estaba sobre un antiguo cementerio indio y tuve que atravesarlos a los dos con una flechas. Sus sesos se desparramaron. Y así fue cómo terminó la noche en que mi novio se transformó en una bestia, se enrolló con mi mejor amigo y tuve que matarlos para evitar que me asesinaran.

—Joder, tía. Pues vaya. Qué superfuerte, que paranormal es todo. Debes de estar hecho polvo después de algo así.

—Qué va. Yo ya lo he superado.

—Maricón, pero si esto te ha pasado hace cinco minutos, si todavía tienes un trozo de cerebro ahí en el hombro…

—Ya. Pero he pasado página.

Queridas lectores, todos hemos visto esas películas hipermegaultra dramáticas en las que los personajes lo pasan fatal y se enfrentan a todo tipo de avatares y desgracias. Pierden a sus primas hermanas, sufren torturas inhumanas, se enfrentan a monstruos y aliens y al final, en la última escena, aparecen llevando a cabo vidas normalísimas en las que todos sonríen como si les hubieran practicado una lobotomía y como si ya todo ese infierno al que se han enfrentado perteneciera a un pasado muy remoto y muy lejano que queda atrás para siempre. No se les ve ni traumatizados, ni afectados, ni jodidos, ni siquiera medio taciturnos y tristonzuelos, que sería lo normal. Qué va. Ellos están de puta madre p’arriba a pesar de que hayan pasado un auténtico calvario.

Las personas de a pie tendemos a imitar lo que vemos en la tele. Sí, somos así de lerdos, por mal que les pese a muchos reconocerlo. Queremos que nuestra vida sea una película (muchos quieren que sea porno y por eso cuando echan polvos se comportan como si les estuvieran filmando todo el tiempo y sobreactuán). Hemos aprendido que cuando algo taco de chungo nos ocurre, lo que tenemos que hacer es meterlo en una caja, precintarla y tirarla al vertedero del olvido: es decir, cuando nos pasan cosas malas lo que hay que hacer es no volver a pensar en ellas, actuar como si nunca hubieran existido. Nos ponemos el uniforme de tíos machotes y fuertes que están por encima del bien y del mal y repetimos frases como loros que en realidad ni siquiera sabemos qué coño significan: “yo ya lo he superado”, “he pasado página”, “eso ya pertenece al pasado”, “eso ya está enterrado y olvidado”, “ya no me afecta”, “yo ya miro hacia delante”, “ya no pienso en mi ex, solo llevo su foto en la cartera por costumbre”, “a ella le gusta la gasolina (dame más gasolina)”, etcétera.

Y está muy bien, de verdad, que en nuestro instinto de superarnos y ser taco de chulis no nos queramos enquistar en un momento triste. Todos conocemos a esos típicos colegas coñazo que se pasan meses y meses y meses y meses hablando de lo mucho que sufren y de lo mal que lo están pasando porque, fíjate, un día se rompieron una uña practicándose un masaje en el ojete y aún no son capaces de concebir que tal mal les haya ocurrido a ellos. Es verdad. No hay que quedarse paralizado en un acontecimiento amargo. Pero eso no significa que tengamos que actuar como si las cosas malas no sucedieran y como si el mundo fuera un programa de Leticia Sabater o una portada de disco de Mariah Carey con mariposas, corazones, arco iris, dreamlovers, gominolas, caras de mema y mucho photoshop. Si las cosas malas no existieran mi ex sería un holograma.

La verdad, queridas, es que las cosas no se entierran y se olvidan sin más solo por dejar de pensar en ellas y por dejar de hablar de ellas, como nos empeñamos en creer. Mirar hacia otro lado y hacer como si no nos pasara nada no soluciona ningún problema: hay que trabajar y digerir los sentimientos y las emociones que te provocan esas putaditas que la vida amablemente te ha deparado. Ya sé que está mal que sea yo el que venga a tiraros vuestra mierda a la cara, pero cuando decís que “ya lo habéis superado” de forma altanera y con un movimiento de cabellera que os hace parecer estupendas como Norma Duval, estáis mintiendo más que la Infanta Cristina cuando dice que ella no sabía nada de lo que hacía su marido, Iñaki Urmangarín. Porque superar consiste en otra cosa y lleva mucho más tiempo y trabajo.

El problema es que vamos por ahí diciéndole a la gente que si habla de esas cosas malas que le han pasado en algún momento, tomando café con sus congéneres, entre la conversación sobre Gran Hermano y la charla sobre el color de las cortinas que ha puesto tu vecina Sebastiana en el salón, es que está amargada, que no puede ser, que lo que tiene que hacer es seguir adelante con su vida como si tal cosa y no reflexionar ni se plantearse el impacto que este suceso o aquel ha podido tener en su vida. “Tú no pienses, tía”. Eso, tú no pienses, tú colócate un reloj de cuco en el lugar en donde tienes el cerebro, que ya verás la vida emocional tan chuli que vas a tener. El chocho la Bernarda, la ineptitud emocional en estado puro.

Si yo no fuera un humilde pobretón y tuviera dinero, llamaría a Punset y lo pondría aquí ante vosotros. Primero para que nos trajera pan, como en ese anuncio tan genial (que alguien me explique la relación entre Punset y el pan); y segundo para que os dijera que todo lo que nos pasa a lo largo de la vida nos afecta y nos hace ser quienes somos, estructura nuestro cerebro gracias a su plasticidad y conforma nuestra personalidad. Es decir, que cuando te ocurre algo taco de chungo, como que te haya dejado tu novio, como haber visto una película de Haneke o como haber coincidido con Ana Obregón en la misma habitación eso no se olvida, sino que, como mucho, se trabaja hasta el punto de evolucionar y de aprender a vivir con ello. Todo lo que nos ocurre nos marca para bien y para mal y es lo que estructura nuestra personalidad. Eso tan malo que tratas de bloquear desesperadamente también hace que seas quien eres.

Negar que lo malo que te ha sucedido te afecta y te influye es no aceptar una parte de ti mismo y es negarte a conocerte tal y como eres.

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